Autor: CatholicAuthors.com | Fuente: Traducción de catholic.net Louis de Wohl (1903-1961)
¿Hace falta decir que no es exactamente un trabajo fácil? ¿Necesito decir que no lo cambiaría por nada en el mundo?
Louis de Wohl (1903-1961)
Cuando una persona ha alcanzado cierta fama en su
profesión, la gente se le acerca y le hace preguntas,
y cuando alguien se acerca a mi y me pregunta
"¿Debo ser escritor?", invariablemente le respondo "No". Algunos se sienten
heridos, otros enfadados, casi todos sorprendidos. "¿Por qué no? ¿Usted
nunca ha leido algo escrito por mi, verdad?". "No, pero
aún así lo sé. Lo sé porque me lo preguntas.
Si hubiera en ti lo necesario para ser escritor, no
me lo preguntarías, escribirías y seguirías escribiendo. No podrías dejar
de hacerlo". Y ésto vale, en mi opinión, para todos
los trabajos creativos; para los que quieren ser actores, arquitectos,
pintores, escultores, y músicos. Al margen de aquéllos a quienes
no les queda más remedio de hacerlo, aún cuando no
tengan las cualidades necesarias; pero ésto es otro tema distinto.
Respecto
a mí, comencé a escribir con 7 años o un
poco más, y lo que más me desconcertaba es que
algunas de las historias que leía no terminaban como yo
quería. A los 8 años escribí una obra, "Jesús de
Nazareth", y el gran discurso del Sumo Sacerdote Caifás, en
la plaza de Jerusalén, guardaba un enorme parecido con el
de Marco Antonio, en el Julio César de Shakespeare. Caifás
elogiaba a Cristo en el mismo tono hipócrita utilizado por
Marco Antonio cuando elogiaba a Brutus, tratando de convencer
a la audiencia de lo contrario. Plagio o no, yo
me tomaba muy en serio mi drama. Decidí también componer
la música yo mismo, pintar los carteles y diseñar la
escenografía, y por supuesto, yo representaría uno de los papeles
pricipales, el de Caifás quizás, o el de María Magdalena.
Pasaron más de cuarenta años antes de que volviera a
ese tema en mi novela anterior, La lanza, la
historia de Longinus, quien traspasó el costado de nuestro Señor
en la Cruz.
Cuando uno conoce a un extranjero, la
primera pregunta que le hace, generalmente es, "¿de dónde es
usted?”, una pregunta fácil a contestar para la mayoría de
la gente, mas no para mí. El diálogo casi invariable
que sobreviene después de esta pregunta es más o menos
así: "Vivo en Nueva York". "Ah, es usted
americano". "No, soy británico." "Oh, ya veo. Nació usted
en Londres?". "No, en Berlín, Alemania." "Entonces usted es
alemán por nacimiento". "No, húngaro. En Europa continental uno
hereda la nacionalidad del padre, y mi padre era húngaro".
"¿Si? Entonces presumo que su madre era alemana?". "No".
"Pensándolo bien, debió ser inglesa”. “No, ella era austríaca".
"Es un poco complicado, pero ahora ya lo entiendo. Entonces
su lengua original era húngaro, por supuesto". "No, Alemán. No
hablo casi nada de húngaro; solamente inglés, francés, alemán, un
poco italiano y español y balbuceo el latín, el griego
y el árabe”. A estas alturas de la conversación debo
alegrarme si mi interlocutor no piensa que estoy intentando
reirme de él; ¿pero qué puedo hacer? Me he limitado
a proporcionarle hechos escuetos.
Viví en Alemania hasta 1935. No podía
soportar más el régimen de Hitler. No quería permanecer en
un país cuyas leyes no podría seguir respetando por más
tiempo. La justicia, según la versión oficial de Hitler era
"lo que el hombre ario considerase correcto. "Desafortunadamente, lo que
el "hombre ario" veía como correcto, era una mezcla de
crueldad y locura. Hitler no tenía nada contra mí en
ese tiempo -ya le daría buenas razones para tener algo
contra mí más tarde- pero yo ya estaba harto y
me fui a Inglaterra. Esto no fue en lo absoluto
tan fácil como puede parecer. Había hecho una carrera como
escritor en Alemania. Cada línea que escribí fue impresa. Tenía
treinta y tantas novelas publicadas, de las cuales dieciséis fueron
llevadas al cine. El dinero empezó a entrar, y el
dinero es algo bueno cuando se sabe qué hacer con
él. En Inglaterra –y no digamos en los Estados Unidos-
yo era totalmente desconocido. Lo peor fue que mi
inglés era apenas suficiente para conseguir salir adelante en la
vida diaria. Me tomaría años antes de que pudiera tener
esperanzas de escribir en inglés.
Pronto me di cuenta de
que no sólo me enfrentaba a una lengua distinta sino
también a una mentalidad distinta. Y entonces tuve una idea.
La mentalidad de una persona se forma en la niñez
temprana. Si deseaba entender la mentalidad del inglés, tendría que
experimentar un proceso similar. Me compré libros para niños. Canciones
de cuna, cuentos de hadas, libros de texto de todas
las clases. Aprendí a través de los libros para siete
y ocho años, después los de nueve a doce, los
de trece a quince, etcétera. Leí libros de historia, bestsellers,
novelas de suspenso e historias de aventuras, periódicos y
revistas, teatro y poesía. Un libro al día por lo
menos.
Después de cinco años sentí que podría comenzar a
escribir. Y entonces estalló la guerra.
Me ofrecí voluntariamente. Pero el
ejército, la marina y el R.A.F. me rechazaron muy cortésmente.
Era un extranjero. Incluso el A.R.P., la defensa civil, no
me quería con ellos. No se me permitía ni cavar
una trinchera en Hyde Park. Estaba enojado. Estaba tan enojado
que decidí que tendrían que tomarme. Y si no querían
tomarme como soldado simple, tendrían que hacerlo como oficial y
para esto necesitaba una idea. La busqué, la encontré, y
entré en acción.
Algunos meses después era capitán de la
Armada Británica con mi propio Departamento de Psicología para asuntos
de guerra. Mi trabajo comenzó más o menos cuando los
alemanes empezaron a bombardear Londres, y me asignaron a Londres.
Cuando la guerra terminó, había trabajado en más de mil
ataques aéreos.
Cuando un hombre tiene que vivir cerca de
la muerte año tras año, queda limitado para adaptarse a
ciertos cambios. No es sólo que esté asustado. Lo está,
por supuesto, por lo menos al principio, a menos que
se deshaga de todas los sentimientos. Pero el miedo no
es lo principal. En primer lugar, se agudizan los sentidos.
Después de algunos meses me despertaba invariablemente unos minutos antes
de que se apagaran las sirenas del ataque aéreo. Cuando
tenemos que vivir en la selva otra vez, nuestro sentido
del peligro vuelve, el instinto de las épocas prehistóricas, el
instinto animal. Pero el intelecto, experimenta también un cambio. Uno
ya no da las cosas por hechas, porque se realiza
mejor y con más fuerza, que todo depende, no de
bombas, ni de uno mismo, sino principalmente de Dios. Si
uno no ha rezado antes, ahora reza. Y si uno
lo ha hecho, ahora lo hace mejor.
Mis padres eran católicos,
y yo me crié de acuerdo a esto. Nunca perdí
por completo la fe, pero me había vuelto tibio –un
peligro constante, particularmente para los que han tenido demasiado éxito
en una etapa demasiado temprana en vida. En ese momento
me ayudó preguntarme: ¿Si muero esta noche -y tengo
muchas posibilidades- que podría mostrar de mi vida? Recordé la
parábola de los talentos. ¿Qué he hecho con los talentos
que Dios me ha dado? Había escrito libros "acertados",
pero ¿a qué era debido ese éxito? Todos mis libros
eran historias de aventuras, novelas de suspenso. La gente los
leía en trenes o cuando estaban demasiado cansados para leer
algo realmente bueno. Y se escribieron justamente con ese propósito,
no se escribieron para servir a Dios. Otros siete años
pasarían antes de que el último cardenal de Milán, Ildefonso
Schuster, me dijese: "Deje que sus escritos sean buenos. Por
sus escritos será un día juzgado". Entonces, supe que tenía
que experimentar un cambio radical como escritor, y supe también
que tendría que compensar muchos años de tiempo perdido. No
hice un voto, como Franz Werfel, de escribir la vida
de algún santo en especial si salía con vida de
la guerra. Había decidido servir a Dios.
De esta manera
mi carrera comenzó al final de la guerra. Qué era
lo que deseaba escribir llegó a estar claro en mí
muy pronto. Había visto el terrible efecto de un ideal
falso. Millones de alemanes cayeron en la charlatanería dinámica de
Hitler, intentaron imitarlo para hacer unos pequeños Hitlers de ellos
mismos. No hay país en donde la gente no mire
hacia alguien y trate de imitarle. La mayoría de la
gente quiere guiarse, en uno u otro terreno, por un
modelo excepcional. Mas todo depende mucho de estos modelos. ¿Cuáles
serían los modelos que Dios quería que siguieramos? Cristo, por
supuesto. Pero Cristo era no sólo un hombre, él es
también Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad; ¿cómo
podría el "señor Smith" esperar imitarlo?
Quizás ésta sea la
razón principal por la que la Iglesia nos enseña a
venerar a los santos. Todos fueron seres humanos, y muchos
de ellos tuvieron que combatir todo tipo de defectos para
alcanzar santidad. Comencé a leer libros acerca de los santos.
Pronto me di cuenta de que muchos fueron escritos por
gente devota –la mayoría sacerdotes y monjas- para la gente
devota. No podía imaginarme leyéndolos a alguien que viviera en
el límite externo de la fe, y no digamos de
alguien no-religioso, siendo exactamente este tipo de personas quienes necesitaban
el ejemplo y la dirección de un santo más que
cualquier otro.
Comencé a hacer preguntas y encontré que para
una gran cantidad de gente un santo era "un fanático
religioso," o "un fenómeno medieval," o simplemente "alguien que rezaba
todo el tiempo" (ésto último era lo que más se
acercaba, aunque no en el sentido que le daban). Los
santos eran las "figuras de yeso”, los "santurrones”, los "molestos
fanáticos". De cientos de personas que pregunté, ninguno contestó "los
santos son lo que yo quisiera ser" o los "santos
son ejemplos a seguir”.
Para entonces yo había leído
lo suficiente para pensar, para sentir, para saber que aparte
de ser exactamente eso, eran los más emocionantes, los más
interesantes, los más valerosos e incluso la gente más encantadora
de todos. Decidí escribir novelas históricas en que los héroes
y heroínas fueran santos.
Bastante pronto descubrí que los problemas
de los santos -y todo lo que los rodeaba-
eran los problemas de nuestro propio tiempo, y que ellos
y solamente ellos podían solucionarlos. ¿Quién de nosotros no ha
oído esas tonterías de que "el cristianismo ha fracasado" o
que "el cristianismo ya no es moderno"? Eso era exactamente
lo que pensaba el emperador Juliano el Apóstata y fue
san Atanasio quien lo convirtió. Y yo, escribí mi novela
"Venciste, Galileo".
Todos nos preocupamos del peligro proveniente del este. También
el mundo occidental se preocupó cuando Atila, rey de los
Hunos, irrumpió en Alemania, Francia e Italia, hasta que el
Papa León I los paró, a el y a su
gran ejército, sin ayuda. De ahí escribí mi novela “El azote de Dios”. La necesidad más vital de nuestro
tiempo es redescubrir la cruz en nuestros corazones, por lo
que escribí “El árbol viviente”, la historia de Santa
Elena, que encontró la verdadera Cruz de Cristo. En mayo
de 1948, fui a Roma y tuve mi primera audiencia
con ese santo en vida, el Papa, y preguntándole acerca
de que le gustaría que escribiera después, me dijo ¡"Santo
Tomás de Aquino"!. Dos años más tarde le di el
libro acabado, “La luz apacible”, y le pedí su
orden siguiente. Esta vez me dijo "escribe sobre la historia
y la misión de la Iglesia en el mundo."
Y
eso me mantendrá ocupado mientras viva. Ha dado lugar, hasta
ahora, a mis novelas de San Agustín (Corazón inquieto),
San Ignacio de Loyola (El hilo de oro), y
San Longinus (La Lanza). Mi libro más reciente, “El Último Cruzado”, no es la historia de un santo,
aunque San Pío V aparece también en él en un
momento decisivo y se refiere ciertamente "a la historia y
la misión de la Iglesia en el mundo," dando un
ejemplo de la importancia del apostolado seglar, tan querido por
el Santo Padre. Además de esto, muestra una fase
decisiva en la lucha contra el Islam, -una lucha que
de ninguna manera está por terminar como lo van a
demostrar los hechos recientes.
Ahora estoy desarrollando una novela en la
que el héroe es... San Pablo. ¿Hace falta decir
que no es exactamente un trabajo fácil? Y, ¿necesito decir
que no lo cambiaría por nada en el mundo?
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