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Reflexiones dominicales | tema
Autor: P. Alberto Ramírez Mozqueda
Fiesta de la Ascensión del Señor
¿Cuándo comienzas a considerar como dirigido a ti el divino mandato: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura?”
 
Fiesta de la Ascensión del Señor
Fiesta de la Ascensión del Señor

Con la fiesta de la Ascensión del Señor, concluye la historia de Cristo sobre la tierra. Se cierra toda una vida que ha sido comentada por veinte siglos y seguirá dando de qué hablar a muchas generaciones más.

Sin embargo, replanteando el asunto, Ascensión sería apenas un capítulo más, no el último de la vida de Cristo, pues al decir de José Luis Martín Descalzo, “la historia completa de Cristo debería prolongarse hasta el fin de los siglos. Jesús no muere al morir, no se va al resucitar, no deja de vivir al desaparecer de entre los hambres. Sigue –literalmente- vivo en su Iglesia, en esta aventura que aún tenemos a medio camino. Vive en su Eucaristía. Vive en su palabra: vive en la comunidad: vive en cada creyente: vive, incluso, en cada hombre que lucha por amar y vivir. Y estas cinco presencias son tan reales como las que los apóstoles experimentaron en Galilea o por las calles de Jerusalén”.

¿Qué es entonces la Ascensión del Señor? El asunto no tendrá dificultad de ser explicado a los pequeños, porque los niños, acostumbrados a los viajes espaciales, a las naves y a los cohetes personales, pensarían que con solo encender un switch, los gases fluirían, para elevarlo por los espacios siderales hasta donde él quisiera.

Pero en realidad no se trata de montar una tramoya y un aparato escénico para mostrar a sus alelados discípulos la fuerza del Maestro, sino percatarnos de algo sensacional, y que a nosotros nos llena de alegría: después de los tres escalones de abajamiento de Cristo: su Encarnación, su cruz y su muerte, vendrían tres peldaños ascendentes: su resurrección, su ascensión y su asentamiento a la diestra del Padre. Y más asombroso todavía: alguien de nuestra raza, de nuestra sangre de nuestra familia, un hombre, está ahora a la derecha del Padre. Un corazón que amó intensamente a los hombres, sigue latiendo y ahora con más fuerza, para seguir declarando su amor a todos los hombres. El corazón de Cristo ya late cerca del Buen Padre Dios, esperando nuestro regreso y nuestro acomodo en el regazo del Padre.

Esa es nuestra alegría en la fiesta de la Ascensión: Cristo ha triunfado, bajó Dios, y subió “hombre”, es decir, es ahora el Dios-hombre que invita a nuestra humanidad a dejar las tontas diferencias raciales, económicas, sociales, culturales y folclóricas, para convertirnos en la familia que camina unida a la Casa del Padre.

Cabodevilla gusta en decir, en mejores palabras que las mías, que Cristo que siempre fue el Hijo de Dios, vivió como ocultando su divinidad, de la misma manera que ocurren los eclipses. Hace unas semanas hemos contemplado un eclipse total de la luna: un cuerpo opaco, la tierra, se opone entre el sol fuente de luz y la luna, y el espectáculo llega a ser sobrecogedor. De esa manera, la humanidad de Cristo, su cuerpo, impedía que la divinidad de Cristo se manifestara abiertamente, pero desde su resurrección y sobre todo en su ascensión, libre ya de ataduras, sin estar sujeto nunca más a las coordenadas del tiempo y del espacio, la Divinidad de Cristo surge majestuosa, y se coloca en el lugar que siempre le correspondió, a la diestra del Padre, el lugar de honor, el lugar de gloria, de poder y sobre todo de amor.

Hoy no es tiempo de muchas consideraciones, en mas bien un momento para alegrarnos, para pasmarnos, para entusiasmarnos por Cristo nuestra cabeza, que sube para prepararnos un lugar, y que se eleva, pero para distribuirse eficazmente entre los que le aman, para impulsar desde dentro, la marcha y la ascensión de todos los que hemos sido llamados al banquete de la vida.

Mientras ese momento llega, no podemos quedarnos para siempre mirando al cielo. Los mismos apóstoles, ante un Cristo que se fue elevando lentamente hacia lo alto, hasta que la nube misteriosa lo cubrió, que no sabían, que actitud tomar, si la tristeza por ya no tener entre ellos al Maestro, o alegrarse con aquella alegría que el mismo Señor les había anticipado: “Si ustedes me amaran, se alegrarían de que vaya al Padre... Cuando de nuevo os vea, se alegrará vuestro corazón y nadie será capaz de quitaros vuestra alegría...”, fueron despertados de su ensimismamiento, para animarlos y violentarlos suavemente a que se fueran a trabajar en lo que el mismo Señor les señaló: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura...”.

Y este mandato es en serio, fue el último deseo del Maestro, del Señor, hacer que todas las gentes lo amaran y pudieran gozar de su Redención, del perdón de sus pecados y de la oportunidad de vivir y vivir para siempre la nueva vida de los hijos de Dios. Pero tal parece que ese deseo de Cristo se aleja cada vez más, pues si atendemos a las cifras, los bautizados, los creyentes, los católicos, somos cada vez menos, y si no cambiamos de estrategias, si no nos decidimos a vivir de la gracia de Dios y si no “desentumecemos nuestras piernas y nuestras rodillas” para ir a todas partes a llevar el Evangelio de Jesús, cada vez seremos minoría en el mundo. Y prueba de ello es que en nuestro propio interior, en nuestro propio corazón, todavía hay continentes a los que no penetra el Evangelio, hay abismos en nuestro interior, a los que la luz del Evangelio no penetra todavía, y hay montañas enormes que no conquistamos todavía colocando en su cima el amor, los mandamientos de Cristo Jesús.

La Iglesia cuenta con el respaldo de Jesús. Él ha prometido su asistencia perpetua, pero eso mismo nos obliga a ir a donde el Evangelio aún no ha llegado, aún en medio de tormentas que siempre habrá en contra del Evangelio de Jesús. Prueba de ello son las acusaciones de partidos políticos en contra de varios obispos, a los que acusan de hacer política y quebrantar preceptos constitucionales que son “casi divinos”, cuando lo que hacen es ilustrar la conciencia de los fieles que al mismo tiempo son ciudadanos de este mundo, para iluminar caminos que nos acerquen los unos a los otros, para iluminar el camino hacia el Señor.

¿Cuándo comienzas a considerar como dirigido a ti el divino mandato: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura?”


Tu amigo el Padre Alberto Ramírez Mozqueda

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