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| Carta Encíclica Laborem Exercens |
Laborem Exercens
Sobre el trabajo Humano
Carta Encíclica del Sumo Pontífice Juan Pablo II en
el 90 aniversario de la Rerum Novarum
14 de
septiembre de 1981
La presente encíclica trata la concepción
del hombre y del trabajo. El enfoque general responde
a un análisis de la época moderna, misma en la
que se han desarrollado con enorme profusión ensayos de carácter
económico, social, histórico, teológico, antropológico, etc...., sobre el trabajo humano,
sobrepasándose en muchas ocasiones, el concepto exacto del trabajo.
Con
la Laboren Exercens la Iglesia va más al fondo, llega
al corazón del concepto mismo del trabajo humano. En
lugar de trazar un modelo ideal, Juan Pablo II ayuda
a comprender lo que ha acontecido y sigue aconteciendo en
la historia, de qué modo puede el hombre transformarse con
su trabajo, hacerse más hombre”.
En este sentido, esta encíclica
es un intento bastante acabado de ir al fondo
de lo que es el trabajo, y de su importancia
para el ser humano. Desarrolla la significación que tiene el
trabajo como fuente de realización de la exigencia de felicidad
que todos los hombres son. Lo anterior, abre la posibilidad
de una realización plena de la condición que todos los
seres humanos viven: la de trabajadores.
“Juan Pablo II reconstruye las
certezas metafísicas tradicionales de la fe a partir del hombre,
a partir de una reflexión profunda sobre lo que es
el hombre. De la experiencia de la vida del hombre
remonta a su esencia y hace de la antropología introducción
y preámbulo de la fe. En otras palabras, la filosofía
del hombre viene a ser el verdadero acceso a la
filosofía del ser. De esta filosofía del hombre forma parte
de modo esencial la filosofía del trabajo humano, que concierne
a los terrenos de la experiencia humana, anteriormente apropiados por
la filosofía marxista de la praxis”. (Rocco Buttiglione).
La civilización occidental
se ha preocupado sobre todo de desarrollar el lado objetivo
del trabajo para someter a la naturaleza y liberar al
hombre de condiciones de vidas de gran pobreza y miseria.
Ha logrado de modo extraordinario acrecentar el control del hombre
sobre la naturaleza. Sin embargo, el lado subjetivo del trabajo
ha sido totalmente descuidado.
El hombre ha elegido las formas
de su cooperación en el trabajo y, por ende, su
organización social en total independencia de la exigencia de asegurar
el justo desarrollo de la persona humana en su trabajo.
El resultado es que hoy nos hallamos infinitamente más seguros
que en el pasado frente a las amenazas que provienen
de la naturaleza (carestía, sequía, inundación, etc.), pero mil veces
más inseguros ante las amenazas que nos vienen de los
demás hombres o que surgen de nuestra propia intimidad personal
(crisis económica, guerras, alienación, neurosis de las grandes concentraciones urbanas...).
De hecho, no noshemos parado a pensar y proyectar nuestro
trabajo de suerte que nos haga plenamente hombres.
He ahí la
reflexión de su SS. Juan Pablo II, quien nos dice
en esta encíclica: "El trabajo humano es una clave, quizá
la clave esencial de toda la cuestión social, si tratamos
de verla verdaderamente desde el punto de vista del bien
del hombre”. Los temas que trata esta encíclica son los
siguientes:
Índice General
I.
INTRODUCCIÓN
1. El Trabajo humano 90 años después de
la «Rerum Novarum»
2. En una línea de
desarrollo orgánico de la acción y enseñanza social de la
Iglesia
3. El problema del trabajo, clave de la
cuestión social
II. EL TRABAJO Y
EL HOMBRE
4. En el libro del Génesis
5. El trabajo en sentido objetivo: La técnica
6. El trabajo en sentido subjetivo: el hombre, sujeto
del trabajo
7. Una amenaza al justo orden de
los valores
8. Solidaridad de los hombres del
trabajo
9. Trabajo - dignidad de la persona
10. Trabajo y sociedad: familia, nación
III. CONFLICTO ENTRE TRABAJO Y CAPITAL EN LA
PRESENTE FASE HISTÓRICA
11. Dimensión de este conflicto
12. Prioridad del trabajo
13. Economismo y materialismo
14. Trabajo y propiedad
15. Argumento «personalista»;
IV. DERECHOS DE LOS HOMBRES DEL TRABAJO
16. En el amplio contexto de los derechos humanos
17. Empresario: «indirecto»; y «directo»;
18.
El problema del empleo
19. Salario y otras
prestaciones sociales
20. Importancia de los sindicatos
21. Dignidad del trabajo agrícola
22. La
persona minusválida y el trabajo
23. El trabajo
y el problema de la emigración
V.
ELEMENTOS PARA UNA ESPIRITUALIDAD DEL TRABAJO
24. Particular cometido de
la Iglesia
25. El trabajo como participación en
la obra del Creador
26. Cristo, el hombre
del trabajo
27. El trabajo humano a la
luz de la cruz y resurrección de Cristo
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te interesa tener el documento completo en su versión para
imprimir, puedes descargarlo en tu escritorio dando un click aquí.
Laborem exercens
a los venerables
Hermanos en el Episcopado
a los Sacerdotes
a las Familias religiosas
a
los Hijos e Hijas de la Iglesia
y a todos
los Hombres de Buena Voluntad
sobre el Trabajo Humano
en el
90 aniversario de la
Rerum Novarum
1981.09.14
Ioannes Paulus PP. II
BENDICIÓN
Venerables hermanos,
amadísimos hijos e hijas
salud y
Bendición Apostólica
I. INTRODUCCIÓN
CON SU TRABAJO el
hombre ha de procurarse el pan cotidiano, 1contribuir al continuo
progreso de las ciencias y la técnica, y sobre todo
a la incesante elevación cultural y moral de la sociedad
en la que vive en comunidad con sus hermanos. Y
«trabajo» significa todo tipo de acción realizada por el hombre
independientemente de sus características o circunstancias; significa toda actividad humana
que se puede o se debe reconocer como trabajo entre
las múltiples actividades de las que el hombre es capaz
y a las que está predispuesto por la naturaleza misma
en virtud de su humanidad. Hecho a imagen y semejanza
de Dios 2en el mundo visible y puesto en él
para que dominase la tierra, 3el hombre está por ello,
desde el principio, llamado al trabajo. El trabajo es una
de las características que distinguen al hombre del resto de
las criaturas, cuya actividad, relacionada con el mantenimiento de la
vida, no puede llamarse trabajo; solamente el hombre es capaz
de trabajar, solamente él puede llevarlo a cabo, llenando a
la vez con el trabajo su existencia sobre la tierra.
De este modo el trabajo lleva en sí un signo
particular del hombre y de la humanidad, el signo de
la persona activa en medio de una comunidad de personas;
este signo determina su característica interior y constituye en cierto
sentido su misma naturaleza.
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1. El trabajo humano 90 años después de la
«Rerum novarum»
Habiéndose cumplido, el 15 de mayo del
año en curso, noventa años desde la publicación —por obra
de León XIII, el gran Pontífice de la «cuestión social»—
de aquella Encíclica de decisiva importancia, que comienza con las
palabras Rerum Novarum, deseo dedicar este documento precisamente al trabajo
humano, y más aún deseo dedicarlo al hombre en el
vasto contexto de esa realidad que es el trabajo. En
efecto, si como he dicho en la Encíclica Redemptor Hominis,
publicada al principio de mi servicio en la sede romana
de San Pedro, el hombre «es el camino primero y
fundamental de la Iglesia», 4y ello precisamente a causa del
insondable misterio de la Redención en Cristo, entonces hay que
volver sin cesar a este camino y proseguirlo siempre nuevamente
en sus varios aspectos en los que se revela toda
la riqueza y a la vez toda la fatiga de
la existencia humana sobre la tierra.
El trabajo es uno
de estos aspectos, perenne y fundamental, siempre actual y que
exige constantemente una renovada atención y un decidido testimonio. Porque
surgen siempre nuevos interrogantes y problemas, nacen siempre nuevas esperanzas,
pero nacen también temores y amenazas relacionadas con esta dimensión
fundamental de la existencia humana, de la que la vida
del hombre está hecha cada día, de la que deriva
la propia dignidad específica y en la que a la
vez está contenida la medida incesante de la fatiga humana,
del sufrimiento y también del daño y de la injusticia
que invaden profundamente la vida social dentro de cada Nación
y a escala internacional. Si bien es verdad que el
hombre se nutre con el pan del trabajo de sus
manos, 5es decir, no sólo de ese pan de cada
día que mantiene vivo su cuerpo, sino también del pan
de la ciencia y del progreso, de la civilización y
de la cultura, entonces es también verdad perenne que él
se nutre de ese pan con el sudor de su
frente; 6o sea no sólo con el esfuerzo y la
fatiga personales, sino también en medio de tantas tensiones, conflictos
y crisis que, en relación con la realidad del trabajo,
trastocan la vida de cada sociedad y aun de toda
la humanidad.
Celebramos el 90° aniversario de la Encíclica Rerum
Novarum en vísperas de nuevos adelantos en las condiciones tecnológicas,
económicas y políticas que, según muchos expertos, influirán en el
mundo del trabajo y de la producción no menos de
cuanto lo hizo la revolución industrial del siglo pasado. Son
múltiples los factores de alcance general: la introducción generalizada de
la automatización en muchos campos de la producción, el aumento
del coste de la energía y de las materias básicas;
la creciente toma de conciencia de la limitación del patrimonio
natural y de su insoportable contaminación; la aparición en la
escena política de pueblos que, tras siglos de sumisión, reclaman
su legítimo puesto entre las naciones y en las decisiones
internacionales. Estas condiciones y exigencias nuevas harán necesaria una reorganización
y revisión de las estructuras de la economía actual, así
como de la distribución del trabajo. Tales cambios podrán quizás
significar por desgracia, para millones de trabajadores especializados, desempleo, al
menos temporal, o necesidad de nueva especialización; conllevarán muy probablemente
una disminución o crecimiento menos rápido del bienestar material para
los Países más desarrollados; pero podrán también proporcionar respiro y
esperanza a millones de seres que viven hoy en condiciones
de vergonzosa e indigna miseria.
No corresponde a la Iglesia
analizar científicamente las posibles consecuencias de tales cambios en la
convivencia humana. Pero la Iglesia considera deber suyo recordar siempre
la dignidad y los derechos de los hombres del trabajo,
denunciar las situaciones en las que se violan dichos derechos,
y contribuir a orientar estos cambios para que se realice
un auténtico progreso del hombre y de la sociedad.
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2. En una línea
de desarrollo orgánico de la acción y enseñanza social de
la Iglesia
Ciertamente el trabajo, en cuanto problema del
hombre, ocupa el centro mismo de la «cuestión social», a
la que durante los casi cien años transcurridos desde la
publicación de la mencionada Encíclica se dirigen de modo especial
las enseñanzas de la Iglesia y las múltiples iniciativas relacionadas
con su misión apostólica. Si deseo concentrar en ellas estas
reflexiones, quiero hacerlo no de manera diversa, sino más bien
en conexión orgánica con toda la tradición de tales enseñanzas
e iniciativas. Pero a la vez hago esto siguiendo las
orientaciones del Evangelio, para sacar del patrimonio del Evangelio «cosas
nuevas y cosas viejas». 7Ciertamente el trabajo es «cosa antigua»,
tan antigua como el hombre y su vida sobre la
tierra. La situación general del hombre en el mundo contemporáneo,
considerada y analizada en sus varios aspectos geográficos, de cultura
y civilización, exige sin embargo que se descubran los nuevos
significados del trabajo humano y que se formulen asimismo los
nuevos cometidos que en este campo se brindan a cada
hombre, a cada familia, a cada Nación, a todo el
género humano y, finalmente, a la misma Iglesia.
En el
espacio de los años que nos separan de la publicación
de la Encíclica Rerum Novarum, la cuestión social no ha
dejado de ocupar la atención de la Iglesia. Prueba de
ello son los numerosos documentos del Magisterio, publicados por los
Pontífices, así como por el Concilio Vaticano II. Prueba asimismo
de ello son las declaraciones de los Episcopados o la
actividad de los diversos centros de pensamiento y de iniciativas
concretas de apostolado, tanto a escala internacional como a escala
de Iglesias locales. Es difícil enumerar aquí detalladamente todas las
manifestaciones del vivo interés de la Iglesia y de los
cristianos por la cuestión social, dado que son muy numerosas.
Como fruto del Concilio, el principal centro de coordinación en
este campo ha venido a ser la Pontificia Comisión Justicia
y Paz, la cual cuenta con Organismos correspondientes en el
ámbito de cada Conferencia Episcopal. El nombre de esta institución
es muy significativo: indica que la cuestión social debe ser
tratada en su dimensión integral y compleja. El compromiso en
favor de la justicia debe estar íntimamente unido con el
compromiso en favor de la paz en el mundo contemporáneo.
Y ciertamente se ha pronunciado en favor de este doble
cometido la dolorosa experiencia de las dos grandes guerras mundiales,
que, durante los últimos 90 años, han sacudido a muchos
Países tanto del continente europeo como, al menos en parte,
de otros continentes. Se manifiesta en su favor, especialmente después
del final de la segunda guerra mundial, la permanente amenaza
de una guerra nuclear y la perspectiva de la terrible
autodestrucción que deriva de ella.
Si seguimos la línea principal
del desarrollo de los documentos del supremo Magisterio de la
Iglesia, encontramos en ellos la explícita confirmación de tal planteamiento
del problema. La postura clave, por lo que se refiere
a la cuestión de la paz en el mundo, es
la de la Encíclica Pacem in terris de Juan XXIII.
Si se considera en cambio la evolución de la cuestión
de la justicia social, ha de notarse que, mientras en
el período comprendido entre la Rerum Novarum y la Quadragesimo
Anno de Pío XI, las enseñanzas de la Iglesia se
concentran sobre todo en torno a la justa solución de
la llamada cuestión obrera, en el ámbito de cada Nación
y, en la etapa posterior, amplían el horizonte a dimensiones
mundiales. La distribución desproporcionada de riqueza y miseria, la existencia
de Países y Continentes desarrollados y no desarrollados, exigen una
justa distribución y la búsqueda de vías para un justo
desarrollo de todos. En esta dirección se mueven las enseñanzas
contenidas en la Encíclica Mater et Magistra de Juan XXIII,
en la Constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano
II y en la Encíclica Populorum Progressio de Pablo VI.
Esta dirección de desarrollo de las enseñanzas y del compromiso
de la Iglesia en la cuestión social, corresponde exactamente al
reconocimiento objetivo del estado de las cosas. Si en el
pasado, como centro de tal cuestión, se ponía de relieve
ante todo el problema de la «clase», en época más
reciente se coloca en primer plano el problema del «mundo».
Por lo tanto, se considera no sólo el ámbito de
la clase, sino también el ámbito mundial de la desigualdad
y de la injusticia; y, en consecuencia, no sólo la
dimensión de clase, sino la dimensión mundial de las tareas
que llevan a la realización de la justicia en el
mundo contemporáneo. Un análisis completo de la situación del mundo
contemporáneo ha puesto de manifiesto de modo todavía más profundo
y más pleno el significado del análisis anterior de las
injusticias sociales; y es el significado que hoy se debe
dar a los esfuerzos encaminados a construir la justicia sobre
la tierra, no escondiendo con ello las estructuras injustas, sino
exigiendo un examen de las mismas y su transformación en
una dimensión más universal.
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3. El problema del trabajo, clave de la cuestión
social
En medio de todos estos procesos —tanto del
diagnóstico de la realidad social objetiva como también de las
enseñanzas de la Iglesia en el ámbito de la compleja
y variada cuestión social— el problema del trabajo humano aparece
naturalmente muchas veces. Es, de alguna manera, un elemento fijo
tanto de la vida social como de las enseñanzas de
la Iglesia. En esta enseñanza, sin embargo, la atención al
problema se remonta más allá de los últimos noventa años.
En efecto, la doctrina social de la Iglesia tiene su
fuente en la Sagrada Escritura, comenzando por el libro del
Génesis y, en particular, en el Evangelio y en los
escritos apostólicos. Esa doctrina perteneció desde el principio a la
enseñanza de la Iglesia misma, a su concepción del hombre
y de la vida social y, especialmente, a la moral
social elaborada según las necesidades de las distintas épocas. Este
patrimonio tradicional ha sido después heredado y desarrollado por las
enseñanzas de los Pontífices sobre la moderna «cuestión social», empezando
por la Encíclica Rerum Novarum. En el contexto de esta
«cuestión», la profundización del problema del trabajo ha experimentado una
continua puesta al día conservando siempre aquella base cristiana de
verdad que podemos llamar perenne.
Si en el presente documento
volvemos de nuevo sobre este problema —sin querer por lo
demás tocar todos los argumentos que a él se refieren—
no es para recoger y repetir lo que ya se
encuentra en las enseñanzas de la Iglesia, sino más bien
para poner de relieve —quizá más de lo que se
ha hecho hasta ahora— que el trabajo humano es una
clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión social,
si tratamos de verla verdaderamente desde el punto de vista
del bien del hombre. Y si la solución, o mejor,
la solución gradual de la cuestión social, que se presenta
de nuevo constantemente y se hace cada vez más compleja,
debe buscarse en la dirección de «hacer la vida humana
más humana», 8entonces la clave, que es el trabajo humano,
adquiere una importancia fundamental y decisiva.
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II. EL TRABAJO Y EL HOMBRE
4. En el libro del Génesis
La
Iglesia está convencida de que el trabajo constituye una dimensión
fundamental de la existencia del hombre en la tierra. Ella
se confirma en esta convicción considerando también todo el patrimonio
de las diversas ciencias dedicadas al estudio del hombre: la
antropología, la paleontología, la historia, la sociología, la sicología, etc.;
todas parecen testimoniar de manera irrefutable esta realidad. La Iglesia,
sin embargo, saca esta convicción sobre todo de la fuente
de la Palabra de Dios revelada, y por ello lo
que es una convicción de la inteligencia adquiere a la
vez el carácter de una convicción de fe. El motivo
es que la Iglesia —vale la pena observarlo desde ahora—
cree en el hombre: ella piensa en el hombre y
se dirige a él no sólo a la luz de
la experiencia histórica, no sólo con la ayuda de los
múltiples métodos del conocimiento científico, sino ante todo a la
luz de la palabra revelada del Dios vivo. Al hacer
referencia al hombre, ella trata de expresar los designios eternos
y los destinos trascendentes que el Dios vivo, Creador y
Redentor ha unido al hombre.
La Iglesia halla ya en
las primeras páginas del libro del Génesis la fuente de
su convicción según la cual el trabajo constituye una dimensión
fundamental de la existencia humana sobre la tierra. El análisis
de estos textos nos hace conscientes a cada uno del
hecho de que en ellos —a veces aun manifestando el
pensamiento de una manera arcaica— han sido expresadas las verdades
fundamentales sobre el hombre, ya en el contexto del misterio
de la Creación. Estas son las verdades que deciden acerca
del hombre desde el principio y que, al mismo tiempo,
trazan las grandes líneas de su existencia en la tierra,
tanto en el estado de justicia original como también después
de la ruptura, provocada por el pecado, de la alianza
original del Creador con lo creado, en el hombre. Cuando
éste, hecho «a imagen de Dios... varón y hembra», 9siente
las palabras: «Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla
», 10 aunque estas palabras no se refieren directa y
explícitamente al trabajo, indirectamente ya se lo indican sin duda
alguna como una actividad a desarrollar en el mundo. Más
aún, demuestran su misma esencia más profunda. El hombre es
la imagen de Dios, entre otros motivos por el mandato
recibido de su Creador de someter y dominar la tierra.
En la realización de este mandato, el hombre, todo ser
humano, refleja la acción misma del Creador del universo.
El
trabajo entendido como una actividad «transitiva», es decir, de tal
naturaleza que, empezando en el sujeto humano, está dirigida hacia
un objeto externo, supone un dominio específico del hombre sobre
la «tierra» y a la vez confirma y desarrolla este
dominio. Está claro que con el término «tierra», del que
habla el texto bíblico, se debe entender ante todo la
parte del universo visible en el que habita el hombre;
por extensión sin embargo, se puede entender todo el mundo
visible, dado que se encuentra en el radio de influencia
del hombre y de su búsqueda por satisfacer las propias
necesidades. La expresión «someter la tierra» tiene un amplio alcance.
Indica todos los recursos que la tierra (e indirectamente el
mundo visible) encierra en sí y que, mediante la actividad
consciente del hombre, pueden ser descubiertos y oportunamente usados. De
esta manera, aquellas palabras, puestas al principio de la Biblia,
no dejan de ser actuales. Abarcan todas las épocas pasadas
de la civilización y de la economía, así como toda
la realidad contemporánea y las fases futuras del desarrollo, las
cuales, en alguna medida, quizás se están delineando ya, aunque
en gran parte permanecen todavía casi desconocidas o escondidas para
el hombre.
Si a veces se habla de período de
«aceleración» en la vida económica y en la civilización de
la humanidad o de las naciones, uniendo estas «aceleraciones» al
progreso de la ciencia y de la técnica, y especialmente
a los descubrimientos decisivos para la vida socio-económica, se puede
decir al mismo tiempo que ninguna de estas «aceleraciones» supera
el contenido esencial de lo indicado en ese antiquísimo texto
bíblico. Haciéndose —mediante su trabajo— cada vez más dueño de
la tierra y confirmando todavía —mediante el trabajo— su dominio
sobre el mundo visible, el hombre en cada caso y
en cada fase de este proceso se coloca en la
línea del plan original del Creador; lo cual está necesaria
e indisolublemente unido al hecho de que el hombre ha
sido creado, varón y hembra, «a imagen de Dios». Este
proceso es, al mismo tiempo, universal: abarca a todos los
hombres, a cada generación, a cada fase del desarrollo económico
y cultural, y a la vez es un proceso que
se actúa en cada hombre, en cada sujeto humano consciente.
Todos y cada uno están comprendidos en él con temporáneamente.
Todos y cada uno, en una justa medida y en
un número incalculable de formas, toman parte en este gigantesco
proceso, mediante el cual el hombre «somete la tierra» con
su trabajo.
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5.
El trabajo en sentido objetivo: la técnica
Esta universalidad
y a la vez esta multiplicidad del proceso de «someter
la tierra» iluminan el trabajo del hombre, ya que el
dominio del hombre sobre la tierra se realiza en el
trabajo y mediante el trabajo. Emerge así el significado del
trabajo en sentido objetivo, el cual halla su expresión en
las varias épocas de la cultura y de la civilización.
El hombre domina ya la tierra por el hecho de
que domestica los animales, los cría y de ellos saca
el alimento y vestido necesarios, y por el hecho de
que puede extraer de la tierra y de los mares
diversos recursos naturales. Pero mucho más «somete la tierra», cuando
el hombre empieza a cultivarla y posteriormente elabora sus productos,
adaptándolos a sus necesidades. La agricultura constituye así un campo
primario de la actividad económica y un factor indispensable de
la producción por medio del trabajo humano. La industria, a
su vez, consistirá siempre en conjugar las riquezas de la
tierra —los recursos vivos de la naturaleza, los productos de
la agricultura, los recursos minerales o químicos— y el trabajo
del hombre, tanto el trabajo físico como el intelectual. Lo
cual puede aplicarse también en cierto sentido al campo de
la llamada industria de los servicios y al de la
investigación, pura o aplicada.
Hoy, en la industria y en
la agricultura la actividad del hombre ha dejado de ser,
en muchos casos, un trabajo prevalentemente manual, ya que la
fatiga de las manos y de los músculos es ayudada
por máquinas y mecanismos cada vez más perfeccionados. No solamente
en la industria, sino también en la agricultura, somos testigos
de las transformaciones llevadas a cabo por el gradual y
continuo desarrollo de la ciencia y de la técnica. Lo
cual, en su conjunto, se ha convertido históricamente en una
causa de profundas transformaciones de la civilización, desde el origen
de la «era industrial» hasta las sucesivas fases de desarrollo
gracias a las nuevas técnicas, como las de la electrónica
o de los microprocesadores de los últimos años.
Aunque pueda
parecer que en el proceso industrial «trabaja» la máquina mientras
el hombre solamente la vigila, haciendo posible y guiando de
diversas maneras su funcionamiento, es verdad también que precisamente por
ello el desarrollo industrial pone la base para plantear de
manera nueva el problema del trabajo humano. Tanto la primera
industrialización, que creó la llamada cuestión obrera, como los sucesivos
cambios industriales y postindustriales, demuestran de manera elocuente que, también
en la época del «trabajo» cada vez más mecanizado, el
sujeto propio del trabajo sigue siendo el hombre.
El desarrollo
de la industria y de los diversos sectores relacionados con
ella —hasta las más modernas tecnologías de la electrónica, especialmente
en el terreno de la miniaturización, de la informática, de
la telemática y otros— indica el papel de primerísima importancia
que adquiere, en la interacción entre el sujeto y objeto
del trabajo (en el sentido más amplio de esta palabra),
precisamente esa aliada del trabajo, creada por el cerebro humano,
que es la técnica. Entendida aquí no como capacidad o
aptitud para el trabajo, sino como un conjunto de instrumentos
de los que el hombre se vale en su trabajo,
la técnica es indudablemente una aliada del hombre. Ella le
facilita el trabajo, lo perfecciona, lo acelera y lo multiplica.
Ella fomenta el aumento de la cantidad de productos del
trabajo y perfecciona incluso la calidad de muchos de ellos.
Es un hecho, por otra parte, que a veces, la
técnica puede transformarse de aliada en adversaria del hombre, como
cuando la mecanización del trabajo «suplanta» al hombre, quitándole toda
satisfacción personal y el estímulo a la creatividad y responsabilidad;
cuando quita el puesto de trabajo a muchos trabajadores antes
ocupados, o cuando mediante la exaltación de la máquina reduce
al hombre a ser su esclavo.
Si las palabras bíblicas
«someted la tierra», dichas al hombre desde el principio, son
entendidas en el contexto de toda la época moderna, industrial
y postindustrial, indudablemente encierran ya en sí una relación con
la técnica, con el mundo de mecanismos y máquinas que
es el fruto del trabajo del cerebro humano y la
confirmación histórica del dominio del hombre sobre la naturaleza.
La
época reciente de la historia de la humanidad, especialmente la
de algunas sociedades, conlleva una justa afirmación de la técnica
como un coeficiente fundamental del progreso económico; pero al mismo
tiempo, con esta afirmación han surgido y continúan surgiendo los
interrogantes esenciales que se refieren al trabajo humano en relación
con el sujeto, que es precisamente el hombre. Estos interrogantes
encierran una carga particular de contenidos y tensiones de carácter
ético y ético-social. Por ello constituyen un desafío continuo para
múltiples instituciones, para los Estados y para los gobiernos, para
los sistemas y las organizaciones internacionales; constituyen también un desafío
para la Iglesia.
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6. El trabajo en sentido subjetivo: el hombre, sujeto del
trabajo
Para continuar nuestro análisis del trabajo en relación
con la palabras de la Biblia, en virtud de las
cuales el hombre ha de someter la tierra, hemos de
concentrar nuestra atención sobre el trabajo en sentido subjetivo, mucho
más de cuanto lo hemos hecho hablando acerca del significado
objetivo del trabajo, tocando apenas esa vasta problemática que conocen
perfecta y detalladamente los hombres de estudio en los diversos
campos y también los hombres mismos del trabajo según sus
especializaciones. Si las palabras del libro del Génesis, a las
que nos referimos en este análisis, hablan indirectamente del trabajo
en sentido objetivo, a la vez hablan también del sujeto
del trabajo; y lo que dicen es muy elocuente y
está lleno de un gran significado.
El hombre debe someter
la tierra, debe dominarla, porque como «imagen de Dios» es
una persona, es decir, un ser subjetivo capaz de obrar
de manera programada y racional, capaz de decidir acerca de
sí y que tiende a realizarse a sí mismo. Como
persona, el hombre es pues sujeto del trabajo. Como persona
él trabaja, realiza varias acciones pertenecientes al proceso del trabajo;
éstas, independientemente de su contenido objetivo, han de servir todas
ellas a la realización de su humanidad, al perfeccionamiento de
esa vocación de persona, que tiene en virtud de su
misma humanidad. Las principales verdades sobre este tema han sido
últimamente recordadas por el Concilio Vaticano II en la Constitución
Gaudium et Spes, sobre todo en el capítulo I, dedicado
a la vocación del hombre.
Así ese «dominio» del que
habla el texto bíblico que estamos analizando, se refiere no
sólo a la dimensión objetiva del trabajo,