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La Corrupción | tema
Autor: Mario Ramos-Reyes – PhD, Asociación de Empresarios Cristianos de Paraguay, ADEC | Fuente: Adec.org.py
La corrupción como institución
Mario Ramos-Reyes – PhD, de la Asociación de Empresarios Cristianos de Paraguay, ADEC reflexiona sobre la corrupción como un freno al desarrollo de los países.
 
La corrupción como institución
La corrupción como institución
Nuevamente la esperada mala nueva; nuestro país sigue gozando la no envidiable posición de ser el más corrupto de la región a excepción de Haití, aunque seguido de cerca por Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina en la tabla de posiciones, lo que no entraña mucho consuelo. Es que mundialmente, de los 155 países encuestados, salimos en el puesto 144, no precisamente un lugar que signifique un atractivo para inversiones o que posibilite un proyecto serio de desarrollo.

Debe notarse, sin embargo, que la clasificación está fundada en percepciones. Y toda percepción está basada en la experiencia, directa o indirecta, de los individuos-encuestados, que con los sentidos y la inteligencia, se han topado con una realidad que ha generado un juicio valorativo a la misma. Dicha percepción o la suma de tales, recoge así, la realidad de lo corrupto, lo deshonesto, lo desleal, como modo de relacionarse desde o hacia lo público.

Lo de corrupción así, no es una afirmación gratuita, arbitraria, interesada. No obstante, una pregunta deviene obligada; ¿cómo debe ser esa realidad para que se llame corrupta?

Fijémonos brevemente en algunos “requisitos” para que la corrupción sea tal. En primer lugar el alto grado de impunidad y el manejo discrecional de la cosa pública; en segundo, la carencia de reglas claras de competencia en licitaciones, con la inveterada pobreza de información por parte del gobierno, que genera una cultura de la sospecha y el engaño; finalmente, el uso de los recursos públicos con fines estrictamente privados, particulares.

Una reacción inmediata a tamaño juicio moral podría ser la de un rechazo politizado “anti-imperialista”; es decir, el argüir con aquello de: ¿quiénes son esos de Transparencia Internacional para clasificar a la gente de corruptos o no? Todos somos corruptos después de todo. O se podría apelar, en la misma tónica, al “traslado” de la responsabilidad: es que son los países hegemónicos los que fomentan la corrupción con su codicia, deseos de inversiones a cualquier precio.

Además, en sus países la deshonestidad es tanta como en nuestro país.

¿Que reflexión merecen dichos juicios y contra-juicios? En primer lugar, que la clasificación de Transparencia no es una cuestión arbitraria sino, como vimos, una realidad percibida por afectados de la misma. Ciertamente, los individuos de países desarrollados pueden ser tan afectos a la corrupción como los no-desarrollados, pero la diferencia sustancial radica en el funcionamiento de las instituciones; se puede ser corrupto tanto en Estados Unidos o Gran Bretaña, qué duda cabe –la naturaleza humana no da “saltos” de pureza geográficos- pero se debe ser consciente que la misma conlleva consecuencias, y las mismas son no solo las jurídicas sino que conllevan la “muerte” moral del ciudadano. En países donde funcionan las instituciones, nadie está por encima de la ley.

El caso paraguayo es precisamente lo contrario; la corrupción está y aún más, es institucionalizada: su ser es precisamente tal: un sistema de prebendas y entramado de intereses particulares al uso de la cosa pública. La corrupción es protegida, solventada, estimulada por el estado. Es un sistema que perpetúa la posibilidad de que los actos individuales de corrupción sean posibles y queden impunes. Por lo tanto no es que existan actos de corrupción de individuos inmorales solamente, ni de muchos de ellos, sino que el sistema en sí impide - por la red de tráfico deshonesto- el ejercicio de justicia. Es más, es la justicia misma la percibida como deshonesta, sujeta –como el caso del fiscal del Estado– a intereses particulares, ajenos al mérito, que es la base de toda República.

Una salvedad debe hacerse, no obstante: la corrupción denunciada por Transparencia Internacional es sólo un aspecto de la realidad.

Existe la otra dimensión; la cultural que, formada o influenciada por lo institucional, no goza igualmente de buena salud; una dimensión que entraña la responsabilidad personal, la capacidad de iniciativa, la diligencia y el orden, el trabajo sostenido, la veracidad en el tratamiento diario. ¿Hasta qué punto hemos realmente incorporado esas cualidades o virtudes para generar una cultura laboriosa y honesta? Es que también la actitud de lo privado se trasladó a lo institucional y se solidifica por la falta de controles jurídicos.
 
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