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Autor: Ricardo Parra | Fuente: http://www.iespana.es/revista-arbil/(40)silv.htm Salarios
La salud económica de un país no se mide únicamente por la producción, sino tambien por el equilibrio entre producción y consumo.
Salarios
La salud económica de un país no se mide
únicamente por la producción, sino tambien por el equilibrio entre
producción y consumo.
Toda reforma económica debe partir del principio
básico de convergencia de intereses: la actividad económica tiene como
finalidad la creación y distribución equitativa de la riqueza, finalidad
que, por consiguiente, supone la satisfacción de las aspiraciones legítimas
del trabajo y del capital. Este punto de partida supone
un repudio de la idea de lucha de clases, como
concepto antisocial que estima que tanto el empresario como el
trabajador basan sus relaciones en la ley del más fuerte.
La salud económica de un país no se mide únicamente
por la producción, sino tambien por el equilibrio entre producción
y consumo, es decir, por el reparto lo más justo
posible de los bienes producidos entre el conjunto de los
ciudadanos, según los méritos y deseos de cada uno.
Para
el logro de este objetivo reviste especial importancia una adecuada
política de salarios. Esta política de salarios debe partir de
una serie de postulados irrenunciables:
Los salarios deben adaptarse a
la productividad. La prosperidad de una nación debe medirse por
el nivel de bienestar general que resulta del proceso productivo,
y no por la simple cuantificación del volumen de producción.
Este bienestar se traduce en la capacidad adquisitiva e inmediatamente
nos pone en relación con el índice de salarios reales.
Si los salarios son muy bajos, en relación con la
productividad, se produce deflación, y, en caso contrario, surge el
fenómeno de la inflación, virtualmente endémico en las economías modernas.
En ambos casos se rompe el equilibrio entre producción y
consumo y, con ello, quiebran las perspectivas de prosperidad. Para
constatar los efectos nefastos de la inobservancia de este principio,
basta pensar en las subidas constantes de salarios por encima
de la productividad media nacional alcanzada a finales de los
setenta y principios de los ochenta en España: el resultado
se llama estanflación, incremento simultáneo y galopante de paro e
inflación.
-Todo aumento de la productividad debe producir un alza
correlativa de salarios. El progreso tecnológico produce dos efectos sucesivos:
aumento de la productividad y expulsión de empleo. Los principios
más elementales de la justicia social y las exigencias del
bien común exigen que las innovaciones técnicas favorezcan a todo
el conjunto de los consumidores y no sólo a un
grupo privilegiado. La violación de este principio desencadenó la respuesta
obrera y, posteriormente, el intervencionismo indiscriminado del poder público.
Las
soluciones más o menos estatalistas han disminuído la remuneración al
capital privado (que no el de las transnacionales capitalistas) a
través de devaluaciones e impuestos o sencillamente la han suprimido
a través de las nacionalizaciones. En cuanto a la remuneración
del factor trabajo, es claramente insuficiente en relación a la
producción total.
La parte sustancial del crecimiento económico es absorbida
por el Estado, que invoca en su descargo una distribución
diferida de la plusvalía apropiada a través de los servicios
que presta. En muchas ocasiones este estado de cosas ha
conducido a que proyectos de subida salarial sean abortados por
la hipertrofia del sector público, con la consiguiente caída de
la demanda interna por efecto de la congelación de salarios.
En relación con estos problemas, cabe recordar la célebre ley
de Jean-Baptiste Say, esto es, productos y servicios se intercambian
por productos y servicios. En una economía basada en el
intercambio equitativo no hay lugar para el parásito, porque parásito
es aquél que no da nada a cambio de lo
que toma. En lo que a nosotros nos interesa, todo
aumento de la producción y de los servicios debe traducirse
en aumento paralelo de la remuneración del trabajo.
Desde hace
décadas las relaciones entre capital y trabajo se han establecido
por medio de ajustes impuestos por la presión de una
concurrencia anárquica o por los conflictos sociales.
Los detentadores del
capital tienen tendencia a considerar el trabajo como una mercancía,
un simple elemento de los costes (costes unitarios laborales), que
debe comprarse al precio más barato posible. De otro lado,
los asalariados, con la actual legislación, no han tenido más
remedio que usar medios violentos (huelgas, sabotajes, agitación política,...) para
arrancar a los patronos los salarios más altos posibles, y
en muchas ocasiones, empujados por sindicatos marxistas, sin tener en
cuenta el bien general de la empresa y de la
nación.
El patrón explotador obtiene con su actitud éxitos inmediatos,
pero restringe el poder adquisitivo de la clase obrera con
la consiguiente caída de las ventas y la ralentización del
crecimiento económico, efectos de los que más tarde o más
temprano él será una de las víctimas. Los sindicatos, que
fuerzan una subida artificial de los salarios desencadena un alza
del índice de precios que hace ilusorio dicho incremento salarial.
El nivel de los salarios no debe abandonarse a los
caprichos de las finanzas o de la política, no debe
depender ni de la rapacidad de los empresarios , ni
de la agresividad de los sindicatos, ni del arbitrio del
poder central. Organismos independientes deben fijar un salario mínimo para
categoría profesional adaptado al nivel de productividad y al de
prosperidad del mercado.
A partir de este mínimo, parece correcto
estimar que la ley de la oferta y la demanda
debe contar con un cierto ámbito de libre juego. En
una economía excesivamente centralizada las empresas menos favorecidas o mal
gestionadas fuerzan a las demás a ir a su paso.
Queremos pues igualdad en la base y desigualdad en la
altura. Cada jefe de empresa podrá de este modo elegir
a los mejores trabajadores y cada operario podrá ofrecer sus
servicios a aquel empresario que los recompense mejor.
Correlativamente la
elasticidad salarial implica la posibilidad de disminución de salarios, siempre
con el límite del límite previamente establecido.
El rechazo de
esta posibilidad introduce un factor de incertidumbre en la planificación
empresarial que excluye toda alza de salarios provocada por circunstancias
excepcionales (buena coyuntura, necesidad urgente de mano de obra, mejora
del rendimiento por innovaciones tecnológicas,...).
La imposibilidad de ajustes salariales,
aún cuando éstos respetan un mínimo inicial, se materializa inmediatamente
en la incapacidad de generación de nuevos puestos de trabajo
e incluso en la destrucción de los ya existentes.
Por
último, y en lo que se refiere a las inversiones
del Estado, éstas son legítimas y necesarias siempre que se
limiten a servicios esenciales y proporcionados a la prosperidad general,
de manera que la incidencia del Estado permanezca aproximadamente constante
y no altere la armonía y la fluidez del mercado.
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