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| ¿Cristo tuvo miedo? |
Domingo 12 ordinario. Ciclo A.
El miedo, la angustia y la
ansiedad han llegado a ser los malestares comunes de nuestro
tiempo. Ciertamente los hombres de todos los tiempos han tenido
que soportar los miedos desde el momento de nacer hasta
la muerte. El niño tiene miedo de la oscuridad, de
los que le gritan o le abandonan, el adolescente en
una primerísima etapa tiene miedo del otro sexo y se
encierra en complejos de timidez y de inferioridad, y el
adulto experimenta la angustia del mundo, del futuro, de la
violencia y los asaltos, el que va llegando a los
cuarenta, siente que ya no habrá oportunidades para él, etc.,
pero la época actual tiene sus propios miedos, acentuados definitivamente
desde aquél fatídico 11 de septiembre en New York.
Hoy
tenemos miedo de nuestros propios adelantos científicos creados por el
hombre mismo, y nos angustia una guerra nuclear, la contaminación
ambiental, e incluso tonteras como las niñas y las adolescentes
que evitan a toda costa tener un kilo o un
gramo de más que les haría verse “tremendamente gordas”.
Por
eso me llamó poderosamente la atención repasando el capítulo 10
de San Mateo, que hace decir a Cristo tres veces
en el término de unos cuántos renglones: “No tengan miedo...”.
Y eso me hizo preguntarme: ¿Cristo mismo no tendría miedo
alguna vez? Y como saben que soy muy atrevido, pues
quise preguntarle directamente: “Señor Jesús, sabemos que tú eres el
Hijo de Dios, que vives siempre en la presencia del
Padre y que eso llena por completo tu corazón. Sin
embargo, también eres hombre, y por los días de tu
vida terrenal, quisiste tomar sobre ti todas las situaciones que
acompañan la vida de los hombres. Por eso quiero preguntarte
si alguna vez experimentaste el miedo de los hombres”.
Y
la respuesta vino espontánea: “Si efectivamente, no hubiera sido hombre
si no hubiera experimentado a ese hermano gemelo que llevan
todos los hombres desde que nacen y con el que
tienen que convivir hasta la muerte. Pero el miedo crucial
al que yo tuve que enfrentarme, vino precisamente en aquellas
horas pasadas en el huerto de Getsemaní en Jerusalén, la
noche de mi aprensión. Yo venía de la cena de
despedida de mis apóstoles, de mis queridos apóstoles. Ahí experimenté
toda la gama de sentimientos que puede tener un hombre
en esas circunstancias, el miedo a dejar a los mío,
el miedo a la suerte que pudieran correr en el
mundo, el miedo de no volverlos a ver más en
este mundo, pero al mismo tiempo la alegría de que
ya se avecinaba: el envío del Espíritu Santo que haría
mis hombres, gentes valientes e intrépidas, para llevar a
todos los hombres la palabra de salvación que pronto
se les confiaría. Esa noche experimenté el consuelo de la
compañía de mis hermanos y confidentes, los apóstoles, de manera
que ya te puedes imaginar mi estado de ánimo, y
así llegué al huerto para hacer oración. Invité a mis
apóstoles, pero sería por la cena, sería por el cierto
temor ante lo que veían como algo inminente, se me
quedaron dormidos, y me encontré de pronto solo ante el
fin que ya preveía, mi propia muerte en condiciones de
verdadera injusticia y de atormentadora crueldad. Y el miedo que
experimenté fue crucial, de manera que mis vasos capilares no
resistieron tanta presión, al grado de reventarse, y de
pronto me vi manchado de sangre de la frente que
bañaba mi rostro y mis manos. Esa noche supliqué a
mi Padre que pasara de mí aquél tormento terrible que
se avecinaba, pero también le dije que dispusiera de mí
a su antojo, pues primero estaba el mensaje y la
salvación que él mismo me había confiado. Y vino la
consolación, sentí la presencia de mi Buen Padre Dios, me
sentí amado por él y aunque las circunstancias indicaran otra
cosa, sentí que el Padre nunca me abandonaría, ni abandonaría
a la humanidad a la que venía a salvar. Por
eso, pude levantarme sereno, al encuentro con mis enemigos, que
ya se encontraban en el mismo huerto, esperando el momento
propicio para aprehenderme. Me vi tremendamente sorprendido al darme cuenta
que uno precisamente de los míos, de los que yo
había escogido, de los que yo había instruido y precisamente
uno de los que yo había amado, viniera al frente,
para entregarme con un beso a los que había venido
a aprenderme”.
Yo seguí con verdadera emoción las palabras de
Jesús, y así pude comprender el porqué el miedo a
lo desconocido, al futuro y a la muerte, no tiene
ya razón de ser, porque Jesús venció a todo ello
y nos invita a situarnos ante el Buen Padre Dios,
en los que desaparecerán todos nuestros miedos y nuestras angustias.
Y así recordé que esa palabra: “No tengan miedo”, es
crucial y abundantísima en toda la Escritura santa, y muchas
personas la escucharon, así Abraham cuando fue invitado a dejarlo
todo para ir tras de un Dios desconocido, para fundar
un pueblo a mucha distancia de su propio lugar, lo
mismo que Moisés cuando fue enviado a liberar al pueblo
hebreo de la mano de los egipcios. Cómo se resistió
el pobre de Moisés, y cómo se resistían los profetas
del pueblo hebreo, poniendo miles de pretextos para cumplir con
las misiones que se les confiaban: Yo no sé hablar,
yo soy muy pequeño, yo no soy digno... Pero al
final el Señor los convencía y les daba su gracia,
y así podemos escuchar a Jeremías, que fue muy perseguido
por las cosas que tenía que anunciarle al pueblo: “Pero
el Señor, guerrero poderoso, está a mi lado: por eso
mis perseguidores caerán por tierra y no podrán conmigo”.
Bendita palabra “El Señor está conmigo”, que todos podemos repetir,
pues Cristo mismo aseguró como última palabra sobre la tierra:
“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin
del mundo”.
Y recordé que gentes muy importantes cercanos al
corazón de Cristo también escucharon el famoso “No tengan miedo”,
los mismos apóstoles, muchas veces como cuando atravesaban con mucha
dificultad el lago de Galilea y vieron venir de pronto
a Jesús avanzado sobre las aguas en medio de la
noche. José el esposo virginal de María, experimentó aquél “No
tengas miedo”, cuando se dio cuenta que su amada esposa
estaba esperando un hijo, que no era suyo. El ángel
le revela la verdad en aquel sueño que hizo que
él se levantara gozoso a preparar todo para la boda.
¡Y qué delicia! La mismísima Virgen María, cuando se siente
cercana al ángel de luz que le anunciaba que con
su consentimiento sería la Madre de Jesús, el Hijo de
Dios, ella se atemoriza, se angustia, no sabe qué contestar,
no sabe como reaccionar, y el ángel tiene que tranquilizarla
primero: “No temas María...” dándole luego la explicación natural que
ella pedía para poder decir entonces luminosamente: “He aquí la
esclava del Señor”.
Por eso hoy podemos escuchar como dirigido a
nosotros el triple bendito: “No temas”, de parte de Jesús,
de parte del Buen Padre Dios y de parte del
Espíritu Santo. Ahí está el secreto para vencer nuestros miedos,
nuestros temores y nuestras angustias, en el momento en que
experimentemos la agradable presencia del Señor en nuestras vida, en
el momento en que pongamos toda nuestra voluntad en sus
manos y en el momento en que nos confiemos totalmente
en su providencia amorosa, para poder decir con San Pablo:
“Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?” O con
el mismo Pablo: “Pero en todo esto salimos más que
vencedores gracias a aquel que nos ha amado”, o con
el mismísimo Salmo 27: “Si mi padre y mi madre
me abandonan, el Señor no me abandonará”.
Esa es
nuestra convicción, Dios no nos abandonará, por eso saldremos triunfantes,
haremos a un lado nuestros temores, y ayudaremos a construir
un mundo de paz, de cordialidad y de profunda comunión
con todos los hombres de la tierra. |
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