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| El descrédito de la política |
Idear y construir, con paciencia, humildad y perseverancia instituciones,
es también algo que debe poder esperase de la política.
Carlos
Castillo Peraza
Carlos Castillo Peraza decía que una política sin
cultura es una mera disputa casi zoológica por el poder.
Me pregunto hasta qué punto nuestra política, o mejor dicho:
la forma de hacer política de varios personajes, se ha
convertido ya en una simple arena de reflectores y no
en una valiosa plaza de reflexiones.
¿Para qué votar por unos
o por otros?, si todos son iguales. Sin lugar a
dudas esta es una pregunta “natural” que cada día más
ciudadanos mexicanos se hacen a sí mismos. Ese es el
gran riesgo que están corriendo los profesionales de la política,
el que para los electores no haya una opción distinta
y distinguible, sino simples versiones –cada una peor que la
anterior- de un prototipo consolidado de hombre corrupto y mentiroso.
Aterroriza percibir que el personaje de los cartones y viñetas
se está convirtiendo, no en el político de las excepciones,
sino en el político de las cotidianidades.
No es candoroso ni
absurdo el cuestionamiento de cientos de mexicanos, los cuales, dicho
sea de paso, cada día se sienten más alejados de
la política, entendida ésta como la actividad que realiza el
ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos.
Basta con analizar
encuestas y sondeos serios1 para comprender que la mayoría de
los mexicanos no percibe como de su interés a la
política, a los políticos y a las instituciones políticas. Para
el grueso de la población, la política como actividad aglutinadora
de los intereses de la colectividad, no es algo importante
a lo que hay que prestarle atención. Por el contrario,
le resulta demasiado alejada por lo que ésta termina por
convertirse en botín de una élite, definida las más de
las veces por la ingenuidad o la perversión.
Tal vez sea
por este camino, el del desprestigio, como se explique el
cada vez mayor abstencionismo en las elecciones. Pongamos las cosas
en perspectiva, hablemos de las dos últimas elecciones intermedias: en
1997 se emitieron 30 millones 120 mil votos, es decir
el 58 % del padrón. En contraste, en el 2003
apenas 24.6 millones de mexicanos -el 41.8 %- acudieron al
llamado de las urnas. Pero no sólo eso: de quienes
se tomaron el tiempo de depositar la boleta, casi un
millón optó por anular su voto, de tal manera que
apenas el 38.1% le dio su apoyo explícito a algún
partido.
Comparto la preocupación de Lorenzo Meyer2 cuando afirma que, si
los políticos no modifican su visión y conducta y muestran
su lado constructivo, corren el riesgo de ahondar aún más
la distancia que les separa de una sociedad que no
está muy lejos de hacer suyo el lema de los
argentinos: "que se vayan todos", un lema imposible de llevarse
a cabo, pero que puede desembocar en ingobernabilidad y retrocesos,
un lujo que ya no podemos darnos.
Es preocupante de sobremanera
el hecho de que el país esté en un grave
riesgo de tener otra década perdida, en gran parte por
las acciones u omisiones de los detentadores formales del ejercicio
profesional de la política. Es de dejar boquiabierto la rapidez
con la que en política pasamos del escándalo sexenal al
semanal, cuando no al diario. Es alarmante darnos cuenta que
estamos dejando pasar de largo aquellas
1 Verbigracia: Encuesta Nacional sobre
Cultura Política y Prácticas Ciudadanas 2001 y LATINOBARÓMETRO 2003. 2
Diario Reforma, 10 de julio de 2003.
Autor: Luis Enrique Pereda
Trejo oportunidades estratégicas, indispensables para el desarrollo de nuestro país,
y nos hemos detenido en el proceso de atrofia en
el cual el homo sapiens es suplantado por el homo
videns3.
Los baturrillos políticos, además de desprestigiar a sus protagonistas, sólo
han servido para hacerle el caldo gordo a muchos de
los mal llamados medios de comunicación, los cuales por lo
general no actúan más que como oportunistas que hacen leña
del político caído, pero eso sí, cuidando que a la
ropa sucia de casa no le dé la luz del
sol y volteando la mirada hacia otra parte cuando alguno
de sus colegas ha sido víctima de alguna chapucería de
otro colega4. El propio Sartori reconoce que la televisión puede
mentir y falsear la verdad, exactamente igual que cualquier otro
instrumento de información. La diferencia es que la “fuerza de
la veracidad” inherente a la imagen hace la mentira más
eficaz y, por tanto, más peligrosa. La vídeo-dependencia, continúa Sartori,
tiene numerosos aspectos; pero el más importante es este: que
los políticos cada vez tienen menos relación con acontecimientos genuinos
y cada vez se relacionan más con “acontecimientos mediáticos”, es
decir, acontecimientos seleccionados por la vídeo-visibilidad y que después son
agrandados o distorsionados por la cámara.
La política mexicana necesariamente debe
de tener un fin más noble que la búsqueda del
aniquilamiento de los unos por los otros. Concuerdo con Luis
F. Aguilar cuando afirma que la política no es equivalente
sin más a los usos y costumbres de los poderosos
y valientes, sino implica los imperativos de crear una sociedad
de justicia legal y justicia social5.
Necesariamente debe de ser
falsa la difundida idea de que la política es una
actividad de gesta, para gente curtida, con los pantalones bien
puestos y lista para enfrentar al más rudo o al
más taimado, y en la que muy poco tienen que
ver las personas de buenas intenciones y compromisos legítimos.
Felipe Calderón
Hinojosa tiene razón al afirmar que un estado de ruptura
y confrontación permanente puede paralizar la vida pública y llevarnos
a un escenario nacional de frustración que no conviene a
nadie6. Sin lugar a dudas en todos los partidos políticos
militan personas de gran entereza y capacidades, pese a esto
el común denomidandor de los que viven de la política
es el de deshonestos. A este ritmo la clase política
mexicana está en riesgo de perder la “clase”, dejar de
practicar la política y contentarse con arreglárselas “a la mexicana”.
Desde
la perspectiva de un importante sector de la población la
consigna de los políticos mexicanos es: no meter a la
ética en la política, por que esto no es redituable.
Sin lugar a dudas en ocasiones le exigimos mucho a
la política, queremos que sea todo lo que no somos;
queremos que nos dé todo lo que nosotros no estamos
dispuestos a trabajar, en suma: queremos que funcione como si
estuviera conformada por ángeles y no por personas. Pero también
es verdad que los políticos con frecuencia distraen su atención
y enfocan sus esfuerzos en sus propios proyectos políticos, sin
importarles el costos que éstos representen para la sociedad y
por ende al país. Carlos Castillo Peraza tenía razón cuando
exhortaba a que la política no sea el espacio desde
el que se define lo que es el hombre, sino
el lugar en el que todos los hombres reales puedan
discutir acerca de su ser, sin matar ni matarse; en
el que de
3 Giovanni Sartori ( “Homo videns la sociedad
teledirigida”, Ed. Taurus, México, septiembre de 2000) nos dice que
en este último, el lenguaje conceptual (abstracto) es sustituido por
el lenguaje perceptivo (concreto) que es infinitamente más pobre: más
pobre no sólo en cuanto a palabras, sino sobre todo
en cuanto a la riqueza de significado, es decir, de
capacidad connotativa. 4 A este respecto baste analizar las relaciones
Canal 40 – Televisión Azteca; Grupo Radio Centro - José
Gutiérrez Vivó; así como Javier Solorzano - Carlos Ahumada y
el diario El Independiente. 5 Diario Reforma, 22 de enero
de 2003. 6 Diario Reforma, 3 de agosto de 2000.
Autor:
Luis Enrique Pereda Trejo algún modo compitan sin violencia las
diversas definiciones posibles del ser del hombre, de la sociedad,
de la nación, del Estado, del gobierno, del poder7.
¿Cómo esperar
que el barco llamado México arribe a buen puerto, si
los encargados de darle rumbo están más ocupados y preocupados
en ahorcarse entre ellos con las propias amarras? La democracia
representativa no puede ser entendida sin los partidos políticos, sin
embargo nuestro sistema de partidos no termina de consolidarse y
nuestro sistemas electoral y de gobierno continúan generando incentivos perversos
para la no colaboración. ¿Qué nos queda por hacer? Evidentemente
la solución no se encuentra en irreflexivas e irresponsables propuestas,
las cuales han llegado incluso al extremo de sugerir que
los partidos políticos no reciban ningún dinero del erario público:
“que se rasquen con sus propias uñas”.
Aceptar esto, equivale
a darle la espalda a una de las más grandes
e importantes reformas electorales del país: la de 1996. En
la cual se estableció, como nos lo recuerda José Woldenberg8,
que el financiamiento público sería preeminente en relación al financiamiento
privado. Logrando con esto consolidar tres objetivos: a) transparentar el
flujo de recursos hacia los partidos, b) equilibrar las condiciones
de la competencia y c) evitar la influencia desbordada de
los grandes grupos económicos o peor aún de la delincuencia.
Propongo
que antes de aceptar que nuestra realpolitik ya no da
para más; antes de resignarnos a que en la política
mexicana ya no haya interlocutores, sino gladiadores inmersos en un
circo mediático de descalificaciones mutuas, y antes de permitirnos el
dolor evitable de la ingobernabilidad y los retrocesos sociales, encontremos
la solución en un ejercicio de civilidad, de responsabilidad, de
compromiso con la nación, el cual implique una actitud de
transparencia, diálogo, acuerdos, rendición de cuentas y seriedad.
Porque, como
decía Castillo Peraza: si la política no está sujeta a
reglas pactadas y respetadas por todos, si la política no
tiene una esencia de cosmos y es sólo caos, de
la política se podría esperar todo, que es lo mismo
que no poder esperar nada.
7 Castillo Peraza, Carlos, “Reflexiones en,
desde, por y para la política”, revista Proceso No. 884,
México, 11 de octubre 1993. 8 Diario Reforma, 4 de
marzo de 2004.
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