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Reflexiones dominicales | tema
Autor: P. Alberto Ramírez Mozqueda
Los rivales de la Ascención de Cristo
Domingo de la Ascención. Ciclo C. El triunfo de Cristo que sube a los cielos, es nuestro propio triunfo.
 
Los rivales de la Ascención de Cristo
Los rivales de la Ascención de Cristo
Domingo de la Ascención. Ciclo C.
20 de mayo de 2007




Cuando yo era pequeño, me causaba extrañeza que cuando las gentes se despedían, dijeran: “Voy y vengo”, pero yo veía que pasaban los minutos o las horas y no volvían como habían dicho. Era simplemente una costumbre para despedirse, pero pienso que el mismo Cristo usó de alguna manera esa frase cuando se alejaba de los suyos a los cuarenta días después de su resurrección.

Cuando se iba alejando para subir a su Padre Celestial, después de haberles encargado a sus apóstoles el tremendo encargo de llevar su mensaje a todas las gentes, nomás les dijo: “Voy y vengo”, pero ya lleva 20 siglos, y estamos entrando a un nuevo siglo y él parece que no tiene ganas de regresar, ¿Tan mal verá a nuestro mundo? Y eso nos mete en muchas preguntas: ¿Porqué se fue? ¿Se fue para siempre? ¿Realmente volverá? La verdad es que sí se fue y se fue a la vista de todos, aunque tendremos que entender hoy muy bien eso de que se “fue a los cielos en cuerpo y alma”, pues los niños hoy están tan acostumbrados a los personales que vuelan por todos lados, y se trepan a las paredes y se cuelan por las mas pequeñas rendijas, que decirles que Cristo subió a los cielos no tendría ningún chiste para ellos, que se imaginan incluso que Cristo tendría algún cohete oculto que le facilitaría el ascender corporalmente delante de sus discípulos.

El hecho de que se haya ido, nos divide a los hombres en dos categorías, la primera, los que tenemos un compromiso, como los apóstoles en su tiempo, que cuando él se alejó de su vista fueron invitados por los ángeles casi de una manera violenta a dejar ya de mirar al cielo para ponerse a trabajar en lo que él les había mandado: “¿Qué hacen allí parados, mirando al cielo? Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá como lo han visto alejarse”. Tenemos que emplearnos en la obra de la Evangelización, en mejorar las condiciones de nuestro mundo, en hacer presente la justicia y la paz en el mundo, en hacer que todos los hombres lleguen a amarse como si fuéramos una sola familia, cosas todas ellas no fáciles y que nos tendrían que emplear toda una vida.

Pero la otra categoría y no pequeña de entre los hombres, son los que metidos en los asuntos temporales, metidos en el mundo de los negocios y los dineros, en los asuntos de la diversión y los placeres, en los vericuetos de la cultura y del arte, en los entresijos de los medios de comunicación, bien les haría entonces mirar un poquito al cielo, para encontrar el sentido de la vida, para darle un sentido pleno a su existencia y a su labor. Parece que la mezquita, que antes fue templo cristiano, que marca el lugar donde Cristo se elevó a los cielos, tiene en su parte central el techo descubierto, para que no solo los cristianos sino también los mahometanos puedan elevar su mirada al cielo, cosa que nos hace mucha falta incluso a los mismos cristianos.

Y en un sentido, esa doble categoría de los mortales, tendría que estar presente en cada uno de los otros, pues si Cristo siendo el Hijo de Dios se alejó, fue para llamarnos a seguirle, dado que no es sino el primero entre los hombres, que subió en Cuerpo y alma para prepararnos un lugar y cuyo corazón de hombre que dejó de latir en lo alto de la cruz, ha vuelto a latir y sigue latiendo cerca de su Padre celestial, invitándonos a nosotros a descansar en él al final de nuestra vida, pero también nos invita a realizar ya ahora y en este momento y en la situación en la que cada uno de nosotros nos encontramos, esa obra de salvación que Jesús encargó a su Iglesia y que no podemos pensar que tendría que comenzar en el momento de nuestra muerte. Cada vez estoy más convencido que la obra redentora de Cristo no es para el momento de la muerte, sino para el “hoy” de todos los hombres, pues no puedo imaginarme un mundo sin Amor, sin Justicia, sin Paz, todo esto con mayúsculas, pues son frutos del amor y de la entrega de Cristo Jesús.

En esta fecha señalada, en que Cristo nos invita a todos a trabajar por bien de nuestro mundo, mientras él vuelve, yo quiero simplemente transcribir algunos de los párrafos del discurso que el Papa Benedicto XVI ha dirigido recientemente a los jóvenes desde Brasil, pero pensando en los jóvenes de toda Latinoamérica y en todos los hombres que nos llamamos católicos y que podría convertirse en un programa de vida. Él les pide en primer lugar, que vivan precisamente el hoy en atención al futuro: “Los años que estáis viviendo son los años que preparan vuestro futuro. El “mañana” depende mucho de cómo estéis viviendo el “hoy” de la juventud. Ante los ojos, mis queridos jóvenes, tenéis una vida que deseamos que sea larga; pero es una sola, es única: no la dejéis pasar en vano, no la desperdiciéis. Vivid con entusiasmo, con alegría, pero, sobretodo, con sentido de responsabilidad”.

Y en seguida los nombra embajadores, evangelizadores entre los mismos jóvenes: “Pero mirándoos a vosotros, jóvenes aquí presentes, que irradiáis alegría y entusiasmo, asumo la mirada de Jesús: una mirada de amor y confianza, en la certeza de que vosotros encontrasteis el verdadero camino. Sois jóvenes de la Iglesia, por eso yo os envío para la gran misión de evangelizar a los jóvenes y a las jóvenes que andan errantes por este mundo, como ovejas sin pastor. Sed los apóstoles de los jóvenes, invítenlos a que vengan con vosotros, a que hagan la misma experiencia de fe, de esperanza y de amor; que se encuentren con Jesús, para que se sientan realmente amados, acogidos, con plena posibilidad de realizarse. Que también ellos y ellas descubran los caminos seguros de los Mandamientos y por ellos lleguen hasta Dios”.

Luego, el Papa les pide que sean promotores de la vida: “Sed hombres y mujeres libres y responsables; haced de la familia un foco irradiador de paz y de alegría; sed promotores de la vida, desde el inicio hasta su final natural; amparad a los ancianos, pues ellos merecen respeto y admiración por el bien que os hicieron. El Papa también espera que los jóvenes busquen santificar su trabajo, haciéndolo con capacidad técnica y con laboriosidad, para contribuir al progreso de todos sus hermanos y para iluminar con la luz del Verbo todas las actividades humanas (cf. Lumen Gentium, N. 36).

Pero, sobretodo, el Papa espera que sepan ser protagonistas de una sociedad más justa y más fraterna, cumpliendo las obligaciones ante al Estado: respetando sus leyes; no dejándose llevar por el odio y por la violencia; siendo ejemplo de conducta cristiana en el ambiente profesional y social, distinguiéndose por la honestidad en las relaciones sociales y profesionales. Tengan en cuenta que la ambición desmedida de riqueza y de poder lleva a la corrupción personal y ajena; no existen motivos para hacer prevalecer las propias aspiraciones humanas, sean ellas económicas o políticas, con el fraude y el engaño”.

¡El triunfo de Cristo que sube a los cielos, es nuestro propio triunfo! ¡Felicidades!

Tu amigo el
Padre Alberto Ramírez Mozqueda.


 

 
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