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Autor: Ángel Gutiérrez Sanz | Fuente: Arbil.org Tiempos de crisis
Ángel Gutiérrez Sanz (Arbil.org) plantea la necesidad de recuperación de sentido e indentidad en tiempo de crisis que ofrezcan esperanza.
Tiempos de crisis
Esta sociedad nuestra que ha visto con indiferencia como se
iban derrumbando los pilares de una cultura milenaria sin tener
previsto nada que pudiera sustituirla, se siente ahora amenazada por
una quiebra económica. Sin desear que esto se produzca, pienso
que si ello acaba por resultar inevitable, al menos que
sea un revulsivo capaz de hacer volver al hombre sobre
sí mismo, que le ayude a recuperar su propia identidad
y le haga pensar en otro tipo de esperanzas más
firmes.
Rupturas, inseguridades, vacilaciones, innovaciones, desorientación son constitutivos de estos tiempos
nuestros. Nos sentimos obligados a vivir de prisa contra-reloj, aunque
no sepamos muy bien donde nos dirigimos. Todo parece cambiante
y provisional, inexorablemente sometido a la ley del tiempo que
todo lo trasforma. Es un hecho fácilmente constatable que el
signo de la época que nos está tocando vivir, viene
marcado por la aceleración y los cambios, apenas queda treguas
para el necesario e imprescindible reposo. Los avances técnicos nos
hacen vivir unos acelerones, cuyos ritmos son difíciles de acompasar.
Apenas hemos asimilado nuevas formas de vida, tenemos que abandonarlas
para adaptarnos a otras diferentes, lo peor de todo, es
que inmersos en esta vorágine de acomodación tecnológica, no prestamos
atención al desarrollo humano. Hemos llegado a hacer de la
técnica el centro de nuestras aspiraciones olvidándonos de todo lo
demás.
Nuestro mundo es un mundo materializado, hambriento de “autonomía” y
de”libertad”, El hombre moderno, a través del poder que le
proporciona la técnica, aspira a ser dueño de su propio
destino. Sus ansias de independencia le han llevado a cuestionar
todo tipo de absolutos, sea en el terreno del conocimiento,
la moral o la religión . El hombre ha asumido
con gozo el llegar ser la medida de todas las
cosas. Los valores, las instituciones, las creencias han de ajustarse
a sus deseos, a sus caprichos, todo a merced de
la subjetividad. Vive en permanente crisis, porque el hombre ha
llegado a ser un problema para sí mismo. Si tuviéramos
que hablar con propiedad, deberíamos decir que lo que se
están produciendo, no son ya cambios en las diversas manifestaciones
culturales, sino un cambio de época en toda regla.
El hombre
moderno rico en lo técnico, pobre en lo humano se
congratula de que hayan desaparecido todas las certidumbres, de que
se hayan derrumbado todos los cimientos de una cultura milenaria
y se siente satisfecho de que se vuelva reescribir la
historia de la humanidad. Se trata de liquidar el pasado,
para quedarnos sin referencias ni seguridades, sin absolutos ni certezas.
Es la cultura del pensamiento débil, en la que nada
es permanente y todo fluye de forma constante. A partir
de la segunda mitad del siglo XX irrumpe con fuerza
el sentimiento de que no hay mas verdad que nuestras
interpretaciones de la misma. Todo lo que podamos pensar o
decir, incluso todo lo que creemos saber, no es más
que pura interpretación. Bajo este horizonte de incertidumbre, la crisis
generalizada en todos los ordenes tenía que llegar de forma
inevitable, como así ha resultado ser. Ante esta situación de
ausencia de cualquier tipo de verdad divina o humana, nos
hemos ido acostumbrando a vivir el día a día, bajo
el imperio de la provisionalidad, hemos llegado incluso a sumir
el riesgo de no saber cómo será el despertar del
nuevo día.
Para cualquier espectador de hace no más de un
siglo el panorama que se contempla en nuestra sociedad industrializada
hubiera sido impensable; pero a mi personalmente lo que más
me sorprende es que estos cambios tan radicales y profundos,
que se han ido produciendo en los últimos años, no
han sido motivo de ningún tipo de alarma generalizada, no
ha habido reacción significativa ante mutaciones tan traumáticos, que han
acabado por dejar a la sociedad a la intemperie.
Estamos asistiendo
a un comportamiento generalizado de las conciencias que han asumido
esta sustancial trasformación, como si fuera el resultado natural de
un progreso cultural y humano, que es como muchos están
empeñados en hacerlo ver. Hubiera sido motivo de escándalo; pero
no lo es, el que desaparecieran las normas etico-jurídicas de
la convivencia social o que se hayan removido las bases
estructurales del matrimonio y la familia. Debiéra de resultar indignante
para cualquier sensibilidad, el que no se respete la libertad
educativa. Debiera verse como intolerable que no se respeten las
convicciones religiosas, ni sus públicas manifestaciones, en países de milenaria
tradición religiosa.
Tiempos de crisis, son los nuestros y también de
desorientación, en los que las gentes parecen mirar para otra
parte, porque lo que verdaderamente nos preocupa en los últimos
tiempos es el bienestar material. ¿Que sucederá ahora que la
crisis según parece se va a hacer presente también en
el terreno económico? Aquí sí que comienza a haber alarma
social, la gente no sólo está preocupada por lo que
se avecina, sino que está asustada. ¿ Que va a
pasar ahora?. Aquellas gentes que decía que no les importaba
que el barco se hundiera, mientras las plataformas del surf
económico les permitiera mantenerse en pie a pesar del oleaje,
puede que ahora, el cambio de dirección de los vientos
les haga cambiar también a ellos de opinión.
No es que
yo me alegre de la crisis económica, no; lo que
si digo, es que a mi me hubiera gustado más,
que nos hubiéramos preocupado más por otras crisis más sustanciales
que desgraciadamente han ido pasando desapercibidas. Por otra parte ante
lo que parece irremediable, prefiero ser positivo y no negativo,
dispuesto estoy siempre, a aplicar la filosofía de aquel dicho
popular que nos advierte, de que no hay mal que
por bien no venga. De todo, en la vida se
pueden extraer alguna aplicación positiva ¿ por qué no va
a serlo ahora también, que comienzan a desplomarse los fundamentos
económicos ?
Pudiera ser que esta crisis económica nos sirva de
purga de tanto exceso sibaritista, de tanto empacho de bienestar
maerial, tal vez obligue a las sociedades opulentas a probar
el sabor de la austeridad, después de tanto derroche injustificado.
A lo mejor esta crisis nos abre los ojos y
nos damos cuenta de que vincular nuestra suerte al bienestar
material, ni es tan constante ni tan definitiva como creíamos,
por lo que en el futuro habrá que estar preparados
por si vienen mal dadas. A lo mejor nos ayuda
a todos a comprender que hemos de moderar nuestros afanes
consumistas y que no es tan imprescindible cambiar el mobiliario
del piso cada diez años y estrenar un nuevo modelo
de coche cada cuadro. A lo mejor acabamos aprendiendo de
que el dinero no lo es todo y nos damos
cuenta de que no es más feliz el que más
tiene, sino el que menos necesita.
Ojalá que esta crisis nos
sirviera para pensar en los demás, sobre todo en los
más necesitados, haciendo converger todos los intereses personales en el
bien común y universal dentro de un marco económico más
equitativo y justo del que nadie quedara excluido. La presente
crisis debiera hacernos más solidarios con los que nada tienen,
puede que incluso nos ayude a humanizarnos y quien sabe
si tal vez sea motivo para que reflexionemos de que
las esperanzas puestas en el dios-dinero no debiera seguir siendo
el último fundamento de nuestras vidas. La gentes comienzan a
preguntarse por el futuro de la humanidad y a mi
este tipo de preguntas me gustan, porque el hombre ha
de ser previsor y no vivir eternamente inmerso en el
carpe diem.
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