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| Milagros Eucarísticos |
Señoras, señores:
El Santo Grial, el cáliz
que utilizó Nuestro Señor Jesucristo en la Última Cena, y
en el que se convirtió por vez primera el vino
en la sangre del Señor, ha sido en la historia
de la cristiandad una reliquia que ha unido la leyenda
con la verdad. Los caballeros de la Edad Media tenían
como ideal la búsqueda del Santo Grial, al que se
atribuían poderes milagrosos y contenía un alto significado espiritual. Era
símbolo de la perfección consumada, emblema de la pureza moral,
de la fe triunfante, de la caridad bienhechora, del heroísmo
caballeresco.
Esto se manifestó en los Caballeros de la Tabla Redonda,
en las grandes obras musicales de Ricardo Wagner, Parsifal y
Lohengrin, e incluso modernamente tenemos la búsqueda del Santo Grial
en una película de Steven Spielberg con Harrison Ford titulada
«Indiana Jones y la última cruzada», que fue una de
las más taquilleras de la temporada. Por el mundo hay
varios cálices que pretenden ser el Santo Grial de la
Última Cena. Voy exponer las razones por las cuales
creo que el auténtico es el que se conserva en
Valencia desde hace 500 años. *** La familia de San
Marcos evangelista era rica. Tenía un molino de aceite en
Getsemaní, donde fue la Oración del Huerto de Jesús. También
tenían una casa en la capital, en Jerusalén; y allí
celebró Cristo la Última Cena: lo que hoy llamamos el
Cenáculo. Dicen los Hechos de los Apóstoles (12:12) que éstos
de reunían con frecuencia en el Cenáculo, que era propiedad
de la familia de San Marcos.
El Cenáculo, que mide 15,5
metros de longitud y 9,5 de anchura, ha sido mezquita
durante siglos, pues los musulmanes tenían especial interés en convertir
en mezquitas los principales lugares cristianos. Hoy pertenece al Estado
de Israel. En la planta baja han puesto el museo
del «Holocausto nazi». Como es lógico la familia de San
Marcos le puso al Señor para la cena la mejor
vajilla que tenían. En aquel tiempo las copas de más
valor no eran las de oro y plata, sino las
de piedras preciosas. En las épocas griega y romana era
de uso frecuente, en mesas lujosas, los vasos de piedras
ricas. Plinio nos dice que los antiguos se preciaban de
hacer cálices de piedras preciosas: y explica cómo se hacían.
En muchos museos y colecciones figuran vasos greco-romanos de piedra.
La copa del Santo Grial de Valencia es de ágata.
Parece ser del siglo II antes de Cristo. Lo original
es sólo la copa. Las asas y el pie son
de orfebrería posterior. *** San Marcos acompañó a San Pedro
a Roma a predicar el Evangelio. Es lógico que se
llevara consigo la copa de su familia, que utilizó el
Señor en la Última Cena, para que en ella consagrara
San Pedro al decir misa. Después del Concilio Vaticano II
tenemos varias fórmulas para decir el canon de la misa:
unas más largas y otras mas cortas. Pero hasta el
Concilio Vaticano II sólo había una fórmula: la del Canon
Romano. Se conserva inalterada desde los tiempos apostólicos.
Yo mismo he
utilizado esta fórmula miles de veces cuando se decía la
misa en latín. En esta fórmula del Canon Romano se
dice: «El Señor Jesús, tomando en sus santas manos ESTE
CÁLIZ...». Cuando yo decía «este cáliz» pensaba en «un cáliz».
Pero hora caigo en la cuenta de que San Pedro
decía «este cáliz» porque era el mismo que había utilizado
el Señor en la Última Cena. *** Consta por la
historia que en Roma había un cáliz, llamado el «cáliz
papal», porque con él sólo decía misa el Papa, pues
era el mismo cáliz que había utilizado el Señor el
la Última Cena. Cuando la persecución del emperador Valeriano, que
se estaba apoderando de los bienes de la Iglesia, el
Papa de entonces, San Sixto II, encargó al diácono San
Lorenzo, que era el administrador de los bienes de la
Iglesia de Roma, que salvara el cáliz del Señor de
la rapiña del emperador. *** San Lorenzo, que después murió
mártir en la parrilla, era español, aragonés, de Jaca. Para
salvar el cáliz se lo entregó a un soldado del
ejército romano, paisano suyo, que volvía a Jaca de permiso,
para que se lo entregara a sus padres, acompañando el
cáliz con una carta que conocemos. Al texto de esta
carta se refiere el pergamino nº 136 de la colección
Martín el Humano del Archivo de la Corona de Aragón
en Barcelona Es conocido el cuadro de la basílica romana
de San Lorenzo-extramuros, en las afueras de Roma, en el
que está San Lorenzo entregando un cáliz a un soldado
que lo recibe de rodillas. Este soldado se trajo el
cáliz a Jaca y se lo entregó a la familia
de San Lorenzo, y éstos al Obispo de Jaca.
Durante
la invasión musulmana, este cáliz se escondió en el Pirineo
aragonés. Por eso los Caballeros Medievales no sabían dónde estaba,
y lo buscaban por el mundo. En el siglo XIV,
Martín el Humano, rey de Aragón y Cataluña, quiso llevarse
a su Oratorio Real el Santo Cáliz del Señor, que
se conservaba en el Monasterio de San Juan de la
Peña, en el Pirineo aragonés, y en compensación hizo al
monasterio un valioso donativo. De esta donación se conserva documentación
en el Archivo de la Corona de Aragón del 26
de Septiembre de 1399. Más tarde, el 18 de Marzo
de 1437, Alfonso el Magnánimo entregó el Santo Cáliz a
la catedral de Valencia para que allí fuera custodiado; y
ahí se encuentra desde entonces.
El 8 de Noviembre de 1982
el Papa Juan Pablo II, en su visita a la
catedral de Valencia, oró ante él de rodillas, y lo
utilizó cuando celebró misa en el Paseo de la Alameda,
en la que ordenó a ciento cincuenta nuevos sacerdotes, procedentes
de toda España. *** La palabra «grial» unos opinan que
es una evolución de la palabra hebrea «goral» que significa
copa grande, vaso, recipiente. Otros opinan que procede del romance
ibérico, pues con este significado aparece en el Arcipreste de
Hita, en el Amadís de Gaula e incluso en el
Quijote de Cervantes. Si realmente la palabra «grial» procede de
España, sería una confirmación de la existencia aquí del Santo
Cáliz.
Don Antonio Beltrán, Catedrático de Arqueología en la Universidad de
Zaragoza, estudió el Santo Grial y en su libro «El
Santo Cáliz de la Catedral de Valencia», publicado en 1984,
dice: «La Arqueología no tiene nada que oponer a la
autenticidad del Santo Cáliz; antes bien, es capaz de probar
con seguridad que, dada la fecha y origen de la
copa, ésta pudo estar perfectamente en la mesa de la
Cena del Señor. Al resultado de nuestra investigación hemos llegado
sin apartarnos un ápice del recto camino de observación, interpretación
y determinación cronológica; pasos obligados en todo estudio arqueológico».
En la
introducción del libro agradece la ayuda de veinte especialistas que
han colaborado en su trabajo. El Santo Grial tiene 17
centímetros de altura. La copa mide 5,5 de altura y
9,5 de anchura. El pie está adornado de perlas y
esmeraldas. *** Por lo anteriormente expuesto se puede mantener con
fundamento que el Santo Grial de Valencia es el cáliz
que utilizó el Señor en la Última Cena cuando instituyó
la Eucaristía. Entonces dijo: «Éste es el cáliz de mi
sangre». Y después: «Haced esto en memoria mía». Hagamos ahora
alguna consideración sobre la Eucaristía.
La presencia real de Cristo vivo
en el pan y en el vino consagrados es cuestión
de fe. Por las apariencias, el pan y el vino
consagrados no se distinguen del pan y el vino sin
consagrar. Pero ya sabemos que las apariencias engañan. La Luna
parece plana y sabemos que es esférica. La Luna llena,
en el horizonte, parece más grande que en el cenit,
y sabemos que no cambia de volumen porque es una
bola de piedra. No todo lo que sabemos podemos experimentarlo
personalmente. Yo admito los movimientos de rotación y traslación de
la Tierra porque así me lo dicen los astrónomos, que
saben más que yo.
Tenemos que fiarnos de los que saben
más que nosotros, si tenemos confianza de que no nos
engañan porque «saben lo que dicen y dicen lo que
saben». Pues Dios es la Sabiduría y Bondad infinitas. Nadie
es tan digno de crédito como Él. Dice San Agustín
hablando de la fe en Dios: «El que cree lo
que no ve, algún día verá lo que creía».
No deja
de ser un misterio que un Dios infinitamente grande se
encierre en una hostia tan pequeñita. Y que partiéndola no
se parte Dios, sino que Dios sigue entero en cada
una de las partes. Pero, aunque no es lo mismo,
también un paisaje se encierra en una foto mucho más
pequeña; y mi voz se divide en cada uno de
los oídos de los oyentes sin perder nada, aunque aumente
el número de éstos. La comparación es de San Agustín.
Jesucristo está entero tanto en el pan consagrado como en
el vino consagrado. Por eso para recibirlo no es necesario
hacerlo bajo las dos especies. Basta cualquiera de las dos
para recibirlo entero. El sentido de las palabras de Jesucristo
no puede ser más claro. Entenderlas de un modo simbólico
es engañar o engañarse. Si Cristo hablara simbólicamente, habría que
decir que nos engañó. Hay circunstancias en las que no
se puede admitir un lenguaje simbólico. ¿Qué dirías de un
moribundo que te promete dejarte su casa en herencia, y
luego lo que te dejara fuera sólo una foto de
ella? Si no queremos admitir que Cristo nos engañó, no
tenemos más remedio que admitir que sus palabras sobre la
Eucaristía significan lo que expresan. Los mismos judíos las entendieron
de modo real. Por eso se escandalizaron cuando Jesús dijo:
«Mi carne es verdadera comida». Aquello les sonaba a antropofagia.
Si hubieran entendido sus palabras de modo simbólico, no se
hubieran escandalizado. Jesús dijo también: «haced esto en memoria mía».
Con estas palabras quiso perpetuar la Eucaristía hasta el final
de los tiempos. Es un mandato que otorga a los
sacerdotes el poder y el deber de hacer presente el
sacrificio eucarístico hasta el final de los tiempos. Dijo Cristo:
«Yo estaré con vosotros hasta el final de los tiempos».
Cristo se ha quedado con nosotros para estar a nuestro
lado y ayudarnos en el camino que lleva al cielo.
Éste es también el sentido de las palabras: «Yo estaré
con vosotros hasta el final de los tiempos».
La comunión da
fuerza para dominar la concupiscencia, porque nos incorpora a Cristo,
lo cual es prenda de salvación eterna. Dijo Cristo: «El
que come mi carne y bebe mi sangre habita en
mí y yo en él»; «quien come de este pan
vivirá eternamente».
También dijo Cristo: «Yo soy la vid y vosotros
los sarmientos. Quien permanece unido a mí vivirá eternamente». El
sarmiento que se separa de la vid se seca y
es leña para el fuego. Como dice San Juan de
Ávila en su libro sobre la Eucaristía: «Metiendo a Cristo
en tus entrañas Él te hace partícipe de su divinidad
por la gracia. Por eso Dios te ama como cosa
suya. Y como dice San Pablo a los Efesios: «Nadie
aborrece su propia carne. Nadie echa al fuego su propia
mano o su propio pie». El cuerpo, si no se
alimenta, se muere. El alma también. Necesita alimento espiritual: la
Eucaristía, que es alimento del alma. La Eucaristía de los
moribundos se llama viático, porque da fuerza para caminar hacia
la vida eterna. Pero esto es verdad no sólo para
los moribundos, sino también para los que están en la
plenitud de la vida. Si estuvieras moribundo y te ofrecieran
una medicina que te daría diez años más de vida,
¿la rehusarías? Pues la Eucaristía te da la vida eterna.
Dice San Agustín: «Si quieres que Dios sea tu casa
en el cielo, sé tú su casa en el suelo».
Nadie que aposentó al Señor en la tierra, quedó sin
recompensa:
- María Santísima lo aposentó en sus entrañas, y hoy
tiene en el cielo un puesto privilegiado. - Zaqueo lo recibió
un día en su casa, y le dijo el Señor:
«Hoy ha entrado aquí la salvación». - Marta y María lo
aposentaron en su casa, y Jesús las consideraba sus amigas.
La Eucaristía no es un mero banquete conmemorativo de la
Última Cena. Es una reactualización de la Última Cena y
del Calvario; aunque esto último de modo incruento. Lo más
grande que podemos hacer cada día es comulgar. Al comulgar
nos divinizamos. Dios nos transforma en Él. La Eucaristía nos
purifica y nos endiosa. Cuando tomo un alimento lo transformo
en mí. Cuando comulgo Dios me transforma en Él. Como
una hostia después de la consagración.
Hay hostias que nunca se
consagraron. Por ejemplo, las que emplean los futuros sacerdotes que
aprenden a decir misa, o las hostias sin consagrar con
las que ensayan los niños que se preparan para hacer
la Primera Comunión. Si estas hostias pudieran quejarse, se hubieran
quejado de no haber sido convertidas en el Cuerpo de
Cristo, de no haber tenido la suerte de ser consagradas.
Nosotros no podemos quejarnos, pues en nuestra mano está el
comulgar. Tengo en mi mano el don de hacer mío
a Dios, hacerle sustancia mía; y a mí sustancia de
Él: transformarme en Él, divinizarme. No soy yo quien asimila
el alimento, sino que el alimento divino me asimila a
mí. La Eucaristía me transforma en Cristo. Por eso dice
San Pablo: «Vivo yo, mejor dicho, no soy yo el
que vive, es Cristo quien vive en mí». Pues como
dice San Juan de la Cruz en su Cántico Espiritual:
«Cristo me transforma, y mi vida es más divina que
humana». Al comulgar me convierto en custodia, pues llevo a
Dios en mi corazón. Pero de más valor que una
custodia de oro, pues ésta no puede amar al Señor
que tiene dentro, y yo sí. Por eso no basta
comulgar sólo con la boca. Hay que comulgar con todo
el corazón. Y comulgar con frecuencia. Muchos hacen largos viajes
y grandes gastos por turismo. Pues aquí tenemos a Dios.
Si al comulgar repartieran un millón de pesetas a cada
persona, habría cola. Pues en la misa se reparte a
Dios, que vale muchísimo más. Cada comunión que pierdo la
pierdo para toda la eternidad. Los méritos que podía haber
ganado hoy comulgando, ya no los ganaré jamás. Mañana podré
ganar los de mañana, y pasado los de pasado mañana;
pero los de hoy los perdí para siempre. Perdí grados
de gloria. Por supuesto que no nos merecemos la Eucaristía.
Pero no comulgamos porque seamos estupendos, sino para serlo. No
porque amemos lo suficiente, sino para amar más. Por otra
parte, la Eucaristía es el gran regalo de Dios. El
regalo es la medida del amor. En el regalo se
pone el amor. A más amor, mayor es el regalo.
El regalo que nos hace el amor de Dios es
Él mismo. No hay regalo más grande que un Dios
infinito. Dios omnipotente no pudo darnos nada que valga más
que Él mismo. Y nosotros no podemos recibir ningún bien
más grande que a Dios. Por eso debemos prepararnos adecuadamente.
Si el Papa te anuncia que quiere visitarte, ¿cómo arreglarías
tu casa? Para recibir a Dios hay que estar en
gracia. El que comulga en pecado mortal comete un sacrilegio.
Y en frase de San Pablo «se traga su propia
condenación».
Pero no angustiarse: «pecado olvidado, pecado perdonado». Basta decirlo en
la próxima confesión. No tener escrúpulos para comulgar. Pero sí
delicadeza de conciencia. Y al comulgar hablar con Dios: darle
gracias, pedirle, adorarle, amarle, proponerle fidelidad, etc.
Está muy bien cantar
algo al comulgar. Pero en algunos sitios se va a
comulgar cantando, se vuelve cantando, y al minuto todos a
la calle. ¿Cuándo han hablado con el Señor que acaban
de recibir? ¿Nos vamos a extrañar de la rutina al
comulgar? El amor nace del trato. Si no atiendes al
Señor que acabas de recibir, terminará por serte indiferente. Para
que la vida eucarística y litúrgica no se reduzca a
un simple formalismo, exige preparación. Una madre dice amorosamente a
su hijo: «te comería». Dios nos come de amor. Una
madre, por amor, daría la vida a su hijo moribundo.
Dios, por amor, muere en la misa, y nos da
su vida en la comunión para que nosotros vivamos.
La Eucaristía
es el sacramento del amor. «Dios es amor», dice San Juan. Por
amor, Dios se hizo hombre. Por amor, Dios murió en la
cruz. Por amor, Dios se quedó en la Eucaristía. Y esto sabiendo
los sacrilegios que se iban a cometer, y el abandono
que sufriría en tantos sagrarios.Deberíamos visitar el sagrario al menos
una vez al día, aunque sea brevemente si no tenemos
más tiempo. Decirle al menos:
«Señor: te doy gracias por todo,
te pido por todo, te ruego que me ayudes en
todo. Adiós». No has tardado ni un minuto. Jesucristo nos
espera en el sagrario. La Eucaristía no es algo, es
alguien. No es interés por una cosa, es amor a
una persona que se ha adelantado en amarme a mí
primero. El tiempo que estás junto al sagrario te estás
tostando al amor de Dios. Déjate embellecer espiritualmente por el
sol del sagrario. Como María de Betania que no se
cansaba de estar a los pies de Jesús porque lo
amaba. Dile: «Aquí estoy, Señor, porque te amo. No puedo
estar mucho tiempo, pero quiero repetirte que te amo. Tú
ya lo sabes, pero diciéndotelo mi amor se hace más
grande».
Decía un protestante: «Si yo creyera que Dios está en
el sagrario, no me movería de allí». Si yo lo
creo, ¿se me nota?. Dios se alegra cuando comulgamos pues
así le manifestamos nuestro amor.
Comulgar es corresponder al amor con
que Jesús instituyó la Eucaristía. La cristificación que la comunión
realiza en nosotros nos capacita para la evangelización y el
testimonio que como cristianos debemos ejercer en el mundo. La
Eucaristía tiene un valor comunitario. Al comulgar yo, comulga la
Iglesia. Me beneficio yo y se beneficia la Iglesia.
La salud del Cuerpo Místico de la Iglesia depende de
la salud de sus miembros. La comunión nos une a
todo el Cuerpo Místico de Cristo. Nos une a los
comulgantes de hoy, de ayer y de mañana; por encima
del tiempo y del espacio. Como dice San Pablo: «Todos
nos hacemos un solo cuerpo al participar del mismo pan
eucarístico que nos une a Cristo. Por eso la Iglesia
no es una simple sociedad humana admiradora de Jesucristo. Es
una sociedad que participa de la vida de Cristo. La
misa es el acto más grande y más sublime que
cada día se realiza en la Tierra, pues es la
representación, es decir, se hace nuevamente presente; es la reactualización
de la Redención de la Humanidad en la cruz. Esta
realización histórica se perpetúa en la Santa Misa. Dice el
padre dominico Antonio Royo Marín: «Una sola misa glorifica a
Dios más que toda la gloria que le dan todos
los santos del cielo, incluida la Santísima Virgen, por toda
la eternidad».
Esto parece exageración, pero es pura teología. Y
se entiende fácilmente. Porque toda la gloria que le dan
a Dios todos los santos del cielo, incluida la Santísima
Virgen María, es gloria de criaturas. La Santísima Virgen es
la más maravillosa de las criaturas, pero criatura también. Y
esto no puede compararse a la gloria que Cristo-Dios le
da a su Padre-Dios muriendo en la cruz por la
salvación del mundo. Por eso, si fuéramos conscientes de lo
que vale la misa procuraríamos ir a misa diariamente, si
esto nos es posible. *** Una confirmación de la Presencia
Real de Cristo en el Santísimo Sacramento son los milagros
eucarísticos. Aunque nuestra fe en la Eucaristía se basa en
el Evangelio, en la Palabra de Dios. Voy a tratar
de cuatro milagros eucarísticos que he estudiado esmeradamente. Los voy
a tratar como hechos históricos estudiados críticamente. Prescindiendo de la
declaración que la Iglesia pueda hacer algún día. ***
Voy a empezar por los Corporales de Daroca. El 23
de Febrero de 1239, en plena reconquista del Reino de
Valencia por Jaime I el Conquistador, antes de entrar en
combate en Luchente, a 17 Km. de Játiva, las tropas
cristianas estaban oyendo la Santa Misa. Durante ella atacaron los
moros, y el capellán, D. Mateo Martínez, tuvo que interrumpirla.
Como ya había consagrado, dobló los corporales con las formas
consagradas dentro, de unos capitanes que iban a comulgar. Estos
corporales los escondió en una cueva cercana debajo de una
piedra para salvarlas de una posible profanación. La victoria fue
para las tropas cristianas, aunque eran muy inferiores en número.
Para
agradecer a Dios la victoria, los capitanes quisieron comulgar con
las formas ya consagradas. Cuando el capellán desdobló los corporales
se encontró las seis formas consagradas empapadas en sangre. Estos
corporales, con las improntas de las seis formas ensangrentadas, se
conservan hoy en Daroca, a 8 Km de Zaragoza, de
donde era el capellán Mateo Martínez. Hoy están en la
Colegiata de Santa María, construida por Juan Marión entre 1585
y 1592 sobre el templo románico anterior. Los Reyes Católicos,
Isabel y Fernando, fueron tres veces a postrarse ante ellos.
La historia de estos corporales ha sido estudiada por el
P. Braulio Manzano, S.I. de quien yo me he informado.
*** En 1572, durante la guerra de Flandes entre católicos
y protestantes, éstos saquearon la catedral de Gorkum, en Holanda,
a 15 Km de La Haya. Robaron joyas y vasos
sagrados, y arrojaron al suelo el Santísimo Sacramento. Un hereje
dio un pisotón a una forma consagrada con su bota
de clavos. Al instante brotaron tres gotas de sangre por
los orificios que hicieron los clavos de la bota. El
hereje, espantado, confuso y dolido, la recogió y se la
llevó al Deán de la catedral Juan van der Delpht.
Después arrepentido se convirtió al catolicismo y se hizo fraile
franciscano.
Esta Sagrada Forma, con las tres manchas de sangre, fue
traída a Felipe II, que entonces dominaba los Países Bajos,
por el P. Martín de Guzmán, Provincial de los Agustinos
en Alemania y Bohemia. La trajo en una caja de
madera cerrada y sellada, acompañada de un documento acreditativo del
notario Guillermo Baumer y dos testigos; según consta en el
Archivo de Simancas en documento de Marzo de 1594.
Esta Sagrada
Forma hoy se conserva incorrupta, en un relicario, en la
sacristía del Monasterio de San Lorenzo del Escorial en Madrid.
Un cuadro de Claudio Coello, en esta sacristía, representa al
rey Carlos II recibiendo la bendición con esta Sagrada Forma
a manos del P. Francisco de los Santos, Prior de
la comunidad de monjes jerónimos del Monasterio. Este cuadro de
Claudio Coello mide 9x7,5 metros y fue pintado entre los
años 1685 y 1688. Está considerado como una de las
obras maestras de la pintura española del siglo XVII, según
Martín González en su Historia de la Pintura. Para todo
lo relacionado con el milagro de la Sagrada Forma del
Escorial me he informado en el libro que con este
título ha escrito el P. Benito Mediavilla, O.S.A. ***
Cuando estuve dando conferencias en Almácera (Valencia) contemplé en la
iglesia parroquial un gran cuadro que perpetúa el siguiente hecho:
En Julio de 1348 un molinero suplicó al párroco de
Alboraya, al lado de Almácera, que fuera a llevar el
viático a su padre moribundo, en una alquería. En ese
momento diluviaba, pero dada la urgencia del caso el párroco
se puso en camino. Tenía que atravesar el torrente Carraixet
sobre una tabla. Resbaló, se cayó y perdió el Santísimo,
que fue arrastrado por la corriente. Apenado por el suceso
fue a atender al moribundo.
Al día siguiente fue en su
busca un pescador diciéndole que en la orilla del mar,
junto a la desembocadura del Carraixet, había tres grandes peces
con la cabeza fuera del agua y algo en la
boca que parecía una Sagrada Forma. El párroco se acordó
del Santísimo que había perdido la noche anterior, se puso
los ornamentos sagrados y con un grupo de vecinos fue
a la playa con un copón. Se acercó a la
orilla con el copón abierto, y los tres peces, uno
a uno, dando un salto, depositaron en el copón, que
él llevaba en las manos, las tres Sagradas Formas.
Este hecho
se ha perpetuado en varios cuadros, en el nombre de
una calle de Alboraya titulada «El milagro de los peces»,
en una capilla en la playa en el lugar en
que aparecieron los peces, y en el mismo escudo de
Alboraya que tiene un copón con los tres peces depositando
en él las Sagradas Formas. La actual capilla está levantada
sobre la primitiva. El día de la fiesta acude a
este lugar una multitud numerosa desde hace seiscientos años. Todo
esto no puede ser el resultado de una invención. Todo
esto tiene una fuerza probativa del milagro superior a un
documento escrito conservado en un archivo. *** Lanciano está en
la costa del mar Adriático, en Italia. En el siglo
VIII, estando un sacerdote celebrando la santa misa, después de
la consagración, le asalta una tentación sobre la presencia real
de Cristo en el Santísimo Sacramento. En aquel instante la
Sagrada Forma se convirtió en un pedazo de carne. Asustado,
atónito y emocionado se lo dice a los asistentes que
suben al altar para observar lo ocurrido. La noticia se
difunde por toda la ciudad.
El hecho está registrado cuidadosamente en
un pergamino manuscrito de aquel tiempo, que posiblemente es el
documento original en el que se describe y certifica el
milagro. Por lo tanto puede ser el relato oficial de
los hechos.
Este trozo de carne que tiene 5x6 cms. se
conserva hasta hoy. Han pasado 1200 años. Esta carne ha
sido analizada en 1970 por los profesores de la Universidad
de Siena Dr. Linoli, Profesor Universitario de Anatomía e Histología
Patológica, y Médico-Jefe de los Hospitales Unidos de Arezzo, y
por el Dr. Bertelli, Profesor de Anatomía Humana en la
Universidad de Siena.
Se trata de carne humana viva, tejido
muscular fibroso, con un lóbulo de tejido adiposo y vasos
sanguíneos. No aparece rastro alguno de las sustancias químicas utilizadas
para la conservación de cadáveres El análisis cromatográfico de la
sangre confirma que es sangre humana del grupo AB, el
mismo grupo de la sangre de la Sábana Santa y
del Sudario de Oviedo. Es verdaderamente admirable que las proteínas
de una sangre tan antigua produzcan una curva electroforética mostrando
el perfil propio del suero fresco.
Los análisis se realizaron con
absoluto rigor científico, documentado con una serie de fotografías microscópicas.
Este milagro ha sido confirmado en 1976 por la Comisión
Médica de la Organización Mundial de la Salud definiéndolo como
un caso único en la Historia de la Medicina. El
informe científico de los profesores Linoli y Bertelli ha sido
publicado por Bruno Sammaciccia en su libro «El milagro eucarístico
de Lanciano», cuyo texto original italiano ha sido traducido al
inglés, alemán, francés y español.
El informe científico de los Doctores
Linoli y Bertelli, finalizado el 4 de Marzo de 1971,
termina con estas palabras: «En base a lo anterior es
posible afirmar, sin temor a contradicción, el origen humano de
la carne y la sangre del milagro eucarístico de Lanciano».
Y
nosotros terminamos diciendo: «El Señor ha querido dejarnos pruebas visibles
y patentes de su Presencia Real en las especies sacramentales
para confirmar nuestra fe en la Eucaristía y aumentar nuestra
devoción al Santísimo Sacramento del Altar». N.B.: Esta
conferencia está disponible en DISCO COMPACTO (CD) y en vídeo. Todos
los sistemas. Pedidos a la EDITORIAL SPIRITUIS MEDIA-Apartado 2564-11080.Cádiz. (España) Correo electrónico
(e-mail): spiritusmedia@telefonica.net |
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