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Valores y Virtudes del Empresario Católico | categoría
Liderazgo | tema
Autor: D. Alfonso López Quintás | Fuente: Universidad Complutense
Cualidades intelectuales del líder auténtico
El líder debe conocer a fondo el proceso de desarrollo del ser humano, tal como se manifiesta a través de los descubrimientos analizados...
 
Cualidades intelectuales del líder auténtico
Cualidades intelectuales del líder auténtico


Para ser auténtico y, por tanto, eficaz, un líder debe estar bien formado intelectualmente a fin de pensar con el debido rigor, saber prever y ser capaz de orientar a los demás por una vía de desarrollo personal armónico y rico.

1. El líder debe conocer a fondo el proceso de desarrollo del ser humano, tal como se manifiesta a través de los descubrimientos analizados anteriormente

La naturaleza está regida por leyes físicas que debemos acatar, so pena de cometer errores irreparables. También la vida personal se halla regulada por ciertas constantes o "leyes" a las que hemos de ajustar nuestra conducta si queremos encaminarnos y encaminar a otros por vías fecundas.

Es sintomático que todo tirano -el antilíder que, por afán de poder, sólo ansía dominar al pueblo- pone sumo empeño en que las gentes desconozcan las leyes de su crecimiento como personas.

Tras la segunda guerra mundial, un compañero de estudios en la universidad de Munich me prestó un libro que había estado prohibido durante los doce años nacionalsocialistas bajo pena de campo de concentración.

Era un libro de divulgación filosófica, en el que se aclaraban con toda sencillez, sin alusión alguna a la vida política, algunas cuestiones básicas de la vida humana, como la distinción entre individuo y persona, colectividad y comunidad, libertad creativa y libertad de elección arbitraria...

El tirano quería evitar que el pueblo adquiriera algún poder de discernimiento.
El que fomenta la cultura auténtica no es tirano; desea que todas las gentes contribuyan a configurar la sociedad.

El que no ofrece al pueblo sino subproductos culturales, presentados falazmente como manifestaciones de auténtica cultura, indica que su meta es dominar al pueblo, no promocionarlo a niveles de pleno desarrollo personal.

Por eso el líder auténtico -que es el antónimo del tirano- se propone como meta fundamentar sólidamente sus ideas y convicciones, para ofrecer a las gentes una cultura integral, no medias verdades o afirmaciones faltas de fundamento.

La ley básica de la vida humana es la de la apertura al encuentro. Tal apertura sólo es posible en el nivel 2 y en el 3, en los cuales nos relacionamos con ámbitos, los respetamos y estimamos y establecemos con ellos relaciones de presencia, no de fusión -para dejarnos mecer por su hechizo y disfrutar de su contacto- ni de alejamiento -para convertirlos en objeto de dominio-.

El ejercicio del dominio sobre cosas y personas parece en principio enaltecer al hombre, pues le da soberanía, pero acaba recluyéndolo en sí mismo y le provoca la asfixia lúdica, pues no le permite hacer juego y encontrarse.

El hombre sólo hace juego de verdad cuando se relaciona con realidades valiosas, es decir, dotadas de iniciativa. Si las reduce a medios para sus fines, las domina y posee pero no puede encontrarse con ellas y desarrollarse.

Por eso, el líder auténtico opta decididamente por el ideal de la unidad, del encuentro, de la creatividad. No tiende a refugiarse en el mundo infrapersonal, por la comodidad que supone renunciar a la responsabilidad de configurar la propia vida conforme a criterios y actitudes que no vienen prefijados por la especie.

Vivir de modo creativo puede resultar incómodo porque implica prestar suma atención, actuar responsablemente, mantener la tensión interior.

Pero resulta indispensable en un ser -como el hombre- que es espiritual y, por serlo, goza de inteligencia y se ve obligado a trazar proyectos de vida y elegir, entre las posibilidades disponibles, las que le permitan realizarlos.

El animal no está sometido al tormento de la elección. Le basta hacer cuanto le dicta su especie a través de los instintos.

Poder configurar un proyecto de vida y optar entre unas posibilidades u otras es la raíz de la creatividad. ¿Vale la pena tener el privilegio de poder ser creativos en la vida? ¿O hubiera sido preferible vivir al dictado de la especie?

Ante la hecatombe que supuso la primera guerra mundial (1914-1918), algunos pensadores estimaron que la capacidad de pensar, razonar y planificar mediante el poder de la inteligencia supone la pérdida de la seguridad que nos procuran los instintos y constituye la fuente de innumerables desdichas.

De esta valoración arranca la nostalgia por la vida infraespiritual, infracreadora, infrarresponsable, meramente instintiva, que ha caracterizado -desde los años 20 hasta hoy- a diversos pensadores, literatos y artistas.

En la decisión a favor o en contra de la vida espiritual e intelectual se juega el sentido de nuestra existencia, pues, si aceptamos nuestra condición espiritual, tenderemos a unirnos con las realidades del entorno por vía de encuentro, y, si la rechazamos, con lo que implica de esfuerzo creador, nos dejaremos fácilmente arrastrar por los estímulos gratificantes y por el afán de poseer las realidades que los suscitan.

Esta tendencia a poseer y a dejarse poseer egoístamente da origen a las diversas formas de vértigo. En cambio, si asumimos la responsabilidad de configurar nuestra vida y dotarla de sentido, nos encaminamos hacia las experiencias de éxtasis (1) .

Los procesos de vértigo y de éxtasis tienen su origen en la doble reacción del hombre contemporáneo ante el grave conflicto interior que nos plantea en todo momento la necesidad de configurar la propia personalidad en diálogo con las realidades del entorno.

Para que pueda crear formas elevadas de unidad, ese diálogo ha de ser generoso, cordial, fiel, paciente, colaborador... Esta colaboración es siempre arriesgada, pues supone el entrelazamiento de dos centros de iniciativa.

Si, por afán de seguridad, deseamos dominar a los demás y reducirlos a fuente de gratificaciones sensibles y psicológicas, anulamos la posibilidad del encuentro, nos quedamos aislados y consideramos todo lo distinto de nosotros como externo y ajeno.

En cuanto nos aparezca como obstáculo a nuestro proyecto de poseer para disfrutar, lo convertiremos en el enemigo a batir. He aquí cómo la entrega al vértigo es fuente de innumerables conflictos.

2. El buen líder ha de poseer el arte de pensar de modo preciso y riguroso
Uno de los cometidos básicos de la tarea educativa es promover en las personas la capacidad de conocer profundamente las realidades, las situaciones y los acontecimientos.

Tal conocimiento se logra al verlos en su génesis y su desarrollo. No basta tomar nota de su existencia. Debemos seguir su proceso de gestación para comprenderlos en su raíz.

El buen líder es radical en sus planteamientos y soluciones, es decir, se esfuerza por ir al origen de los problemas.

Para promover la vocación de liderazgo en los jóvenes, no debemos únicamente facilitarles ideas fecundas, bien configuradas y delimitadas por nosotros.

Hemos de sugerirles el modo de llegar a ellas por sí mismos, verlas en estado naciente, entusiasmarse con su riqueza interior y transmitir ese entusiasmo a otras personas de forma persuasiva (2).

Este conocimiento genético de la vida humana sólo podemos conseguirlo si cultivamos las tres condiciones básicas de la inteligencia: largo alcance, amplitud o comprensión y profundidad.

Ver sólo lo que se ofrece inmediatamente a nuestra vista es una especie de miopía mental que nos impide descubrir lo que se halla más allá. Sorprendes a alguien mirando hacia el interior de una habitación.

Lo primero que observas es el significado de esa acción: esa persona intenta percibir algo que está situado más allá de la ventana. Si piensas con largo alcance, procuras descubrir qué es lo que quiere ver y con qué intención.

Esta intención otorga un sentido u otro al acto de mirar. ¿Es un acto de espionaje o se reduce a mera contemplación morbosa? ¿Se trata, más bien, de comprobar si se halla en la habitación un familiar que no responde a las llamadas?

Para captar el sentido de tal acción, debemos ejercitar un pensamiento "relacional", "comprehensivo", que nos permita vincular diversos elementos. Por ejemplo: la persona que está mirando sabe que su familiar se halla en esa habitación; le ha llamado y no contesta; sospecha que le ha pasado algo y decide mirar antes de pedir socorro.

El sentido de esta acción inusual encierra mayor complejidad y hondura que el mero significado de la misma.

Si queremos descubrir dicho sentido, debemos pensar de modo penetrante, ir a lo hondo de los acontecimientos y no quedarnos en la superficie de los mismos.

Este ejemplo pone al descubierto, debidamente conjugadas, las tres condiciones de la inteligencia madura. En la simple descripción de las mismas resaltan dos niveles de realidad: el físico-objetivo (nivel 1) y el ambital-creativo (nivel 2).

Por una parte, alguien quiere ver lo que hay dentro de una habitación cerrada. Es un dato inmediato, fácil de captar -nivel 1-. En un plano superior de realidad y de vida, se da el sentido de tal acción -nivel 2-.

Este sentido es más difícil de descubrir pues depende del tipo de relación que tenga el que mira con la persona que desea ver. Tal relación puede ser superficial o profunda, indiferente o amistosa, incomprometida o responsable.

Estos dos planos de realidad -el objetivo y el ambital- son distintos y conjugables. Si acertamos a integrarlos debidamente, estaremos en disposición de comprender a fondo lo que es nuestra vida de personas y lo que exige su pleno desarrollo. Este conocimiento ha de poseerlo el líder si quiere orientar fecundamente a las gentes (3) .

3. Una vez conocida la distinción que media entre objetos y ámbitos y la función que ambos tipos de realidad juegan en el proceso de configuración de la personalidad humana, el líder ha de adoptar respecto a cada una de tales realidades la actitud adecuada:

La de dominio y manejo respecto a los objetos; la de respeto y colaboración libre respecto a los ámbitos. Intentar dominar los ámbitos equivale a reducirlos de valor, manipularlos y envilecerlos.

Con ello se anula la posibilidad del encuentro y se bloquea el desarrollo del hombre, que es, como sabemos, un “ser de encuentro” (4) . Cuando se toma esto en cuenta, se abre uno paso hacia la madurez personal.

He aquí una de las claves de orientación que el líder debe transmitir cuidadosamente a las personas: Una persona reducida a medio para ciertos fines podemos dominarla, ponerla a nuestro servicio, pero, al hacerlo, anulamos la posibilidad de encontrarnos con ella. Ambos quedamos bloqueados en nuestro proceso de desarrollo.

Para evitar ese riesgo, el líder necesita saber que las relaciones de encuentro sólo podemos crearlas con realidades que presentan algunas características de los objetos -por tener una vertiente material- pero son ámbitos: ofrecen ciertas posibilidades de vida y reciben las que les son ofrecidas.

Por eso el líder auténtico se cuida de no reducir los ámbitos a objetos; más bien procura elevar ciertos objetos a condición de ámbitos. No considera, por ejemplo, el avión como una "cosa", sino como un “ámbito”, una realidad que ofrece ciertas posibilidades y puede establecer con el piloto un tipo de unidad estrecha y fecunda.

A. de Saint-Exupéry conoció por experiencia este vínculo entrañable que puede establecerse entre el avión y el piloto: "Todo este lío de tubos y cables se ha convertido en una red de circulación. Yo soy un organismo extendido en el avión.

El avión produce mi bienestar cuando giro un botón que calienta progresivamente mis ropas y mi oxígeno. (...) Y es el avión quien me alimenta. Antes del vuelo, todo esto me resultaba inhumano. Pero ahora, amamantado por el avión mismo, experimento por él una especie de ternura filial" (5) .

4. El líder auténtico crea modos de unión entrañable con las realidades del entorno

Las realidades con las que podemos crear este tipo de unión profunda no son meros objetos. Puede parecer que lo son cuando todavía no hemos entrado en relación operativa con ellas. Una vez que asumimos las posibilidades que nos ofrecen, nos unimos a ellas íntimamente porque las tomamos como “ámbitos”.

Dejan, con ello, de sernos distantes, externas y extrañas -como son los objetos- sin dejar de ser distintas.

Eso sucede, en un nivel superior al de los artefactos, con un poema o una canción. Si asumimos como propias las posibilidades de declamar o cantar que nos ofrecen, se nos hacen íntimos, de modo que, al guardarles absoluta fidelidad, no nos alienamos o enajenamos; llegamos, por el contrario, a lo mejor de nosotros mismos.

Algo análogo acontece en el campo de la acción ética. Cuando ajustamos nuestra actividad al cauce de unas normas o preceptos que, por ser fecundos, promocionan nuestra vida, no anulamos nuestra libertad creativa; la hacemos posible. Restringimos nuestra libertad de elección arbitraria, pero fomentamos nuestra capacidad creativa.

Con ello, la relación entre nuestra libertad interior y las normas deja de ser un "dilema" para convertirse en un "contraste". No necesitamos escoger entre uno u otro de los términos que lo forman; debemos sólamente aunarlos, integrarlos.

Estamos descubriendo que, al actuar de forma creativa, ganamos una capacidad especial para unirnos estrechamente a cuanto nos viene dado de fuera.

Cuando se nos impone una norma y no vemos la forma de asumirla en un proyecto personal, nos vemos llevados a pensar que norma y libertad se oponen, forman un "dilema", que nos obliga a escoger entre la libertad y la norma.

En cambio, si ésta nos viene propuesta con autoridad -o poder promotor- a nuestra inteligencia y nuestra libertad, no intentamos ser libres oponiéndonos a ella, sino acogiéndola como un cauce de nuestro obrar.

El líder auténtico se cuida de afinar la sensibilidad para conceder a los términos libertad y norma el sentido que presentan en cada contexto.


* Si quiero ser libre tocando una obra en un instrumento musical, debo someterme a la norma de la interpretación que es la partitura y todos sus signos. Cuanto más fiel soy a la partitura -que refleja el pensamiento del compositor-, tanto más libremente me muevo por las avenidas de la obra. Aquí libertad significa seguridad, firmeza, conciencia de estar haciendo justicia a la obra y creando una fuente de belleza.

* Si estoy dando una conferencia y digo lo que se me ocurre, aunque no tenga coherencia, luminosidad y fuerza persuasiva, no me siento libre interiormente; me veo desconcertado, premioso, inseguro. Empiezo a moverme con libertad cuando limito mi libertad de maniobra y cumplo las exigencias del tema que debo exponer. Entonces adquiero libertad creativa.


El buen líder no olvida nunca que la mayoría de las realidades que le rodean son ámbitos, no meros objetos, y no pueden ser reducidos a objeto de posesión y dominio.

Los objetos podemos manejarlos con plena libertad de maniobra, dentro del cauce de las leyes físicas y de nuestras potencias fisiológicas y psicológicas.

Las realidades ambitales no están a nuestra disposición para manejarlas arbitrariamente sino para colaborar con ellas en orden al logro del valor supremo de nuestra vida: el ideal. Servir al ideal auténtico nos hace libres interiormente.

El hecho de dominar las realidades que no son meros objetos parece darnos seguridad y felicidad porque satisface nuestro afán de posesión. Pero pronto nos causa desilusión y tristeza pues nos impide actuar de modo creativo, asumiendo activamente las posibilidades que nos ofrecen tales realidades ambitales.

5. El buen líder está llamado a fundamentar el Humanismo de la unidad

El punto de partida para tal fundamentación consiste en clarificar nuestra actitud respecto a los seres que nos rodean.

¿Me uno a ellos para dominarlos y convertir sus bellas cualidades en fuente de goces para mí, o los trato para crear ámbitos de convivencia, relaciones de auténtico encuentro? Si adopto esta segunda actitud, procuro mantenerme a cierta distancia, la distancia del respeto.

Respeto y estimo cuanto están llamados a ser. No sólo no los reduzco de valor, sino que colaboro con ellos para que alcancen su máxima cota de desarrollo. Si opto por lo primero, me empasto con los seres del entorno -para sentir la exaltación de verme arrastrado- y al mismo tiempo me alejo de ellos para dominar esas fuentes de satisfacción.

Renuncio, así, a fundar con tales seres un campo de juego común; no me uno a ellos de forma creativa; me hundo en una forma extrema de soledad espiritual (6) .


Al no fundar un campo de juego y encontrarme, no capto el sentido y el alcance de las realidades que trato, y tiendo a reducirlas a meros objetos, objetos de disfrute y posesión.

Con un objeto sólo podemos relacionarnos de dos formas: o nos alejamos para dominarlo, o nos empastamos para disfrutarlo.

Ambos modos de unidad son años luz inferiores al modo de unión que estamos llamados a crear. Al no hacerlo, llegamos a pensar que tal forma relevante de unión es imposible, de suerte que toda persona de nuestro entorno viene a ser para nosotros algo no sólo distinto, sino distante, externo, extraño y ajeno.

Con ello se torna inviable el auténtico amor. Respecto a las otras personas parece que sólo cabe adoptar dos actitudes: o el empastamiento de la avidez erótica o el alejamiento de la posesión y la violencia. De ahí que en tantos espectáculos se alíen el cultivo del sexo desvinculado del amor personal y el de la violencia más cruda.


Nos hallamos en un punto decisivo, ya que de nuestra actitud respecto a las realidades del entorno -actitud de colaboración respetuosa o de dominio egoísta- proceden dos convicciones opuestas: 1) la vida humana puede llegar a tener pleno sentido, porque es posible crear formas de auténtico amor y encuentro; y 2) nuestra vida es básica e ineludiblemente absurda, pues lo que proclamamos como amor no es sino un mero "canje de dos soledades" (7) .


Ahora descubrimos la razón profunda por la que es indispensable clarificar a fondo las cuestiones básicas. Somos "seres de encuentro", y el encuentro implica una relación de presencia.

Pero ésta no se confunde con la mera inmediatez o vecindad, y es anulada por la relación de alejamiento. Para entrar en relación de presencia, debemos articular una forma de inmediatez con una de distancia. Tal articulación da lugar a una distancia de perspectiva que nos permite captar el sentido de las realidades que tratamos y que intentamos conocer (8) .

El buen líder procura ganar la perspectiva adecuada para lograr un conocimiento exacto de las realidades y los acontecimientos que tejen la vida humana. Si lo consigue, podrá guiarse a sí mismo y guiar a otros por la vía del pleno desarrollo personal.

En caso negativo, confundirá unirse y fusionarse, celebrar una fiesta y entregarse a una orgía, alejarse para dominar y tomar distancia para hacer justicia a la riqueza de una realidad. Esta confusión está en la base de múltiples errores básicos, que bloquean el crecimiento de las personas.

 

 
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