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Homilías Sacerdotales | tema
Autor: P. Juan Pablo Esquivel
El Dios de los imposibles - XII aniversario de ordenación sacerdotal
La actitud ante lo imposible no puede ser otra que la fe.
 


20 de diciembre del 2001

La inminencia de LA PRIMERA NAVIDAD DEL MILENIO, contextualizada en un clima incierto y complejo desde varios puntos de vista, tanto a nivel internacional como a nivel nacional y provincial, y en lo personal la celebración del XIIº aniversario de mi ordenación sacerdotal me mueven a escribir estas reflexiones que he preparado para compartir con Uds., a quienes me debo como humilde servidor del pueblo de Dios.

Y consciente de que es justo y necesario, nuestro deber y salvación dar gracias al Señor siempre y en todo lugar... porque es eterno su Amor... y el Señor manifiesta un amor muy grande y muy poderoso cuando, fijándose en la pequeñez de un pobre hombre, lo elige para testimoniar la lógica desconcertante, paradójica, contradictoria pero sobrenatural y divina de un Amor que manifiesta su Fuerza en la debilidad, su Grandeza en la pequeñez, su Riqueza en vasos de barro.

Casi como que parece imposible que el Señor elija este modo, este camino, este estilo. Pero precisamente el Evangelio, Palabra siempre viva y actual que nos revela los modos increíbles y los caminos originales del Señor de la historia, nos muestra mil nombres distintos de un Dios que se llama Padre, Creador, Amigo, Salvador, Redentor, Vivificador... más aún: nos muestra cómo a Dios le gusta “apellidarse” con los nombres del hombre: Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob.

Jesús de Nazaret... Espíritu de la Iglesia... No es un Dios que juega a las máscaras para rehuir el encuentro personal, sino todo lo contrario: es un Dios que se viste de fajina (entiéndase: de pañales, de niño, de adolescente, de obrero-carpintero, de rabino, de viñador, de sediento al borde de un pozo, de invitado de bodas, de predicador, de profeta, de sacerdote, de pastor, de preso condenado a muerte infame, de Resucitado...) y de lo que haya que vestirse (o desvestirse, como en la Cruz...) para salir a recorrer hasta el fin todos los caminos, senderos, atajos y callejones que haya que recorrer para ir al encuentro del hijo, del amado, del preferido, del elegido... de ése que en Cristo es cada uno de nosotros.

Casi como que parece imposible, decía, pero los hechos irrefutables de la historia nos muestran que es así. ¡Cuántos modos, cuántos caminos, cuántos estilos tiene Dios! ¡Y cuántos nombres suyos jalonan estos caminos!

Hoy yo quisiera, con el mismo cuidado con el que recojo las partículas de la Eucaristía que han quedado en la patena después de la Comunión (“para que no se pierda nada” ), con los pies del corazón descalzo, como Moisés se aproximó a la zarza, tomar el nombre de Dios que el Evangelio de hoy pone en boca del ángel Gabriel, y con el cual sella indiscutiblemente la autenticidad de su profecía: “NO HAY NADA IMPOSIBLE PARA DIOS”. Con lo cual, Jesús de Nazaret, que también se llama Emanuel, y Cristo, y también Hijo de David, Hijo del Hombre, Rey de los judíos, Señor mío y Dios mío, se llama también “Dios de los imposibles”

Este concepto puede tener muchos sentidos: nos parece imposible lo que está sucediendo a nivel mundial, inaudito, increíble.

Nos parecía imposible que realmente estuviera ocurriendo lo que pasó el pasado 11 de septiembre, cuando contemplamos por televisión, atónitos y estupefactos, imágenes que quedarán profundamente grabadas en nuestra memoria por el resto de nuestras vidas.

Lamentablemente, también nos parece imposible lo que estamos viviendo a nivel nacional y provincial. Y con dolor, podemos suponer que será imposible que las cosas cambien significativamente en corto plazo.

Además de estos imposibles “colectivos”, que nos tocan a todos, cada uno de nosotros tiene sus propios imposibles, que rondan y a veces atenazan con fuerza la propia existencia desde diversos flancos.

Imposibles que, encima, nunca andan solos, sino en manada, como perros salvajes que muerden y destrozan, cuando no matan... Cada uno conoce los suyos, todos distintos entre sí, pero todos presentes y activos, marcando el límite de lo humanamente infranqueable, inalcanzable.

El límite donde nuestras mejores fuerzas y esfuerzos se estrellan con impotencia, y señalan el inicio de un terreno que se transforma en objeto de sueños y ensueños, que sobrevolamos con la imaginación sin poder pisar con nuestros pies: es la tierra de lo imposible.

Pero hoy el arcángel San Gabriel recuerda uno de los nombres de Dios: el Dios de lo imposible.

En toda la Biblia, la palabra imposible aparece 20 veces.

En aquellos párrafos más significativos, que son por lo menos la mitad, está directamente ligada a una virtud: la fe.

Si la actitud lógica ante lo posible es sencillamente la iniciativa que busca la efectiva realización, la actitud ante lo imposible no puede ser otra que la fe.

Creo que es muy sintomático que quien haya conocido en alto voltaje al Señor como Dios de los imposibles sea Abraham, nuestro padre en la fe. No me prolongo aquí para no cansarlos , pero basta repasar al menos mentalmente su historia, para recordar que casi no hay rasgo de su existencia que no esté marcado a fuego por lo imposible, frente a lo cual Dios se revela como el Dios de los imposibles.

Ahora bien, él es nuestro padre, nuestro antepasado, nuestro prototipo. La historia de la fe de cada uno de nosotros empieza con él. En materia de fe, Abraham es y será siempre padre, y María el “modelo terminado”, la realización más perfecta.

En ambos, separados entre sí por un tiempo semejante al que nos separa de lo que ocurrió en el pesebre de Belén, encontramos una idéntica actitud: creyeron lo increíble; apostaron a lo imposible, pusieron toda su fe en el Dios de lo imposible, y no fueron defraudados. De ellos somos estirpe, somos hijos. Estamos genéticamente sellados por lo imposible, lo increíble, lo maravilloso.

Cada día de nuestras vidas no faltan motivos para preguntarnos: ¿es posible que Dios esté en medios de nosotros? Hemos transformado un mundo que salió hermoso de las manos creadoras del Padre en un lugar incierto, inseguro, temible, y hasta cruel. Utilizamos nuestra inteligencia para destruir, nuestra libertad para arruinar, nuestro corazón para odiar.

Los judíos que veían a Jesús de Nazaret, se preguntaban: ¿es posible que este carpintero-rabino, al que vemos trabajar, rezar, reír, llorar, sufrir, estar contento y estar triste, hablar como nadie en el mundo jamás ha hablado y callar cuando podría salvarse, hacer milagros para salvar a otros y no librarse a sí mismo de la muerte? ¿Es posible que éste sea el mismísimo Dios en persona, que viene a quedarse para siempre con nosotros? ¿Es posible que un muerto resucite? Y las respuestas fueron muy distintas.

Muchos en nuestro tiempo se preguntan: ¿es posible que el Señor del tiempo y de la eternidad quiera seguir irrevocablemente estando con nosotros, en esta Iglesia... a través de estos sacramentos... con estos curas... con estos cristianos? Y también hoy las respuestas son muy distintas.

Por mi parte, quiero en este día, humildemente, testimoniar mi fe y mi confianza absoluta en el Dios de lo imposible, y alabarlo y bendecirlo con plena conciencia de que Su Amor, Su Presencia y Su Llamada han transformado mi vida para siempre, llenándola de un aire de fiesta sobrenatural, infinita, humanamente imposible... y que esta Presencia para la cual no hay nada imposible me ha quitado para siempre el miedo a la vida y a la muerte, el miedo al sinsentido, al pecado y al fracaso.

¡EL SEÑOR DE LO IMPOSIBLE ES EL VIVIENTE!

Es el VENCEDOR, el que tarde o temprano tiene la última palabra de todo lo que existe y ocurre.

Es el PADRE BUENO, a cuya casa siempre se puede volver con la certeza de la fiesta que esa vuelta provoca.

Es el PASTOR que carga en hombros a la ovejita descarriada.

Es el ESPÍRITU que habita en corazones débiles, pecadores, miserables, insignificantes, pero que son primicias de un cielo nuevo y una nueva tierra, en los que todo será salvación gloriosa .

En el nombre del Dios Bendito, quisiera repetirles hoy de modo solemne y definitivo las palabras que introducen, como un canto de cielo, las apariciones del Resucitado: “¡¡¡NO TENGAN MIEDO!!!”

Las escuché también yo solemnemente dichas hace un poco más de 23 años, cuando era una adolescente espiritualmente inquieto, y vi por la TV asomarse al balcón de la Plaza de San Pedro a un Papa recién elegido que provenía de la Iglesia del silencio, que había sufrido mucho como persona, como cristiano y como sacerdote, y que con estas palabras expresaba proféticamente su propia misión, y el tiempo en que la misma se daría: “¡NO TENGAN MIEDO! ¡ABRAN DE PAR EN PAR LAS PUERTAS AL REDENTOR!”

Yo también les repito hoy, humildemente: ¡NO TENGAN MIEDO! EL SEÑOR DE LO IMPOSIBLE, EL SEÑOR DE LA HISTORIA ESTÁ CON NOSOTROS. ¿QUIÉN PUEDE ESTAR CONTRA NOSOTROS?

A MARÍA SANTÍSIMA quiero agradecerle su permanente y maternal protección: especialmente quiero agradecerle que durante este año me haya cubierto con su manto para que las durísimas calumnias y maledicencias de que fui objeto no me sumergiesen en la tristeza ni la amargura, sino que me ayudasen a crecer en libertad para prescindir de los juicios humanos y predicar la Palabra sin temor ni a la muerte, ni a aquellas cosas que se le parecen.

Confío en que MARÍA también me curará las heridas que quienes están detrás de ésto me han causado.

Y al único Dios vivo y verdadero, que existe desde siempre y para siempre, habitando en una Luz inaccesible que su Hijo único ha venido a traernos, y con la cual ha encendido nuestros corazones vuelvo a firmarle hoy, mientras presido esta Misa Nº 5,027 desde el día de mi ordenación, en este último atardecer de la primera primavera del milenio, el “cheque en blanco” de mi existencia, con palabras tomadas de un santo varón que repito interiormente cada día después de la Comunión:


“PADRE
me pongo en tus manos
haz de mí lo que quieras
sea lo que sea, te doy las gracias.

Estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo
con tal de que tu Voluntad
se cumpla en mí
y en todas tus demás creaturas.
No deseo nada más, Padre.

Te entrego mi vida,
te la doy con todo el amor
de que soy capaz
porque te amo,
y deseo darme a Ti,
ponerme en tus manos
sin límite ni medida,
con una confianza infinita
porque Tú eres mi Padre.

AMÉN


 

 
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