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El Empresario Católico y la Política | categoría
Conducta Cristiana y Compromiso Político | tema
Autor: Luis Enrique Pereda Trejo | Fuente: www.usem.org.mx
El descrédito de la política
Carlos Castillo Peraza decía que una política sin cultura es una mera disputa casi zoológica por el poder.
 
El descrédito de la política
El descrédito de la política


Idear y construir, con paciencia, humildad y perseverancia instituciones, es también algo que debe poder esperase de la política.
Carlos Castillo Peraza




Carlos Castillo Peraza decía que una política sin cultura es una mera disputa casi zoológica por el poder. Me pregunto hasta qué punto nuestra política, o mejor dicho: la forma de hacer política de varios personajes, se ha convertido ya en una simple arena de reflectores y no en una valiosa plaza de reflexiones.

¿Para qué votar por unos o por otros?, si todos son iguales. Sin lugar a dudas esta es una pregunta “natural” que cada día más ciudadanos mexicanos se hacen a sí mismos. Ese es el gran riesgo que están corriendo los profesionales de la política, el que para los electores no haya una opción distinta y distinguible, sino simples versiones –cada una peor que la anterior- de un prototipo consolidado de hombre corrupto y mentiroso. Aterroriza percibir que el personaje de los cartones y viñetas se está convirtiendo, no en el político de las excepciones, sino en el político de las cotidianidades.

No es candoroso ni absurdo el cuestionamiento de cientos de mexicanos, los cuales, dicho sea de paso, cada día se sienten más alejados de la política, entendida ésta como la actividad que realiza el ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos.

Basta con analizar encuestas y sondeos serios1 para comprender que la mayoría de los mexicanos no percibe como de su interés a la política, a los políticos y a las instituciones políticas. Para el grueso de la población, la política como actividad aglutinadora de los intereses de la colectividad, no es algo importante a lo que hay que prestarle atención. Por el contrario, le resulta demasiado alejada por lo que ésta termina por convertirse en botín de una élite, definida las más de las veces por la ingenuidad o la perversión.

Tal vez sea por este camino, el del desprestigio, como se explique el cada vez mayor abstencionismo en las elecciones. Pongamos las cosas en perspectiva, hablemos de las dos últimas elecciones intermedias: en 1997 se emitieron 30 millones 120 mil votos, es decir el 58 % del padrón. En contraste, en el 2003 apenas 24.6 millones de mexicanos -el 41.8 %- acudieron al llamado de las urnas. Pero no sólo eso: de quienes se tomaron el tiempo de depositar la boleta, casi un millón optó por anular su voto, de tal manera que apenas el 38.1% le dio su apoyo explícito a algún partido.

Comparto la preocupación de Lorenzo Meyer2 cuando afirma que, si los políticos no modifican su visión y conducta y muestran su lado constructivo, corren el riesgo de ahondar aún más la distancia que les separa de una sociedad que no está muy lejos de hacer suyo el lema de los argentinos: "que se vayan todos", un lema imposible de llevarse a cabo, pero que puede desembocar en ingobernabilidad y retrocesos, un lujo que ya no podemos darnos.

Es preocupante de sobremanera el hecho de que el país esté en un grave riesgo de tener otra década perdida, en gran parte por las acciones u omisiones de los detentadores formales del ejercicio profesional de la política. Es de dejar boquiabierto la rapidez con la que en política pasamos del escándalo sexenal al semanal, cuando no al diario. Es alarmante darnos cuenta que estamos dejando pasar de largo aquellas
1 Verbigracia: Encuesta Nacional sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas 2001 y LATINOBARÓMETRO 2003. 2 Diario Reforma, 10 de julio de 2003.

Autor: Luis Enrique Pereda Trejo oportunidades estratégicas, indispensables para el desarrollo de nuestro país, y nos hemos detenido en el proceso de atrofia en el cual el homo sapiens es suplantado por el homo videns3.

Los baturrillos políticos, además de desprestigiar a sus protagonistas, sólo han servido para hacerle el caldo gordo a muchos de los mal llamados medios de comunicación, los cuales por lo general no actúan más que como oportunistas que hacen leña del político caído, pero eso sí, cuidando que a la ropa sucia de casa no le dé la luz del sol y volteando la mirada hacia otra parte cuando alguno de sus colegas ha sido víctima de alguna chapucería de otro colega4. El propio Sartori reconoce que la televisión puede mentir y falsear la verdad, exactamente igual que cualquier otro instrumento de información. La diferencia es que la “fuerza de la veracidad” inherente a la imagen hace la mentira más eficaz y, por tanto, más peligrosa. La vídeo-dependencia, continúa Sartori, tiene numerosos aspectos; pero el más importante es este: que los políticos cada vez tienen menos relación con acontecimientos genuinos y cada vez se relacionan más con “acontecimientos mediáticos”, es decir, acontecimientos seleccionados por la vídeo-visibilidad y que después son agrandados o distorsionados por la cámara.

La política mexicana necesariamente debe de tener un fin más noble que la búsqueda del aniquilamiento de los unos por los otros. Concuerdo con Luis F. Aguilar cuando afirma que la política no es equivalente sin más a los usos y costumbres de los poderosos y valientes, sino implica los imperativos de crear una sociedad de justicia legal y justicia social5.

Necesariamente debe de ser falsa la difundida idea de que la política es una actividad de gesta, para gente curtida, con los pantalones bien puestos y lista para enfrentar al más rudo o al más taimado, y en la que muy poco tienen que ver las personas de buenas intenciones y compromisos legítimos.

Felipe Calderón Hinojosa tiene razón al afirmar que un estado de ruptura y confrontación permanente puede paralizar la vida pública y llevarnos a un escenario nacional de frustración que no conviene a nadie6. Sin lugar a dudas en todos los partidos políticos militan personas de gran entereza y capacidades, pese a esto el común denomidandor de los que viven de la política es el de deshonestos. A este ritmo la clase política mexicana está en riesgo de perder la “clase”, dejar de practicar la política y contentarse con arreglárselas “a la mexicana”.

Desde la perspectiva de un importante sector de la población la consigna de los políticos mexicanos es: no meter a la ética en la política, por que esto no es redituable. Sin lugar a dudas en ocasiones le exigimos mucho a la política, queremos que sea todo lo que no somos; queremos que nos dé todo lo que nosotros no estamos dispuestos a trabajar, en suma: queremos que funcione como si estuviera conformada por ángeles y no por personas. Pero también es verdad que los políticos con frecuencia distraen su atención y enfocan sus esfuerzos en sus propios proyectos políticos, sin importarles el costos que éstos representen para la sociedad y por ende al país. Carlos Castillo Peraza tenía razón cuando exhortaba a que la política no sea el espacio desde el que se define lo que es el hombre, sino el lugar en el que todos los hombres reales puedan discutir acerca de su ser, sin matar ni matarse; en el que de

3 Giovanni Sartori ( “Homo videns la sociedad teledirigida”, Ed. Taurus, México, septiembre de 2000) nos dice que en este último, el lenguaje conceptual (abstracto) es sustituido por el lenguaje perceptivo (concreto) que es infinitamente más pobre: más pobre no sólo en cuanto a palabras, sino sobre todo en cuanto a la riqueza de significado, es decir, de capacidad connotativa. 4 A este respecto baste analizar las relaciones Canal 40 – Televisión Azteca; Grupo Radio Centro - José Gutiérrez Vivó; así como Javier Solorzano - Carlos Ahumada y el diario El Independiente. 5 Diario Reforma, 22 de enero de 2003. 6 Diario Reforma, 3 de agosto de 2000.

Autor: Luis Enrique Pereda Trejo algún modo compitan sin violencia las diversas definiciones posibles del ser del hombre, de la sociedad, de la nación, del Estado, del gobierno, del poder7.

¿Cómo esperar que el barco llamado México arribe a buen puerto, si los encargados de darle rumbo están más ocupados y preocupados en ahorcarse entre ellos con las propias amarras? La democracia representativa no puede ser entendida sin los partidos políticos, sin embargo nuestro sistema de partidos no termina de consolidarse y nuestro sistemas electoral y de gobierno continúan generando incentivos perversos para la no colaboración. ¿Qué nos queda por hacer? Evidentemente la solución no se encuentra en irreflexivas e irresponsables propuestas, las cuales han llegado incluso al extremo de sugerir que los partidos políticos no reciban ningún dinero del erario público: “que se rasquen con sus propias uñas”.

Aceptar esto, equivale a darle la espalda a una de las más grandes e importantes reformas electorales del país: la de 1996. En la cual se estableció, como nos lo recuerda José Woldenberg8, que el financiamiento público sería preeminente en relación al financiamiento privado. Logrando con esto consolidar tres objetivos: a) transparentar el flujo de recursos hacia los partidos, b) equilibrar las condiciones de la competencia y c) evitar la influencia desbordada de los grandes grupos económicos o peor aún de la delincuencia.

Propongo que antes de aceptar que nuestra realpolitik ya no da para más; antes de resignarnos a que en la política mexicana ya no haya interlocutores, sino gladiadores inmersos en un circo mediático de descalificaciones mutuas, y antes de permitirnos el dolor evitable de la ingobernabilidad y los retrocesos sociales, encontremos la solución en un ejercicio de civilidad, de responsabilidad, de compromiso con la nación, el cual implique una actitud de transparencia, diálogo, acuerdos, rendición de cuentas y seriedad.

Porque, como decía Castillo Peraza: si la política no está sujeta a reglas pactadas y respetadas por todos, si la política no tiene una esencia de cosmos y es sólo caos, de la política se podría esperar todo, que es lo mismo que no poder esperar nada.

7 Castillo Peraza, Carlos, “Reflexiones en, desde, por y para la política”, revista Proceso No. 884, México, 11 de octubre 1993. 8 Diario Reforma, 4 de marzo de 2004.

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