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| Las medidas económicas restrictivas impuestas desde fuera pesan negativamente sobre Cuba |
LA HABANA, jueves 29 marzo 2012 (ZENIT.org).- ***** Señor presidente, Señores cardenales
y queridos hermanos en el Episcopado, Excelentísimas autoridades, Señoras y señores, Amigos todos: Doy
gracias a Dios, que me ha permitido visitar esta hermosa
Isla, que tan profunda huella dejó en el corazón de
mi amado predecesor, el beato Juan Pablo II, cuando estuvo
en estas tierras como mensajero de la verdad y la
esperanza. También yo he deseado ardientemente venir entre ustedes como
peregrino de la caridad, para agradecer a la Virgen María
la presencia de su venerada imagen en el Santuario del
Cobre, desde donde acompaña el camino de la Iglesia en
esta nación e infunde ánimo a todos los cubanos para
que, de la mano de Cristo, descubran el genuino sentido
de los afanes y anhelos que anidan en el corazón
humano y alcancen la fuerza necesaria para construir una sociedad
solidaria, en la que nadie se sienta excluido. «Cristo, resucitado
de entre los muertos, brilla en el mundo, y lo
hace de la forma más clara, precisamente allí donde según
el juicio humano todo parece sombrío y sin esperanza. Él
ha vencido a la muerte –Él vive– y la fe
en Él penetra como una pequeña luz todo lo que
es oscuridad y amenaza» (Vigilia de oración con los jóvenes.
Feria de Friburgo de Brisgovia, 24 septiembre 2011).
Agradezco al señor
presidente y a las demás autoridades del país el interés
y la generosa colaboración dispensada para el buen desarrollo de
este viaje. Vaya también mi viva gratitud a los miembros
de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, que no
han escatimado esfuerzos ni sacrificios para este mismo fin, y
a cuantos han contribuido a él de diversas maneras, en
particular con la plegaria.
Me llevo en lo más profundo de
mi ser a todos y cada uno de los cubanos,
que me han rodeado con su oración y afecto, brindándome
una cordial hospitalidad y haciéndome partícipe de sus más hondas
y justas aspiraciones.
Vine aquí como testigo de Jesucristo, convencido de
que, donde él llega, el desaliento deja paso a la
esperanza, la bondad despeja incertidumbres y una fuerza vigorosa abre
el horizonte a inusitadas y beneficiosas perspectivas. En su nombre,
y como sucesor del apóstol Pedro, he querido recordar su
mensaje de salvación, que fortalezca el entusiasmo y solicitud de
los obispos cubanos, así como de sus presbíteros, de los
religiosos y de quienes se preparan con ilusión al ministerio
sacerdotal y la vida consagrada. Que sirva también de nuevo
impulso a cuantos cooperan con constancia y abnegación en la
tarea de la evangelización, especialmente a los fieles laicos, para
que, intensificando su entrega a Dios en medio de sus
hogares y trabajos, no se cansen de ofrecer responsablemente su
aportación al bien y al progreso integral de la patria.
El
camino que Cristo propone a la humanidad, y a cada
persona y pueblo en particular, en nada la coarta, antes
bien es el factor primero y principal para su auténtico
desarrollo. Que la luz del Señor, que ha brillado con
fulgor en estos días, no se apague en quienes la
han acogido y ayude a todos a estrechar la concordia
y a hacer fructificar lo mejor del alma cubana, sus
valores más nobles, sobre los que es posible cimentar una
sociedad de amplios horizontes, renovada y reconciliada. Que nadie se
vea impedido de sumarse a esta apasionante tarea por la
limitación de sus libertades fundamentales, ni eximido de ella por
desidia o carencia de recursos materiales. Situación que se ve
agravada cuando medidas económicas restrictivas impuestas desde fuera del país
pesan negativamente sobre la población.
Concluyo aquí mi peregrinación, pero continuaré
rezando fervientemente para que ustedes sigan adelante y Cuba sea
la casa de todos y para todos los cubanos, donde
convivan la justicia y la libertad, en un clima de
serena fraternidad. El respeto y cultivo de la libertad que
late en el corazón de todo hombre es imprescindible para
responder adecuadamente a las exigencias fundamentales de su dignidad, y
construir así una sociedad en la que cada uno se
sienta protagonista indispensable del futuro de su vida, su familia
y su patria.
La hora presente reclama de forma apremiante que
en la convivencia humana, nacional e internacional, se destierren posiciones
inamovibles y los puntos de vista unilaterales que tienden a
hacer más arduo el entendimiento e ineficaz el esfuerzo de
colaboración. Las eventuales discrepancias y dificultades se han de solucionar
buscando incansablemente lo que une a todos, con diálogo paciente
y sincero, comprensión recíproca y una leal voluntad de escucha
que acepte metas portadoras de nuevas esperanzas.
Cuba, reaviva en ti
la fe de tus mayores, saca de ella la fuerza
para edificar un porvenir mejor, confía en las promesas del
Señor, abre tu corazón a su evangelio para renovar auténticamente
la vida personal y social.
A la vez que les digo
mi emocionado adiós, pido a Nuestra Señora de la Caridad
del Cobre que proteja con su manto a todos los
cubanos, los sostenga en medio de las pruebas y les
obtenga del Omnipotente la gracia que más anhelan.
¡Hasta siempre, Cuba,
tierra embellecida por la presencia materna de María! Que Dios
bendiga tus destinos. |
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