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Empresarios católicos | sección
Ética Empresarial Católica | categoría
La Empresa Católica: una Teología Moral | tema
Autor: G. Lombardi | Fuente: www.mercaba.org
La ética del empresario
¿Qué tipo de reflexión moral deben hacer los empresarios católicos para guiar sus acciones? G. Lombardi nos habla sobre ello.
 
La ética del empresario
La ética del empresario


Toda reflexión moral sobre hechos contingentes y cambiantes presenta un margen de relatividad por estar vinculada a las características específicas del momento histórico en el que tienen lugar los hechos.

En el momento actual puede proponerse un razonamiento basado en una visión antropológica: toda comunidad define sus propias modalidades de producción y de intercambio a fin de sobrevivir y mejorar sus condiciones de vida. Este principio, poseedor ya de por sí de un contenido ético, encontrará una realización concreta tanto más amplia cuanto más eficiente sea la solución del problema de la producción y el intercambio. Esto significa que el progreso humano está vinculado al desarrollo económico, aunque el solo desarrollo económico no pueda identificarse con el progreso humano.


1. INSPIRARSE EN LOS VALORES FUNCIONALES DEL DESARROLLO. El empresario tiene la responsabilidad moral y el papel social de individuar las combinaciones productivas más eficientes y eficaces, es decir, aquellas que potencien al máximo la aportación de todos los componentes de la empresa al desarrollo económico.

Al desempeñar este papel, el empresario puede ciertamente, además de producir desarrollo, contribuir al progreso humano; pero esto dependerá de la ética que inspire sus propios comportamientos. Quiere ello decir que existen unas referencias éticas mínimas, a las que el empresario deberá atenerse siempre como agente del desarrollo.

En cuanto agente de desarrollo el empresario desarrolla su papel cuando en la empresa la relación entre recursos empleados y recursos producidos es positiva, en el sentido de que lo producido tiene un valor de intercambio superior al valor de los elementos empleados para realizarlo. A esta diferencia se le da el nombre de beneficio, y tiene lugar en el ámbito del mercado, es decir, como consecuencia de la cantidad de los bienes que los sujetos están dispuestos a ceder con el fin de asegurarse aquel producto. En este sentido el beneficio es un índice de la eficiencia y del "estado de salud" de la empresa y un medio para su expansión. Una empresa en efecto, que no produzca beneficios está en contradicción con su objetivo, por cuanto consume más de lo que produce. Semejante situación contraviene a las referencias éticas mínimas de un empresario y puede considerarse inmoral, por cuanto que, sin beneficios, la empresa no sólo está destinada a desaparecer, sino que empobrece a la colectividad en su totalidad al sustraer recursos para inversiones más productivas que mejoren las condiciones de vida.

Los beneficios de la empresa moderna se diferencian de los obtenidos en las formas de producción anteriores por ir unidos al crecimiento de los recursos disponibles y no ala apropiación de una cuota resultante de la suma fija de recursos. En ausencia del desarrollo, los beneficios se obtienen de manera autoritaria o incluso por medio del robo, dando lugar a la explotación del hombre por el hombre. Con el desarrollo económico, en cambio, o lo que es lo mismo, con el esfuerzo continuado de crecimiento de la empresa, los beneficios contribuyen al enriquecimiento de todos los ciudadanos.

La producción, en efecto, crea ulterior riqueza y permite que, a la hora de la distribución, se pueda jugar con números positivos en lugar de a cero (si la riqueza no aumenta, quien incremente las propias disponibilidades lo hará necesariamente a costa de las de los demás, con una suma de activo igual a cero; si, por el contrario, la riqueza aumenta, cada uno podrá incrementar las propias disponibilidades y la suma de los activos será positiva).

Por consiguiente, todo empresario tiene el deber ético de inspirarse en los valores funcionales del desarro llo: eficiencia, eficacia, productividad. En esto consiste también la base mínima de su responsabilidad para con la sociedad.

Obviamente, los valores funcionales típicos del desarrollo económico son compatibles con los valores universales (justicia, libertad, solidaridad, etc.), en los que también pueden inspirarse los empresarios dentro de la autonomía de su función y de la libertad de su conciencia.

Ésta del desarrollo económico (naturalmente en los países en los que se ha difundido el "espíritu empresarial´~ constituye una de las novedades más sobresalientes de la época en que vivimos.

A la vez que implica la superación de la economía de subsistencia y de miseria, el desarrollo económico plantea también a la reflexión moral interrogantes inéditos a los que es urgente hacer frente. Las dificultades críticas constituyen otros tantos problemas abiertos (tanto para el empresario como para la sociedad), que nos limitaremos solamente a enumerar, entre otras cosas por falta de una reflexión moral consolidada.


2. ÉTICA DE LA RESPONSABILIDAD. La primera gran esfera ética en la que se manifiestan fuertes exigencias de reflexión es la de la responsabilidad. En un contexto de desarrollo, ésta concierne principalmente a los comportamientos inherentes a la función empresarial (a y b), a la laboral y a la de consumo (c).

a) En lo concerniente a la función empresarial. Se entiende ésta en un sentido muy amplio. En una sociedad plural y tendente al desarrollo, el afianzamiento de los intereses espirituales y materiales y de las libertades civiles está confiado a la iniciativa individual y de grupo. La creación de empresas y de asociaciones con el objetivo de satisfacer esos intereses (necesidades) constituye una clara responsabilidad social; de que se asuman medidas en esta dirección depende, en efecto, la solución de la mayor parte de los problemas individuales y sociales que se presentan en una realidad abierta y compleja. Tales iniciativas, sin embargo, configuran también una responsabilidad económica, ya que el logro de sus objetivos implica encontrar recursos y hacer el mejor uso posible de los mismos.

Existe, pues, una doble vertiente de lo empresarial y de la responsabilidad unidas en su ejercicio: la económica y la social.

Lo empresarial en sentido amplio se puede considerar una función social, puesto que tiene por finalidad la satisfacción de necesidades propias de una pluralidad de personas. Existe, pues, una esfera específica de responsabilidad en la individuación de las necesidades (mercado) a las que dirigir la propia iniciativa (producción). Y es totalmente evidente a este respecto que existen innumerables posibilidades de elección en las iniciativas empresariales (desde la construcción de un hospital privado a la industria del cine pornográfico), y no todas obviamente son compatibles con un planteamiento ético, en el sentido de que no es moralmente lícita la producción de cualquier cosa (a este respecto se está prestando atención cada vez mayor al impacto medioambiental de las iniciativas empresariales y a los problemas relacionados con la contaminación; [l Ecología].

Por otro lado, a la hora de juzgar la calidad del desarrollo promovido por la iniciativa empresarial, parece un deber ético atender a indicadores de desarrollo económico (PIL, productividad del trabajo, etc.), indicadores de bienestar social (ocupación, nivel de los precios, etc.) e indicadores de calidad de la vida (seguridad social, instrucción, sanidad, etc.).

La responsabilidad social del empresario resulta evidente en este campo, como resulta evidente la escasez de normas éticas consolidadas en estos temas.

b) En lo concerniente a las relaciones del empresario con los colaboradores. Esta esfera de responsabilidad concierne tanto a la incidencia que tienen en la vida de los trabajadores las grandes opciones estratégicas y de gestión como las condiciones de organización del trabajo. Desde este último punto de vista la situación actual ofrece perspectivas muy estimulantes y características, profundamente diferentes de las del pasado.

La gran flexibilidad de organización y el ahorro de trabajo reiterativo y fatigoso que permiten las nuevas tecnologías aumentan enormemente el grado de libertad en la organización del trabajo y hacen más accesible el objetivo de la plena valoración de las cualidades personales de cada uno. Las opciones de organización se presentan así al empresario con una gama mucho más amplia y, consiguientemente, con una carga de responsabilidad para con los demás verdaderamente sin precedentes.

En una sociedad cambiante y en una empresa que cambia con ella, esta responsabilidad es continua, cotidiana. Por ello mismo engloba también, al menos en el ámbito profesional, la responsabilidad de enseñar a los colaboradores a cambiar y cómo cambiar en una verdadera relación de tipo pedagógico.

En definitiva, en una sociedad avanzada y compleja existe un espacio muy amplio de discrecionalidad en la concepción, organización y gestión de cualquier iniciativa. Dentro de ese espacio, el ejercicio de las opciones comporta responsabilidades crecientes en cantidad y calidad; pero dicho ejercicio no está asistido por un magisterio ético de igual articulación y sofisticación. Y,sin émbargo, la particular importancia del papel del empresario como persona que asume iniciativas en orden a la solución de problemas colectivos estaría demandando la elaboración de unos principios en cierta medida colindantes con la utopía.

Si la capacidad de innovación, la eficiencia y la profesionalidad con las que el empresario se mueve en el propio espacio discrecional están animadas por el valor cívico y por la referencia a los principios y valores de la persona, y orientadas a su vez a objetivos coherentes con todo esto, pueden dar vida a una forma de uto pía inteligente, es decir, al desarrollo concreto de proyectos que representen un pasó adelante, por pequeño que sea, en el progreso de la humanidad.

c) En lo concerniente al trabajo y al consumo. Paralela a la problemática ética del empresario, en cuanto suscitada por los efectos concretos de su iniciativa, existe una problemática escasamente explorada, concerniente al trabajo y al consumo.

La reflexión ética ha resaltado con toda justicia los problemas relacionados con el carácter subjetivo y personal del trabajo y con la dignidad del trabajador, mientras que ha dejado en la sombra los problemas vinculados a la relación existente entre trabajo humano y producción. Se trata de explorar las dimensiones nuevas que asume el tema de la dignidad humana del trabajador en orden a su responsabilidad como productor. Al hacer esto hay que tener presente que esta responsabilidad va mucho más allá del respeto a los derechos y deberes, para adquirir un significado social mediante la aportación de la productividad del trabajador al desarrollo no sólo de la empresa, sino de la sociedad también.

Responsabilidades y problemas éticos análogos se encuentran en la esfera de los comportamientos de con sumo. Junto a las conocidas distorsiones (consumismo) hay que profundizar en el significado moral de la libertad de definir la propia "ficha de los consumos" (derecho de escoger el producto, respeto a los gustos del consumidor, esfuerzo por satisfacerlos).

3. ÉTICA DE LA /SOLIDARIDAD. La segunda esfera importante en el comportamiento empresarial es la de la solidaridad. Guarda relación con los problemas implicados en los mecanismos de producción y de distribución. También aquí la reflexión debería encaminarse a recoger los aspectos positivos implicados en el desarrollo económico creado por la capacidad empresarial.

Disponemos, en efecto, de una amplia contribución del magisterio en los aspectos distributivos (solidaridad es distribuir equitativamente los recursos producidos); pero quedan aún numerosos problemas por afrontar en lo concerniente a la ética de la producción (solidaridad es ante todo producir riqueza para después poder distribuirla).

En las sociedades plurales con economía de mercado la organización social prevé que el sujeto que tiene la responsabilidad del problema productivo sea la empresa, y que el sujeto que tiene la responsabilidad de la distribución sea el Estado, al menos tocante a hacer efectivas unas condiciones mínimas de solidaridad (los niveles ulteriores de solidaridad quedan confiados a las asociaciones voluntarias).

En este campo el empresario tiene al menos dos funciones, y por consiguiente dos obligaciones de responsabilidad diferentes. 0 En cuanto gestor de la empresa tiene la responsabilidad y el deber moral de no malgastar los recursos que utiliza y, por consiguiente, de perseguir la máxima eficiencia y rentabilidad, enseñando a sus colaboradores (que no son empresarios) todo lo necesario para conseguir estos objetivos. 0 En cuanto ciudadano tiene la responsabilidad de pagar los impuestos, es decir, de contribuir a financiar las transferencias necesarias para hacer efectiva la solidaridad social y de expresar a través de la participación y del voto sus propias opciones acerca de los sistemas mejores para llevar esto a cabo.

A la inversa, es necesario señalar las problemáticas éticas relacionadas con el gasto social del Estado. En este campo se impone la difusión de la convicción de que la solidaridad se mide también en términos de eficiencia; o, en otras palabras, que todo derroche sustrae recursos a alguien que tiene necesidad de solidaridades primarias.

En este sentido otro tema fundamental de reflexión lo constituye la definición de los umbrales mínimos de solidaridad que debe garantizar el Estado y, a la inversa, de los gastos en los que moverse inspirándose en el principio de subsidiaridad.

Notas

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