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Economía Ética y Doctrina Social de la Iglesia | categoría
La Doctrina Social y la Economía | tema
Autor: HUMBERTO AGNELLI | Fuente: Publicado con autorización de www.usem.org.mx
Modernidad, ¿para qué?
En el debate de estos últimos años encontramos una fuerte renovada atención respecto a la relación entre ética y economía, entre ética y utilidades. Es un hecho que vemos en América, en Europa, en Italia y que estimamos muy positivo. Es también una confir
 
Modernidad, ¿para qué?
Modernidad, ¿para qué?


El desarrollo es un proceso en que la solidaridad civil se une al rigor económico


En el debate de estos últimos años encontramos una fuerte renovada atención respecto a la relación entre ética y economía, entre ética y utilidades. Es un hecho que vemos en América, en Europa, en Italia y que estimamos muy positivo. Es también una confirmación de cuanto siempre hemos sostenido cuantos invocamos los valores del cristianismo: la indisolubilidad entre moral y comportamiento económico. Admitido este hecho, decimos que existen dos peligros: que la "business ethics" venga a concebirse como un tema de moda, al igual que tantas otras modas que ha producido la literatura sobre administración en las últimas décadas y que han tenido una vida más o menos efímera. O también, y éste es el segundo riesgo, que todo venga a terminar en una nueva retórica: en discursos, palabras, entrevistas que se convierten en fines en sí mismos y poco impactan el modo concreto de actuar.

Cómo madura el desarrollo civil
Hoy existe, sin duda, una necesidad de recuperar los valores morales: una necesidad tanto más viva por cuanto es más compleja la sociedad en que vivimos. Vivimos en una sociedad de grandes números.

En los países de democracia liberal tenemos la fortuna de poder canalizar esta complejidad en las estructuras de una sociedad pluralista. Pero esto no impide que el pluralismo venga a ser con frecuencia, fragmentación. No existe ya un guía "fuerte" como en otros tiempos podían serlo el Estado o la Iglesia.

Al mismo tiempo, vivimos en oleadas de continuos cambios: la misma innovación tecnológica ofrece inmensas oportunidades, pero abre riesgos nuevos y nuevas dificultades, sobre todo para los grupos sociales menos preparados. En este contexto, el redescubrimiento de algunos grandes valores que se compartan viene a ser esencial para fundamentar la evolución de nuestras sociedades llamadas de avanzada. Y es la única base sobre la que se pueden movilizar las inteligencias, las conciencias y el potencial de recursos ocultos de los ciudadanos.

Pero el llamamiento a los valores para movilizar las fuerzas vivas de la sociedad no debe ser abstracto: pues vendría a ser pura ideología. Y los daños causados por las ideologías que quieren salvar al mundo en nombre del bien común llenan la historia y también los cementerios. Los valores deben traducirse en respuestas racionales, que persigan el bien común, con la advertencia de que es la experiencia del científico y no la presunción del ideólogo la que madura el desarrollo civil.

Cómo se concreta la ética de los negocios
Para concretar y generar progreso económico civil, la ética de los negocios debe traducirse: (a) en comportamientos de empresa; (b) en una nueva sensibilidad hacia los grandes problemas de la sociedad con sus complejidades, como el ambiente, la habitabilidad, la movilidad en las áreas urbanas, la reconsideración del "welfare state" para que la solidaridad deje de ser sinónimo de burocracia; (c) y en propósitos y proyectos respecto a las instituciones.
Trataré conjuntamente los dos primeros puntos, porque los comportamientos "morales” de la empresa exigen sensibilidad a los problemas que se presenten.

Capacidad emprendedora significa -desde siempre- saber responder oportunamente a las nuevas demandas que se expresan por el mercado y por su cultura de una sociedad. Y de este modo es como se crean utilidades.

Una empresa moderna, atenta a las exigencias de la población, debe responder positivamente a la demanda ambiental para beneficios del interés general y por ventaja de sí misma.

Hoy, por ejemplo, nuestras sociedades expresan una demanda de calidad de la vida y del ambiente. Una empresa moderna, atenta a las exigencias de la población, debe responder positivamente a la demanda ambiental para beneficio del interés general y para ventaja de si misma. La respuesta a la demanda ambiental es pues, una respuesta económica y moral al mismo tiempo. Las utilidades que de ella se derivan vienen a ser un "indicador" de eficacia y de eficiencia empresarial en relación a un objetivo preciso: una mejor respuesta a la demanda de un ambiente más limpio. Un "caso" real que se refiere a la industria automotriz puede explicar concretamente cuanto se ha dicho. Desde siempre la demanda social respecto al automóvil es una demanda de movilidad y de autonomía en el ir de un lugar a otro.

En los últimos quince años se ha añadido una segunda demanda social: mayor seguridad y confiabilidad "total" en el vehículo. Hoy, además, se manifiesta la demanda de menor contaminación. La capacidad empresarial de un constructor de autos está en recoger esta demanda y transformarla en una oportunidad económica. No por casualidad Alemania, que es el país en que las exigencias ambientales se manifestaron primero y con más presión, es también la nación europea en donde los constructores de autos han sido los más rápidos en instalar tecnologías anticontaminantes, mucho antes de que la ley lo mandase. De este modo las compañías alemanas no sólo manifestaron su responsabilidad social sino que adquirieron una cierta ventaja competitiva, por lo menos en los últimos dos o tres años.

Por otra parte, el caso del automóvil también es ejemplar desde otro punto de vista: de cómo la demanda social de un mejor ambiente puede transformarse en una actitud ideológica. El automóvil sería el culpable, "por definición´´, de la contaminación ambiental de la ciudad, así como los gases de descarga serían los culpables de las lluvias ácidas.
Todo esto es puro ecologismo ideológico, porque los estudios concuerdan en evaluar la contaminación por gas de descarga en no más allá del 15% del total contaminante urbano. Por su parte las lluvias ácidas continúan siendo un fenómeno cuyas causas están todavía en gran parte por descubrirse. A tal grado es esto verdad que, por ejemplo, casi no se detectan lluvias ácidas en Italia, en donde la modernización se ha desarrollado y en cambio se precipitan en China, donde son muy pocos los automóviles.

Economía e instituciones: equilibrio conveniente
Después de haberme referido a la capacidad emprendedora que se manifiesta en la respuesta a las exigencias de nuestra sociedad, anticipándose a su aparición cuanto es posible, me refiero al segundo aspecto: las reglamentaciones jurídicas e institucionales que, como empresarios, debemos estar dispuestos no sólo a aceptar, sino a contribuir a establecer, para que las utilidades sean provechosas para quien las produce y para la sociedad en que se encuentra.

Si nosotros, que actuamos en el campo económico estamos conscientes de actuar con responsabilidad moral, tenemos el derecho de pedir un marco adecuado de normas y de instituciones y tenemos el deber de contribuir a crearlo.

La relación de los valores morales de bien común con la actividad de la empresa orientada a las utilidades, se evaluó por medio de las instituciones. Se evalúa mediante el reconocimiento de la libertad económica y del sistema de normas que orienten el resultado de la actividad económica en función del desarrollo: desarrollo social, desarrollo de la empresa y modernidad de la sociedad en su conjunto.

Atender a las instituciones debe ser un hábito mental de los agentes económicos.

Las utilidades son un resultado que brota allá donde el proceso productivo se desarrolla con eficiencia y con eficacia.

Debemos reflexionar sobre la relación entre economía e instituciones: la primera está cambiando profundamente por efecto de la globalización de los negocios y por la concientización del sistema económico. Pero también las segundas -las instituciones- aun cuando menos afectadas por el impacto del mercado único europeo, no podrán evitar el cambio; y con ellas, no podrá dejar de evolucionar la legislación económica.

Deberemos buscar un nuevo equilibrio entre economía e instituciones, que sea congruente con el proceso de integración europea y de competencia a nivel global; para hacer frente a los problemas como el de “anti trust” al de la fiscalidad sobre los rendimientos de capital y la contaminación de la actividad económica. No se puede alcanzar la integración de otros continentes con Europa teniendo instituciones y legislaciones muy distintas de las de los demás no sólo por obtener la armonización (que siempre es una meta deseable) sino porque el mismo reconocimiento de las legislaciones originales es lo que presiona para reducir las diferencias jurídicas e institucionales de cada uno de los sistemas nacionales. Para no ser castigados por nuestras mismas leyes e instituciones, debemos nosotros mismos contribuir a la determinación de las reglas nacionales que se acerquen más a las más avanzadas de Europa. En síntesis, la relación entre empresas e instituciones debe hacerse mediante la armonía de los valores de eficiencia y eficacia y los valores del interés general.

Eficacia y eficiencia son valores a los que es muy sensible el mundo económico. No incluí las utilidades entre los valores de emprender porque las considero como un resultado que brota allí donde el proceso productivo se desarrolla con eficiencia y con eficacia. En los casos de buen funcionamiento de las empresas, las utilidades son un resultado que van con otros resultados que, también, son de suma importancia, como el incremento de la profesionalidad de quienes trabajan en la empresa, como la atención constante a la innovación, y como la atención a las necesidades de los clientes.

De la eficiencia al interés general
Eficiencia y eficacia son valores tan importantes que en ellos se sostiene la empresa. Si en la empresa se generan utilidades, profesionalidad e innovación, pueden las instituciones generar buena vida para los ciudadanos. Una Administración Pública que tenga como valor la eficiencia, no sólo responde mejor a las exigencias de las personas; no sólo es más autorizada y respetada, si no que también es más fuerte y más independiente ante las presiones de grupos de poder.

La verdaderamente gran aportación que el capitalismo ha dado a las sociedades occidentales ha sido el de enseñar a utilizar mejor los recursos disponibles: no por casualidad fue que en los países en que más se desarrolló no se ha difundido tanto la pobreza. Es cierto que existan "nuevas" pobrezas cuyas causas son múltiples. Pero una de ellas, no ciertamente al menos importante, se encuentra precisamente en las ineficiencias del "welfare”. El capitalismo es visto como vencedor en cuanto a crear riqueza. Hoy la riqueza no se traduce ya sólo en productos y dinero, sino que está constituida por el saber. Las empresas producen saber "Know how” que puede ser utilizado también con provecho del interés general de nuestras sociedades. Para no caer en una lógica puramente materialista del negocio o en el peligro de una separación entre moralidad y actividad económica, creo que cada uno de nosotros, hombres de empresa, debe asumir el compromiso de aceptar el reto: ser más competitivo para ser más social. No se trata de un reto general o abstracto. Somos los integrantes de la sociedad que
tiene, quizá más que otras, el hábito de la innovación.

Pues bien, nuestra aportación al bien común debe ser dirigida a construir una nueva modernidad; no rechazando la tecnología, sino, al contrario, precisamente dando un gran salto tecnológico y de organización. Las ciudades del futuro deben ser precisamente aquellas en que la tecnología permita disminuir los desperdicios, para movilizarse, para trabajar, para estudiar.

Una cultura compartida
Llevar a la sociedad aquella cultura tecnológica y organizativa que en las empresas permite producir utilidades, viene a ser -con los debidos ajustes- no sólo una posibilidad sino una gran oportunidad. Porque una cosa es cierta; el mal uso de los recursos, el desperdicio, es siempre un hecho inmoral. El despilfarro nunca es ético. Para construir una nueva modernidad no basta, sin embargo, la aportación de los hombres de empresa; se necesita la cooperación de otras fuerzas sociales. Se pide, y justamente, que los empresarios sean morales. Pero ¿Por qué sólo ellos? Es un reclamo que va dirigido a todos los integrantes de la sociedad.

El mal uso de los recursos, el desperdicio, es siempre un hecho inmoral. El despilfarro nunca es ético
Si el desperdicio es inmoral ¿por qué no pedir con igual fuerza a los sindicatos que lo combatan con los hechos y no sólo con la palabra? "Lo que se necesita es una poderosa actividad emprendedora moral", ha dicho el Cardenal Carlo María Martini. No es una llamada de atención en general; debemos evitar que se la deje caer en la nada y por esto debemos sentirla como un compromiso personal de cada uno de nosotros. Una fuerte actividad emprendedora moral puede venir a ser fundamento de la "nueva modernidad".

Por un desarrollo solidario

El bien común requiere hoy más que nunca, al comienzo de los años noventas, una cultura compartida de desarrollo, en que la eficiencia sea procurada como instrumento para reforzar nuestra democracia; en que la innovación no sea negación del pasado sino su natural evolución; en que los valores culturales y morales se afirmen no con el dogmatismo ideológico, sino con acciones pragmáticas. De hecho, el desarrollo es resultado de un proceso de crecimiento de la sociedad en que la solidaridad civil se une al rigor económico.

 
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