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| Las Conductas racistas en el curso de la historia |
PRIMERA PARTE: LAS CONDUCTAS RACISTAS EN El
CURSO DE LA HISTORIA
2. Las conductas y las ideologías racistas
no han comenzado ayer; hunden sus raíces en la realidad
del pecado desde el origen del género humano, tal como
la Biblia nos lo presenta con el relato acerca de
Caín y Abel y de la Torre de Babel.
Históricamente,
el prejuicio en sentido estricto, en cuanto conciencia de la
superioridad biológicanente determinada de la propia raza o grupo étnico
respecto de los otros, se ha desarrollado sobre todo partir
de la práctica de la colonización y la esclavitud, al
principio de la época moderna.
Si se mira, a ojo
de águila, la historia de las civilizaciones precedentes, al Occidente
como al Oriente, al Norte como al Sur, se encuentran
ya comportamientos sociales injustos o discriminatorios, si bien no siempre
racistas, en propiedad de términos.
La antigüedad greco-romana, por ejemplo,
no parece haber conocido el mito de la raza. Los
griegos estaban ciertamente convencidos de la superioridad cultural de su
civilización, pero no por eso consideraban los pueblos que llamaban
"bárbaros" como inferiores por razones biológicas congénitas.
No cabe duda
que la esclavitud mantenía un número considerable de individuos en
una situación deplorable, tenidos por "objetos" a disposición de sus
dueños. Pero, originariamente, se trataba sobre todo de miembros de
los pueblos sometidos por la guerra, no de grupos humanos
despreciados por la raza.
El pueblo hebreo, según atestiguan los libros
del Antiguo Testamento, era consciente, a un grado único, del
amor de Dios por él, manifestado bajo la forma de
una alianza gratuita entre Dios y el pueblo.
En ese
sentido, objeto de la elección y de la promesa, era
un pueblo aparte de los otros pueblos. Pero el criterio
de la distinción era el plan de salvación que Dios
despliega en el curso de la historia. Israel era considerado
como la propiedad personal del Señor entre todos los pueblos
El lugar de esos otros pueblos en la historia de
la salvación no fue siempre bien percibido desde el principio,
y a veces esos pueblos eran estigmatizados en la predicación
profética, en la medida en que permanecían idólatras.
Pero no
fueron objeto ni de menosprecio ni de una maldición divina
a causa de su diferencia étnica. El criterio de la
distinción era religioso. Y un cierto universalismo comenzaba a ser
entrevisto.
Según el mensaje de Cristo, en orden al cual
el pueblo de la Antigua Alianza debía preparar la humanidad,
la salvación es ofrecida a la totalidad del género humano,
a toda creatura y a todas las naciones.
Los primeros
cristianos aceptaban de buen grado que se los considerara como
el pueblo de la "tercera raza", conforme a una expresión
de Tertuliano 4; no ciertamente en sentido racial, sino en
el sentido espiritual de nuevo pueblo, en el cual confluyen,
reconciliadas por Cristo, las dos primeras razas humanas desde una
óptica religiosa: los judíos y los paganos.
Igualmente, la Edad
Media cristiana distinguía los pueblos según criterios religiosos, en cristianos,
judíos e "infieles". Y, a causa de ello, dentro de
los límites de la cristiandad, los judíos, testigos de un
rechazo tenaz de la fe en Cristo, conocieron a menudo
graves humillaciones, acusaciones y proscripciones.
3. Con el descubrimiento del
Nuevo Mundo, las actitudes cambian. La primera gran corriente de
colonización europea es acompañada de hecho por la destrucción masiva
de las civilizaciones pre-colombinas y por la sujeción brutal de
sus habitantes.
Si los grandes navegantes de los siglos XV
y XVI eran libres de prejuicios raciales, los soldados y
los comerciantes no practicaban el mismo respeto: mataban para instalarse,
reducían a esclavitud los "indios" para aprovecharse de su mano
de obra, como después de la de los negros, y
se empezó a elaborar una teoría racista para justificarse.
Los
Papas no tardaron en reaccionar. El 2 de junio de
1537, la bula Sublimis Deus de Pablo III denunciaba a
los que sostenían que "los habitantes de las Indias occidentales
y de los continentes australes... debían ser tratados como animales
irracionales y utilizados exclusivamente en provecho y servicio nuestro"; y
el Papa afirmaba solemnemente: "Resueltos a reparar el mal cometido,
decidimos y declaramos que estos indios, así como todos los
pueblos que la cristiandad podrá encontrar en el futuro, no
deben ser privados de su libertad y de sus bienes
-sin que valgan objeciones en contra-, aunque no sean cristianos,
y que, al contrario, deben ser dejados en pleno gozo
de su libertad y de sus bienes"
Las directivas de la
Santa Sede eran así de claras, incluso si, por desgracia,
su aplicación conoció en seguida varias vicisitudes. Más tarde, Urbano
VIII llegaría a excomulgar a los que retuvieran indios como
esclavos.
Por su parte, los teólogos y los misioneros habían
asumido ya la defensa de los autóctonos. El compromiso decidido
en favor de los indios de un Bartolomé de Las
Casas , soldado ordenado sacerdote, luego profeso dominico y obispo,
seguido pronto por otros misioneros, conducía los gobiernos de España
y Portugal al rechazo de la teoría de la inferioridad
humana de los indios y a la imposición de una
legislación protectora, de la cual se beneficiarán también, de algún
modo, un siglo más tarde, los esclavos negros traídos de
África.
La obra de De Las Casas es uno de los
primeros aportes a la doctrina de los derechos universales del
hombre, fundados sobre la dignidad de la persona, independientemente de
toda afiliación étnica o religiosa.
A su zaga, los grandes
teólogos y juristas españoles, Francisco de Vitoria y Francisco Suárez,
iniciadores del derecho de gentes, desarrollaron esta doctrina de la
igualdad fundamental de todos los hombres y de todos los
pueblos. Sin embargo, la estrecha dependencia en que el régimen
del Patronato mantenía al clero del Nuevo Mundo no siempre
permitió a la Iglesia tomar las decisiones pastorales necesarias.
4.
En el contexto del menosprecio racista, aunque la motivación dominante
fuera la de procurarse mano de obra barata, no se
puede dejar de mencionar aquí la trata de negros, traídos
de África, por dinero, hacia las tres Américas, en centenares
de miles.
El modo de captura y las condiciones de
transporte eran tales que un gran número desaparecía antes de
la partida o antes de llegar al Nuevo Mundo, donde
eran destinados a los trabajos más penosos prácticamente como esclavos.
Ese comercio comenzó ya en 1562 y la esclavitud consiguiente
perduró por casi tres siglos.
Los Papas y los teólogos,
como asimismo numerosos humanistas, protestaron contra esa práctica.
León XIII
la ha condenado con vigor en su encíclica In plurimis
del 5 de mayo de 1888, felicitando al Brasil por
haberla abolido. El presente documento coincide con el centenario de
este texto memorable.
El papa Juan Pablo II no vaciló,
en su discurso a los intelectuales africanos, en Yaoundé (13
de agosto de 1985), en deplorar que personas pertenecientes a
naciones cristianas hayan contribuido a la trata de negros.
5.
Preocupada siempre de mejorar el respeto a las poblaciones indígenas,
la Santa Sede no ha dejado de insistir en que
se mantuviera una cuidadosa distinción entre la obra de evangelización
y el imperialismo colonial, con el cual se corría el
peligro de verla confundida.
La Sagrada Congregación de Propaganda Fide
fue creada, en 1622, con esta inspiración. En 1659, la
Congregación dirigía a los "vicarios apostólicos a punto de partir
hacia los reinos chinos de Tonkín y la Cochinchina" una
esclarecedora Instrucción acerca de la actitud de la Iglesia ante
los pueblos a los que se abría ahora la posibilidad
de anunciar el evangelio
Allí donde los misioneros permanecieron en
una más estrecha dependencia de los poderes políticos, les fue
más difícil poner freno a la voluntad de dominio de
los colonizadores. A veces, los han incluso apoyado, recurriendo a
interpretaciones falaces de la Biblia .
6. En el siglo
XVIII, una verdadera ideología racista ha sido forjada, opuesta a
las enseñanzas de la Iglesia, en contraste también con el
empeño de algunos filósofos humanistas en pro de la dignidad
y libertad de los esclavos negros, que eran entonces objeto
de un desvergonzado comercio de considerables proporciones.
Esta ideología creyó
poder encontrar en la ciencia la justificación de sus prejuicios.
Apoyándose en la diferencia de los rasgos físicos y en
el color de la piel, entendía concluir a una diversidad
esencial, de carácter biológico hereditario, a fin de afirmar que
los pueblos sometidos pertenecían a "razas" intrínsecamente inferiores, en cuanto
a sus cualidades mentales, morales o sociales. La palabra "raza"
es utilizada por primera vez, a fines del siglo XVIII,
para clasificar biológicamente los seres humanos.
El siglo siguiente, esto
condujo a interpretar la historia de las civilizaciones en términos
biológicos, como una competencia entre razas fuertes y débiles, éstas
genéticamente inferiores a las otras. La decadencia de las grandes
civilizaciones se explicaría por su "degeneración", es decir, por la
mezcla de razas que comprometía la pureza de la sangre
7. Semejantes afirmaciones encontraron un eco considerable en Alemania. Es
sabido que el partido totalitario nacional socialista erigió la ideología
racista en fundamento de su programa demencial, encaminado a la
eliminación física de aquellos que juzgaba pertenecer a "razas inferiores".
El partido en cuestión se hizo responsable de uno de
los más grandes genocidios de la historia. Su locura homicida
hirió en primer término al pueblo judío, en proporciones inauditas;
luego a otros pueblos, como los Gitanos y Tziganos, todavía
a otras categorías de personas, como los lisiados o los
enfermos mentales. Del racismo al eugenismo no había más que
un paso, rápidamente franqueado.
La Iglesia no ha dejado de
alzar su voz El papa Pío XI condenó sin ambages
las doctrinas nazis en su encíclica Mit brennender Sorge ,
declarando que: "Quien toma la raza, o el pueblo o
el Estado... o cualquier otro valor fundamental de la comunidad
humana... para separarlo de la escala de valores... y los
diviniza por un culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden
de las cosas creado y establecido por Dios" .
El 13 de abril de 1938, el Papa hacía que
la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades dirigiera a todos
los rectores y decanos de Facultades una carta, imponiendo a
todos los profesores de teología la obligación de refutar, según
el método propio de cada disciplina, las seudoverdades científicas con
las cuales el nazismo intentaba justificar su ideología racista.
El
mismo Pío XI preparaba, ya desde 1937, una gran encíclica
sobre la unidad del género humano, que debía condenar el
racismo y el antisemitismo.
Fue sorprendido por la muerte antes
de que pudiera publicarla. Su sucesor, Pío XII, incorporó algunos
elementos en su primera encíclica Summi Pontificatus, y sobre todo
en el Mensaje de Navidad de 1942, donde afirmaba que
entre los falsos postulados del positivismo jurídico "hay que incluir
una teoría que reivindica para tal nación, tal raza, tal
clase, el ´instinto jurídico´, imperativo supremo y norma inapelable".
Y
el Papa lanzaba a la vez un llamado vibrante en
favor de un orden social nuevo y mejor: "Este empeño,
la humanidad lo debe a centenares de miles de personas,
que sin la menor culpa de su parte, sino a
veces simplemente porque pertenecen a tal raza o a tal
nacionalidad, son destinadas a la muerte o a una progresiva
consunción".
En la misma Alemania hubo entonces una valiente resistencia
del catolicismo, de la cual el papa Juan Pablo II
se ha hecho eco el 30 de abril de 1987,
con ocasión de su segundo viaje a ese país.
La
insistencia en el drama del racismo nazi no debe hacer
caer en el olvido otras exterminaciones en masa de poblaciones,
como los armenios al acabar la primera guerra mundial y,
más recientemente, una parte importante del pueblo camboyano, por razones
ideológicas.
La memoria de los crímenes así cometidos no debe ser
jamás cancelada: las jóvenes generaciones y las todavía por venir
deben saber a qué extremos el hombre y la sociedad
son capaces de llegar, cuando ceden al poder del desprecio
y el odio.
En Asia y África, hay todavía sociedades
donde reina una muy neta división entre castas diferentes, así
como otras estratificaciones sociales, de difícil superación.
El mismo fenómeno
de la esclavitud, otrora universal en el tiempo y en
el espacio, no se puede considerar, por desgracia, del todo
liquidado.
Estas manifestaciones negativas, y muchas otras que se podría
enumerar, si no dependen siempre de concepciones filosóficas racistas, en
el sentido propio de la palabra, revelan no obstante la
existencia de una tendencia bastante extendida e inquietante a servirse
de otras creaturas humanas para los fines propios, y de
ese modo, a considerarlas como de menor valor, y, por
así decir, de inferior categoría.
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