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Reflexiones dominicales | tema
Autor: P. Alberto Ramírez Mozqueda
¿Cristo tuvo miedo?
Domingo 12 ordinario. Ciclo A. En el temor y la angustia y en todo momento confiemos siempre en Dios.
 
¿Cristo tuvo miedo?
¿Cristo tuvo miedo?
Domingo 12 ordinario. Ciclo A.

El miedo, la angustia y la ansiedad han llegado a ser los malestares comunes de nuestro tiempo. Ciertamente los hombres de todos los tiempos han tenido que soportar los miedos desde el momento de nacer hasta la muerte. El niño tiene miedo de la oscuridad, de los que le gritan o le abandonan, el adolescente en una primerísima etapa tiene miedo del otro sexo y se encierra en complejos de timidez y de inferioridad, y el adulto experimenta la angustia del mundo, del futuro, de la violencia y los asaltos, el que va llegando a los cuarenta, siente que ya no habrá oportunidades para él, etc., pero la época actual tiene sus propios miedos, acentuados definitivamente desde aquél fatídico 11 de septiembre en New York.

Hoy tenemos miedo de nuestros propios adelantos científicos creados por el hombre mismo, y nos angustia una guerra nuclear, la contaminación ambiental, e incluso tonteras como las niñas y las adolescentes que evitan a toda costa tener un kilo o un gramo de más que les haría verse “tremendamente gordas”.

Por eso me llamó poderosamente la atención repasando el capítulo 10 de San Mateo, que hace decir a Cristo tres veces en el término de unos cuántos renglones: “No tengan miedo...”. Y eso me hizo preguntarme: ¿Cristo mismo no tendría miedo alguna vez? Y como saben que soy muy atrevido, pues quise preguntarle directamente: “Señor Jesús, sabemos que tú eres el Hijo de Dios, que vives siempre en la presencia del Padre y que eso llena por completo tu corazón. Sin embargo, también eres hombre, y por los días de tu vida terrenal, quisiste tomar sobre ti todas las situaciones que acompañan la vida de los hombres. Por eso quiero preguntarte si alguna vez experimentaste el miedo de los hombres”.

Y la respuesta vino espontánea: “Si efectivamente, no hubiera sido hombre si no hubiera experimentado a ese hermano gemelo que llevan todos los hombres desde que nacen y con el que tienen que convivir hasta la muerte. Pero el miedo crucial al que yo tuve que enfrentarme, vino precisamente en aquellas horas pasadas en el huerto de Getsemaní en Jerusalén, la noche de mi aprensión. Yo venía de la cena de despedida de mis apóstoles, de mis queridos apóstoles. Ahí experimenté toda la gama de sentimientos que puede tener un hombre en esas circunstancias, el miedo a dejar a los mío, el miedo a la suerte que pudieran correr en el mundo, el miedo de no volverlos a ver más en este mundo, pero al mismo tiempo la alegría de que ya se avecinaba: el envío del Espíritu Santo que haría mis hombres, gentes valientes e intrépidas, para llevar a todos los hombres la palabra de salvación que pronto se les confiaría. Esa noche experimenté el consuelo de la compañía de mis hermanos y confidentes, los apóstoles, de manera que ya te puedes imaginar mi estado de ánimo, y así llegué al huerto para hacer oración. Invité a mis apóstoles, pero sería por la cena, sería por el cierto temor ante lo que veían como algo inminente, se me quedaron dormidos, y me encontré de pronto solo ante el fin que ya preveía, mi propia muerte en condiciones de verdadera injusticia y de atormentadora crueldad. Y el miedo que experimenté fue crucial, de manera que mis vasos capilares no resistieron tanta presión, al grado de reventarse, y de pronto me vi manchado de sangre de la frente que bañaba mi rostro y mis manos. Esa noche supliqué a mi Padre que pasara de mí aquél tormento terrible que se avecinaba, pero también le dije que dispusiera de mí a su antojo, pues primero estaba el mensaje y la salvación que él mismo me había confiado. Y vino la consolación, sentí la presencia de mi Buen Padre Dios, me sentí amado por él y aunque las circunstancias indicaran otra cosa, sentí que el Padre nunca me abandonaría, ni abandonaría a la humanidad a la que venía a salvar. Por eso, pude levantarme sereno, al encuentro con mis enemigos, que ya se encontraban en el mismo huerto, esperando el momento propicio para aprehenderme. Me vi tremendamente sorprendido al darme cuenta que uno precisamente de los míos, de los que yo había escogido, de los que yo había instruido y precisamente uno de los que yo había amado, viniera al frente, para entregarme con un beso a los que había venido a aprenderme”.

Yo seguí con verdadera emoción las palabras de Jesús, y así pude comprender el porqué el miedo a lo desconocido, al futuro y a la muerte, no tiene ya razón de ser, porque Jesús venció a todo ello y nos invita a situarnos ante el Buen Padre Dios, en los que desaparecerán todos nuestros miedos y nuestras angustias. Y así recordé que esa palabra: “No tengan miedo”, es crucial y abundantísima en toda la Escritura santa, y muchas personas la escucharon, así Abraham cuando fue invitado a dejarlo todo para ir tras de un Dios desconocido, para fundar un pueblo a mucha distancia de su propio lugar, lo mismo que Moisés cuando fue enviado a liberar al pueblo hebreo de la mano de los egipcios. Cómo se resistió el pobre de Moisés, y cómo se resistían los profetas del pueblo hebreo, poniendo miles de pretextos para cumplir con las misiones que se les confiaban: Yo no sé hablar, yo soy muy pequeño, yo no soy digno... Pero al final el Señor los convencía y les daba su gracia, y así podemos escuchar a Jeremías, que fue muy perseguido por las cosas que tenía que anunciarle al pueblo: “Pero el Señor, guerrero poderoso, está a mi lado: por eso mis perseguidores caerán por tierra y no podrán conmigo”. Bendita palabra “El Señor está conmigo”, que todos podemos repetir, pues Cristo mismo aseguró como última palabra sobre la tierra: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

Y recordé que gentes muy importantes cercanos al corazón de Cristo también escucharon el famoso “No tengan miedo”, los mismos apóstoles, muchas veces como cuando atravesaban con mucha dificultad el lago de Galilea y vieron venir de pronto a Jesús avanzado sobre las aguas en medio de la noche. José el esposo virginal de María, experimentó aquél “No tengas miedo”, cuando se dio cuenta que su amada esposa estaba esperando un hijo, que no era suyo. El ángel le revela la verdad en aquel sueño que hizo que él se levantara gozoso a preparar todo para la boda. ¡Y qué delicia! La mismísima Virgen María, cuando se siente cercana al ángel de luz que le anunciaba que con su consentimiento sería la Madre de Jesús, el Hijo de Dios, ella se atemoriza, se angustia, no sabe qué contestar, no sabe como reaccionar, y el ángel tiene que tranquilizarla primero: “No temas María...” dándole luego la explicación natural que ella pedía para poder decir entonces luminosamente: “He aquí la esclava del Señor”.

Por eso hoy podemos escuchar como dirigido a nosotros el triple bendito: “No temas”, de parte de Jesús, de parte del Buen Padre Dios y de parte del Espíritu Santo. Ahí está el secreto para vencer nuestros miedos, nuestros temores y nuestras angustias, en el momento en que experimentemos la agradable presencia del Señor en nuestras vida, en el momento en que pongamos toda nuestra voluntad en sus manos y en el momento en que nos confiemos totalmente en su providencia amorosa, para poder decir con San Pablo: “Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?” O con el mismo Pablo: “Pero en todo esto salimos más que vencedores gracias a aquel que nos ha amado”, o con el mismísimo Salmo 27: “Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor no me abandonará”.

Esa es nuestra convicción, Dios no nos abandonará, por eso saldremos triunfantes, haremos a un lado nuestros temores, y ayudaremos a construir un mundo de paz, de cordialidad y de profunda comunión con todos los hombres de la tierra.
 
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