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Autor: Andreas Boehmler | Fuente: www.arbil.org Dinero y desvinculación
La libertad es una forma vacía en sí misma que únicamente puede ser eficaz, viva y valiosa con una intensificación de los otros contenidos vitales"159. En la limitación o determinación esencial tenemos una directiva de qué es lo que, de positivo, se pude
Dinero y desvinculación
La libertad negativa destaca la esencia de la libertad
positiva; el absoluto "dinero" como siervo de ambos extremos Es
evidente que Simmel, una vez asentada su teoría cultural general,
ya no tiene que decir nada radicalmente nuevo sino que
intenta enfocar la "eficiencia del dinero" en cada capítulo bajo
un ángulo distinto.
Vimos anteriormente que bajo la aparencia de
una "esperanza" en un "individualismo cualitativo" se intuye una profunda
desesperación aun cuando quizá por él no admitida puesto que
mantiene férreamente su postulado sociológico: la neutralidad valorativa158. El fruto
de sus análisis monetarios, de todos modos, es una mejor
comprensión del enorme potencial de desgarramiento y de descomposición de
lo más íntimo de la vida humana por la dinámica
cultural simbolizada en el dinero.
Si en el capítulo sobre
la libertad individual se destacó el aspecto de la objetivación
de las obligaciones como esencial para la «libertad individual» ahora
se apunta directamente a la "falta de raíces de la
personalidad" por un fenómeno paralelo pero inverso: la objetivación de
los derechos. No sólo se entrega pura objetividad (dinero) sino
tampoco se recibe otra cosa que objetividad. Aquí se sufre
una pérdida cualitativa, se nota desfavorablemente la diferencia valorativa entre
prestación personal y lo que ha llegado a contar como
su equivalente: el dinero.
Destaca, por lo tanto, la ambivalencia
del dinero: el dinero es forma; el proceso cultural es
una silenciosa evolución ascendente de formas sociales que por su
propia naturaleza formal se prestan a concretizaciones cualesquiera. Así que,
"según su punto de arranque y su contenido, la prestación
del dinero se nos aparece como representante de la libertad
o de la opresión absolutas".
También subraya la íntima relación
entre economía monetaria, despotismo político y libertinaje moral afirmando que
"el despotismo político de todas las épocas... ha encontrado siempre
su complemento en la generalización de un libertinismo privado vicioso.
La reclamación de prestaciones en dinero une estos dos puntos
de vista del modo más adecuado: la libertad que aquélla
permite en el aspecto privado no oculta en absoluto la
desposesión en el aspecto político que tan a menudo la
acompaña".
Esta ambivalencia, sin embargo, nos abre igualmente el horizonte
hacia la comprensión positiva de lo que es la libertad.
Cuando, en el dinero, tanto nuestros derechos como nuestras obligaciones
hacia los demás son abstractas, entonces, frente a la negatividad
de ambos, vuelve a dibujarse el sentido positivo de la
libertad constituida por unos derechos y obligaciones concretos: "lo impagable,
lo que da su valor a la libertad: el objeto
fiel de su actividad personal. Donde es eficaz el sentido
puramente negativo de la libertad, aparece como una imperfección y
una degradación.
La libertad es una forma vacía en sí
misma que únicamente puede ser eficaz, viva y valiosa con
una intensificación de los otros contenidos vitales"159. En la limitación
o determinación esencial tenemos una directiva de qué es lo
que, de positivo, se pude hacer con la libertad. La
pura libertad le resulta algo completamente vacío e insoportable.
El
dinero, es el máximo simbolo de aquella «libertad negativa». Los
hombres modernos "han entregado la parte positiva de su Yo
a cambio de dinero que, a su vez, no les
proporciona nada similar. Debido a que la libertad que da
el dinero es, solamente, una libertad potencial, formal y negativa,
su intercambio por contenidos vitales positivos160 implica la venta de
los valores de la personalidad". Lo trágico, sin embargo, que
el carácter eminentemente móvil de la sociedad capitalista predispone a
que los procesos de liberación encuentren su término psicológico en
la posesión del dinero, "se mantienen en la situación de
falta de raíces, sin echar otras nuevas. En un tráfico
monetario muy acelerado, aquellas propiedades ya no se pueden considerar
bajo la categoría de los contenidos vitales definitivos, con lo
que tampoco se produce, en principio, la vinculación, imbricación y
entrega que imponen a la personalidad límites inequivocadamente determinados, pero
que también le dan sentido y contenido".
Estudiando a Simmel,
en tanto que intérprete sociológico de Nietzsche, no debería haber
sido difícil hacer de profeta de rasgos característicos de la
"cultura posmoderna". Én este sentido sería el crítico posmoderno avant-lalettre,
en la medida anticipa el nihilismo de la posmodernidad, que
es dogmatismo arbitrario, o sea, diabólico. El hombre posmoderno es
el que cae en la cuenta de la tristeza de
su libertad. Es triste porque desconoce la constitución teoteleológica de
su libertad, que es y se siente como un bien
en la medida en que es determinación activa hacia el
bien último: Dios mismo.
Diríamos que de un unilateralismo (el
de la minusvaloración o instrumentalización de la cosas) se cae
en el opuesto (el de la ciega sobrevaloración o equivoca
teleologización de las cosas mismas). Mientras que al hombre "moderno"
se le escapa el sentido por quedarse enredado en lo
cuantitativo-medial, al hombre "posmoderno" le caracteriza la busqueda "frenética" de
calidad y sentido; esto, o en un sentido "particularista" o
"totalitarista". El primero intenta encontrar un sentido por medio de
la profundización en la cosa ("individualismo cualitativo"); el segundo por
medio "de la creación de una conexión, o a través
de la liberación de su atomización". A esto se refiere
también Daniel Bell cuando describe la "vuelta" a la religiosidad
por parte del hombre posmoderno, sin pretensiones de investigar explícitamente,
sin embargo, el que se está corriendo el peligro de
caer de una idolatría en otra: La primera es la
concepción pseudoreligiosa, idólatra del hombre; la segunda es una concepción
religiosa-panteista, igualmente idólatra, que minusvalora al ser humano divinizando la
"naturaleza". Aquí tenemos uno de los frutos de las "contradicciones
culturales del capitalismo". Al conspicuo Simmel acaso le falta la
perspicacia para advertir que detrás de la novedad de la
actitud posmoderna se esconde la "serpiente antigua", porque es patente
la continuidad entre ambas cosmovisiones, la moderna y la posmoderna,
a pesar de su aparente cambio de rumbo: del mecanicismo
al vitalismo.
Las limitaciones del contractualismo: Si bien, mas allá
de los aciertos analíticos, no perdemos de vista las limitaciones
inherentes a los análisis simmelianos, un gran acierto indudablemente es
que se haya dado cuenta de que no es viable
de ninguna manera el proyecto moderno que consiste en reducir
"valor" a "precio", es decir, de poner ambos como equivalentes:
"La economía monetaria trata de confundirnos en un asunto fundamental:
que su valor en dinero no puede sustituir de modo
absoluto en las cosas lo que con ellas mismas poseemos,
es decir, que las cosas tienen facetas que no se
pueden expresar en dinero". Las relaciones humanas no se dejan
reducir a contractuales: "Siempre se da una relación de deber
de la totalidad de las personalidades que quizá sea recíproca,
pero que, en principio, también esquiva la compensación a través
de la reciprocidad".
Una vez más Simmel se encierra en
su dialéctica afirmando que la misma incompatibilidad última entre valor
y precio, entre persona y cosa, entre tener y ser,
que se traduce en "un relajamiento y una pérdida de
sustancia de la vida individual", contribuye, por el contrario, al
enaltecimiento de lo individual. Se acepta, como transcripción dialéctica del
«todo-para-bien» cristiano, la «negatividad» con vistas a su +superación». El
reduccionismo de valor a precio "puede ser, por un lado,
causa de infinitas injusticias y situaciones trágicas, pero, por otro,
con él surge la conciencia de lo personal, el orgullo
del contenido individual de la vida, que se sabe incomparable
con cualquier valor meramente cuantitativo". La despersonalización destaca, por lo
tanto, el valor de lo íntimamente personal, aun cuando en
Simmel ello tenga un carácter enigmático-formal, como señalamos también anteriormente.
Evidentemente, el dinero presta sus servicios a ambos opuestos, "aparece,
al mismo tiempo, como lo absoluto que circunscribe e implica
a todo lo relativo con sus contradicciones", puesto que le
falta el «caracter» para resistirse. Su poder es su falta
de caracter.
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