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Ética Empresarial Católica | categoría
Ética y Filosofía para Empresarios | tema
Autor: Mariano Grondona | Fuente: Publicado con autorización de www.usem.org.mx
Hombre y sistema
Pensadores y hombres de acción desde siempre han tratado de armonizar libertad y bienestar social.
 
Hombre y sistema
Hombre y sistema


Christine M. Korsgaard, que enseña filosofía en la Universidad de Chicago, ha sostenido en un artículo reciente que, según sea nuestra concepción del hombre, así será el sistema de organización social que andaremos buscando (Christine M. Korsgaard, Personal Identity and the Unity of Agency: A Kantian Response to Parfit, Philosophy & Public Affairs, Spring 1989, pp. 101-133).


Hay dos maneras de considerar al ser humano, sostiene Korsgaard. Una, cuya base son los escritos morales de Emanuel Kant, lo ve como un sujeto "activo", como agente de su propia vida. La otra, que culmina en el polémico libro de Derek Parfit “Razones y Personas” (Reasons and Persons, Oxford University Press, 1986), ve al hombre como "receptáculo" de sensaciones y experiencias. El hombre, en Kant, "hace". El hombre, en Parfit, "siente".

El hombre que hace su destino

De estas dos concepciones sobre el individuo, nacen dos concepciones sobre la sociedad. Si aquéllos que habitan el paisaje social son "agentes", hacedores de su propio destino, lo que hay que lograr es que gocen de la libertad necesaria para vivir sus vidas.

Si les va bien, se lo han ganado. Si les va mal, es cosa de ellos. La libertad no asegura la felicidad.

Otorga, apenas, la posibilidad de buscarla. Se puede ser entonces libre y feliz o libre e infeliz; lo que más le importa a Kant no es que el hombre sea feliz -esto es, que "se sienta" bien- sino que "obre" bien; que se comporte a la altura de su propia dignidad. Como ha observado Robert Nozick en Explicaciones filosóficas, !o que cuenta no es que el hombre sea feliz -esto, en última instancia, depende de las circunstancias- sino que su vida tenga "valor´´, es decir, que la viva como una "persona" libre y responsable (Philosophical Explanations, Harvard University Press, 1981, pp. 403 y ss).

A esta tradición intelectual pertenece el principio asentado en la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos: el hombre tiene el derecho de "perseguir" la felicidad. No el derecho de "tenerla", sino de perseguirla; si la consigue o no, es problema de él.

El hombre feliz
Otra gran corriente intelectual, el utilitarismo, piensa en términos de experiencias y sensaciones. Reconoce su origen en el griego Epieuro, que identificó la felicidad con un balance positivo entre el "hacer" de los placeres y el "debe" de los dolores. La utilitaria que tiene en Hume, Bentham y Stuart Mili sus grandes nombres,
imagina a la felicidad individual como una óptima combinación de sensaciones, y a la felicidad "social" como el traspaso de esa misma ecuación al plano colectivo. De aquí proviene la famosa formulación utilitaria de la meta que debe perseguir la acción de los gobiernos: "la felicidad del mayor número".

La persona
En su Teoría de la justicia, John Rawls hizo notar desde su posición kantiana que el utilitarismo "no toma seriamente la distinción entre las personas" (John Rawls, A Theory of Justice, Harvard University Press, 1971 p. 27). Una persona puede intentar su propio balance de placeres y dolores. ¿Cómo trasladar el balance sin embargo a una sociedad de millones de personas? Si cada persona es única, no hay cuenta posible a escala social: el argumento contra el utilitarismo parecía incontrastable. Fue entonces que Parfit escribió su libro para salvarlo. ¿Cómo lo hizo? Cuestionando el concepto de "persona". Todo lo que hay, sostiene Parfit, son experiencias, sensaciones.
El concepto de "persona" es una construcción artificial.

Lo que hay es sólo un fluir de experiencias y sensaciones: las tuyas, las mías. ¿Pero hasta qué punto este que hoy soy yo es "el mismo" que cuando yo era niño, hace décadas? El tiempo borra las huellas de lo que fui. Es más fácil en cambio contabilizar experiencias, placeres y dolores, en el "hoy" de todos los que formamos una comunidad. En la medida que borramos a las personas como protagonistas únicos, incomparables, irremplazables, vuelve a ser posible la cuenta utilitaria.

Hoy, agrega Parfit, la cirugía trasplanta órganos, cambia las facciones, quizás mañana la cirugía transplante tejido nervioso y hasta el cerebro. ¿Quién seré "yo" en estos casos?.

La sociedad y la persona
Si no consideramos al hombre como un reguero de sensaciones y experiencias sino como un "agente", como un sujeto "activo" replica Korsgaard- lo que importa determinar cuando se cambia la cara o recibe un órgano es si eso lo hizo "él" o "ella" por propia voluntad o no Si sigue siendo agente de su vida, la persona continúa. Si se lo hicieron desde afuera, vulneraron su personalidad.

En los sistemas sociales y populistas, el único agente es el Estado, los ciudadanos sólo son los receptores de sus costos o de sus beneficios.

Si considero al hombre un mero ámbito de sensaciones, un receptáculo de experiencias queda abierta la puerta al populismo y al socialismo. En la concepción utilitaria que está en la base de ellos, "alguien" desde el Estado, obra de tal modo que los demás reciban las experiencias positivas de la vida: vivienda, educación entretenimientos, salud, empleo.

En los sistemas socialistas y populistas, el único agentes es el Estado, los ciudadanos sólo son los receptores de sus costos o de sus beneficios.

En el sistema liberal, lo que cuenta en cambio es dejar que cada persona organice su vida: vivienda y la educación, el recreo, la salud y el empleo, quedan a su cargo. El derecho supremo del liberalismo es el derecho de actuar: para ser.

El derecho supremo del socialismo-populismo es recibir: para sentir. Cada sistema ofrece su cielo y su infierno. En el liberalismo el cielo es la plena vaiorización de las posibilidades de cada cual; el infierno, la desprotección de los que no la logran. En el socialismo-populismo el cielo son los beneficios que promete el Estado. El infierno, no tanto que el Estado no cumpla sus promesas -algo tan frecuente en America Latina- sino, al contrario, que las cumpla: cuando lo hace, las personas se quedan sin la aventura de vivir.

Karoshi: la muerte del Guerrero de Empresa
Ese es el título de un libro japonés recientemente editado. Trata este libro de la muerte por exceso de trabajo entre los japoneses. Más de diez mil trabajadores mueren cada año en ese país. Como causas inmediatas de sus decesos se han registrado: hemorragias cerebrales, presión alta, arterioesclerosis, hemiplejías y problemas cardíacos. Los afectados no son únicamente obreros, sino que también son directivos en todos los niveles. Las causas profundas de estas muertes prematuras las detecta Reg Green, responsable de CIOSL (Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres) en la ética de la competividad y en la noción de lealtad a la empresa.
(Mundo de Trabajo Libre, 1/91).

El espíritu japonés, tan sorprendente en los campos de batalla, se trasladó al campo de la economía. El trabajador japonés, de guerrero de empresa se está convirtiendo en un kamikaze. Mucho tiene que ver en ello la educación que se recibe desde la niñez. Los alumnos en ese país trabajan entre cuarenta y sesenta días más al año que los alumnos de los países europeos o de América, en sus cursos normales. Pero a este trabajo hay que sumar las horas extras o "jyuku" que se imparten incluso los domingos y que los alumnos las toman por la terrible presión social de aprobar sus materias.

Esta disciplina de trabajo es la que explica, por lo menos en gran parte, los excesos del japonés maduro en sus labores. En el libro se presentan estadísticas comparativas: los japoneses trabajan diez horas más a la semana que los trabajadores franceses y alemanes de la antigua Alemania Occidental. En estas comparaciones no se tienen en cuenta las horas que donan los trabajadores a su empresa más allá de lo debido por contrato y que lo hacen por lealtad o apego a su empresa.

Si a estos factores se añaden las adicionales causas de fatiga y presión psíquica -dos o tres horas diarias de transporte, el trabajo al fin de semana, las vacaciones reducidas, la falta de vida familiar, las comidas aceleradas, la poca satisfacción en el desempeño de su trabajo, el temor al fracaso y el terror de no dar de sí cuanto de cada uno espera la empresa- a uno no le extraña la alta incidencia de muertes entre los guerreros de empresa en el Japón.

En la Doctrina Social de la Iglesia, principalmente desde la Rerum Novarum a la Centesimus Annus se inculca repetidamente "que el trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo".

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