 |
| Gaudium Et Spes, Sobre la Iglesia en el Mundo Actual |
Gaudium Et Spes
Sobre la Iglesia en el Mundo Actual
Constitución Pastoral elaborada
en el Concilio Vaticano II
7 de diciembre de 1965
Es el documento más largo del concilio y se divide
en dos partes importantes:
1. La
enseñanza de la Iglesia sobre los seres humanos, el mundo
en que viven, y la relación
de la Iglesia con ellos.
2. Varios aspectos de la
vida de hoy y la sociedad humana, y en particular
los asuntos morales que presionan en
estos tiempos.
Considera que "el ateísmo debe de ser considerado
como uno de los más serios
problemas de nuestros tiempos."
Reconoce que, a pesar de los
medios modernos, "el dialogo genuino y
fraternal no ha avanzado tanto a este nivel como
en el más hondo nivel de las relaciones
personales," donde los individuos comparten juntos en espíritu.
El tema del matrimonio y la familia Cristiana lo cubre
mas extensamente que todos los anteriores
conciliosr.
Toma una fuerte posición a favor de la paz.
Si te interesa tener el documento completo en su versión
para imprimir, puedes descargarlo en tu escritorio dando un click aquí.
Índice
General
Proemio
Exposición
preliminar
Primera
Parte : LA IGLESIA Y
LA VOCACIÓN DEL HOMBRE
Capitulo
I: La dignidad de la persona humana
Capitulo
II: La comunidad humana
Capitulo
III: La
actividad humana en el mundo
Capitulo
IV: Misión de la iglesia en
el mundo contemporáneo
Segunda
Parte: ALGUNOS
PROBLEMAS MÁS URGENTES
Capitulo
I: Dignidad del matrimonio y la familia
Capitulo
II: El
sano fomento del progreso cultural
Capitulo
III: La vida economico-social
Capitulo
IV: La vida
en la comunidad política
Capitulo
V: El fomento de la paz y
la promoción de la comunidad de los pueblos
Conclusión
Regresar al índice
Gaudium Et Spes
Sobre la
Iglesia en el Mundo Actual
Constitución Pastoral elaborada en el
Concilio Vaticano II
7 de diciembre de 1965
PROEMIO
Unión íntima de la Iglesia con la familia
humana universal
1. Los gozos y las esperanzas, las tristezas
y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre
todo de los pobres y de cuantos sufren, son a
la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los
discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre
eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por
hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu
Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y
han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla
a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y
realmente solidaria del genero humano y de su historia.
Destinatarios
de la palabra conciliar
2. Por ello, el Concilio Vaticano
II, tras haber profundizado en el misterio de la Iglesia,
se dirige ahora no sólo a los hijos de la
Iglesia católica y a cuantos invocan a Cristo, sino a
todos los hombres, con el deseo de anunciar a todos
cómo entiende la presencia y la acción de la Iglesia
en el mundo actual.
Tiene pues, ante sí la Iglesia
al mundo, esto es, la entera familia humana con el
conjunto universal de las realidades entre las que ésta vive;
el mundo, teatro de la historia humana, con sus afanes,
fracasos y victorias; el mundo, que los cristianos creen fundado
y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la
servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado,
roto el poder del demonio, para que el mundo se
transforme según el propósito divino y llegue a su consumación.
Al servicio del hombre
3. En nuestros días, el género
humano, admirado de sus propios descubrimientos y de su propio
poder, se formula con frecuencia preguntas angustiosas sobre la evolución
presente del mundo, sobre el puesto y la misión del
hombre en el universo, sobre el sentido de sus esfuerzos
individuales y colectivos, sobre el destino último de las cosas
y de la humanidad. El Concilio, testigo y expositor de
la fe de todo el Pueblo de Dios congregado por
Cristo, no puede dar prueba mayor de solidaridad, respeto y
amor a toda la familia humana que la de dialogar
con ella acerca de todos estos problemas, aclarárselos a la
luz del Evangelio y poner a disposición del género humano
el poder salvador que la Iglesia, conducida por el Espíritu
Santo, ha recibido de su Fundador. Es la persona del
hombre la que hay que salvar. Es la sociedad humana
la que hay que renovar. Es, por consiguiente, el hombre;
pero el hombre todo entero, cuerpo y alma, corazón y
conciencia, inteligencia y voluntad, quien será el objeto central de
las explicaciones que van a seguir.
Al proclamar el Concilio
la altísima vocación del hombre y la divina semilla que
en éste se oculta, ofrece al género humano la sincera
colaboración de la Iglesia para lograr la fraternidad universal que
responda a esa vocación. No impulsa a la Iglesia ambición
terrena alguna. Sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía
del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al
mundo para dar testionio de la verdad, para salvar y
no para juzgar, para servir y no para ser servido.
Regresar al índice
EXPOSICIÓN PRELIMINAR
SITUACIÓN DEL HOMBRE EN EL MUNDO DE HOY
Esperanzas y
temores
4. Para cumplir esta misión es deber permanente de
la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época
e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que,
acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los
perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la
vida presente y de la vida futura y sobre la
mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y
comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones
y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza. He
aquí algunos rasgos fundamentales del mundo moderno.
El género humano
se halla en un período nuevo de su historia, caracterizado
por cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al
universo entero. Los provoca el hombre con su inteligencia y
su dinamismo creador; pero recaen luego sobre el hombre, sobre
sus juicios y deseos individuales y colectivos, sobre sus modos
de pensar y sobre su comportamiento para con las realidades
y los hombres con quienes convive. Tan es así esto,
que se puede ya hablar de una verdadera metamorfosis social
y cultural, que redunda también en la vida religiosa.
Como
ocurre en toda crisis de crecimiento, esta transformación trae consigo
no leves dificultades. Así mientras el hombre amplía extraordinariamente su
poder, no siempre consigue someterlo a su servicio. Quiere conocer
con profundidad creciente su intimidad espiritual, y con frecuencia se
siente más incierto que nunca de sí mismo. Descubre paulatinamente
las leyes de la vida social, y duda sobre la
orientación que a ésta se debe dar.
Jamás el género
humano tuvo a su disposición tantas riquezas, tantas posibilidades, tanto
poder económico. Y, sin embargo, una gran parte de la
humanidad sufre hambre y miseria y son muchedumbre los que
no saben leer ni escribir. Nunca ha tenido el hombre
un sentido tan agudo de su libertad, y entretanto surgen
nuevas formas de esclavitud social y psicológica. Mientras el mundo
siente con tanta viveza su propia unidad y la mutua
interdependencia en ineludible solidaridad, se ve, sin embargo, gravísimamente dividido
por la presencia de fuerzas contrapuestas. Persisten, en efecto, todavía
agudas tensiones políticas, sociales, económicas, raciales e ideológicas, y ni
siquiera falta el peligro de una guerra que amenaza con
destruirlo todo. Se aumenta la comunicación de las ideas; sin
embargo, aun las palabras definidoras de los conceptos más fundamentales
revisten sentidos harto diversos en las distintas ideologías. Por último,
se busca con insistencia un orden temporal más perfecto, sin
que avance paralelamente el mejoramiento de los espíritus.
Afectados por
tan compleja situación, muchos de nuestros contemporáneos difícilmente llegan a
conocer los valores permanentes y a compaginarlos con exactitud al
mismo tiempo con los nuevos descubrimientos. La inquietud los atormenta,
y se preguntan, entre angustias y esperanzas, sobre la actual
evolución del mundo. El curso de la historia presente en
un desafío al hombre que le obliga a responder.
Cambios
profundos
5. La turbación actual de los espíritus y la
transformación de las condiciones de vida están vinculadas a una
revolución global más amplia, que da creciente importancia, en la
formación del pensamiento, a las ciencias matemáticas y naturales y
a las que tratan del propio hombre; y, en el
orden práctico, a la técnica y a las ciencias de
ella derivadas. El espíritu científico modifica profundamente el ambiente cultural
y las maneras de pensar. La técnica con sus avances
está transformando la faz de la tierra e intenta ya
la conquista de los espacios interplanetarios.
También sobre el tiempo
aumenta su imperio la inteligencia humana, ya en cuanto al
pasado, por el conocimiento de la historia; ya en cuanto
al futuro, por la técnica prospectiva y la planificación. Los
progresos de las ciencias biológicas, psicológicas y sociales permiten al
hombre no sólo conocerse mejor, sino aun influir directamente sobre
la vida de las sociedades por medio de métodos técnicos.
Al mismo tiempo, la humanidad presta cada vez mayor atención
a la previsión y ordenación de la expansión demográfica.
La
propia historia está sometida a un proceso tal de aceleración,
que apenas es posible al hombre seguirla. El género humano
corre una misma suerte y no se diversifica ya en
varias historias dispersas. La humanidad pasa así de una concepción
más bien estática de la realidad a otra más dinámica
y evolutiva, de donde surge un nuevo conjunto de problemas
que exige nuevos análisis y nuevas síntesis.
Cambios en el
orden social
6. Por todo ello, son cada día más
profundos los cambios que experimentan las comunidades localestradicionales, como la
familia patriarcal, el clan, la tribu, la aldea, otros diferentes
grupos, y las mismas relaciones de la convivencia social.
El
tipo de sociedad industrial se extiende paulatinamente, llevando a algunos
paises a una economía de opulencia y transformando profundamente concepciones
y condiciones milenarias de la vida social. La civilización urbana
tiende a un predominio análogo por el aumento de las
ciudades y de su población y por la tendencia a
la urbanización, que se extiende a las zonas rurales.
Nuevos
y mejores medios de comunicación social contribuyen al conocimiento de
los hechos y a difundir con rapidez y expansión máximas
los modos de pensar y de sentir, provocando con ello
muchas repercusiones simultáneas.
Y no debe subestimarse el que tantos
hombres, obligados a emigrar por varios motivos, cambien su manera
de vida.
De esta manera, las relaciones humanas se multiplican
sin cesar y el mismo tiempo la propia socialización crea
nuevas relaciones, sin que ello promueva siempre, sin embargo, el
adecuado proceso de maduración de la persona y las relaciones
auténticamente personales ( personalización ).
Esta evolución se manifiesta sobre
todo en las naciones que se benefician ya de los
progresos económicos y técnicos; pero también actúa en los pueblos
en vías de desarrollo, que aspiran a obtener para sí
las ventajas de la industrialización y de la urbanización. Estos
últimos, sobre todo los que poseen tradiciones más antiguas, sienten
también la tendencia a un ejercicio más perfecto y personal
de la libertad.
Cambios psicológicos, morales y religiosos
7. El
cambio de mentalidad y de estructuras somete con frecuencia a
discusión las ideas recibidas. Esto se nota particularmente entre jóvenes,
cuya impaciencia e incluso a veces angustia, les lleva a
rebelarse. Conscientes de su propia función en la vida social,
desean participar rápidamente en ella. Por lo cual no rara
vez los padres y los educadores experimentan dificultades cada día
mayores en el cumplimiento de sus tareas.
Las instituciones, las
leyes, las maneras de pensar y de sentir, heredadas del
pasado, no siempre se adaptan bien al estado actual de
cosas. De ahí una grave perturbación en el comportamiento y
aun en las mismas normas reguladoras de éste.
Las nuevas
condiciones ejercen influjo también sobre la vida religiosa. Por una
parte, el espíritu crítico más agudizado la purifica de un
concepto mágico del mundo y de residuos supersticiosos y exige
cada vez más una adhesiónverdaderamente personal y operante a la
fe, lo cual hace que muchos alcancen un sentido más
vivo de lo divino. Por otra parte, muchedumbres cada vez
más numerosas se alejan prácticamente de la religión. La negación
de Dios o de la religión no constituye, como en
épocas pasadas, un hecho insólito e individual; hoy día, en
efecto, se presenta no rara vez como exigencia del progreso
científico y de un cierto humanismo nuevo. En muchas regiones
esa negación se encuentra expresada no sólo en niveles filosóficos,
sino que inspira ampliamente la literatura, el arte, la interpretación
de las ciencias humanas y de la historia y la
misma legislación civil. Es lo que explica la perturbación de
muchos.
Los desequilibrios del mundo moderno
8. Una tan rápida
mutación, realizada con frecuencia bajo el signo del desorden, y
la misma conciencia agudizada de las antinomias existentes hoy en
el mundo, engendran o aumentan contradicciones y desequilibrios.
Surgen muchas
veces en el propio hombre el desequilibrio entre la inteligencia
práctica moderna y una forma de conocimiento teórico que no
llega a dominar y ordenar la suma de sus conocimientos
en síntesis satisfactoria. Brota también el desequilibrio entre el afán
por la eficacia práctica y las exigencias de la conciencia
moral, y no pocas veces entre las condiciones de la
vida colectiva y a las exigencias de un pensamiento personal
y de la misma contemplación. Surge, finalmente, el desequilibrio entre
la especialización profesional y la visión general de las cosas.
Aparecen discrepancias en la familia, debidas ya al peso de
las condiciones demográficas, económicas y sociales, ya a los conflictos
que surgen entre las generaciones que se van sucediendo, ya
a las nuevas relaciones sociales entre los dos sexos.
Nacen
también grandes discrepancias raciales y sociales de todo género. Discrepancias
entre los paises ricos, los menos ricos y los pobres.
Discrepancias, por último, entre las instituciones internacionales, nacidas de la
aspiración de los pueblos a la paz, y las ambiciones
puestas al servicio de la expansión de la propia ideología
o los egoísmos colectivos existentes en las naciones y en
otras entidades sociales.
Todo ello alimenta la mutua desconfianza y
la hostilidad, los conflictos y las desgracias, de los que
el hombre es, a la vez, causa y víctima.
Aspiraciones
más universales de la humanidad
9. Entre tanto, se afianza
la convicción de que el género humano puede y debe
no sólo perfeccionar su dominio sobre las cosas creadas, sino
que le corresponde además establecer un orden político, económico y
social que esté más al servicio del hombre y permita
a cada uno y a cada grupo afirmar y cultivar
su propia dignidad.
De aquí las instantes reivindicaciones económicas de
muchísimos, que tienen viva conciencia de que la carencia de
bienes que sufren se debe a la injusticia o a
una no equitativa distribución. Las naciones en vía de desarrollo,
como son las independizadas recientemente, desean participar en los bienes
de la civilización moderna, no sólo en el plano político,
sino también en el orden económico, y desempeñar libremente su
función en el mundo. Sin embargo, está aumentando a diario
la distancia que las separa de las naciones más ricas
y la dependencia incluso económica que respecto de éstas padecen.
Los pueblos hambrientos interpelan a los pueblos opulentos.
La mujer,
allí donde todavía no lo ha logrado, reclama la igualdad
de derecho y de hecho con el hombre. Los trabajadores
y los agricultores no sólo quieren ganarse lo necesario para
la vida, sino que quieren también desarrollar por medio del
trabajo sus dotes personales y participar activamente en la ordenación
de la vida económica, social, política y cultural. Por primera
vez en la historia, todos los pueblos están convencidos de
que los beneficios de la cultura pueden y deben extenderse
realmente a todas las naciones.
Pero bajo todas estas reivindicaciones
se oculta una aspiración más profunda y más universal: las
personas y los grupos sociales están sedientos de una vida
plena y de una vida libre, digna del hombre, poniendo
a su servicio las inmensas posibilidades que les ofrece el
mundo actual. Las naciones, por otra parte, se esfuerzan cada
vez más por formar una comunidad universal.
De esta forma,
el mundo moderno aparece a la vez poderoso y débil,
capaz de lo mejor y de lo peor, pues tiene
abierto el camino para optar entre la libertad o la
esclavitud, entre el progreso o el retroceso, entre la fraternidad
o el odio. El hombre sabe muy bien que está
en su mano el dirigir correctamente las fuerzas que él
ha desencadenado, y que pueden aplastarle o servirle. Por ello
se interroga a sí mismo.
Los interrogantes más profundos del
hombre
10. En realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan
al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental
que hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos
los elementos que se combaten en el propio interior del
hombre. A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones;
se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado
a una vida superior. Atraído por muchas solicitaciones, tiene que
elegir y que renunciar. Más aún, como enfermo y pecador,
no raramente hace lo que no quiere y deja de
hacer lo que querría llevar a cabo. Por ello siente
en sí mismo la división, que tantas y tan graves
discordias provoca en la sociedad. Son muchísimos los que, tarados
en su vida por el materialismo práctico, no quieren saber
nada de la clara percepción de este dramático estado, o
bien, oprimidos por la miseria, no tienen tiempo para ponerse
a considerarlo. Otros esperan del solo esfuerzo humano la verdadera
y plena liberación de la humanidad y abrigan el convencimiento
de que el futuro del hombre sobre la tierra saciará
plenamente todos sus deseos. Y no faltan, por otra parte,
quienes, desesperando de poder dar a la vida un sentido
exacto, alaban la insolencia de quienes piensan que la existencia
carece de toda significación propia y se esfuerzan por darle
un sentido puramente subjetivo. Sin embargo, ante la actual evolución
del mundo, son cada día más numerosos los que se
plantean o los que acometen con nueva penetración las cuestiones
más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido
del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar
de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las
victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el
hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué
hay después de esta vida temporal?.
Cree la Iglesia que
Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su
luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin
de que pueda responder a su máxima vocación y que
no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad
otro nombre en el que sea necesario salvarse. Igualmente cree
que la clave, el centro y el fin de toda
la historia humana se halla en su Señor y Maestro.
Afirma además la Iglesia que bajo la superficie de lo
cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento
en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre. Bajo
la luz de Cristo, imagen de Dios invisible, primogénito de
toda la creación, el Concilio habla a todos para esclarecer
el misterio del hombre y para cooperar en el hallazgo
de soluciones que respondan a los principales problemas de nuestra
época.
Regresar al índice
PRIMERA PARTE
LA IGLESIA Y LA VOCACI ÓN DEL HOMBRE
Hay que responder a las mociones del Espíritu
11. El
Pueblo de Dios, movido por la fe, que le impulsa
a creer que quien lo conduce es el Espíritu del
Señor, que llena el universo, procura discernir en los acontecimientos,
exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus
contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los
planes de Dios. La fe todo lo ilumina con nueva
luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación
del hombre. Por ello orienta la menta hacia soluciones plenamente
humanas.
El Concilio se propone, ante todo, juzgar bajo esta
luz los valores que hoy disfrutan la máxima consideración y
enlazarlos de nuevo con su fuente divina. Estos valores, por
proceder de la inteligencia que Dios ha dado al hombre,
poseen una bondad extraordinaria; pero, a causa de la corrupción
del corazón humano, sufren con frecuencia desviaciones contrarias a su
debida ordenación. Por ello necesitan purificación.
¿Qué piensa del hombre
la Iglesia? ¿Qué criterios fundamentales deben recomendarse para levantar el
edificio de la sociedad actual? ¿Qué sentido último tiene la
acción humana en el universo? He aquí las preguntas que
aguardan respuesta. Esta hará ver con claridad que el Pueblo
de Dios y la humanidad, de la que aquél forma
parte, se prestan mutuo servicio, lo cual demuestra que la
misión de la Iglesia es religiosa y, por lo mismo,
plenamente humana.
Regresar al índice
CAPÍTULO I
LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA
El
hombre, imagen de Dios
12. Creyentes y no creyentes están
generalmente deacuerdo en este punto: todos los bienes de la
tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima
de todos ellos.
Pero, ¿qué es el hombre? Muchas son
las opiniones que el hombre se ha dado y se
da sobre sí mismo. Diversas e incluso contradictorias. Exaltándose a
sí mismo como regla absoluta o hundiéndose hasta la desesperación.
La duda y la ansiedad se siguen en consecuencia. La
Iglesia siente profundamente estas dificultades, y, aleccionada por la Revelación
divina, puede darles la respuesta que perfile la verdadera situación
del hombre, dé explicación a sus enfermedades y permita conocer
simultáneamente y con acierto la dignidad y la vocación propias
del hombre.
La Biblia nos enseña que el hombre ha
sido creado "a imagen de Dios", con capacidad para conocer
y amar a su Creador, y que por Dios ha
sido constituido señor de la entera creación visible para gobernarla
y usarla glorificando a Dios. ¿Qué es el hombre para
que tú te acuerdes de él? ¿O el hijo del
hombre para que te cuides de él? Apenas lo has
hecho inferior a los ángeles al coronarlo de gloria y
esplendor. Tú lo pusiste sobre la obra de tus manos.
Todo fue puesto por tí debajo de sus pies (
Ps 8, 5-7).
Pero Dios no creó al hombre en
solitario. Desde el principio los hizo hombre y mujer (
Gen l,27). Esta sociedad de hombre y mujer es la
expresión primera de la comunión de personas humanas. El hombre
es, en efecto, por su íntima naturaleza, un ser social,
y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse
con los demás.
Dios, pues, nos dice también la Biblia,
miró cuanto había hecho, y lo juzgó muy bueno (Gen
1,31).
El pecado
13. Creado por Dios en la justicia,
el hombre, sin embargo, por instigación del demonio, en el
propio exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose
contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen
de Dios. Conocieron a Dios, pero no le glorificaron como
a Dios. Obscurecieron su estúpido corazón y prefirieron servir a
la criatura, no al Creador. Lo que la Revelación divina
nos dice coincide con la experiencia. El hombre, en efecto,
cuando examina su corazón, comprueba su inclinación al mal y
se siente anegado por muchos males, que no pueden tener
origen en su santo Creador. Al negarse con frecuencia a
reconocer a Dios como su principio, rompe el hombre la
debida subordinación a su fin último, y también toda su
ordenación tanto por lo que toca a su propia persona
como a las relaciones con los demás y con el
resto dela creación.
Es esto lo que explica la división
íntima del hombre. Toda la vida humana, la individual y
la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática,
entre el bien y el mal, entre la luz y
las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz de
domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal,
hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas. Pero
el Señor vino en persona para liberar y vigorizar al
hombre, renovándole interiormente y expulsando al príncipe de este mundo
(cf. Io 12,31), que le retenía en la esclavitud del
pecado. El pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su propia
plenitud.
A la luz de esta Revelación, la sublime vocación
y la miseria profunda que el hombre experimenta hallan simultáneamente
su última explicación.
Constitución del hombre
14. En la unidad
de cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición
corporal, es una síntesis del universo material, el cual alcanza
por medio del hombre su más alta cima y alza
la voz para la libre alabanza del Creador. No debe,
por tanto, despreciar la vida corporal, sino que, por el
contrario, debe tener por bueno y honrar a su propio
cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en
el último día. Herido por el pecado, experimenta, sin embargo,
la rebelión del cuerpo. La propia dignidad humana pide, pues,
que glorifique a Dios en su cuerpo y no permita
que lo esclavicen las inclinaciones depravadas de su corazón.
No
se equivoca el hombre al afirmar su superioridad sobre el
universo material y al considerarse no ya como partícula de
la naturaleza o como elemento anónimo de la ciudad humana.
Por su interioridad es, en efecto, superior al universo entero;
a esta profunda interioridad retorna cuando entra dentro de su
corazón, donde Dios le aguarda, escrutador de los corazones, y
donde él personalmente, bajo la mirada de Dios, decide su
propio destino. Al afirmar, por tanto, en sí mismo la
espiritualidad y la inmortalidad de su alma, no es el
hombre juguete de un espejismo ilusorio provocado solamente por las
condiciones físicas y sociales exteriores, sino que toca, por el
contrario, la verdad más profunda de la realidad.
Dignidad de
la inteligencia, verdad y sabiduría
15. Tiene razón el hombre,
participante de la luz de la inteligencia divina, cuando afirma
que por virtud de su inteligencia es superior al universo
material. Con el ejercicio infatigable de su ingenio a lo
largo de los siglos, la humanidad ha realizado grandes avances
en las ciencias positivas, en el campo de la técnica
y en la esfera de las artes liberales. Pero en
nuestra época ha obtenido éxitos extraordinarios en la investigación y
en el dominio del mundo material. Siempre, sin embargo, ha
buscado y ha encontrado una verdad más profunda. La inteligencia
no se ciñe solamente a los fenómenos. Tiene capacidad para
alcanzar la realidad inteligible con verdadera certeza, aunque a consecuencia
del pecado esté parcialmente oscurecida y debilitada.
Finalmente, la naturaleza
intelectual de la persona humana se perfecciona y debe perfeccionarse
por medio de la sabiduría, la cual atrae con suavidad
la mente del hombre a la búsqueda y al amor
de la verdad y del bien. Imbuido por ella, el
hombre se alza por medio de lo visible hacia lo
invisible.
Nuestra época, más que ninguna otra, tiene necesidad de
esta sabiduría para humanizar todos los nuevos descubrimientos de la
humanidad. El destino futuro del mundo corre peligro si no
forman hombres más instruidos en esta sabiduría. Debe advertirse a
este respecto que muchas naciones económicamente pobres, pero ricas en
esta sabiduría, pueden ofrecer a las demás una extraordinaria aportación.
Con el don del Espíritu Santo, el hombre llega por
la fe a contemplar y saborear el misterio del plan
divino.
Dignidad de la conciencia moral
16. En lo más
profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de
una ley que él no se dicta a sí mismo,
pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena,
cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole
que debe amar y practicar el bien y que debe
evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre
tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en
cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual
será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto
y el sagrario del hombre, en el que éste se
siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el
recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que
de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento
consiste en el amor de Dios y del prójimo. La
fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los
demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto
los numerosos problemas morales que se presentan al individuoy a
la sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta
conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades
para apartarse del ciego capricho y para someterse a las
normas objetivas de la moralidad. No rara vez, sin embargo,
ocurre que yerra la conciencia por ignorancia invencible, sin que
ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no
puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la
verdad y el bien y la conciencia se va progresivamente
entenebreciendo por el hábito del pecado.
Grandeza de la libertad
17. La orientación del hombre hacia el bien sólo se
logra con el uso de la libertad, la cual posee
un valor que nuestros contemporáneos ensalzan con entusiasmo. Y con
toda razón. Con frecuencia, sin embargo, la fomentan de forma
depravada, como si fuera pura licencia para hacer cualquier cosa,
con tal que deleite, aunque sea mala. La verdadera libertad
es signo eminente de la imagen divina en el hombre.
Dios ha querido dejar al hombre en manos de su
propia decisión para que así busque espontáneamente a su Creador
y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada
perfección. La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre
actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido
e inducido por convicción interna personal y no bajo la
presión de un ciego