Autor: Alfonso Aguiló | Fuente: Conoze.com El riesgo de la desesperanza
Rendirse a la pereza y la desesperanza es siempre una renuncia malhumorada y triste
El riesgo de la desesperanza
Según cuenta la conocida leyenda de la mitología griega, los
dioses, celosos de la belleza de Pandora, una princesa de
la antigua Grecia, le regalaron una misteriosa caja, advirtiéndole que
jamás la abriera. Pero un día, la curiosidad y la
tentación pudieron más que ella, y abrió la tapa para
ver su contenido, liberando así en el mundo todas las
grandes aflicciones que hoy existen. Pudo cerrarla justo a tiempo
de evitar que se escapara también la esperanza, que es
el único valor que hace soportables las numerosas penalidades de
la vida.
Y no parece que faltara razón a los hombres
de la antigua Grecia cuando valoraban en tanto la esperanza.
Porque la esperanza no es una simple ilusión ingenua de
que, al final, y no se sabe bien por qué,
todo irá bien. Se trata más bien de tener fe
en que uno puede, con la ayuda que sea precisa,
superar las dificultades.
Como ha señalado Josef Pieper, la pérdida de
la esperanza suele tener su raíz en la falta de
grandeza de ánimo y en la falta de humildad. La
grandeza de ánimo hace a los hombres decidirse por la
posibilidad mejor entre las posibles, e impulsa resueltamente a todas
las demás virtudes. La humildad coloca a la esperanza ante
sus propias posibilidades, previniendo de la realización falsa y ayudando
a la realización auténtica. La esperanza lleva de modo natural
a la magnanimidad, y la humildad protege todo ese proceso,
para que no se pervierta por presunción ni por desesperanza.
La desesperanza es como una senilidad del espíritu, y la
presunción es lo contrario, como una especie de infantilismo espiritual.
No
me estoy refiriendo a la desesperanza como estado de ánimo
en que se cae, sino como un acto voluntario por
el que el hombre desdeña algo a lo que podría
aspirar. Porque quien tiene esperanza, lo mismo que quien tiene
dudas, puede adherirse o no a la esperanza o a
la duda que de modo natural se les presenta, y
eso es lo que hace que las personas podamos construir
nuestro carácter de acuerdo con lo que nos parece que
debemos ser, y no nos limitemos a abandonarnos a nuestras
reacciones espontáneas.
La desesperanza supone siempre un desgarro interior, pues va
dirigida contra los anhelos propios de nuestra naturaleza. Y es
además un error peligroso para la vida moral del hombre,
ya que todas sus realizaciones están ligadas a la esperanza,
y, cuando falta, nos dejamos caer en muchos otros extravíos.
El
principio y la raíz de la desesperanza suele estar en
la pereza. A la desesperanza no se llega de modo
repentino, sino por un paulatina dejadez, que a su vez
conduce a una tristeza que paraliza, que descorazona, y que
refuerza de nuevo la dejadez, en un círculo vicioso muy
bien trabado. Quizá por eso se ha dicho tanto que
la pereza es la madre de todos los vicios. Y
quizá también por eso, para superar esa pereza no basta
con la laboriosidad y la diligencia, sino que también hay
que fomentar la grandeza de ánimo y el optimismo.
Rendirse a
la pereza y la desesperanza es siempre una renuncia malhumorada
y triste, que engendra primero indiferencia, y después, tristeza y
evasión de la realidad. Pero la pereza y la desesperanza
no pierden su terrible fuerza por mirar para otro lado.
Se vencen únicamente con la vigilante resistencia de una mirada
penetrante y atenta.
El hombre perezoso prefiere sustraerse de la obligación
de la grandeza. Es como una humildad pervertida, que no
quiere aceptar su verdadera condición y sus talentos, porque implican
una exigencia. Es como un enfermo que no quisiera curarse
para que no le exijan lo que se exige a
una persona sana. Por eso la sabiduría griega daba tanta
importancia a cultivar desde muy jóvenes la esperanza.
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