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| Esto de la política nos tiene confundidos |
El mal hay que atajarlo desde los principios, porque
si no se hace así, posiblemente estemos perdiendo el tiempo.
Los efectos tienen su origen en las causas y mientras
no se supriman éstas difícilmente desaparecerán aquellos.
A veces nos
resulta difícil discernir y aceptamos sin más lo que se
nos ofrece envuelto en bellos envoltorios. Pasado ya el tiempo
de las palabras y de las promesas, habrá que fijarse
en los frutos cosechados por nuestro sistema político que resultan
altamente decepcionantes. Sócrates en nuestros días volvería a ser un
personaje proscrito y políticamente condenable
En el campo del comportamiento
humano estamos asistiendo a unas transformaciones que hasta hace poco
resultaban impensables. La política lo ha conseguido. ¡Oh la política,
el arte de hacer posible lo imposible, de hacer creíble
lo increíble!. El quehacer político ha conseguido cambiar las normas
morales por pautas de comportamiento, las justificaciones éticas por legitimaciones
políticas, los imperativos de la ley natural por consensos mayoritarios.
Hay cosas que ya no son lo que deberían de
ser, sino lo que los políticos han querido que sean,
siempre y cuando dispongan de la capacidad suficiente de persuasión
Lo
bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo
verdadero y lo falso, lo conveniente e inconveniente son términos
que están dejando de ser definidos en referencia al orden
natural establecido, para pasar a ser expresión del sentir mayoritario
de la voluntad subjetiva de los ciudadanos, basta ver con
lo que está sucediendo con la guerra de los sexos.
Hoy
por ejemplo, ser hombre o mujer es una cuestión que
comienza a verse como un asunto que compete no ya
a la naturaleza de las cosas, sino a la caprichosa
elección de cada cual. No se nace hombre o mujer,
se nos dice, nada de eso. A lo más uno
se va haciendo hombre o se va haciendo mujer. Todo
depende del consumidor. Las diferencias de sexo son algo artificial,
en manera alguna responden a leyes biológicas o exigencias de
la propia naturaleza. Simplemente de lo que cabe hablar es
de diferencias genéricas. Lo único que separa a los hombre
de las mujeres es la diferencia gramatical del género: unos
masculinos y otras masculonas.
A medida que la "cultura del género"
se ha ido imponiendo, determinados lobbys interesados en la cuestión
han considerado que había llegado el momento de plantear la
legitimación de los matrimonios homosexuales, que tiene divida a la
ciudadanía. Ha hecho falta tiempo, sin duda, para que este
tipo de reivindicaciones adquiriera carta de naturaleza en nuestra sociedad;
pero ahí está. Si se llega a confirmar el consenso
favorable de los ciudadanos, habrá también legitimación política, tal como
lo vienen manifestado las autoridades gubernamentales. Supongo que el orgullo
gay no se conformará con esto y seguirá pidiendo más
¿Cual habrá de ser la próxima? Los vientos le son
favorables. Hoy en día la sensibilidad ciudadana está por el
vive y deja vivir, más que por cualquier tipo de
exigencias éticas, de modo que todo habrá de dejarse a
la permisibilidad de cada cual. Es la herencia del relativismo
político, que está quitando los fundamentos éticos al humano comportamiento.
Los
magos de la política están dando muestras hoy de que
son capaces de todo o de casi todo: de hacernos
creer que lo blanco es negro, que se puede ser
y no ser al mismo tiempo. Me recuerdan a los
sofistas de la Antigua Grecia que se preparaban para ejercitarse
en el truculento arte de política. No existe la verdad,
no existe la mentira, tampoco el bien y el mal,
lo único importante son las apariencias, las cosas son como
a cada cual le aparecen y lo más triste de
todo es que esta forma de pensar pudiera imponerse a
las aspiraciones éticas de los grandes maestros de la humanidad,
Sócrates o Platón. Con la suficiente perspectiva histórica no es
difícil saber quienes fueron unos, quienes fueron otros, que intereses
movían a unos, que intereses movían a los otros. Aún
así no acabamos de aprender las lecciones de la historia.
A juzgar por todo lo que estamos viendo, no hemos
avanzado gran cosa en el campo de la moralidad. Sócrates
en nuestros días volvería a ser un personaje proscrito y
políticamente condenable.
Consuela pensar, no obstante, que la conciencia moral sigue
viva en algunos ciudadanos capaces de alzar su voz contra
los abusos políticos, y contra ciertas prácticas abominables: como pueden
ser el ejercicio del amor libre, el aborto, el ensayo
con embriones y un largo etc.; pero hora es ya
de preguntarse si es suficiente con este tipo de denuncias.
No nos engañemos, las raíces de los males morales y
religiosos que aquejan a nuestra sociedad hay que buscarlas en
un sistema político que está viciado por dentro. Desde el
momento que se coloca el consenso ciudadano por encima del
bien y del mal, se están negando los principios fundamentales,
sean del orden que sean. A un sistema político que
dependen de las mayorías, y ha establecido la aritmética de
los votos como criterio suprema de legitimación, no solamente le
sobran las normas morales y religiosas sino que han de
ver en ellas un peligro para la propia subsistencia del
que es preciso protegerse. Sería particularmente interesante encontrar la última
razón explicativa de por qué la Iglesia Católica se ha
convertido en blanco de todos los ataques. Tanto empeño en
desprestigiarla será por algo.
Todos sabemos lo que hay que hacer
para tener contentos a una mayoría de ciudadanos más proclive
a la vida fácil que a las exigencias morales, todos
somos conscientes del riesgo, al saber que esta mayoría puede
ser manejada por gentes sin escrúpulos, como también todos hemos
podido constatar la influencia y la presión de esta mayoría
sobre los que gobiernan. Esta realidad política en la que
estamos sumidos exige estar mirando de reojo a la voluntad
ciudadana que es la que da y la que quita
poder. ¿ Que sucede ? que en el supuesto de
que alguien tocara poder con la voluntad decidida de cumplir
con sus obligaciones morales y de justicia, bien pudiera encontrarse
con que estas nobles aspiraciones fueran truncadas por los intereses
electorales en las urnas y entonces es cuando vendrían las
claudicaciones. O sea, que para llegar arriba y mantenerse, este
sucio juego de la política, nos coloca en situación de
tener que hacer o no hacer aquello que resulta más
práctico y no lo más recomendable desde el punto de
vista moral.
Mucho podríamos hablar sobre lo que es considerado como
lo políticamente correcto. Cuando menos permítasenos decir, que resulta cuestionable
un sistema político que no tiene en cuenta la ley
de Dios. Se podrá hacer toda la propaganda que se
quiera; pero difícilmente resulta legitimable un sistema que no se
muestra en todo momento respetuoso con la ley natural. La
Política comienza a ser un noble arte cuando está imbuída
de moralidad, cuando quienes la practican son modélicos en sus
decisiones y comportamientos. No parece que sea esto lo que
nos está pasando. Yo me pregunto ¿tendría algún futuro político
quien fuera con la verdad por delante, anteponiendo la rectitud
moral a los trapisondeos, quien estuviera dispuesto a respetar y
hacer respetar la ley natural, sin ningún género de concesiones?
Bien
está que se denuncie los casos de subversión del orden
moral establecido por la naturaleza y ojalá fuéramos cada día
más lo que lo hiciéramos; pero ¿será ello suficiente?. La
fuerza contundente de los mil y un argumentos que se
pueden esgrimir en contra del aborto, pongamos por caso, de
poco están sirviendo en una sociedad en la que sólo
hay oídos para escuchar lo que dicen las "mayorías parlamentarias",
siendo lo demás sólo filosofías o música celestial. A lo
mejor es que ha llegado la hora, no ya sólo,
de condenar los abusos cometidos en contra de la ley
de Dios, sino también del sistema político que los hace
posible.
El mal hay que atajarlo desde los principios, porque si
no se hace así, posiblemente estemos perdiendo el tiempo. Los
efectos tienen su origen en las causas y mientras no
se supriman éstas difícilmente desaparecerán aquellos. A veces nos resulta
difícil discernir y aceptamos sin más lo que se nos
ofrece envuelto en bellos envoltorios. Pasado ya el tiempo de
las palabras y de las promesas, habrá que fijarse en
los frutos cosechados por nuestro sistema político que resultan altamente
decepcionantes: Una escuela en ruinas, la integridad nacional amenazada, la
institución matrimonial en crisis, la sociedad enferma. ¿Se puede seguir
defendiendo un sistema político así, sin caer en responsabilidad indirecta,
sin ser en cierta manera cómplice de lo que está
pasando? Ésta es para mi la cuestión. No sé..... A
mi me parece que la mejor forma, hoy, tal vez
la única, de decir sí al orden absoluto de valores
y principios naturales, es diciendo no a un sistema que
todo lo relativiza. No acabo de entender, como podemos estar,
por una parte, quejándonos de que se está quemando la
casa y por otra parte estar alimentando el fuego. Por
una parte quejándonos de las perversiones morales al uso y
por otra alimentando con nuestros votos y complacencias al sistema
político responsable de las mismas.
Ya se que para algunos puede
resultar escandaloso cuestionar un sistema político que la propaganda y
la censura se están encargado de preservar y de hacerlo
intocable, pero de lo que se trata es de ser
sincero consigo mismo y sobre todo consecuente con los propios
principios. No es fácil nadar contra corriente, ya sabemos y
lo estamos constando todos los días, que a pesar de
la cacareada libertad de expresión, hay cosas que no son
fáciles de decir. Siempre ha sido así. A lo largo
de la historia mientras han estado vigentes, los sistemas políticos
han gozado de inmunidad, hoy no es ninguna excepción
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