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Populorum progressio
Sobre el desarrollo de los
pueblos
Carta Encíclica del Sumo Pontífice Pablo VI
26 de
marzo de 1967
El desarrollo de los pueblos -principalmente de
los que ponen su empeño en liberarse del yugo
del hambre, de la miseria, de las enfermedades endémicas,
de la incultura; de los que ansían una participación
más intensa en los frutos de la civilización, una
más activa apreciación de sus humanas peculiaridades; y que,
finalmente, se orientan con constante decisión hacia la meta
de su pleno desarrollo-, este desarrollo de los pueblos
-decimos- es observado con tanta atención como esperanza por
la Iglesia misma.
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Índice General
I. INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE:
POR UN DESARROLLO INTEGRAL DEL
HOMBRE
1. Los datos del problema
2. La Iglesia y el desarrollo
3. La acción que se debe emprender
* Hacia un humanismo verdadero y plenario
PARTE SEGUNDA:
HACIA EL DESARROLLO SOLIDARIO DE LA HUMANIDAD
1. Asistencia a los débiles
2. La equidad en las relaciones comerciales
3. La caridad universal
CONCLUSIÓN
* Llamamiento final
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Populorum progressio
Sobre el desarrollo de
los pueblos
Carta Encíclica del Sumo Pontífice Pablo VI
26
de marzo de 1967
I. INTRODUCCIÓN
El desarrollo de
los pueblos -principalmente de los que ponen su empeño
en liberarse del yugo del hambre, de la miseria,
de las enfermedades endémicas, de la incultura; de los
que ansían una participación más intensa en los frutos
de la civilización, una más activa apreciación de sus
humanas peculiaridades; y que, finalmente, se orientan con constante decisión
hacia la meta de su pleno desarrollo-, este desarrollo
de los pueblos -decimos- es observado con tanta atención
como esperanza por la Iglesia misma.
Porque, en efecto,
una vez terminado el Concilio Ecuménico Vaticano II, el
renovar un concienzudo examen ha movido a la Iglesia
a juzgar y valorar con más claridad lo que
el Evangelio de Jesucristo demandaba, y creyó obligación suya
el colaborar con todos los hombres para que éstos
no sólo investigaran los problemas de esta gravísima cuestión,
sino que se persuadieran de que, en esta hora
decisiva en la historia de la humanidad, es necesaria urgentemente
la acción solidaria de todos.
2. Nuestros Predecesores -León
XIII, al escribir su encíclica Rerum novarum (2) ,
Pío XI al promulgar la encíclica Quadragesimo anno (3)
, y, sin hablar de los radiomensajes de Pío
XII para todo el mundo (4) , Juan XXIII,
al publicar sus encíclicas Mater et Magistra (5) yPacem
in terris (6) - nunca faltaron al deber, propio
de su alto oficio, de proyectar -con tan notables
documentos- la luz del Evangelio sobre las cuestiones sociales
de su tiempo.
3. Hoy el hecho más importante
es que todos tengan clara conciencia de que actualmente la
cuestión social entra por completo en la universal solidaridad
de los hombres. Claramente lo ha afirmado Nuestro Predecesor,
de fel. rec., Juan XXIII (7) , y el
Concilio se ha hecho eco de ello en su
Constitución pastoral sobre La Iglesia en el mundo actual
(8) . Puesto que tanta y tan grave es
la importancia de tal enseñanza, ante todo es necesario
obedecerla sin pérdida de tiempo. Con lastimera voz los
pueblos hambrientos gritan a los que abundan en riquezas.
Y la Iglesia, conmovida ante gritos tales de angustia,
llama a todos y a cada uno de los hombres
para que, movidos por amor, respondan finalmente al clamor
de los hermanos.
4. Ya antes de ser elevados
al Sumo Pontificado, Nuestros dos viajes a la América
Latina (1960) y al Africa (1962), Nos pusieron en
personal contacto con aquellos continentes, atenazados por los problemas
de su propio desarrollo, no obstante sus singulares bienes
materiales y espirituales. Investidos con la paternidad universal, hemos
podido -en Nuestros viajes a Tierra Santa y a
la India- ver con Nuestros ojos y casi tocar
con las manos las gravísimas dificultades que pesan sobre
estos pueblos de antigua civilización en su lucha con los
problemas del desarrollo. Y mientras en Roma se celebraba
el Concilio Vaticano II, circunstancias providenciales Nos permitieron dirigirnos
a la Asamblea general de las Naciones Unidas y
allí, como ante tan honrado Areópago, defender públicamente la
causa de los pueblos pobres.
5. Finalmente, para responder
al voto del Concilio y para concretar la aportación
de la Santa Sede a esta gran causa de
los pueblos en vías de desarrollo, recientemente creímos que
era deber Nuestro añadir a los demás organismos centrales
de la Iglesia una Comisión Pontificia, que tuviese como
misión singular suya "suscitar, en el pueblo de Dios, una
plena conciencia de su misión en el momento presente,
para, de una parte, promover el progreso de los
países pobres y fomentar la justicia social entre las
naciones, y por otra, ayudar a las naciones subdesarrolladas
a que también ellas trabajen por su propio desarrollo"
(9) :Justicia y Paz son su nombre y su
programa. Pensamos que para este programa, junto con Nuestros
hijos católicos y hermanos cristianos, han de unirse en
iniciativas y trabajos todos los hombres de buena voluntad.
Conforme a ello, Nos dirigimos hoy este solemne llamamiento
a todos los hombres para una acción concreta en pro
del desarrollo integral del hombre y del desarrollo solidario
de la humanidad.
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PRIMERA PARTE
POR UN DESARROLLO INTEGRAL DEL
HOMBRE
1. LOS DATOS DEL PROBLEMA
6. Verse
libres de la miseria, hallar con mayor seguridad la
propia subsistencia, la salud, una estable ocupación; participar con
más plenitud en las responsabilidades, mas fuera de toda
opresión y lejos de situaciones ofensivas para la dignidad
del hombre; tener una cultura más perfecta -en una
palabra, hacer, conocer y tener más para ser también
más-, tal es la aspiración de los hombres de
hoy, cuando un gran número de ellos se ven
condenados a vivir en tales condiciones que convierten casi en
ilusorio deseo tan legítimo. Por otra parte, pueblos recientemente
transformados en naciones independientes sienten la necesidad de añadir
a la libertad política un crecimiento autónomo y digno,
social no menos que económico, con el cual puedan
asegurar a sus propios ciudadanos un pleno desarrollo humano
y ocupar el puesto que en el concierto de
las naciones les corresponde.
7. Ante la amplitud y
urgencia de la labor que precisa llevar a cabo,
disponemos medios heredados del pasado, aunque sean insuficientes. Ciertamente
se ha de reconocer que las potencias coloniales con
frecuencia no se han fijado sino en su propio interés,
su poderío o su gloria; y, al retirarse, a
veces han dejado una situación económica vulnerable, ligada, por
ejemplo, al monocultivo, cuyos valores hállanse sometidos a tan
bruscas como desproporcionadas variaciones. Mas, aun reconociendo objetivamente los
errores de un cierto tipo de colonialismo y sus
consecuencias, necesario es, al mismo tiempo, rendir homenaje a
las cualidades y a las realizaciones de los colonizadores,
que en tantas regiones abandonadas han aportado su ciencia
y su técnica, dejando en ellas preciosas señales de
su presencia. Aun siendo incompletas, ciertas estructuras establecidas permanecen
y han cumplido su papel, por ejemplo, logrando hacer retroceder
la ignorancia y la enfermedad o habiendo establecido comunicaciones
beneficiosas y mejorado las condiciones de vida.
8. Mas,
aun reconociendo todo esto, es muy cierto que tal
organización es notoriamente insuficiente para enfrentarse con la dura
realidad de la economía moderna. Dejado a sí mismo,
su mecanismo conduce al mundo hacia una agravación, y
no hacia una atenuación, en la disparidad de los
niveles de vida: los pueblos ricos gozan de un
rápido crecimiento, mientras los pobres no logran sino un
lento desarrollo. Crece el desequilibrio: unos producen excesivamente géneros
alimenticios de los que otros carecen con grave daño, y
estos últimos experimentan cuán inciertas resultan sus exportaciones.
9.
Y al mismo tiempo los conflictos sociales se han
ampliado hasta alcanzar dimensiones exactamente mundiales. La vida inquietud
que se ha adueñado de las clases pobres en
los países que se van industrializando alcanza ahora a
aquellas cuya economía es casi exclusivamente agraria: los campesinos
han llegado -ellos también- a adquirir la conciencia de
su inmerecida miseria (10) . A eso se añade
el escándalo de las irritantes disparidades no sólo en
el goce de los bines, sino, aún más, en
el ejercicio del poder. Mientras en algunas regiones una oligarquía
se goza con una refinada civilización, el resto de
la población -pobre y dispersa- se halla "casi privada
de toda iniciativa y de toda responsabilidad propias, por
vivir frecuentemente en condiciones de vida y de trabajo
indignas de la persona humana" (11) .
10. Por
otra parte, el choque entre las civilizaciones tradicionales y
las novedades traídas por la civilización industrial tiene un
efecto destructor en las estructuras que no se adaptan
a las nuevas condiciones. Dentro del ámbito, a veces
rígido, de tales estructuras se encuadraba la vida personal y
familiar, que encontraba en ellas indispensable apoyo, y a
ellas continúan aferrados los ancianos, mientras los jóvenes tienden
a liberarse de ellas como de un obstáculo inútil,
volviéndose ávidamente hacia las nuevas formas de la vida
social. Así sucede que el conflicto de las generaciones
se agrava con un trágico dilema: o conservar instituciones
y creencias ancestrales, renunciando al progreso, o entregarse a
las técnicas y formas de vida venidas de fuera,
pero rechazando, junto con las tradiciones del pasado, la
riqueza de valores humanos que contenían. De hecho sucede
con frecuencia que van faltando los apoyos morales, espirituales y
religiosos del pasado, sin que la inserción en el
mundo nuevo quede asegurada por otros.
CONCLUSIÓN
11. Ante
tan variable situación, cada vez se hace más violenta
la tentación que obliga a dejarse arrastrar hacia mesianismos
tan prometedores como forjadores de ilusiones. ¿Quién no ve
los peligros que de ello pueden derivarse, como reacciones
populares violentas, agitaciones insurreccionales y propensión gradual hacia ideologías
totalitarias? Hasta aquí, los datos del problema: su gravedad
a nadie se le puede ocultar.
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2. La Iglesia y el desarrollo
12. Fiel a la enseñanza y al ejemplo de
su Divino Fundador, que como señal de su misión
dio al mundo el anuncio de la Buena Nueva a
los pobres (12) , la Iglesia nunca ha dejado
de promover la elevación humana de los pueblos, a
los cuales llevaba la fe en Jesucristo.
Al mismo
tiempo que iglesias, sus misioneros han construido centros asistenciales
y hospitales, escuelas y universidades. Enseñando a los indígenas
la manera de lograr el mayor provecho de los
recursos naturales, frecuentemente los han protegido contra la explotación
de extranjeros. Indudable que su labor [misioneros], al ser
humana, no fue perfecta; y a veces pudo suceder
que algunos mezclaran no pocos modos de pensar y
de vivir de su país originario con el anuncio del
auténtico mensaje evangélico. Mas también supieron cultivar y aun
promover las instituciones locales. En no pocas regiones fueron
ellos los "pioneros", así del progreso material como del
desarrollo material como del desarrollo cultural. Basta recordar el
ejemplo del P. Carlos de Foucauld, a quien se
juzgó digno de llamarle, por su caridad, el "Hermano
universal", y al que también debemos la compilación de
un precioso diccionario de la lengua "tuareg". Nos queremos
aquí rendir a esos precursores, frecuentemente muy ignorados, el
homenaje que se merecen: tanto a ellos como a
los que, emulándoles, fueron sus sucesores y que, todavía hoy,
siguen dedicándose al servicio tan generoso como desinteresado de
aquellos a quienes evangelizan.
13. Pero ya no bastan
las iniciativas locales e individuales. La actual situación del
mundo exige una solución de conjunto que arranque de
una clara visión de todos los aspectos económicos, sociales,
culturales y espirituales. Merced a la experiencia que de
la humanidad tiene, la Iglesia, sin pretender en modo
alguno mezclarse en lo político de los Estados, está
"atenta exclusivamente a continuar, guiada por el Espíritu Paráclito,
la obra misma de Cristo, que vino al mundo
para dar testimonio de la verdad, para salvar y no
para juzgar, para servir y no para ser servido"
(13) . Fundada para establecer, ya desde acá abajo,
el Reino de los cielos y no para conquistar
terrenal poder, afirma ella claramente que los dos campos
son distintos, como soberanos son los dos poderes, el
eclesiástico y el civil, cada uno en su campo
de acción (14) . Pero, al vivir en la
historia, ella debe "escudriñar bien las señales de los
tiempos e interpretarlas a la luz del Evangelio" (15)
. En comunión -ella- con las mejores aspiraciones de
los hombres y sufriendo al no verles satisfechos, desea ayudarles
a que consigan su pleno desarrollo, y precisamente para
esto ellas les ofrece lo que posee como propio:
una visión global del hombre y de la humanidad.
14. El desarrollo no se reduce a un simple
crecimiento económico. Para ser auténtico, el desarrollo ha de
ser integral, es decir, debe promover a todos los
hombres y a todo el hombre. Con gran exactitud
lo ha subrayado un eminente experto: "Nosotros no aceptamos
la separación entre lo económico y lo humano, ni
entre el desarrollo y la civilización en que se
halla inserto. Para nosotros es el hombre lo que cuenta,
cada hombre, todo grupo de hombres, hasta comprender la
humanidad entera" (16) .
15. En los designios de
Dios cada hombre está llamado a un determinado desarrollo,
porque toda vida es una vocación. Desde su nacimiento,
a todos se ha dado, como en germen, un
conjunto de aptitudes y cualidades para que las hagan
fructificar: su floración, durante la educación recibida en el
propio ambiente y por el personal esfuerzo propio, permitirá
a cada uno orientarse hacia su destino, que le
ha sido señalado por el Creador. Por la inteligencia y
la libertad, el hombre es responsable, así de su
propio crecimiento como de su salvación. Ayudado -a veces,
estorbado- por los que le educan y le rodean,
cada uno continúa siempre, cualesquiera sean los influjos en
él ejercidos, siendo el principal artífice de su éxito
o de su fracaso: sólo por el esfuerzo de
su inteligencia y de su voluntad el hombre puede
crecer en humanidad, valer más, ser más.
16. Por otra
parte, ese crecimiento no es potestativo. Así como la
creación entera se halla ordenada a su Creador, la
criatura espiritual está obligada a orientar espontáneamente su vida
hacia Dios, verdad primera y bien soberano. Por ello, el
crecimiento humano constituye como una precisa síntesis de nuestros
deberes. Más aún, esta armonía de la naturaleza, enriquecida
por el esfuerzo personal y responsable, está llamada a
superarse a sí misma. Mediante su inserción en Cristo
vivificante, el hombre entra en una nueva dimensión, en
un humanismo trascendente, que le confiere su mayor plenitud:
ésta es la finalidad suprema del desarrollo personal.
17.
Pero cada uno de los hombres es miembro de
la sociedad, pertenece a la humanidad entera. No se
trata sólo de este o aquel hombre, sino que
todos los hombres están llamados a un pleno desarrollo. Nacen,
crecen y mueren las civilizaciones. Pero, como las olas
del mar durante el flujo de la marea van
avanzando, cada una un poco más, sobre la arena
de la playa, de igual manera la humanidad avanza
por el camino de la historia. Herederos de pasadas
generaciones, pero beneficiándonos del trabajo de nuestros contemporáneos, nos
hallamos obligados para con todos, y no podemos desentendernos
de los que todavía vendrán a aumentar más el
círculo de la familia humana. Solidaridad universal, que es
un hecho a la vez que un beneficio para
todos, y también un deber.
18. Este crecimiento personal y
comunitario correría peligro, si la verdadera escala de valores
se alterase. Legítimo es el deseo de lo necesario,
y trabajar para conseguirlo es un deber: el que
no quiera trabajar, no coma (17) . Mas la
adquisición de bienes temporales puede convertirse en codicia, en
deseo de tener cada vez más y llegar a
la tentación de acrecentar el propio poder. La avaricia
de las personas, de las familias y de las
naciones puede alcanzar tanto a los más pobres como
a los más ricos, suscitando, en unos y en
otros, un materialismo que los ahoga.
19. Luego el tener
más, así para los pueblos como para las personas,
no es el fin último. Todo crecimiento es ambivalente.
Necesario para que el hombre sea más hombre, le
encierra como en una prisión desde el momento que
se convierte en bien supremo, que impide mirar ya
más allá. Entonces los corazones se endurecen, los espíritus
se cierran con relación a los demás; los hombres
ya no se unen por la amistad, sino por
el interés, que pronto coloca a unos frente a
otros y los desune. La búsqueda, pues, exclusiva del
poseer se convierte en un obstáculo para el crecimiento del
ser, mientras se opone a su verdadera grandeza: para
las naciones, como para las personas, la avaricia es
la señal de un subdesarrollo moral.
20. Si proseguir
el desarrollo exige un número cada vez mayor de
técnicos, aún exige más hombres de pensamiento, capaces de
profunda reflexión, que se consagren a buscar el nuevo
humanismo que permita al hombre hallarse a sí mismo,
asumiendo los valores espirituales superiores del amor, de la
amistad, de la oración y de la contemplación (18)
. Así es como podrá cumplirse en toda su
plenitud el verdadero desarrollo, que es el paso, para todos
y cada uno, de unas condiciones de vida menos
humanas a condiciones más humanas.
21. Menos humanas: la
penuria material de quienes están privados de un mínimo
vital y la penuria moral de quienes por el
egoísmo están mutilados. Menos humanas: las estructuras opresoras, ya
provengan del abuso del tener, ya del abuso del
poder, de la explotación de los trabajadores o de
la injusticia de las transacciones. Más humanas: lograr ascender
de la miseria a la posesión de lo necesario,
la victoria sobre las plagas sociales, la adquisición de
la cultura. Más humanas todavía: el aumento en considerar la
dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu
de pobreza (19) , la cooperación al bien común,
la voluntad de la paz. Más humanas aún: el
reconocimiento, por el hombre, de los valores supremos y
de Dios, fuente y fin de todos ellos. Más
humanas, finalmente, y, sobre todo, la fe, don de
Dios, acogido por la buena voluntad de los hombres,
y la unidad en la caridad de Cristo, que
a todos nos llama a participar, como hijos, en
la vida del Dios viviente, Padre de todos los
hombres.
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3.
La acción que se debe emprender
22. Llenad la tierra,
y sometedla (20) : desde sus primeras páginas la
Biblia nos enseña que la creación entera es para
el hombre, al que se le exige que aplique
todo su esfuerzo inteligente para valorizarla y, mediante su
trabajo, perfeccionarla -en cierto modo-, poniéndola a su servicio.
Mas si la tierra está así hecha para que
a cada uno le proporcione medios de subsistencia e instrumentos
para su progreso, todo hombre tiene derecho a encontrar
en ella cuanto necesita. Lo ha recordado el reciente
Concilio: "Dios ha destinado la tierra y todo cuanto
ella contiene, para uso de todos los hombres y
de todos los pueblos, de modo que los bienes
creados, en forma equitativa, deben alcanzar a todos bajo
la dirección de la justicia acompañada por la caridad"
(21) . Y todos los demás derechos, cualesquiera sean,
aun comprendidos en ellos los de propiedad y libre
comercio, a ello están subordinados: no deben estorbar, antes
al contrario, deben facilitar su realización y es un deber
social -grave y urgente- restituirlos hacia su originaria finalidad.
23. Si alguno tiene bienes de este mundo y
viendo a su hermano en necesidad le cierra las
entrañas, ¿cómo es posible que en él resida el
amor de Dios? (22) . Bien conocida es la
firmeza con que los Padres de la Iglesia precisaban
cuál debe ser la actitud de los que poseen
con relación a los que en necesidad se encontraren:
No te pertenece -dice San Ambrosio- la parte de
bienes que das al pobre; le pertenece lo que
tú le das. Porque lo que para uso de los
demás ha sido dado, tú te lo apropias. La
tierra ha sido dada para todo el mundo, no
tan sólo para los ricos (23) .
Lo cual
es tanto como decir que la propiedad privada para
nadie constituye un derecho incondicional y absoluto. Nadie puede
reservarse para uso exclusivo suyo lo que de la
propia necesidad le sobra, en tanto que a los
demás falta lo necesario. En una palabra: el derecho
de propiedad no debe ejercerse con detrimento de la
utilidad pública, según la doctrina tradicional de los Padres
de la Iglesia y de los grandes teólogos. Si se
llegase al conflicto entre derechos privados adquiridos y exigencias
comunitarias primordiales, corresponde a los poderes públicos aplicarse a
resolverlos con la activa participación de las personas y
de los grupos sociales (24) .
24. El bien
común, pues, exige algunas veces la expropiación, cuando algunos
fundos -o por razón de su extensión, o por
su explotación deficiente o nula, o porque son causa
de miseria para los habitantes, o por el daño
considerable producido a los intereses de la región- son
un obstáculo para la prosperidad colectiva.
Al afirmarla con toda
claridad (25) , el Concilio recuerda también, con no
menor claridad, que la renta disponible no queda a
merced del libre capricho de los hombres y que
las especulaciones egoístas han de prohibirse. Por consiguiente, no
es lícito en modo alguno que ciudadanos, provistos de
rentas abundantes, provenientes de recursos y trabajos nacionales, las
transfieran en su mayor parte al extranjero, atendiendo únicamente
al provecho propio individual, sin consideración alguna para su
patria, a la cual con tal modo de obrar
producen un daño evidente (26) .
25. La industrialización, tan
necesaria para el crecimiento económico como para el progreso
humano, es a un mismo tiempo signo y causa
del desarrollo. El hombre, al aplicar tenazmente su inteligencia
y su trabajo, paulatinamente arranca sus secretos a la
naturaleza y utiliza mejor sus riquezas [las de la
naturaleza]. Simultáneamente, mientras imprime nueva disciplina a sus costumbres,
se siente atraído cada vez más por las nuevas
investigaciones e inventos, acepta las variantes del riesgo calculado,
se siente audaz para nuevas empresas, para iniciativas generosas
y para intensificar su propia responsabilidad.
26. Con las
nuevas condiciones creadas a la sociedad, en mala hora se
ha estructurado un sistema en el que el provecho
se consideraba como el motor esencial del progreso económico,
la concurrencia como ley suprema en la economía, la
propiedad privada de los medios de producción como un
derecho absoluto, sin límites y obligaciones sociales que le
correspondieran. Este liberalismo sin freno conducía a la dictadura,
denunciada justamente por Pío XI como generadora del imperialismo
internacional del dinero (27) .
Nunca se condenarán bastante
semejantes abusos, recordando una vez más solemnemente que la
economía se halla al servicio del hombre (28) .
Mas si es verdad que cierto capitalismo ha sido la
fuente de tantos sufrimientos, de tantas injusticias y luchas
fratricidas, cuyos efectos aún perduran, injusto sería el atribuir
a la industrialización misma males que son más bien
debidos al nefasto sistema que la acompañaba. Más bien
ha de reconocerse, por razón de justicia, que tanto
la organización del trabajo como la misma industrialización han
contribuido en forma insustituible a la obra toda del
desarrollo.
27. De igual modo, si algunas veces puede
imponerse cierta mística del trabajo, en sí exagerada, no
por ello será menos cierto que el trabajo es
querido y bendecido por Dios. Creado a imagen suya, el
hombre debe cooperar con el Creador a completar la
creación y marcar a su vez la tierra con
la impronta espiritual que él mismo ha recibido (29)
. Dios, que ha dotado al hombre de inteligencia,
también le ha dado el modo de llevar a
cumplimiento su obra: artista o artesano, empresario, obrero o
campesino, todo trabajador es un creador. Inclinado sobre una
materia que le ofrece resistencia, el trabajador le imprime
su sello, mientras él desarrolla su tenacidad, su ingenio,
su espíritu de inventiva. Más aún, vivido en común,
condividiendo esperanzas, sufrimientos, ambiciones y alegrías, el trabajo une las
voluntades, aproxima los espíritus, funde los corazones; al realizarlo
así, los hombres se reconocen como hermanos (30) .
28. El trabajo, sin duda ambivalente, porque promete el
dinero, la alegría, el poder, invita a unos al
egoísmo y a otros a la revuelta; desarrolla también
la conciencia profesional, el sentido del deber y la
caridad hacia el prójimo. Más científico y mejor organizado,
tiene el peligro de deshumanizar al que lo realiza,
convirtiéndolo en esclavo suyo, porque el trabajo no es
humano sino cuando permanece inteligente y libre.
Juan XXIII ha
recordado la urgencia de restituir al trabajador su dignidad,
haciéndole participar realmente en la labor común: se debe
tender a que la empresa llegue a ser una
verdadera asociación humana, que con su espíritu influya profundamente
en las relaciones, funciones y deberes (31) . Pero
el trabajo de los hombres tiene, además, para el
cristiano, la misión de colaborar en la creación del
mundo sobrenatural (32) , no terminado hasta que todos
lleguemos juntos a constituir aquel hombre perfecto del que
habla San Pablo, a la medida de la plenitud
de Cristo (33) .
29. Urge darse prisa. Muchos hombres
sufren, y aumenta la distancia que separa el progreso
de los unos del estancamiento, cuando no del retroceso,
de los otros. Necesario es, además, que la labor
que se ha de realizar progrese armoniosamente, para no
romper los equilibrios indispensables. Una reforma agraria improvisada puede
resultar contraria a su finalidad. Una industrialización acelerada puede
dislocar las estructuras, todavía necesarias, y engendrar miserias sociales
que serían un retroceso en los valores humanos y
en la cultura.
30. Cierto es que hay situaciones
cuya injusticia clama al cielo. Cuando poblaciones enteras, faltas de
lo necesario, viven en tal dependencia que les impide
toda iniciativa y responsabilidad, y también toda posibilidad de
promoción cultural y de participación en la vida social
y política, es grande la tentación de rechazar con
la violencia tan graves injurias contra la dignidad humana.
31. Mas, bien lo sabemos: las insurrecciones y las
revoluciones -aun no tratándose de una evidente y prolongada
tiranía que lesione los derechos fundamentales de la persona
a la vez que dañe gravemente al bien común
de la nación- engendran nuevas injusticias, introducen nuevos desequilibrios
y excitan a los hombres a nuevas ruinas. En modo
alguno se puede combatir un mal real si ha
de ser a costa de males aún mayores.
32.
Y deseamos que se entienda bien Nuestro pensamiento: el
presente estado de cosas ha de afrontarse con fortaleza,
y han de combatirse y vencerse las injusticias que
consigo lleva. El desarrollo exige cambios que se han
de acometer con audacia para renovar completamente el estado
actual. Con gran esfuerzo se ha de corregir y
mejorar todo lo que pide urgente reforma. Participen todos
en ello con magnanimidad y decisión, singularmente los que
por cultura, situación y poder tienen mayor influencia. Dando ejemplo,
entreguen para ello una parte de sus haberes, como
lo han hecho algunos de Nuestros Hermanos en el
Episcopado (34) . De esta suerte responderán a la
expectación de la sociedad y obedecerán fielmente al Espíritu
Santo, porque es "el fermento evangélico el que suscitó
y suscita en el corazón del hombre la irrefrenable
exigencia de su dignidad" (35) .
33. Mas las
iniciativas personales y los afanes de imitar, tan sólo
de por sí, no conducirán al desarrollo a dodne
debe éste felizmente llegar. No se ha de proceder de
forma tal que las riquezas y el poderío de
los ricos se aumenten mientras se agravan las miserias
de los pobres y la esclavitud de los oprimidos.
Necesarios, pues, son los programas para animar, estimular, coordinar,
suplir e integrar (36) las actuaciones individuales y las
de los cuerpos intermedios. A los poderes públicos les
corresponde determinar e imponer los objetivos que se han
de conseguir, las metas que se han de fijar,
los medios para llegar a todo ello; también les
corresponde el estimular la actuación de todos los obligados
a esta mancomunada acción. Mas tengan buen cuidado de asociar
a la obra común las iniciativas de los particulares
y de los cuerpos intermedios. Unicamente así se evitarán
la colectivización integral y la planificación arbitraria, que, como
opuestas a la libertad, suprimirían el ejercicio de los
derechos primarios de la persona humana.
34. Porque todo
programa planeado para lograr el aumento de la producción
no tiene otra razón de ser que el servir
a la persona humana; es decir, que le corresponde
reducir las desigualdades, suprimir las discriminaciones, liberar a los
hombres de los lazos de la esclavitud: todo ello
de tal suerte que, por sí mismos y en todo
lo terrenal, puedan mejorar su situación, proseguir su progreso
moral y desarrollar plenamente su destino espiritual.
Cuando hablamos,
pues, del desarrollo significamos que ha de entenderse tanto
el progreso social como el aumento de la economía.
Porque no basta aumentar la riqueza común para luego
distribuirla según equidad, como no basta promover la técnica
para que la tierra, como si se tornara más
humana, resulte efectivamente más conforme para ser habitada. Los