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| Cada año, mueren de hambre cinco millones de niños |
ROMA, lunes, 13 diciembre 2004 (ZENIT.org).- El pasado 8 de
diciembre, fue presentado en Roma el Informe anual de la
FAO, la agencia de Naciones Unidas para la Agricultura y
la Alimentación, con el título «Estado de la inseguridad alimenticia
en el mundo» en el que se constata que cada
año cinco millones de niños mueren de hambre.
Según la FAO,
aunque ha descendido el índice de personas que sufren hambre,
el número absoluto de víctimas tiende a aumentar. Entre los
años 2000 y 2002, 852 millones de personas sufrieron esta
plaga de la humanidad. De ellas, 815 millones viven en
los países en vías de desarrollo, 28 millones en los
considerados «de transición», y nueve millones en los países desarrollados.
Donde
la situación está empeorando, las principales causas de muerte fueron
la guerra y la difusión de la malaria y el
sida, enfermedades que han agravado el estado crónico de desnutrición.
Para
comprender mejor el estado de la situación, y los argumentos
y soluciones que sugiere el informe de la FAO, ZENIT
ha entrevistado a Riccardo Cascioli, presidente del centro italiano CESPASCespas
(Centro Europeo de Estudios, Ambiente, Población y Desarrollo).
--El informe
de la FAO habla de millones de muertos cada año
a causa del hambre y desnutrición. Pero en Europa se
limita la producción alimenticia. ¿Cómo explica esta paradoja?
--Cascioli: Esta
es ciertamente una paradoja «escandalosa» que no puede dejarnos indiferentes.
Al mismo tiempo, tenemos que huir de la demagogia de
quien sostiene que basta redistribuir los alimentos para resolver todos
los problemas. El envío de alimentos, de Europa al tercer
mundo, es útil y necesario en caso de emergencia; en
caso contrario, se convierte en un paternalismo dañino.
Hay un gran
número de factores que provocan la actual situación en muchos
países. Por ejemplo, es interesante considerar que --afirma el informe
de la FAO--, las crisis alimenticias peores tienen su origen
en los conflictos, que hacen imposible cualquier forma de desarrollo.
Pero, sobre todo, se debe reflexionar sobre las capacidades productivas
de los países pobres.
Hay un solo dato que habla por
sí solo: en Italia, la producción de arroz por hectárea
varía de los 70 a los 85 quintales; en África,
de 4 a 5 quintales. El Informe de la Organización
Internacional del Trabajo (OIT), publicado el 7 de diciembre, subraya
justamente este problema: hay en el tercer mundo 550 millones
de trabajadores, que deben sobrevivir con menos de un dólar
al día. Es decir: trabajan produciendo poquísimo.
Es un
problema de desarrollo global, que incluye aspectos económicos, sociales, políticos
pero yo diría sobre todo culturales. Porque la eficacia y
la productividad dependen en último término del significado que damos
al trabajo y a la persona.
--El sida, tras la malaria,
es una de las mayores causas de muerte en África.
Ustedes han publicado un dossier sobre este tema. ¿Qué soluciones
que ustedes proponen?
--Cascioli: Partimos de la constatación de que
las políticas hasta ahora realizadas por las agencias internacionales, sobre
todo en los países en vías de desarrollo, han fracasado.
Se ha dado una prevención basada sólo en difundir preservativos,
a los que se considera de manera inexacta capaces de
proporcionar «sexo seguro».
Las investigaciones y la experiencia demuestran que los
preservativos reducen la posibilidad de contagio, en aproximadamente un 85%,
pero no lo eliminan. Más bien, la sensación de seguridad
que proporcionan lleva a que se multipliquen las conductas de
riesgo, responsables de la epidemia, anulando así los posibles beneficios.
La prueba es que los países africanos con más alta
difusión de profilácticos, son aquellos con más alto índice de
infecciones a causa del VIH.
Un razonamiento similar puede hacerse respecto
al tratamiento: reducir el problema en los países en vías
de desarrollo a la disponibilidad de fármacos baratos es algo
desviado. Son absolutamente necesarios, pero es fundamental la presencia en
el territorio de personal capaz de distribuir estos fármacos, y
sobre todo educar a la gente. Porque, incluso en este
caso, hay que tener claro que el sida es una
enfermedad de la pobreza, y es ilusorio pensar en detenerla
invirtiendo sólo en remedios.
La lucha contra el sida hay
que afrontarla, en cambio, desde políticas de desarrollo global, cuyo
punto de apoyo debe ser la educación. Lo demuestra la
realidad: los únicos ejemplos positivos de lucha contra el sida
están en los lugares en los que se ha apostado
por educar individuos responsables y respetuosos de la persona y,
por tanto, por la abstinencia y la fidelidad al otro
miembro de la pareja.
En Uganda, por ejemplo, único país en
el que la tendencia nacional se ha invertido, los índices
de infección por VIH, entre 1991 y 2000, bajaron del
20% al 6%. Hay otros ejemplos positivos en Senegal, Jamaica
y República Dominicana, pero todos han sido causados por el
“cambio de costumbres”, para reducir las personas con las que
se practican relaciones sexuales, y la elevación de la edad
en que se tiene la primera relación sexual.
No sorprende por
tanto que la Administración Bush, por ejemplo, en la lucha
contra el sida, cuente con las organizaciones religiosas, porque han
demostrado ser los más eficaces agentes de educación, sobre todo
gracias a su presencia entre la gente, compartiendo desde hace
décadas su situación y, por tanto, más dignas de confianza.
Hablo
de organizaciones católicas pero no sólo, aunque las entidades sanitarias
de la Iglesia Católica se hacen cargo casi del 30%
de la asistencia a los enfermos de sida.
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