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| María Elena |
"Elena, ¿eres feliz?", alguien -no recuerdo quién- me preguntó
hace años. "Sí", contesté en voz alta. Pero en
mi interior continué diciéndome: "Bueno, siempre no, totalmente feliz, plenamente
feliz, no".
Aunque me esfuerzo, no logro recordar quién me
formuló aquella pregunta; pero sí recuerdo que me sorprendió, me
resultó extraño, raro que alguien me hiciera tal pregunta. Me
pareció como un poco de "lunáticos". Y, sin embargo, me
la he repetido a mí misma desde entonces muchas veces.
Es
una cuestión que, unas veces de forma explícita, creo que
la mayoría de forma implícita, todo hombre se plantea a
lo largo de su vida en alguna ocasión. Porque creo
que todo ser humano aspira a ser feliz. ¿Por
qué no seguí expresando en voz alta lo que pensaba
detrás de aquel "sí" tan escueto?
Supongo que porque
es muy duro reconocer ante otros que no eres feliz,
y porque detrás del "no" la siguiente pregunta que me
harían sería: "¿por qué no eres feliz?". Y responderla supone
abrir tu alma, tu corazón, echarte un vistazo a ti
mismo, quedarte a solas, en silencio, y reflexionar. Entonces no
me respondí inmediatamente; lo he ido haciendo a lo largo
de estos años.
Puedo recordar muchas situaciones, momentos, ocasiones, en que
me creía feliz: en una fiesta de baile de salón
(¡me encanta bailar!), en una comida o celebración familiar, a
la salida del cine después de ver una película que
me ha encantado, en una reunión de amigos, con la
noticia de un examen aprobado después del esfuerzo, al sentirme
enamorada, con la compra de un vestido o unos zapatos,
con un aumento de sueldo, disfrutando de unos días en
la playa, tras un día agotador de trabajo bien hecho,
etc. Pero, ¿cuánto tiempo duran estas felicidades (con minúscula)?
Unos minutos, unas horas, días, semanas, quizá meses... Y después
de la fiesta, ¿qué?; y una vez que has conseguido
aprobar ese examen, ¿qué?; y tras las vacaciones en la
playa, ¿qué?... Cuántas veces me he dicho: "Ya has logrado
esto y ahora, ¿qué?". Supongo que tú también has sentido
ese vacío que se siente después de lograr algo que
anhelabas y creías que supondría tanto. De repente lo consigues,
y te asombras de lo fugaz, de lo rápido que
pasa esa felicidad que creías te iba a llenar.
¡Cuántas
veces he creído sentirme feliz cuando tan solo me he
sentido contenta!
No, la felicidad no debe estar en ninguna de
esas cosas, no puede ser algo tan efímero. Yo me
imagino la FELICIDAD (con mayúsculas), como un estado permanente, como
una forma de vivir, un ser continuo, un ir poco
a poco lográndolo, pero de forma tal que nada ni
nadie pueda hacer que se derrumbe, ni pueda arrancarla del
alma donde está plantada.
Cuando alguien es feliz, no hace falta
preguntarle; se le nota, irradia felicidad como un resplandor que
ilumina a los que le rodean. Así, viendo, admirando y
envidiando a personas que yo sentía y veía felices, es
como me empecé a orientar por dónde podría encontrar la
felicidad y cómo podría llegar a ser feliz. [...]
¿Qué
es lo que tienen en común todas estas personas? ¿Qué
es lo que les da la felicidad que transmiten, y
que yo siento cuando estoy cerca? O mejor: ¿Quién? Porque
es Alguien. Es sencillamente Dios. Todos ellos han conocido a
Dios y lo están amando y siguiendo. Dios está presente
en cada acto de su vida.
Ante las cosas alegres,
agradables... dan gracias a Dios; y cuando alguna dificultad se
interpone en su camino, confían en Dios y lo ofrecen
por Él. Y entonces, a pesar de ello, pueden seguir
siendo felices, y a veces, si cabe, más felices. Porque
uno puede sentirse contento y alegre y no ser feliz;
pero también uno puede sentirse en un determinado momento triste
y no por ello dejar de ser feliz.
Pero creo que
no basta con saber que en Dios, en vivir como
Él nos enseñó cuando estuvo aquí, está la verdadera felicidad.
El saberlo para mí fue un paso, un punto de
partida; el llegar a experimentarlo una "caminata" en la que
todavía sigo andando.
Poco a poco intento que Dios esté
en todo lo que hago, desde que me levanto, cuando
al despertar me digo "un día más viva", cuando saludo
a las personas con las que me cruzo, en mi
trabajo, con los pacientes y con las compañeras de trabajo;
cuando estoy de guardia y cansada de atender a tantos
pacientes, a veces en tan poco tiempo, pienso en Dios,
le ofrezco esos momentos, intento ver a Dios en todos
ellos o recuerdo las palabras de mi hermano cuando vino
al hospital en una de mis guardias: "Lleva a Dios
a toda esa gente".
He ido viendo a Dios en
todo lo que me rodea: en la maravilla de un
amanecer o una puesta de sol, en la naturaleza, en
el mar y en el baile que tanto me encantan,
en una película, en un libro, en el canto, en
una reunión familiar, o con los amigos... Es como empezar
a sentir, a vivir, a ver, a escuchar, a ser;
ya no puedes conformarte con vegetar, mirar, oír o dormitar.
Estoy
en estos momentos queriendo conocerle más, acercarme más a Él,
profundizar más. Y tengo que decir que esta inquietud ha
sido aliviada a raíz de una experiencia maravillosa, de un
mes de mi vida que he pasado de misiones en
México hace apenas siete semanas.
Y no nos engañemos: este camino
de búsqueda y logro de la felicidad no es fácil.
Yo me he encontrado con dificultades, con dudas, con retrocesos;
es un camino de rosas, pero con espinas. A pesar
de ello no olvido que tengo una Ayuda con la
que puedo contar: Dios está siempre a mi lado.
Mi pregunta
actual es: ¿qué es lo que Dios quiere de mí,
cuál es mi misión concreta en esta vida? La respuesta
será el siguiente paso en esta senda hacia y por
la felicidad, que sospecho no tendrá su meta y plenitud
hasta dar el paso definitivo y último de mi vida,
cuando al otro lado Dios (¡ojalá!) quiera que me reúna
con Él.
Reflexión:
Acabas de ver realizado en la vida de María
Elena el secreto de la verdadera felicidad. Con qué sencillez
y claridad ha ido dando uno tras otro los pasos
hacia la cima. Primero un saberse no plenamente feliz. Luego
el ver y comprobar que otros sí lo son de
verdad. Más tarde descubrir el porqué de esa dicha en
ellos. Y por último, comenzar a vivirlo y a experimentarlo
en primera persona. Dios sigue, sin fallar a ninguno de
los que han cimentado su felicidad en Él.
Si tienes alguna consulta utiliza este enlace para escribirle al
autor P. Marcelino de Andrés
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