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| ¿Necesita la empresa del humanismo... y la búsqueda de la santidad? |
La búsqueda de valores, en definitiva virtudes, compensa al mundo
empresarial, reconoce Paolo Pugni, autor de «Lavoro e responsabilità. L’umanesimo
alla conquista del business per un’etica del management» («Trabajo y
responsabilidad. El humanismo a la conquista del “business” para una
ética del “management”») (Ed. Ares, Milán 2004), agotado en poco
tiempo.
Actualmente gerente de «Adwice», Pugni ha desempeñado muchas funciones
en su carrera profesional: desde técnico y vendedor a director
de marketing, antes de pasar al mundo de la consultoría
y del desarrollo de recursos humanos.
Toma como modelo para
la dirección algunos personajes históricos como Ghandi, Churchill, Shakespeare, Shackelton
e incluso entrenadores de fútbol, para llegar a proponer un
camino donde el trabajo se convierte en camino de santidad.
Y es que «para ser buenos directivos, pero también buenos
empleados, está bien perseguir la santidad», afirma en esta entrevista
concedida a Zenit.
--¿De dónde le viene esta idea
del camino de la santidad a través del trabajo? --Paolo
Pugni: Por un lado me parece que no hay nada
nuevo respecto a lo que el magisterio de la Iglesia
enseña, y que un santo como Josemaría Escrivá de Balaguer
comenzó a decir hacer unos ochenta años, esto es, que
el trabajo es instrumento y campo de santificación para el
hombre. Si queremos ir por grados, diría que la razón
de fondo es que creo fuertemente en la Providencia.
--¿En
qué sentido? ¿Qué tiene que ver la Providencia con su
provocación? --Paolo Pugni: Ante todo gracias por usar el término
provocación: es exactamente lo que he repetido varias veces en
el texto. No querría justamente que alguien creyera que mi
pretensión es la de transformar las empresas en seminarios, o
que quisiera que junto al currículum los seleccionadores pidieran a
los candidatos la presentación de una carta de recomendación del
párroco o el certificado de Confirmación.
Lo que intento decir
refiriéndome a la Providencia es que me parece que nuestra
sociedad está yendo verdaderamente mal: los valores se pulverizan, las
voluntades se oscurecen, familia y escuela renuncian a educar por
demasiado esfuerzo y además porque no es gratificante ni popular.
Resulta de ello una sociedad dominada por tardo-adolescentes que permanecen
prisioneros de su triángulo de las Bermudas, con algunas variaciones.
Si para un adolescente los tres vértices del agujero negro
son sillón, nevera y televisión (hoy también en la versión
hi-tech de ordenador o «Play Station»), para un tardo-adolescente incluso
cuarentón se convierten en cama, trabajo y diversión. Permítame un
inciso: querría que quedara claro que estoy exagerando en los
matices para poder resaltar la situación, ¡no condenar a toda
una sociedad! Dicho esto, un mundo de egoístas, centrados en
la propia satisfacción, parece no funcionar en la empresa. Las
empresas de hoy necesitan ética y valores.
--¿Pero cómo? ¿No
se caracteriza el mundo económico por el cinismo y la
corrupción? --Paolo Pugni: No, diría que no. De eso casi
hay en todas partes. Es cierto. Y la búsqueda del
beneficio no rima siempre con humanismo. Pero es también cierto
que cada vez con más frecuencia las empresas hablan de
ética, de código de conducta, de valores. Porque lo necesitan:
por un lado para reconquistar la confianza de mercados e
inversores tras los escándalos del inicio del milenio, por otro
porque se han dado cuenta de que la dimensión que
hoy cuenta para hacer negocios es la relacional, humana, directa.
Y para establecer relaciones francas y profundas con los clientes
se necesitan personas ricas en humanidad.
He aquí en qué
sentido digo que la Providencia está en la labor. Las
empresas hoy, me lo confirma mi experiencia profesional, más que
buscar talentos ricos en competencias técnicas, buscan talentos que sean
igualmente ricos, si no más, en valores humanos, virtud: de
lo que tienen necesidad es de personas que sepan escuchar,
sonreír, trabajar juntas, tener paciencia, saber hacer sacrificios, saber pedir
perdón, saber reconocer las propias responsabilidades, saberse dedicar con pasión
a la satisfacción de sus clientes y de sus colegas.
El mundo del trabajo está dando indicaciones y mostrando un
modelo que está a años luz del del hombre. Le
pongo un ejemplo: una de las primeras reglas del marketing
es «no dar jamás a un producto un nombre que
pueda parecer repugnante a los clientes». Pero ha habido años
recientes en los que perfumes de marca se llamaban «Egoísta»
y «Arrogancia». Evidentemente porque egoísmo y arrogancia eran percibidos como
valores. Hoy veo aparecer en los principios y en los
valores de muchas empresas la palabra humildad: un gran cambio,
¿no le parece?
--¿Así que la salvación viene del «business»? --Paolo Pugni:
No he dicho eso. He dicho que si por lo
menos un elemento nuevo viene a turbar esta aparente marcha
nihilista hacia la disolución, ya es algo. Un punto de
apoyo más para influir en la sociedad.
--De acuerdo; pero
¿por qué las empresas habrían de tener necesidad de santos?
--Paolo Pugni: Las cualidades requeridas hoy a un buen directivo
están muy centradas en la capacidad de comunicar, de hacer
trabajar a los demás y de trabajar con los demás.
Esto pide cualidades humanas que no son otra cosa que
las virtudes. Ahora, sabemos que intentar ser «perfectos como vuestro
Padre celestial es perfecto» no es una empresa fácil. Cuesta
trabajo. Y el trabajo se hace sólo si hay una
fuerte motivación.
Si vemos qué dijo Abraham Maslow a propósito
de la motivación, descubrimos que en el vértice de su
famosa pirámide de necesidades está la autorrealización, o bien la
estima de uno mismo. Para obtener este resultado estamos dispuestos
a cualquier sacrificio. Pues bien, yo digo: añadamos un nuevo
grado a la escala de Maslow y digamos que la
necesidad suma del hombre no es la de obtener la
estima de sí mismo, sino la de Dios: agradar a
Dios. Ésta es la santidad.
Y se ha explicado claramente
que esto se debe y se puede obtener en el
ámbito profesional: santificar el trabajo, santificarse con el trabajo, santificar
a los demás en el trabajo. La «Laborem exercens» habla
claro: el trabajo es para el hombre y no al
contrario, porque mediante el trabajo el hombre puede contribuir a
la Creación, así como Dios ordenó a Adán, poniéndole en
el jardín del Edén «para que lo cultivase» mucho antes
de la expulsión.
Al ofrecer a Dios su trabajo,
desarrollado con perfección humana, sin mancha así como está prescrito
para todo ofrecimiento elevado a la divinidad, inevitablemente el hombre
favorece la propia empresa.
--¿Es un modelo que funciona?
--Paolo Pugni: Con seguridad, sí; en el libro se cuentan
muchos casos de todo el mundo en los cuales una
aproximación basada en la centralidad de la persona ha producido
resultados clamorosos: desde «Cisco» a «Technogym», de «SCJohnson Wax» a
«Southwestern Airlines», la política de la persona humana compensa, cómo
no.
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