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| El sentido de la vida (I) |
Si queremos otorgar al vocablo "sentido" todo su alcance, hemos
de distinguirlo cuidadosamente del término "significado". En los diferentes contextos,
cada vocablo -lo mismo que cada realidad y cada acción-
añade a su significado básico un matiz especial. Ese matiz
es su "sentido". Beber un vaso de vino es un
hecho que presenta siempre un significado básico. Su sentido cambia
si se bebe en solitario o en compañía, de modo
rutinario o con espíritu festivo. El rojo y el verde
tienen un significado propio inalterable. Ponlos en vecindad y verás
cómo adquieren una coloración especial, un sentido peculiar. Figurémonos que
un cantor se destaca demasiado en el conjunto de un
coro. Su voz es espléndida y su musicalidad notable, pero
no se ajusta al volumen de las otras voces. Su
actuación presenta, así, un significado relevante, mas no tiene sentido
en este contexto. Aunque sea el intérprete más valioso, deberá
ser excluido de este conjunto. Golpeas en el piano la
tecla negra intermedia en el grupo de tres. El significado
del sonido que produce es siempre el mismo, pero su
sentido es muy distinto cuando suena en obras compuestas en
la tonalidad de la bemol mayor y de la menor.
La
experiencia nos revela que el sentido abarca más que el
significado. Para captar el significado de una acción basta analizar
ésta en sí misma. El sentido sólo se revela cuando
se contempla tal acción en una trama de acciones interconexas.
Tienes hambre y ves un cestillo de manzanas apetitosas en
la entrada de una frutería. Para ti tiene un gran
significado tomar una y comerla. Te apetece, te gusta, te
sacia. Ese gesto está colmado de significado. Significa mucho para
ti. Pero ¿tiene sentido?
La manzana que te apetece comer
no es abstracta, se halla en un contexto concreto: pertenece
al frutero y no puedes apropiártela sin concertarlo con él.
Concertar algo significa entrar en una red de interrelaciones y
ajustarse a sus leyes. El sentido sólo se nos alumbra
cuando tomamos cierta distancia y contemplamos una acción o realidad
en su contexto. El sentido presenta una condición relacional.
Por ser
relacional, el sentido es cambiante; puede incrementarse o amenguarse, adquirir
nuevos matices o tornarse más elemental y tosco. Si deseo
dominar una realidad, tiendo a rebajarla a condición de objeto,
de medio para mis fines interesados, no a verla en
toda su complejidad, como un "nudo de relaciones". La mirada
contemplativa, respetuosa, colaboradora, ve, por ejemplo, el pan y el
vino como el fruto de una confluencia múltiple de elementos:
campesino, semillas, cepas, tierra, lluvia, viento, sol... El sentido de
los términos "pan" y "vino" se enriquece al máximo merced
a esta forma relacional de ver. El que sólo ve
en el pan un medio para saciar el hambre no
altera su significado básico, pero amengua la amplitud de su
sentido (1).
La comprensión de los términos fundamentales de las
disciplinas que estudian el enigma del ser humano pende no
sólo de nuestro grado de inteligencia y preparación sino también,
y no en último término, de nuestra actitud ante la
vida: actitud dominadora y prepotente, o bien respetuosa y solidaria.
Esta observación es decisiva a la hora de elaborar una
ética, una antropología, una teoría de la creatividad, y, de
modo singular, una teología.
El sentido brota en el proceso de
desarrollo personal
La cuestión del sentido surge con el ser humano.
El animal no necesita planteársela. Tiene que desarrollarse, pero su
desarrollo está predeterminado con firmeza implacable por la especie. Por
eso no puede equivocarse nunca al actuar. Le basta seguir
sus instintos para asegurar su pervivencia y la de la
especie.
El ser humano debe también crecer por ley natural,
pero tiene el privilegio de poder saberlo y precisar el
modo de llevarlo a cabo. El hombre es un "ámbito",
no un mero "objeto", y se desarrolla como persona creando
nuevos ámbitos a través del encuentro. El encuentro es fuente
de luz y de sentido. Al encontrarme con otras personas
y formar comunidades, siento que configuro mi vida de forma
ajustada a las exigencias de mi realidad personal, a lo
que ya soy y a lo que estoy llamado a
ser. Esta llamada es mi vocación y misión. Cuando mis
opciones fundamentales, mis hábitos y mis actos se orientan hacia
el cumplimiento de esta misión y esta vocación, la marcha
de mi existencia se realiza en el sentido adecuado, en
la dirección justa. En la misma medida tiene "sentido". El sentido
no es algo que el hombre pueda tener estáticamente, como
un objeto; lo adquiere y posee dinámicamente, al entrar en
relación creadora con otras realidades. El ser humano, por bien
dotado que esté en cuanto a potencias -inteligencia, sentidos, salud...-,
no puede ser creativo a solas. Tanto en el nivel
biológico como en el espiritual, la fecundidad es siempre dual.
Cualquier actividad, aun la más intensa, sólo puede tener sentido
cabal si asume activamente ciertas posibilidades que le vienen dadas
de fuera. Aprendo un poema de memoria; lo declamo una
y otra vez, fraseando de modo distinto, alterando los ritmos,
buscando el ajuste perfecto de forma y fondo. Muy pronto
sentiré que el poema me pertenece, aun siendo distinto de
mí. Dejó de serme distante, externo y extraño para hacérseme
íntimo. Ahora ya no me viene dictado de fuera; lo
proclama mi voz interior, y yo participo de él creadoramente.
Lo configuro al dejarme configurar por él. Esta actividad bilateral
o reversible ("configurar / ser configurado") sólo es posible en
el plano de los acontecimientos creadores, no en el de
los procesos meramente artesanales o productivos.
La vida humana se desarrolla
vinculándose a otros ámbitos y haciendo surgir ámbitos nuevos de
mayor envergadura. Cuando uno acierta a ver que su entorno
vital está constituído no sólo por objetos sino también por
ámbitos -realidades dotadas de iniciativa que ofrecen ciertas posibilidades e
invitan a responder activa y positivamente a ellas-, descubre que
el sentido de la vida es fruto de la actividad
creadora de encuentros fecundos. La idea de sentido pende de
la concepción que se tenga del ser humano.
El sentido de
la vida y la libertad verdadera
Nuestra vida se desarrolla y
adquiere, por ello, sentido cuando cumplimos el deber de elegir
en virtud del ideal verdadero de nuestra existencia. Ese ideal
viene dado -según la investigación actual más cualificada- por la
creación de formas valiosas de unidad con las realidades circundantes
(2). Al elegir de este modo, comenzamos a ser libres,
por cuanto tomamos distancia de nuestras apetencias inmediatas, sobrevolamos la
situación y optamos en virtud de una realidad distinta de
nosotros y sumamente valiosa.
Si ese deber que asumimos lo
consideramos como algo impuesto desde el exterior, nuestra libertad interior
es todavía incipiente: nos liberamos del apego a nuestras apetencias,
pero permanecemos sumisos a una instancia externa y ajena. Mas,
cuando llegamos a amar ese ideal, lo interiorizamos de tal
forma que lo sentimos como una exigencia interior. Con ello,
nuestra elección a favor del ideal gana espontaneidad, y la
libertad interior se hace perfecta. Uno se torna transparente al
ideal. Éste se hace presente en toda nuestra actividad. Tal
presencia transfigura nuestro ser y actuar y los colma de
sentido.
Nuestra vida tiene pleno sentido cuando no necesita tender
hacia el ideal -visto como una meta futura-, porque éste
se ha convertido ya en su más íntima razón de
ser y en el impulso de su acción. El ideal
juega entonces la función de valor supremo, el que aúna
dinámicamente todos los demás como una clave de bóveda.
El sentido
y la responsabilidad
El sentido de nuestra vida brota cuando somos
responsables, en el doble sentido de que respondemos al valor
que polariza todos los demás y respondemos de los frutos
de tal respuesta. Esta recepción activa del valor es una
actividad creativa. Y toda forma de creatividad es dual, implica
al menos la colaboración de dos realidades. Por eso exige
una actitud de apertura desinteresada.
Si atiendo en exclusiva a
mis intereses, me bloqueo en mí mismo, no me abro,
ciego las fuentes de la creatividad y del sentido. De
ahí que, si quiero descubrir el sentido de mi existencia
en un momento determinado, no debo preguntar qué partido le
puedo sacar a la vida, sino qué solicita de mí
la vida en esa circunstancia. Si alguien espera algo de
mí y yo satisfago sus deseos, mi vida se carga
de sentido, pues se ha orientado hacia el verdadero ideal;
se ha puesto en verdad, ya que se ha movido
en el plano de la creatividad y ha cumplido las
leyes del crecimiento personal.
A la inversa, el que sólo
se preocupa de lo que puedan reportarle los seres del
entorno, tiende a reducirlos a medios para sus fines, con
lo cual los rebaja a condición de objetos y hace
inviable la actividad creativa. En consecuencia, vacía su vida de
sentido, porque no funda encuentros ni crea nuevos ámbitos de
vida; se reduce a manipular objetos. Sitúa su vida en
un plano inferior al debido, se aleja de su verdad
existencial, agosta su capacidad creadora.
Así, el que confunde el
amor personal con el mero erotismo corre peligro de reducir
la otra persona a mera fuente de gratificaciones. Esta vida
de relación interesada puede tener un significado intenso, incluso conmovedor,
pero carece de sentido, por la razón decisiva de que
no sitúa su comportamiento en el plano de la creatividad
sino en el del manejo arbitrario de una realidad gratificante.
Esta falta de autenticidad y ajuste a las condiciones del
propio ser se traduce en mengua de sentido.
El sentido de
la vida humana es acrecentado por la actitud integradora de
diversos planos de realidad: por ejemplo, el sensible-corpóreo y el
espiritual, el objetivo y el ambital. Es amenguado o incluso
anulado del todo por la actitud reduccionista que se mueve
exclusivamente en los niveles más elementales de realidad y actividad.
Cuando me dejo llevar por los valores inferiores, que arrastran,
y dejo de lado la llamada de los valores superiores,
que atraen respetando mi libertad, no actúo de forma integradora,
sino unidimensional, infracreadora. No cargo mi vida de sentido; la
oriento en una dirección falsa.
El sentido y la armonización de
autonomía y heteronomía
Cuando uno adopta una actitud integradora y se
abre al encuentro de realidades vistas como ámbitos, crea con
éstas un campo de juego común, en el cual las
relaciones espaciales "aquí-ahí", "dentro-fuera", "interior-exterior", "lo propio-lo ajeno"... quedan felizmente
superadas. En el aspecto físico-corpóreo, dos amigos están el uno
"fuera" del otro, porque dos cuerpos opacos no pueden ocupar
el mismo lugar. Pero, en el aspecto lúdico-creador, se hallan
en la intimidad de un mismo campo de interacción. Lo
que les viene de fuera ya no es necesariamente externo
y ajeno; puede serles íntimo. Y el entregarse a ello
o tomarlo como impulso de su obrar no supone una
entrega a lo ajeno, por tanto una alineación o enajenación,
que carece de sentido en un ser llamado a regirse
autónomamente.
Al vivir de modo creativo, el esquema "autonomía-heteronomía" deja
de aparecer como un dilema para presentarse como un contraste
(3). Soy de verdad autónomo al ser heterónomo. Me guío
por criterios propios al asumir activamente criterios de acción fecundos
para mi vida y convertirlos en íntimos sin dejar de
ser distintos. Al vivir uno personalmente esta integración de la
autonomía y la heteronomía, se siente plenificado, colmado, desbordante de
sentido.
Algo semejante cabe decir de la fecundación mutua de la
libertad y las normas. Si acepto de forma pasiva una
norma o un precepto, no los convierto en íntimos; siguen
siendo externos, extraños y ajenos, y, al dejarme guiar por
ellos, me alieno y pierdo mi identidad personal, mi autenticidad.
No actúo con la debida autonomía e independencia. Mi vida
pierde el carácter personal que le compete. No tiene sentido.
Está rebajada de rango, envilecida. No se halla en la
verdad; se mueve en la falsedad.
Ahora comprendemos lúcidamente que el
sinsentido o absurdo procede siempre de la falta de creatividad,
y ésta arranca de un error de principio: partir de
una voluntad interesada de dominio, reducir los seres del entorno
a meros objetos y limitar la propia actividad al manejo
de realidades objetivas o reducidas a objetos. La Literatura del
absurdo supo reflejar con verismo sobrecogedor la imagen depauperada que
ofrece el hombre que ha descendido casi al grado cero
de creatividad: en vez de entusiasmo, siente aburrimiento y tedio;
en lugar de alegría, experimenta tristeza; en vez de esperanza,
abriga desesperación. Su vida aparece totalmente vacía, y, al asomarse
a esta hoquedad, siente vértigo espiritual, y con él angustia,
desesperación y una desolada soledad. Este vacío angustioso y desesperado
supone una falta absoluta de sentido. No sin profunda razón
afirman hoy reputados psiquiatras que el vacío existencial es la
causa más frecuente de los desarreglos psíquicos del hombre actual
(4). La falta de sentido responde al desajuste de los
distintos planos de la personalidad, y esa falta de integración
sólo puede superarse mediante la entrega a un ideal capaz
de polarizar las diversas energías de la persona, las instintivas
y las espirituales.
Comentarios a D. Alfonso López Quintás
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Notas
(1) "... Hay que
insistir -escribe José Mª Coll- en que el sentido último
de las cosas, y en general del cosmos material, no
está simplemente en su finalización humana, que sería en el
fondo una forma de utilizarlas, sino, más radicalmente, en hacerlas
ser según su realidad más original" (Cf. Filosofía de la
relación interpersonal, Promociones Publicaciones Universitarias, Barcelona 1990, t. I, p.
89). (2) Sobre la relación entre ideal, encuentro, valor
y creatividad, pueden verse amplias precisiones en mi obra Inteligencia
creativa, págs. 439-479.
(3)Cf. R. Guardini: Der Gegensatz. Versuche zu
einer Philosophie des Lebendig-Konkreten, M. Grünewald, Maguncia 1925, 1985. (El
contraste. Ensayo de una filosofía de lo viviente-concreto, BAC, Madrid
1996).
(4)Cf. Víctor Frankl: Der Mensch vor der Frage nach
dem Sinn, Piper, Munich 71989, p. 141. Véase, asimismo, El
hombre en busca de sentido, Herder, Barcelona 1979. (Versión original:
Man’s search for meaning. An introduction to logotherapy, Pocket Books,
Nueva York 1946, 1962). |
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