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| Antimundialismo y antiamericanismo |
Cómo debemos entender la guerra contra la mundialización ¿ que
reina desde 1999 y cuya virulencia no cesa de aumentar?
Guerra en sentido propio y no figurado, guerra física y
no teórica, lucha callejera y no lucha de ideas, ya
que los manifestantes que constituyen sus fuerzas de choque, encuadrados
en organizaciones no gubernamentales (subvencionadas, a su vez, por los
gobiernos), asedian locales y saquean las ciudades en las que
se celebran reuniones internacionales.
Tras la lucha contra la mundialización, es
decir, contra la libre circulación de las personas y las
mercancías, a la que resulta muy difícil mostrarse hostil en
principio, se oculta una lucha más fundamental y antigua contra
el liberalismo y, por tanto, contra los Estados Unidos, su
principal representante y su más potente vehículo planetario. En el
«carnaval antimundialización» que se desarrolló en Montpellier el 16 de
febrero de 2001, la principal atracción fue un personaje disfrazado
de Tío Sam con perilla, traje y chistera con los
colores de la bandera americana. No se podía designar más
claramente al chivo expiatorio supremo. Según la antigua tradición socialista,
el antiliberalismo y el antiamericanismo van a la par y
los soldados licenciados del ejército comunista vencido o sus herederos
políticos son, sin lugar a dudas, quienes se reagrupan en
bandas decididas a acometer, a falta de una guerra frontal
en campo raso, que ya no está a su alcance,
una guerrilla de hostigamiento que la libertad de circulación debida
a la mundialización les permite llevar a cabo en cualquier
punto del planeta democrático. La mundialización, concepto impreciso donde los
haya, les sirve de nuevo blanco mediante el cual apuntan
a sus eternos enemigos. ¿Simplifico? ¿Exagero? En absoluto. Durante una
manifestación antimundialista, en Londres, el 30 de noviembre de 1999,
en apoyo de la de Seattle, que se desarrollaba en
el mismo momento contra la Organización Mundial del Comercio, se
podía leer en una de las pancartas: «La privatización mata;
el capitalismo mata». ¿Qué otra cosa afirman Le Monde diplomatique
oPierre Bourdieu? Según ellos y sus fieles, la mundialización engendra
en el planeta una pobreza cada vez mayor, en provecho
de una minoría de ricos que cada vez son más
ricos. Es lo que —repitámoslo— a mediados del siglo xix
preveía Karl Marx para el futuro de los países industrializados
de la Europa occidental y de América del Norte: una
caída cada vez más rápida de masas cada vez más
numerosas en una miseria cada vez más negra, frente a
un puñado cada vez más reducido de capitalistas cada vez
más ricos. Ya sabemos la confirmación que la continuación de
la Historia ha dado a aquella genial profecía. Recordemos que,
aún a finales del decenio de 1950, el Partido Comunista
francés adoptó como tema de propaganda «la pauperización absoluta» de
la clase obrera, en pleno periodo de los «treinta gloriosos»,
en los que el nivel de vida general subía a
ojos vista. ¡Ah! ¡El socialismo científico!
Lionel Jospin acogió con agrado
«el surgimiento planetario de un movimiento ciudadano» entre los antimundialistas
de Génova, Gotemburgo, Niza o Seattle. Ahora bien, se trata
más bien del resurgimiento minoritario de una violencia antidemocrática. En
efecto, la democracia concede a todos el derecho a manifestarse
pacíficamente, es decir, a desfilar enunciando opiniones y reivindicaciones con
la voz y las pancartas, pero a partir de Seattle,
los antimundialistas han ido mucho más lejos. En todos los
lugares en los que surgieron, su objetivo fue desde el
principio el de impedir reuniones de jefes de Estado o
de Gobierno elegidos por sufragio universal o directivos, designados reglamentariamente,
de organismos internacionales o incluso, como en Davos, de personalidades
diversas reunidas en un coloquio para intercambiar puntos de vista,
sin por ello disponer del menor poder de decisión. Cierto
es que para la mentalidad de los totalitarios, expresar ideas
contrarias a sus lemas es ya un crimen. Así, pues,
por dondequiera que han ido, esos antimundialistas muy mundializados han
tomado por asalto los locales en los que se debían
celebrar las reuniones, con la intención de expulsar de ellos
por la fuerza a los participantes o reducirlos al silencio.
Por eso, la distinción entre el grueso de los manifestantes
supuestamente pacíficos y la mayoría de anarquistas violentos que —según
nos cuentan— se infiltran entre los primeros no es sino
mentira e hipocresía. Querer imposibilitar mediante la coacción física la
celebración de una reunión no se puede hacer pacíficamente y
equivale a substituirla impugnación por la violencia. Esos procedimientos son
los mismos que los adoptados en otro tiempo por los
camisas negras o pardas y por los matones comunistas. Además,
si los anarquistas violentos fueran en verdad minoritarios en los
devastadores rave parties de los antimundialistas, ¿cómo podemos explicar que
la mayoría, supuestamente pacífica, no logre neutralizarlos? ¿Cómo es que
cien mil, doscientos mil, idealistas amantes de la paz resultan
impotentes para contener a unos centenares de terroristas que han
acudido a saquear, romper, destrozar, incendiar y pillar? Pueden dejarse
desbordar una vez, pero no seis, siete, diez veces. Ahora
bien, el salvajismo violento amparado o practicado por los «pacíficos»
antimundialistas lejos de disminuir entre Seattle, en 1999, y Génova,
en 2001, no ha cesado de aumentar en intensidad.
Que la
policía italiana sobrepasara en Génova los límites de un mantenimiento
del orden democrático, hasta el punto de que un policía
de veinte años matara a un manifestante de veintitrés, resulta,
desde luego, indignante. No obstante, conviene observar que, si bien
la prensa y la oposición de Italia estigmatizaron con vehemencia
a la policía y al Gobierno, la muerte del joven
apenas fue objeto de polémicas, pues las imágenes demostraban fehacientemente
que el carabinero había actuado en legítima defensa.[16] Ya la
policía sueca, en Gotemburgo, ciudad cuyo centro fue «pacíficamente» destruido,
había utilizado una represión propia más para afrontar una manifestación
que una guerrilla. También había disparado balas reales y, por
fortuna, sólo hubo heridos. Y, por lo demás, ¿es que
no se trataba, en efecto, de una guerrilla? La astucia
de esos seudomanifestantes, en realidad amotinados, consiste en atribuir exclusivamente
a la policía la responsabilidad de una violencia en la
que ellos mismos han tomado la iniciativa. Los amotinados de
extrema derecha que, el 6 de febrero de 1934, se
dirigían en París hacia el Palais-Bourbon con la intención de
forzar la entrada y expulsar de él a los diputados
— exactamente lo que hacen los antimundialistas hoy a escala
internacional contra las «cumbres»— imputaron después a la reacción de
la policía, y únicamente a ella, las víctimas provocadas por
una represión que la defensa de la República había vuelto,
por su culpa, indispensable. Seguramente la policía no fue del
todo inocente, pero los amotinados aún menos. En los dos
ejemplos, la violencia de los policías fue el efecto, y
no la causa, de la violencia de los amotinados. ¿Es
necesario recordar que antes incluso de la inauguración de la
cumbre de Génova ya se habían recibido paquetes—bomba en ciertos
puestos de policía? Un funcionario, al abrir uno de aquellos
paquetes, perdió un ojo, mientras que los manifestantes «pacíficos» recurrían
ya preventivamente a los cócteles Molotov en las calles de
la ciudad.[17]
Lo que muestra que se buscó la violencia por
sí misma es que era superflua, ya que los manifestantes
antimundialistas son casi todos ciudadanos de países democráticos. Por tanto,
gozan de libertad de expresión, tienen derecho al voto, pueden,
si quieren, formar partidos políticos y presentarse a las elecciones
para intentar hacer prevalecer sus tesis por las vías de
la persuasión y la elección. En esas condiciones, parece singular
que un Primer Ministro los felicite por seguir una vía
muy diferente. Contra las dictaduras es contra las que la
violencia o la obstrucción física son legítimas, porque brindan el
único recurso para quienes quieren contribuir al restablecimiento o al
establecimiento de la democracia, pero los amotinados de Niza o
Génova hacían lo contrario: atacaban la democracia con el fin
de substituirla por la fuerza.
Para comprenderlos, hay que remontarse al
antiguo fondo cultural que los vincula a la tradición «revolucionaria».
Lo que esos manifestantes pretenden es remedar una revolución que
se disfraza o se deshonra desde hace un siglo. No
aspiran a hacer avanzar mediante la acción democrática un programa
antimundialista que tienen derecho a concebir, pero del que precisamente
carecen, pues sus ideas son incoherentes y sus informaciones indigentes.
La agitación precede en ellos al pensamiento y se contenta
con prolongar la prehistoria política del mundo moderno, como esos
cultos neolíticos que se perpetuaban hasta el subsuelo del Renacimiento.
Los antimundialistas martillean con barras de hierro el viejo tambor
anticapitalista y antiamericano, la leyenda de la eficacia milagrosa de
la guerrilla urbana. Añadamos que la ocasión suplementaria de «cargarse»
al liberal Silvio Berlusconi, Presidente del Consejo, «fascista», a su
juicio, aunque democráticamente elegido por segunda vez, contribuía a sazonar,
en aquel caso, el estéril placer de su antiguo simulacro.
Los
«jóvenes» antimundialistas son, en realidad, unos vejestorios ideológicos, fantasmas resurgidos
de un pasado de ruinas y sangre. Hablando de «rejuvenecimiento»,
en Génova se vio, por lo demás, reaparecer banderas rojas
adornadas con la hoz y el martillo (que incluso el
partido de los ex comunistas había arrumbado en Italia a
partir de 1989), efigies del Che Guevara y la sigla
de las Brigadas Rojas. Lo que los manifestantes atacan en
la mundialización es el capitalismo democrático, es América, en la
medida en que ésta es, desde hace al menos medio
siglo, la sociedad capitalista democrática más próspera y creadora. Lo
que atacan es el liberalismo o simplemente la libertad, pese
a ser ellos mismos los primeros beneficiarios de ella, puesto
que se desplazan en todo momento como quieren. Si se
ejecutaran sus diktats y, por tanto, se restablecieran por doquier
las barreras fronterizas, los pasaportes, los visados, incluso para los
turistas, no habría habido ni Seattle ni Gotemburgo.
No es ésa
la única contradicción de su indigente batiburrillo mental. Por ejemplo,
asolan Seattle en nombre de la lucha contra la mundialización
«salvaje» que «sólo beneficia a los ricos». Ahora bien, ¿quién
se reunía en Seattle? La Organización Mundial del Comercio, la
OMC, cuyo papel consiste principalmente en someter los intercambios económicos
internacionales a reglas... para impedir que sean «salvajes». No hay
un solo país en el mundo que no haya deseado
—y los más pobres son los que se muestran más
deseosos de ello— ser admitido en la OMC. Y en
Niza o en Gotemburgo, ¿quién se reunía? Las autoridades y
los Gobiernos de la Unión Europea, que nada tiene de
«mundial», ya que agrupa a quince países, cuando en todo
el planeta hay más de doscientos. ¿Quién se reunía en
Génova? El G8, es decir, los siete países más industrializados,
con la adición cortés de Rusia. Tampoco en ese caso,
si bien su influencia es, evidentemente, internacional, son el mundo
entero. No son las Naciones Unidas. Si pueden intentar armonizar
sus políticas, sus posibles puntos de acuerdo, no tienen el
menor valor ejecutorio para los demás Estados. Al pretender poner
la mira en la mundialización, los camorristas de Génova atacan,
en realidad, al capitalismo en sí (por lo demás, habían
roto las fachadas de los bancos antes incluso de que
comenzara la conferencia) y a su encarnación más diabólica América.
El pretexto de esa demonización es —vieja cantinela— el de
que los países ricos no se preocupan bastante por los
países pobres. Más adelante tendremos ocasión de subrayar la inanidad
de esa leyenda. Pero en el caso presente resulta —contradicción
suplementaria— que el objetivo de la cumbre del G8 en
Génova era precisamente el de abordar esa cuestión y en
ella los Ocho redujeron efectivamente la deuda de los países
pobres. Dieron un nuevo impulso a la ayuda pública para
el desarrollo del Sur, crearon un fondo mundial para financiar
la campaña médica contra el sida, el paludismo y. la
tuberculosis, en particular en el África subsahariana.
Pues, además, en Génova
los miembros del G8 habían invitado por primera vez a
los dirigentes africanos a que se reunieran y deliberasen con
ellos. Así, pues, el Primer Ministro británico acogía con beneplácito,
y con razón, la puesta en marcha de lo que
llamaba «un ambicioso plan Marshall para África».[18] El horrible George
W. Bush mismo había pedido, antes incluso de la inauguración
de la reunión, «más préstamos para la salud y la
educación en los países más pobres». A ese respecto anunciaba
un «cambio político radical» de su Gobierno.[19] Y añadía: «Pero
no nos equivoquemos: los que protestan contra la libertad de
comercio no son los amigos de los pobres». Pese a
ser (de creer a la prensa europea) notoriamente estúpido, el
Presidente de los Estados Unidos no andaba precisamente errado en
aquella ocasión. En efecto, lo que piden los países pobres
es un acceso más libre a sus productos, en particular
los agrícolas, al mercado de los países ricos. Dicho de
otro modo, piden más y no menos mundialización. Y lo
que muestra otra faceta de la incoherencia de los amotinados,
ricos, a su vez, por lo demás, es que subvierten
cumbres cuyo objeto es ampliar la libertad de comercio y,
por tanto, aumentar las capacidades exportadoras de los países pobres
hacia las zonas más solventes: así se hizo en la
reunión interamericana de Québec, en la que se pusieron las
bases de un mercado continental único destinado, entre otras cosas,
a abrir América del Norte a los productos agrícolas de
la América del Sur. También en aquel caso fue invadida
y saqueada la ciudad.
Así, cuando examinamos un poco más detenidamente
el revoltijo que sirve de forraje intelectual a las vociferaciones
antimundialistas (y podríamos alargar el catálogo), no podemos por menos
de observar que no se puede extraer de ellas un
programa susceptible de la menor aplicación práctica.
El muestrario de ese
revoltijo inutilizable hace que resulte tanto más asombroso que incluso
dirigentes europeos considerados liberales y que en principio no figuran
entre los nostálgicos del paleosocialismo se proclamen «impresionados» por los
amotinados antimundialistas y convencidos de la necesidad de «dialogar» con
ellos. Es normal ver a toda una prensa de izquierda
y a una capa política que desde 1989 habían balbuceado
con la boca pequeña una revisión desgarradora y afirmaban haber
«aprendido las enseñanzas» que se desprendían de las catástrofes y
los absurdos socialistas cantar victoria al acoger con entusiasmo la
divina sorpresa de esa nueva cruzada contra la mundialización, sinónimo
en este caso de capitalismo.
En cambio, resulta más difícil entender
la razón por la que unos dirigentes de derecha toman
—o fingen tomar— en serio el magma político de los
antimundialistas. ¿Por qué el Presidente de la República, Jacques Chirac,
abogó ante sus pares en Génova por una «concertación normal
y permanente» con los manifestantes? ¿Por qué proclamó, en un
largo artículo,[20] que había llegado el momento de «humanizar la
mundialización»? ¿Es que era inhumana acaso? Semejante fórmula equivale a
abrazar con las dos manos el tópico de los camorristas
y secundar la estrategia antiliberal de los izquierdistas reciclados y
de la mayoría de las ONG. A semejanza de Jospin,
Chirac acoge con complacencia incluso una «conciencia ciudadana mundial». ¿Por
qué esa jerga socialista? Cierto es que esa posición revela
un síndrome derechista más particularmente francés. Los otros gobernantes del
G8, incluso los socialdemócratas, no siguieron a Chirac por ese
sendero sin salida. Se proponen conservar el derecho de deliberar
entre sí y con sus interlocutores, sin tener que dar
cuentas de ello a unos amotinados totalmente ilegítimos. Cierto es
también que, si bien Francia cuenta con una gran tradición
de pensadores liberales, su derecha política no los ha leído:
siempre ha sido dirigista, planificadora, burocrática y reglamentarista. Cierto es,
por último, que la derecha francesa arde, sobre todo desde
el fin de la segunda guerra mundial, con un deseo
que la paraliza tanto más cuanto que no se ve
coronado por el éxito ni correspondido: agradar a la izquierda.
Bernard
Kouchner, cuya acción en pro de los países pobres con
«Médicos sin fronteras» y después «Médicos del mundo» impone respeto,
pierde un poco su lucidez cuando exclama, después de los
motines contra el G8 en Génova: « ¡Se trata de
un mayo del 68 a escala mundial!» ¡Está visto que
nadie reivindica tanto el mundialismo como los antimundialistas! Además, la
fórmula es graciosa, pero históricamente poco ilustrativa. El movimiento que
designamos —nosotros, los franceses— como «mayo del 68», con el
pretexto de que durante aquel mes estalló en Francia, había
comenzado varios años antes en los Estados Unidos, en forma
mas original y menos marxistizada y después en Alemania. Recordémoslo:
junto a una transformación de las costumbres y las mentalidades
que podemos considerar benéfica, el «mayo del 68» europeo se
enfeudó muy pronto con los lugares comunes del socialismo totalitario,
en sus versiones maoísta o trotskista, cuando al principio se
presentaba como antiautoritario. El llamado movimiento de «mayo del 68»,
al negarse al mismo tiempo a aceptar el juego de
la legalidad democrática, ya aceptada formalmente por los partidos comunistas
occidentales, degeneró en terrorismo sanguinario durante los veinte años que
siguieron. Entonces se constituyeron las Brigadas Rojas en Italia, la
Fracción del Ejército Rojo en Alemania, el Ejército Rojo japonés,
las Células Comunistas Combatientes belgas (CCC) y —más marginal, pero
no menos asesina— Acción Directa en Francia. Debemos a esas
organizaciones grandes hechos que no parece juicioso ni oportuno ofrecer
como modelo a las generaciones del comienzo del siglo xxi.
Pues a veces los protestatarios antimundialistas se han encontrado también
a dos pasos de deslizarse hasta la degeneración terrorista. En
la primavera de 2000 llegaron a dar ese paso incluso,
por antiamericanismo, al colocar en un McDonald´s una bomba que
mató a una joven, en Bretaña. Los antimundialistas actuales tienen
en común —cierto es— con los sesentayochistas una visión marxista
simplista: el mal absoluto es el capitalismo, encarnado y dirigido
por los Estados Unidos. Así, como después de lo de
Génova se hablaba mucho de organizar en el futuro «G8
más modestos», el humorista Plantu publicó, en la portada de
Le Monde,[21] un dibujo en el que se ve al
Tío Sam —¡siempre él!— acampado bajo una tienda cuyas estacas
de sujección, plantadas en la hierba, son simplemente los otros
siete socios maniatados del G8. Entre ellos reconocemos a Jacques
Chirac. La lección está clara: el único dueño real del
G8 es América, cuyos sirvientes son las demás democracias, al
servicio del capitalismo mundial, es decir, americano. Ese fino análisis
satírico no habría desentonado en modo alguno en un número
de L´Humanité hacia 1950.
Otra convicción es común a los sesentayochistas
y a los antimundialistas actuales: la de que los manifestantes
de las calles son más legítimos que los gobiernos elegidos.
Reconocemos en eso una muestra de entre las más enmohecidas
de los oropeles colgados en el desván de los dogmas
marxistas: el levantamiento de las «masas» es más democrático que
la democracia «formal». Peor aún: eminentes personalidades políticas de izquierda
(en Francia, François Hollande, Jean-Luc Mélanchon, Noel Mamère, entre otros)
reclamaron, después de lo de Génova, la supresión del G8.
Conclusión que debemos sacar de esa actitud: unos Gobiernos elegidos
por sufragio universal pierden el derecho a concertarse en cuanto
la calle se lo haya denegado.
Ni que decir tiene que
la amplitud de una o varias manifestaciones puede ser reveladora
de una importante corriente de opinión, que un Gobierno democrático
o un grupo de Gobiernos democráticos harán siempre bien en
tener en cuenta, aunque sólo sea en previsión de las
próximas elecciones. Pero, si ceden porque esas manifestaciones son violentas
hasta el punto de paralizar el funcionamiento de la propia
democracia, se descalifican. En ese caso, los demócratas dignos de
ese nombre deben recordar enérgicamente que en su sistema político
se confiere el poder metiendo papeletas en las urnas y
no piedras en los escaparates. Resulta inquietante que la izquierda,
incluso la «republicana», no tenga más presente ese principio.
¿Por qué
lo olvida? Porque el anticapitalismo justifica, a su juicio, esa
excepción, porque la «arrogancia» capitalista es la «arrogancia» americana. Pero,
¿acaso no resulta, aun así, curioso que dondequiera que surjan
dificultades económicas —y a fortiori una crisis grave— sea prioritariamente
a América a la que los países «en ascenso» soliciten
la ayuda o la intervención? Así es tanto en Asia
como en África, en América Latina como en Servia o
en Rusia. El 30 de julio de 2001, el Presidente
de la OMC dio una voz de alarma, al quejarse
de que la excesiva lentitud de las negociaciones o la
aplicación de las decisiones relativas al comercio internacional perjudicaba a
los países más pobres. La causa principal de esa lentitud
es —decía— la mala voluntad de los países ricos que
hacían oídos sordos a la hora de reducir sus subvenciones
agrícolas, forma indirecta de proteccionismo. Ese economista, bien situado para
observar los hechos, decía, en una palabra, que el origen
de la pobreza no era la economía de mercado, sino
la insuficiencia de economía de mercado. Esa observación no conmueve
a los izquierdistas antimundialistas. Se burlan de la necesidad de
mejorar la suerte de los subdesarrollados. Lo que les gustaría
es destruir las economías desarrolladas, en la medida en que
el desarrollo se confunde con el capitalismo. A ese respecto,
tienen razón.
La razón que se suele invocar para condenar la
mundialización es la de que supuestamente acentúa las desigualdades y
agrava la pobreza. La razón real del deseo de proscribirla,
o al menos controlarla, cuando escrutamos el pensamiento de sus
adversarios, es la de que en su forma actual se
identifica con el capitalismo y el mercado, que, a su
vez, se identifican en el marco actual con la preponderancia
americana.
Así, pues, para juzgar sobre la verdad o la falsedad
de esas tesis, con frecuencia aceptadas, por lo demás, sin
examen crítico ni siquiera por los partidarios de la economía
de mercado, conviene intentar responder a las tres preguntas siguientes:
—¿Es
un mal en cuanto tal la mundialización mediante el mercado?
—¿Es
un mal sobre todo porque en su versión contemporánea ofrece
un campo de expansión a la superpotencia americana? ¿Se uniformiza
la humanidad de hoy al americanizarse?
—¿Es cierto que a causa
de la mundialización los ricos se vuelven cada vez más
ricos y los pobres cada vez más pobres, a escala
planetaria y dentro de cada uno de los países?
Respecto de
la primera pregunta, conviene precisar, como acabo de hacerlo, que
la izquierda sólo rechaza la mundialización mediante el mercado. De
hecho, más el mercado que la mundialización. El objetivo de
la izquierda es la mundialización sin el mercado. La mundialización
siempre le ha parecido deseable, siempre que fuera ideológica y
política. La Francia revolucionaria se atribuyó la misión de extender
a toda la Humanidad los principios de 1789. En los
siglos xix y xx, el socialismo se definió por esencia,
internacionalista. Fundó la Primera, la Segunda, la Tercera y la
Cuarta Internacionales, cuyo nombre indica su ambición planetaria. Pese a
fases transitorias y de consolidación en las que se propugnaba
el «socialismo en un solo país» por razones técnicas y
coyunturales, los comunistas soviéticos y maoístas siempre han sentido el
deseo de imponer sus modelos respectivos a toda la Humanidad,
en caso necesario mediante la intervención militar o la subversión
armada. No han dejado de recurrir a ellas, cuando podían,
en los cinco continentes. Los opositores antimundialistas, sin tener la
intención ni los medios, por cierto, de realizar acciones belicosas
de esa amplitud, no por ello dejan de ser también
mundiales y antiliberales a la vez.[22] La prensa de izquierda
—por ejemplo, Le Nouvel Observateur—[23], al acoger con agrado el
«éxito de la cumbre antiliberal de Porto Alegre», proclama (es
el título del artículo) el «Nacimiento de una internacional». Concluye
que «otra mundialización gana por la mano a Davos». Así,
pues, para la izquierda el enemigo es sin lugar a
dudas el liberalismo y no la mundialización. Ésta le parece
buena a condición de que sea planificada y dirigida. En
2001, el Primer Ministro socialista, Lionel Jospin, tras haber aplaudido
en Génova —ya lo he dicho— «el surgimiento planetario (el
subrayado es mío) de un movimiento ciudadano», felicita a continuación
a los manifestantes por haber demostrado, según él, que «el
dominio de la mundialización requiere la reafirmación del papel de
los Estados».[24] Así, pues, el conflicto, más que referirse a
la mundialización, opone dos concepciones de ella: una basada en
el mercado libre y la empresa privada; otra, en el
dirigismo y la economía estatizada, una mundialización impuesta y controlada
por los Estados. Si ha habido una «victoria»,[25] de Seattle
a Génova, ha consistido en hacer prevalecer la segunda concepción
sobre la primera.
El inconveniente de la segunda concepción y la
paradoja de los júbilos que suscita hoy su resurgimiento es
que su aplicación en el pasado nunca ha dado otros
resultados que regresiones económicas, la miseria de amplias capas de
la población y el atraso tecnológico, la mayoría de las
veces combinados con tiranías políticas. Esta observación es aplicable tanto
a los socialismos comunistas como al nacionalsocialismo hitleriano, que también
sentía —no lo olvidemos— el deseo de extenderse por la
Tierra entera y, para empezar, por toda Europa. El mundialismo
dirigista siempre ha sido promotor de catástrofes humanas o, de
cualquier modo, en los casos menos malos, de naufragios económicos
muchos más dolorosos para los pueblos que las peores injusticias
capitalistas.
La observación de la realidad histórica pasada y presente nos
enseña que la única mundialización cuyo balance, sin estar desprovisto
de un pasivo, ha resultado en conjunto positivo es la
mundialización capitalista y que, por lo demás, no data de
hoy.
La mundialización existió mucho antes del nacimiento de los Estados
Unidos. Como recuerda un economista e historiador, Régis Bénichi, en
una síntesis luminosa al respecto,[26] la mundialización acompaña toda la
historia del capitalismo. Más antiguamente aún, se observa ya esa
extensión del comercio en el Imperio romano y en la
Edad Media, con sus benéficas consecuencias: las ventajas de reciprocidad,
de complementaridad, que engendra la disminución de los costos. Pero
fue sobre todo después de los grandes descubrimientos, al final
del siglo xv, con el desarrollo del comercio transatlántico, como
se inició la mundialización en el sentido moderno del término.
Bénichi distingue tres oleadas: la expansión del capitalismo mercantil después
de los grandes descubrimientos, después del período en el que
se generalizó la revolución industrial en Europa y en América
del Norte, es decir, desde 1840, aproximadamente, hasta 1914; por
último, la mundialización actual.
Ni que decir tiene que la primera
oleada ascendió durante todo el siglo xvi y se extendió
aún en el xvii. Gracias al tráfico marítimo, además de
los actores de primer plano, como Inglaterra y España, países
pequeños como Portugal u Holanda llegaron a ser grandes potencias
económicas, cabezas de redes planetarias, que se extendieron hasta la
India, el Asia sudoriental, Indonesia, el Pacífico occidental, Australia, Suráfrica.
La Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales fue un prototipo
de los instrumentos nuevos que suscitaban los intercambios universales.[27] El
siglo xviii ilustró más adelante en la práctica y explicó
mediante el análisis teórico las ventajas de la libertad de
comercio.
Durante la que Bénichi llama la segunda oleada de mundialización,
entre 1840 y 1914, el volumen del comercio mundial se
multiplicó por siete. Se habla mucho hoy de «América—mundo». La
expresión «Europa—mundo» es la que conviene a las dos primeras
mundializaciones, pues entonces Europa extendió por todos los continentes sus
capitales, sus técnicas, sus idiomas, sus hombres. Sobre todo sirvió
de motor central para una circulación planetaria de mercancías, tecnología,
ciencias, técnicas e ideas. En cambio, a partir de 1919,
después de la catástrofe de la Gran Guerra y pese
al restablecimiento de la paz, la Europa arruinada retrocedió, se
replegó sobre sí misma. Se había acabado su supremacía. Además,
se fragmentó: los países europeos se cerraron unos a los
otros. Al otro lado del Atlántico, los Estados Unidos, Argentina,
Brasil, tierras inmensas tradicionalmente abiertas a los inmigrantes y a
los productos extranjeros, se atrincheraron, a su vez. El comercio
internacional se desplomó, los capitales dejaron de poder circular, se
instituyó el control de cambios, se quiso fijar por decreto
el valor de las monedas. Así, pues, en todo el
planeta la vida económica se estancó y empezó a parecerse,
en una palabra, a lo que los adversarios actuales de
la mundialización desean para la Humanidad. El resultado no tardó
en llegar: la crisis de 1929, que duró diez años,
decenas de millones de desempleados, el ascenso de regímenes dictatoriales
o totalitarios en algunos países, por doquier la caída precipitada
del nivel de vida. (Francia, por ejemplo, no recuperó hasta
el comienzo del decenio de 1950 su renta media por
habitante de 1914.) Y, para coronar aquella brillante serie de
éxitos, sobrevino la segunda guerra mundial, de la que Europa
saldría no sólo material y económicamente destruida, sino también definitivamente
excluida, aquella vez, del rango de las «grandes potencias».
Así, pues,
mal que pese a los manifestantes «ciudadanos» de Génova o
Davos, es comprensible que en 1945 la «comunidad internacional», como
se la llamaría más adelante, tuviese en cuenta por una
vez las enseñanzas que se desprendían de sus errores y
tuviera el acierto de dar la espalda a la antimundialización
del cuarto de siglo anterior. Ya en 1941, en plena
guerra, los Estados Unidos habían inscrito la liberalización del comercio
mundial en la Carta del Atlántico, firmada el 14 de
agosto de 1941 por Churchill y Roosevelt. En 1944, Morgenthau,
Secretario de Estado del Tesoro (ministro de Hacienda) de Roosevelt,
enunciaba así la doctrina que iba de servir de guía
al futuro: «Hay que abstenerse de recurrir a los procedimientos
perniciosos del pasado: la carrera de las devaluaciones, la erección
de obstáculos aduaneros, el control de cambios, mediante los cuales
los gobiernos intentaron en vano contener la actividad económica dentro
de sus fronteras. Se trata de procedimientos que promovieron la
depresión económica y la guerra».
Así comenzaba la «tercera ola» de
mundialización, que después del fin de la guerra no ha
cesado de extenderse y en la que ahora nos encontramos.
Notas
[16]
Le Point, 27 de julio de 2001, artículo de D.
Dunglas, corresponsal de Le Point en Italia.
[17] International Herald Tribune,
18 de julio de 2001, despacho de Reuters
[18] International Herald
Tribune, 23 de julio de 2001.
[19] Ibídem, 18 de julio
de 2001.
[20] Le Fígaro, 10 de julio de 2001.
[21] 24
de julio de 2001.
[22] «Les racines de la contestation mondiale»
[Las raíces de la impugnación mundial], L´Express, 26 de julio
de 2001.
[23] 1 de febrero de 2001.
[24] Le Figaro, 24
de julio de 2001.
[25] La palabra es de Jean Daniel:
«Génes, le sens d´une victoire» [Génova, el sentido de una
victoria], Le Nouvel Observateur, 26 de julio de 2001.
[26] Régis
Bénichi, «la mondialisation aussi a une histoire» (La mundialización también
tiene una historial, revista L´ Histoire, n° 254, mayo de
2001.
[27] Sobre la potencia económica holandesa en el siglo xvii,
se debe consultar, evidentemente, la magistral obra de Simon Schama,
The Embarrassment of Riches, Knopf, Nueva York, 1987. (Trad. fr.
L´Embarras de richesses, Gallimard, 1991.) |
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