La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Mario Ramos-Reyes – PhD, Asociación de Empresarios Cristianos de Paraguay, ADEC | Fuente: Adec.org.py La corrupción como institución
Mario Ramos-Reyes – PhD, de la Asociación de Empresarios Cristianos de Paraguay, ADEC reflexiona sobre la corrupción como un freno al desarrollo de los países.
La corrupción como institución
Nuevamente la esperada mala nueva; nuestro país sigue gozando la
no envidiable posición de ser el más corrupto de la
región a excepción de Haití, aunque seguido de cerca por
Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina en la tabla de posiciones,
lo que no entraña mucho consuelo. Es que mundialmente, de
los 155 países encuestados, salimos en el puesto 144, no
precisamente un lugar que signifique un atractivo para inversiones o
que posibilite un proyecto serio de desarrollo.
Debe notarse, sin embargo,
que la clasificación está fundada en percepciones. Y toda percepción
está basada en la experiencia, directa o indirecta, de los
individuos-encuestados, que con los sentidos y la inteligencia, se han
topado con una realidad que ha generado un juicio valorativo
a la misma. Dicha percepción o la suma de tales,
recoge así, la realidad de lo corrupto, lo deshonesto, lo
desleal, como modo de relacionarse desde o hacia lo público.
Lo
de corrupción así, no es una afirmación gratuita, arbitraria, interesada.
No obstante, una pregunta deviene obligada; ¿cómo debe ser esa
realidad para que se llame corrupta?
Fijémonos brevemente en algunos “requisitos”
para que la corrupción sea tal. En primer lugar el
alto grado de impunidad y el manejo discrecional de la
cosa pública; en segundo, la carencia de reglas claras de
competencia en licitaciones, con la inveterada pobreza de información por
parte del gobierno, que genera una cultura de la sospecha
y el engaño; finalmente, el uso de los recursos públicos
con fines estrictamente privados, particulares.
Una reacción inmediata a tamaño juicio
moral podría ser la de un rechazo politizado “anti-imperialista”; es
decir, el argüir con aquello de: ¿quiénes son esos de
Transparencia Internacional para clasificar a la gente de corruptos o
no? Todos somos corruptos después de todo. O se podría
apelar, en la misma tónica, al “traslado” de la responsabilidad:
es que son los países hegemónicos los que fomentan la
corrupción con su codicia, deseos de inversiones a cualquier precio.
Además,
en sus países la deshonestidad es tanta como en nuestro
país.
¿Que reflexión merecen dichos juicios y contra-juicios? En primer lugar,
que la clasificación de Transparencia no es una cuestión arbitraria
sino, como vimos, una realidad percibida por afectados de la
misma. Ciertamente, los individuos de países desarrollados pueden ser tan
afectos a la corrupción como los no-desarrollados, pero la diferencia
sustancial radica en el funcionamiento de las instituciones; se puede
ser corrupto tanto en Estados Unidos o Gran Bretaña, qué
duda cabe –la naturaleza humana no da “saltos” de pureza
geográficos- pero se debe ser consciente que la misma conlleva
consecuencias, y las mismas son no solo las jurídicas sino
que conllevan la “muerte” moral del ciudadano. En países donde
funcionan las instituciones, nadie está por encima de la ley.
El
caso paraguayo es precisamente lo contrario; la corrupción está y
aún más, es institucionalizada: su ser es precisamente tal: un
sistema de prebendas y entramado de intereses particulares al uso
de la cosa pública. La corrupción es protegida, solventada, estimulada
por el estado. Es un sistema que perpetúa la posibilidad
de que los actos individuales de corrupción sean posibles y
queden impunes. Por lo tanto no es que existan actos
de corrupción de individuos inmorales solamente, ni de muchos de
ellos, sino que el sistema en sí impide - por
la red de tráfico deshonesto- el ejercicio de justicia. Es
más, es la justicia misma la percibida como deshonesta, sujeta
–como el caso del fiscal del Estado– a intereses particulares,
ajenos al mérito, que es la base de toda República.
Una
salvedad debe hacerse, no obstante: la corrupción denunciada por Transparencia
Internacional es sólo un aspecto de la realidad.
Existe la otra
dimensión; la cultural que, formada o influenciada por lo institucional,
no goza igualmente de buena salud; una dimensión que entraña
la responsabilidad personal, la capacidad de iniciativa, la diligencia y
el orden, el trabajo sostenido, la veracidad en el tratamiento
diario. ¿Hasta qué punto hemos realmente incorporado esas cualidades o
virtudes para generar una cultura laboriosa y honesta? Es que
también la actitud de lo privado se trasladó a lo
institucional y se solidifica por la falta de controles jurídicos.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR