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Empresarios católicos | sección
Valores y Virtudes del Empresario Católico | categoría
Autoridad Empresarial | tema
Autor: Santiago Bruron Subiabre | Fuente: Publicado con autorización de www.usem.org.mx
La autoridad en la empresa
¿Existe un punto de vista cristiano para el ejercicio de la autoridad empresarial?, ¿qué relación se establece entre creatividad, libertad y autoridad? Conozca los principios cristianos para el ejercicio de la autoridad.
 
La autoridad en la empresa
La autoridad en la empresa


Criterios humanos y trascendentes para el ejercicio del mando en la empresa


Hoy, el temario se refiere a cuál sería el ideal: cuáles son los criterios, los conceptos sobre la autoridad en la empresa, desde un punto de vista cristiano.

La verdad es que en nuestras jornadas ustedes podrían haber situado el tema de la autoridad como dos términos o conceptos separados. Felizmente no ha sido así. Ustedes han dicho: "La autoridad en la empresa", y no "la autoridad y la empresa". Por lo tanto, se centra la atención sobre la autoridad en el campo concreto de la empresa. De la empresa en general. Después, cada cual se referirá a la que cada uno conoce en particular.

El caos no necesita autoridad
No se entiende la autoridad si no es en la organicidad. El caos no necesita autoridad. En él no es posible ni siquiera representar la autoridad. Aún en el Génesis - en una expresión muy poética, muy típica del lenguaje oriental la autoridad creativa de Dios aparece cuando se disipan los elementos del caos. La autoridad está siempre ligada a la organicidad y a la vitalidad de esa organicidad: a la creatividad.

Hay que partir de esa idea: la autoridad existe en función de algo consecuente con una organicidad, y en relación con medios hacia una finalidad. La organicidad supone autoridad y ambas se requieren mutuamente para que haya vida, vida material y vida social. Hasta el pensamiento requiere una ordenación, una organicidad, una lógica que, en el fondo, supone la autoridad de los principios sobre sus consecuencias. Es decir, una prelación de ideas y de valores que realmente lo hacen pensable y expresable.

La autoridad está en la raíz de la vida. De su organicidad, que implica origen, etapas de desarrollo, prelación en esas etapas y consecuencialidad sin contradicción, hay funciones ordenadas y distintas dirigidas hacia una finalidad.


Principio y ejercicio de la autoridad
De este modo es, más fácil entender el concepto de autoridad que se ha expresado en el Concilio Vaticano II. Cuando habla de la autoridad (en el campo económico y en el campo socio- político, pero aplicable a todo el concepto de autoridad), dice que la autoridad se funda en la naturaleza. Es decir, la autoridad no es algo que viene de fuera de la naturaleza. La autoridad se funda en la naturaleza. Por ejemplo, en una comunidad inclusive en la cosa pública, la autoridad se funda no sólo en la naturaleza en general, sino en la misma naturaleza humana. Es importante tener en cuenta esto para que no se piense que la autoridad es contra la naturaleza.

El caos y la anarquía sí que están contra la naturaleza. Todo lo vivo tiene organicidad y, por lo tanto, tiene prelación. Tiene valores más altos o menos altos, tiene cosas que comienzan primero y otras que empiezan después, es decir, de alguna manera existe una línea de autoridad. Por eso se afirma en otros textos, que la autoridad no es un concepto ajeno impuesto a la naturaleza misma de las cosas materiales o a la actividad humana, sino que pertenece a su propia dinámica vital.

En relación al valor esencial de la autoridad no hay mucha discusión. Pero las cosas no son tan claras ni tan unánimes cuando se entra a opinar sobre el ejercicio de la autoridad. No en la interrelación de las fuerzas que gobiernan el universo material, sino respecto a las decisiones de los hombres en cuanto al uso de las cosas y de la ordenación de sus relaciones en el juego de la convivencia humana. Aquí se da la diversidad de opiniones. No se discute tanto la autoridad como principio, sino la manera cómo se ejerce la autoridad y, mucho más aún, sobre quién debe ejercer la autoridad.

Resumiendo: las cosas tienen vida, y al tenerla se da en ellas una ordenación. Se supone una autoridad y, además, una "cascada de autoridades´´ que se van ejerciendo en cada una de las etapas de esa organicidad vital.

Ya el Génesis nos trae la primera muestra concreta de la autoridad y de su delegación, por medio de la cual, ésta se extiende orgánicamente hacia abajo y, en su nivel, hacia los lados. El capítulo del Génesis trae una orden. Estaba todo creado hasta la criatura humana, a imagen y semejanza de Dios. Entonces la autoridad, creativa desde el principio, da una orden: "Poblad la tierra y sometedla", y luego, una delegación: "Dominad todos los seres vivos que se encuentran sobre la tierra".

Se da, entonces, una orden y, al mismo tiempo, una delegación. El Dios Creador ha dejado inconclusa su creación, ésta queda como una materia prima inmensa que entrega al hombre para que la administre: el hombre debe enseñorear la tierra y perfeccionarla. Después que Dios había creado todo, se lo encarga al hombre para que lo gobierne.

La autoridad está en la raíz de la vida y por eso la autoridad pasa a ser el más alto grado de servicio a la vida


En función de la vida
Fijémonos bien: la autoridad aparece asociada a la vida, al crecimiento, a la perfección y a todas las expresiones de la vida.

Tomando un ejemplo muy cercano a nuestra experiencia vitivinícola: cuando la autoridad poda, lo hace sin dañar la vida, sino potenciando su vitalidad y nunca más allá de lo indispensable.


La autoridad se debe ejercer siempre en función de la vida, de la perfección y nunca de modo que, por exageración o por dejación, vaya contra la vida o contra la persona, contra su perfección, contra su crecimiento o su desarrollo. La autoridad está en la raíz de la orientación de la vida, y por eso la autoridad pasa a ser el más alto grado de servicio a la vida. Es extraño esto, pero es así. Si todas las cosas requieren de alguna manera ser servidas por la colaboración física de los distintos elementos que la componen; si los hombres necesitan para su sobrevivencia del servicio de los demás; entonces la autoridad pasa a ser, en este sentido, el más alto grado de servicio al bien de todos. Estos requieren de la conducción de la autoridad para su desenvolvimiento perfectivo.


Ejercer la autoridad es servir
Esta condición está presente en la naturaleza entera y, sin duda, también debe estarlo en la autoridad de la empresa. Jan Kerkhofs, uno de los asesores de la UNIAPAC (Unión Internacional de Empresarios), en su ensayo "Progreso y Esperanza", introduce el acápite sobre el poder, la autoridad y la responsabilidad con dicho sentido de servicio y lo inaugura con la siguiente frase, que está tomada de Mateo: "Aquel entre vosotros que quiera llegar a ser grande, deberá hacerse vuestro servidor".

Y no resisto la tentación, porque me ahorra muchas palabras, de leer lo que, en este sentido, dice Kerkhofs (jesuita belga): "La dialéctica de la igualdad y de la desigualdad acaso encuentre su expresión más contrastada en el debate sobre el poder. Debemos evitar todo simplismo. La tensión entre el orden y el pluralismo es inherente a la dinámica de la vida, existe en todos los regímenes y en todos los grupos sociales, sea cual sea su dimensión. En los extremos está el totalitarismo y el caos. Donde se corrompen las aspiraciones al libre desarrollo de la persona y de la comunidad. Para mantener una tensión fecunda, preservar al mismo tiempo la libertad y el orden y abrir así el camino a cambios enriquecedores (fíjense bien, preservar al mismo tiempo la libertad y el orden, y no preservar la libertad matando el orden ni preservar el orden matando la libertad), es necesario el liderazgo, la síntesis delicada de la responsabilidad de la autoridad y del poder.

Si aquel que pretende ejercer ese liderazgo no está imbuido de su responsabilidad respecto a otros hombres libres, su poder aparecerá como algo vano, egoísta, esterilizante, a través simplemente de la aplicación de mecánicas de reglas de gestión en la empresa. Aun cuando tiene por vocación el contribuir a la humanización, instala en el centro de sus preocupaciones, como el becerro de oro del desierto, la pura eficacia. Ciertamente el sentido de las responsabilidades no es privativo del líder; en una sociedad adulta cada uno debe ser realmente

responsable y nadie puede por facilidad abandonar su responsabilidad en mano de uno u otro inspector en turno. Pero el liderazgo supone poseer un sentido de responsabilidad mayor que el promedio de los hombres. No es un líder todo aquel que lo desea. Hay que guardarse de dos escollos: no dejarse aplastar por el sentido de las responsabilidades demasiado grandes y no ahogar el sentido de la responsabilidad en aras de una pura voluntad de poder".

La sociedad de consumo, en vez de pensar qué tipo de empresa para el hombre, empieza a crear artificialmente un hombre que sea consumidor de su propia producción

Aquí Kerkhofs, al iniciar el desarrollo de la idea que la autoridad es el mayor grado de servicio, plantea la necesidad de conducir. Es preciso que alguien conduzca las cosas hacia el bien común. Al hacerlo, por una parte previene contra una pura voluntad de poder, y por otra parte, de dejarse aplastar por las responsabilidades y, con ello, de no poder salir adelante. Dice, con razón, que el sentido de la responsabilidad --que es inherente al ejercicio de la autoridad-- requiere de una escala de valores. Luego habla que el hombre que ejercita la autoridad, si la concibe como el mayor de los servicios, tiene que estar defendiendo permanentemente este privilegio de servir mejor y, al mismo tiempo, debe evitar el servirse a sí mismo.

Su tarea es servir a los demás, con ello se sirve también a sí mismo. Ese concepto del servicio trae inmediatamente consigo una cantidad de consecuencias; no sólo en la empresa sino en cualquier tipo de organización humana, desde la más pequeña, desde la más fundamental, desde las organizaciones de barrio o de regiones o de ciudades, desde la familia hasta el Estado. Es esto: si la autoridad ha de servir para conducir hacia el objetivo adecuado a los grupos o instituciones a su cargo, el que ejerza esa autoridad ha de tener capacidades, aptitudes y conocimientos adecuados. Si es una autoridad que sirve, entonces, quiere decir que quien ejerce la autoridad debe ser alguien que realmente sirva por capacidad, por idoneidad, a la consecución del bien común.


La autoridad no se puede ejercer sin capacidad, sin idoneidad
En este contexto, resultan especialmente congruentes las dos preguntas que se planteaban, hace unos cuatro años atrás, los miembros de la UNIAPAC francesa. Se preguntaban: "¿Qué tipo de hombre para esa empresa? Porque las características de una empresa adecuada al hombre se ensamblan desde dos vertientes: una vertiente relativa a la sociedad en general, a la cual debe servir la empresa como creadora y distribuidora de bienes y servicios. Y la otra vertiente, la empresa, ¿a qué tipo de hombre debe servir? ¿A un hombre en la plenitud de su dignidad, de sus libertades, de su desarrollo de personalidad? ¿O a un hombre manipulado por los intereses económicos de la propia empresa?

La tensión entre el orden y el pluralismo es inherente a la dinámica de la vida, existe en todos los regímenes y en todos los grupos sociales, sea cual sea su dimensión. En los extremos está el totalitarismo y el caos

En general, la sociedad de consumo, en vez de pensar qué tipo de empresa para el hombre, empieza a crear artificialmente un hombre que sea consumidor de su propia producción. De esta forma va manipulando las verdaderas necesidades y la imagen del hombre. Por eso nos preguntamos primero, ¿qué tipo de hombre? ¿es simplemente el usuario de los servicios de la empresa o de los bienes de la empresa? ¿debe él someterse a la empresa? La segunda pregunta es relativa a los hombres que componen la empresa y colaboran en ella. Ante ambos --los usuarios, los que están afuera; y aquellos que producen, los que están dentro-- la empresa debe tener un sentido de servicio.


Responsabilidad creativa
Se podría pensar que una empresa para el hombre debe ser una especie de remanso, de dulcificación del hombre. Un tipo de empresa que se preocupe de halagar a las personas que la componen, sin exigencias y, con ello, a veces castrando la responsabilidad creativa de cada uno. Y esto sería un grave error. Se olvidaría la dignidad del hombre y su capacidad creadora. Una empresa para el hombre ha de ser exigente y bellamente exigente, tanto en los deberes y

responsabilidades,, como en los derechos y los frutos de todos y cada uno de los que la componen. Yo diría que hay una composición estética de una "empresa para el hombre´´, que realmente desarrolle bellamente, tanto la capacidad del hombre para cumplir sus deberes y responsabilidades, como la capacidad del mismo para pedir derechos y frutos.

Considerar un solo aspecto sería crear una empresa para cojos, en que sólo la pierna de los derechos y de los frutos crece y se disminuye la pierna de los deberes y responsabilidades. Esto trae inmediatamente aparejada una concepción equivocada de la autoridad en los diversos niveles de operación. ¿Dónde están los hombres capaces de pensar una empresa para el hombre? ¿Qué tipo de hombre para la empresa?

En otras palabras, ¿qué tipo de autoridad y cómo se ha de ejercer en cada uno de los niveles de operación de la empresa esa empresa servidora del hombre? A veces la autoridad se ejerce de un hombre sobre otros, pero la autoridad también la ejerce sobre la materia, sobre las cosas que él posee, que investiga, que perfecciona y transforma, hay una autoridad que se ejerce en relación a las decisiones de los hombres, pero también hay una autoridad que se ejerce guiando y administrando las cosas materiales. Para esto se requieren hombres que realmente tengan un alto concepto de su responsabilidad creativa.

La autoridad se ejerce a través de una persona. Esto supone una autoridad en la persona, en su conciencia, en función del supremo bien. Sólo así ésta podrá ir transmitiendo y ejerciendo su autoridad en la forma adecuada, a cualquier nivel de la empresa hecha "a la medida del hombre".


Comunidad de personas con finalidad económica
Al decir esto entramos en un tema que se refiere a la empresa propiamente tal. Se ha insistido mucho, y con razón, en que la empresa debe ser una comunidad de personas libres y autónomas. Pareciera una redundancia. Bastaría con decir: una comunidad de personas. Pero esto mismo se recalca en el Concilio Vaticano II (Gaudium et Spes), porque se trata de personas que son tanto más personas cuanto más libres y autónomas son. La empresa es una comunidad de personas

libres y autónomas, y no sólo un ente económico. De ello no cabe duda. Nuestra posición en UNIAPAC es que la empresa es una comunidad de personas con finalidad económica. El problema no es tan simple, porque el resplandor de esta verdad -de que la empresa es una comunidad de personas - ha oscurecido la especificidad de la empresa: pues también puede haber una comunidad de personas dedicadas a jugar golf, una comunidad de personas deportiva y cultural. Es decir, puede haber comunidades de personas orientadas a objetivos no económicos. Sin embargo, quedando plenamente en pie la dignidad de las personas y el respeto que se les debe en sus relaciones en la comunidad empresarial, la contribución de estas personas en la empresa está destinada a una finalidad económica, y, por lo tanto, a producir provechosamente y en condiciones económicas, los bienes y/o servicios a que se dedica. Y este no es un matiz, es algo esencial.


Acabo de estar discutiendo este problema en Francia, donde precisamente se hizo hincapié en superar un concepto un poco "acaramelado" de la comunidad de personas que es la empresa, que deriva en un ablandamiento de la responsabilidad y en una mala interpretación del respeto debido a la persona humana. Personas libres autónomas y responsables deben darse cuenta que si se asocian en una empresa económica, tienen que actuar de una manera acorde con su finalidad. Si una empresa para producir cobre, por ejemplo, para hacer "más humanas" las cosas, en vez de cobre produjera dulce de membrillo, ello sería sello de una pésima autoridad. La finalidad es producir cobre, y producirlo en las mejores condiciones, y no otra cosa. Debemos dar importancia a este aspecto para que las relaciones de justicia, de fraternidad, de bondad dentro de la empresa, jamás destruyan la finalidad exacta de la comunidad de personas que es una empresa, como entidad económica o de producción.

Es preciso que exista un concepto muy preciso de las responsabilidades y de los derechos dentro de la empresa. En este sentido, la autoridad tiene que tener muy clara la organicidad y la finalidad común. Esta especificidad de la empresa implica

que su autoridad - no sólo la última sino en todos los niveles- ha de servir a esa finalidad económica en la forma ética -y aquí está la palabra clave- tal como corresponde a una comunidad de personas. Y es contrario a la ética tanto el trato injusto al interior de la empresa en relación a cualquiera de sus miembros, como también el faltar a su finalidad frente a las necesidades económicas del medio al que se sirve. Es contraria a la ética una empresa que, preocupada sólo de su interior, fracasara y dejará sin un suministro de calidad y en la abundancia necesaria a que tiene derecho la comunidad. De ahí ese delicado y difícil equilibrio de la ética cuando tiene que estar sirviendo tanto a la armonía interna como a la eficiencia de sus servicios a la sociedad a la cual está inserta.

Si la autoridad es el mayor grado de servicio, entonces tiene que tener mucho cuidado de servir de una manera equilibrada, justa y ética, a todos los elementos que tienen derecho a exigir ese servicio. Y aquí surge el novedoso concepto que Juan Pablo II introduce en "Laborem Exercens", sobre el empleador indirecto. Es decir, todas esas instancias o todos esos organismos o reglamentos que determinan e imponen condiciones en las cuales han de moverse las empresas.

Hace pocos días, un teólogo me relataba uno de los más grandes problemas que tenía en su pastoral con los empresarios que estaban alrededor suyo. Y era que éstos, tratando de ser los mejores cristianos posibles, hubieran cumplido exactamente lo que él les pedía, habrían sido absorbidos automáticamente por una cantidad de otros empresarios que se saltaban las reglas de la ética y jugaban torcido en el mercado.

Probablemente esos empresarios, dirigidos por él habrían cumplido en conciencia con el deber que les estaba anunciado, pero habría fracasado por la presión de empresarios indirectos, que podríamos denominar "juego sucio del mercado", reglas antiéticas, legales o no legales, políticas crediticias tendenciosas, y por todo ese tipo de situaciones, que van influyendo en el entorno y que constituyen, realmente, una verdadera infección del ambiente, en el cual ya no se puede desarrollar limpiamente la vida de los hombres y de las empresas.

Esto es lo que Juan Pablo II enfatiza cuando dice que, aun cuando los empresarios indirectos tienen una gran influencia sobre el empresario directo -que a veces se ve ahogado por las condicionantes que les imponen- sin embargo, no puede convertirse en elemento pasivo para sufrir lo que otros le imponen. Tiene, en cambio, la obligación de salir del cascarón de su propia empresa para producir condiciones circundantes que sean adecuadas para el desarrollo de la misma en el ambiente empresarial general.

Cada jefe de empresa debe estar presente en el ámbito que le corresponda, dentro del empresariado indirecto, para no ser sujeto pasivo sino activo de sus acciones

La autoridad de la empresa tiene, por tanto, una función no sólo al interior de la empresa, sino también una acción de irradiación que toca los deberes cívicos de los empresarios. Pienso que los empresarios muchas veces han cometído el error de enclaustrarse en sus propios intereses, en la visión de su propia empresa, creyendo que es suficiente que cada cual se abanique como pueda. No se dan cuenta que, a la larga, por ese egoísmo o por su introversión, van a caer todos, no sólo en una sociedad injusta, sino también ellos mismos van a experimentar una especie de frustración respecto del deseo de hacer bien las cosas y de no poder hacerlo por las condiciones impuestas por el entorno.

Lo anterior supone una actitud de presencia de cada jefe de empresa en el ámbito que le corresponda, dentro del empresariado indirecto, para no ser sujeto pasivo sino activo de sus acciones.


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