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Autor: Michel Schooyans | Fuente: www.arbil.org Desarrollo y libertad
Amartya Sen, premio Nobel de Economía en 1998, elaboró una obra que arroja nueva luz sobre la pobreza en general y las hambrunas en particular. Siguiendo caminos algo diferentes a los que tomaron Borlaug, Becker y Simon, el célebre economista de Cambridge
Desarrollo y libertad
Amartya Sen, premio Nobel de Economía en 1998, elaboró
una obra que arroja nueva luz sobre la pobreza en
general y las hambrunas en particular. Siguiendo caminos algo diferentes
a los que tomaron Borlaug, Becker y Simon, el célebre
economista de Cambridge mostró que la pobreza no tiene nada
de fatal.
Es el hombre el principal responsable de ello,
no la naturaleza, y precisa: la pobreza debe medirse tomando
en cuenta no sólo el ingreso sino también la escolaridad,
la facilidad para acceder a la atención médica, a reformas
agrarias y fiscales, etc. La pobreza es la consecuencia de
malas gestiones económicas, es decir de malas decisiones tomadas por
hombres: es la cara de un fracaso.
Ahora bien, para
corregir esos errores y poner fin a esos fracasos, se
necesita antes que nada un ambiente político favorable. Para empezar,
es preciso que todos tengan derecho a la libertad de
expresión; hay que poder criticar las malas medidas económicas ya
que, ahí donde todos son instruidos y tienen derecho a
la palabra crítica, los dirigentes que cometan errores y no
los corrijan, serán reprobados en las siguientes elecciones. Poniendo vigorosamente
de relieve el papel del hombre, Amartya Sen muestra cuán
estrecha es la relación entre la economía y la política;
subraya en particular que las hambrunas se deben al hecho
que quienes las padecen no tienen derechos; en particular no
pueden expresarse para criticar el establishment.
La lectura que Amartya
Sen hace de la hambruna puede ser extendida al conjunto
de los parámetros que caracterizan a la pobreza y al
desarrollo: ingreso, sí, pero también salud, escuela, esperanza de vida,
etc. Será imposible luchar contra la pobreza, será imposible procurar
desarrollo si no se reconocen los derechos de todos los
hombres involucrados. Dicho de otro modo, no hay desarrollo sin
democracia política, como no hay democracia "´sin libertad para censurar".
Si es así, queda confirmado que la tendencia al dogmatismo
ideológico, que se constata a veces en la ONU, no
puede tolerar el derecho que tienen los pobres a la
palabra. Privados de palabra, privados de escuela, privados de salud
- en una palabra - privados de libertad, los pobres
no tienen su lugar en el gran banquete de la
naturaleza. "La tentación de imponer un control obligatorio de los
nacimientos, escribe Amartya Sen, aparece en el momento en que
un gobierno tiene prioridades diferentes a las familias mismas" (15).
Según ciertos textos de la ONU y de sus agencias,
la prioridad es hacer que los pobres se traguen la
poción ideológica, que la subscriban, en ningún caso que la
discutan.
Si no fuese detenida, esta derivación, que no puede
valerse de la Carta de San Francisco (1945) y que
es francamente contraria a la Declaración de los Derechos Humanos
(1948), desembocaría en un desastre económico y político del cual
el "modelo chino" es sólo una lúgubre prefiguración.
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