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| Humanismo en la empresa |
Fritz Schumacher, en su obra visionaria que lo hizo
célebre, anticipándose a su tiempo (E.F. Schumacher. Lo pequeño es
hermoso, Ed. Eerman Blume, Madrid, 1978, pp. 7a. y ss.)
describe el credo de la modernidad en unos pocos trazos.
Dos
de ellos nos interesan ahora que el hombre es producto
de una evolución casual (más o menos al modo de
la imaginada por Darwin), y que el progreso del hombre
tiene como motor principal a la competencia (Ibidem). Estos dos
rasgos de las creencias modernas se encuentran vinculados entre sí,
pues la hipotética evolución biológica darwiniana cuenta precisamente con un
megacosmo de competencia, para el proceso ascendente de las especies
vivas hacia estados de una mayor complejidad y perfección: el
struggle for life, la lucha por la vida; y el
survival of the fitest, la sobrevivencia del más fuerte. Aceptado
esto para el desarrollo de un ser vivo en general,
resulta fácil admitirlo para la perfección de los seres humanos,
los cuales siguiendo la hipótesis, habrían de superarse a sí
mismo no sólo en competencia con el entorno natural en
que subsisten, sino con los demás hombres con los que conviven.
Es
así como una discutible teoría presuntamente científica, que pertenece al
campo de la biología, se introduce como creencia, como principio
de verdad, en la organización y trabajo de las empresas,
que pertenecen claramente a otro orden, al orden de la
economía y la sociología, esto es, al ámbito de una
actividad realizada por una especie biológica de características radicalmente diversas
de las de los otros seres vivos.
A pesar de sus notorias
diversidades, aquél, el hombre, habría de someterse al mecanismo que
perfecciona a éstos, los animales, con lo que, subyacentemente, se
admite una igualdad substancial entre unos y otros.
La hipótesis de
Darwin es hoy insostenible, si es que pudo alguna vez
sostenerse. Se sabe que el simple y mero mecanismo de
la competencia biológica no basta para explicar el sorprendente fenómeno, rico
y heterogéneo, de la diversificación y creciente cualificación del ser
vivo; se precisaría además una conjugación innumerable de otras condiciones,
al punto que la de la competencia pasaría a ser,
si no del todo inútil, sí al menos, irrelevante, o,
en el mejor caso, en modo alguno decisiva (Cfr. p.
ej. Mariano Artigas, Las fronteras del evolucionismo, Editorial Mundo Cristiano,
Madrid, 1987).
Este giro antidarwiniano de la biología no ha hecho
mella apreciable aún en el ámbito económico y sociológico y,
particularmente, en el de la empresa. En el trabajo de ésta,
y en el entramado entero de sus relaciones humanas, se
sigue pensando que el mecanismo de la competencia, el impulso
por la adquisición del poder sobre los demás y la
lucha por el predominio social es el primer ingrediente de
las relaciones humanas dentro de cada organización, y de la
organización dentro del conglomerado, sea nacional o sea planetario, de
la socioeconomía.
Hay quienes piensan que el mecanismo de la competencia,
el impulso por la adquisición de poder sobre los demás
y la lucha por el predominio social es el primer
ingrediente de las relaciones humanas dentro de cada organización, y
de la organización dentro del conglomerado, sea nacional o sea
planetario, de la socioeconomía
Sospecho que somos muchos los que no pensamos
de esta manera, aunque nuestra voz se muestre cautelosa frente
a la de quienes, apoyados en realizaciones fugaces, manifiestan lo contrario,
co n una actitud competitiva, precisamente de la que nosotros
por principio carecemos y evitamos y queremos seguir evitando.
No obstante,
asoman ahora su cabeza, aunque tímidamente -cada vez menos tímidamente-,
varios fenómenos culturales que comienzan a darnos la razón.
Los
abanderados del afán de poder y los partidarios de la
competencia como motivo fundamental de desarrollo tienen que habérselas con
dos fuertes movimientos de la cultura postmoderna que no pueden ya
en modo alguno ignorarse, porque generan cada vez más tensión,
y precisamente en el ámbito propio de la empresa.
Nos referimos
al ecologismo, que pone en crisis el supuesto poder del
hombre sobre la naturaleza mediante la técnica moderna (un poder
que, como lo expresa el propio Schumacher en El buen
trabajo. [Madrid, Debate, 1981, p. 18], "en lugar de trabajar
junto con la naturaleza, la tiraniza") y al pacifismo que
se resiste a la consideración de que les relaciones de
dominio y de competencia son las características propias de los
seres humanos por encima de la armonía, el equilibrio, la
conjugación de los intereses y la paz (Sobre los movimientos
postmodernos cfr. Alejandro Llano: La nueva sensibilidad. Madrid, Espasa Calpe,
1989).
Ambas aspiraciones la ecologista y la pacifista- se encuentran
a su vez centralmente vinculadas: la serenidad hiedeggeriana, fruto del
abandono de la voluntad del poder, es condición para saber habita
la tierra y en la bienaventuranza evangélica el pacifico -y
no el conflictivo- es el que terminara poseyéndola. No ignoramos
que estos, movimientos postmodernos como aquellos de la lucha y
la competitividad, tratan a su vez de absolutizarse. Abominamos de
un ecologismo a ultranza que permite el aborto mientras se
preocupa la extinción de los chimpancés; y nos molesta el
pacifismo in extremis, que prefiere la armonía y la tranquilidad
a costa de la deshorna la propia esposa o el
insulto a la propia madre.
Pero alguien debería levantar la
voz a la voz a la actitud peleonera y prepotente
de quienes defiende la pendencia y el avasallamiento con argumentos
de eficacia. Alguien debería levantar la voz, y lo han
hecho poniendo literalmente el grito en el cielo: la lucha
del más fuerte, el predominio a ultranza, la competencia sistemática, como
mecanismo de supervivencia y aún de superación del hombre, no
lo llevan a ninguna parte... en cuanto hombre; tal vez
sí perdónenme- en cuanto animal macho. El ecologismo y el pacifismo
han de ser bienvenidos, como ya lo son en las
organizaciones sanas, que ven hacia adelante, en lugar de aferrarse a
viejos clichés convertidos en slogan.
El Mein Kampf, mi lucha, de
Adolfo Hitler; el Ubermensch, el superhombre de Nietzche; el rugido
de los cañones; la guerra, repetida por la lira con
indómito cantar; el sonar de los claros clarines.., tienen notas indudablemente
decimonónicas; como lo tienen las afirmaciones grandilocuentes -megalomanías de vecindad que
hablan del aislamiento del hombre de mando y del peso
de las decisiones que nadie puede tomar por él; o
las teorías psiquiátricas de Alfred Adler, para quien la fuerza motora
el hombre es la voluntad de poder, como para su
antecesor Sigmund Freud lo era -también falsamente -en el presunto
e inconfesado impulso sexual.
Muchos empresarios, sorprendidos por estos nuevos aires de
cultura, que colocan en situación de antigüedades sus inamovibles dogmas
respecto de la dureza, la ausencia de sentimientos y mal
trueque del poder por la afabilidad, no se llevarían una
la sorpresa si conocieran la historia. Porque esta contraposición de
la colaboración y el servicio frente a la competencia y
el poder -que es finalmente, de lo que estamos hablando-
representa una pugna nacida al principio de nuestra cultura occidental,
mantenida vigente a lo largo de casi treinta siglos pero
que ellos, no sin cierta simplicidad culpable, han querido resolver
en muy pocas decenas de años, fundados en débiles experiencias,
a favor del poder y la competencia, y en contra
de la colaboración y el servicio.
La guerra y la paz En
la Teogonía de Hesíodo aparece Dike, el derecho y la
igualdad, al lado de sus hermanas Eunomia el buen orden,
y Eirene, la paz (que se encuentran en el punto central
de su obra poética incluso antes que Zeus, aún siendo
éste su padre). Pero Dike tiene tres oponentes: Eris, la
lucha o competencia, Bfa, la fuerza, e Hibris, la intemperancia que
traspasa los límites del derecho transformando lo justo en injusto
y lo digno en indigno. A Hesíodo no se le
escapa que la competencia tiene dos caras: por un lado es
subversión del orden, pero, por otro, hay una Eris buena,
"la que estimula al trabajo a los hombres perezosos" (Trabajos
y días, vs. 17 y ss.). Pero ello no impide que
la competencia sea enumerada junto con la fuerza que se
enfrenta al derecho, y la intemperancia, que se aparta de
él. Justo por esa doble faceta de la competencia, Hesíodo
recomienda a su hermano Perses: escucha siempre a la Justicia
(Dike) y no emplees la fuerza (Bfa)", "atiende a la
Justicia (Dike) y evita la intemperancia (Hybris)" (Ibidem. v. mient274)
mientras que nada dice acerca de la competencias (Eris).
La primitiva
mitología hesfodica es representante de profundas realidades humanas. Entre ellas,
la diferencia radical que se da en el comportamiento del hombre
respecto de los animales, diversidad que ha pretendido abolirse mediante
otra mitología, como es el struggle for life darwiniano. "Las
bestias, peces y aves podrán devorarse entre sí -porque entre
ellas no se da la justicia-, pero a los hombres
se les ha comunicado el Derecho, que es el más
sublime de todos los bienes" (Ibidem. vs. 274 y ss.).
Platón dirá después, en su Protágoras, que Dike (la justicia)
y Aidós (el respeto) son las realidades antropológicas que humanizan
verdaderamente al hombre, y no el poder ni la lucha.
Pues está claro que una cosa es Dike, justicia y
dignidad humana, y otra "el quebranto del equilibrio, la desmesura,
el abuso, el atropello, la violencia, la soberbia humana, la
pérdida de límites" (Juliana González, et al.: El humanismo en
México en las vísperas del siglo XXI. México, UNAM, 1987,
p. 217).
Esta dialéctica entre la justicia, la armonía y la
paz, por un lado, y la contienda, la fuerza y
la intemperancia, por otro, se encuentra viva en la historia
humana, tanto individual como colectiva, y perdura en toda la civilización
occidental. En ella está presente la idea heraclitiana del mundo»
según la cual la lucha -polemóses el padre de todas
las cosas, y la idea del mundo permenídea, para la
cual las cosas constituyen una unidad sin grietas.
Hay que contraponer la
colaboración y el servicio frente a la competencia y el
poder Pero ¿de qué autoridad se reviste el manager de
hoy para absolutizar con argumentos insuficientes una de estas tendencias?
Y, sobre todo, puesto a absolutizar, ¿por qué toma partido
a favor de la polémica.´? El hombre de organización debería
optar, por razones de su oficio, en pro de la
armonía, especialmente teniendo en cuenta que la tendencia a la
armonía y a la unidad no resultan fáciles de autoabsolutizarse,
facilidad que se encuentra, en cambio, en la ascendencia de
la fuerza y de la polémica. Ello no significa que
la contienda, la fuerza y la intemperancia no tengan, a
veces, circunstancialmente valores de eficacia en la línea de los
resultados pretendidos: las experiencias son demasiado patentes para ignorarlas. Significa
sólo que cuando estas posibilidades del hombre prevalecen sobre la justicia,
la armonía y la paz, el hombre incrementa la similitud
con el resto de los animales, ya sobradamente manifiesta, según
Darwin. Es decir, realiza en cierto modo la propia suposición
darwiniana.
La voluntad de poder tiene su origen psicológico en un
subconsciente sentimiento de inferioridad. Esto es algo que los directores
de organizaciones deberían tener presente ya no por conocimiento mitológico
o filosófico sino por meras y estrictas razones de eficacia:
si en la organización se exalta el valor del poder
y la competencia por encima del equilibrio y la colaboración,
las organizaciones se desarticulan y se astillan en pedazos que después
ninguna fuerza, ningún poder, ninguna capacidad de dominio será capaz
de ajustar.
La realidad del poder, de encontrarse en la
cumbre -no de las motivaciones, lo que es permisible, sino
de la organización que carece de ellas-, tiene un atractivo
precisamente mítico (Eris, Bía e Hybris son grandes tendencias motivadoras),
cuando se piensa en el líder de la organización: pero
tal exaltación del valor del poder y la competencia se
transmite a cada una de las células de la organización
hasta sus más íntimos niveles, en donde aparecen incluso con
más fuerza esas mismas tendencias, desencuadernándose la empresa al proliferar
pequeños jefecillos, con pretensiones de preponderancia, a los que les conviene
levantar una alta cerca en torno de cada uno de
sus pequeños corrales en los que pretenden ser el rey.
También
hay experiencias abundantes en esta línea: la supravaloración del afán
de poder y la competencia suscita en las organizaciones, múltiples
y enanos napoleones que quieren hacer de cada una de sus
actividades un remedo de la batalla de Jena, y aparecen
por todos lados almirantes émulos de Nelson que preparan un
Trafalgar en la tina doméstica de su departamento.
Al contrario de
lo que ocurre con el dinero terreno en el que
siempre hay un nuevo rico que interviene, he observado que
quienes hablan más del poder son los que carecen de él
o los que suponen tenerlo organizando tormentas en vasos de
agua, que luego se dignan apaciguar con gestos wagnerianos. Hay
algo verdadero en las hipótesis de Adler cuando afirman que
la voluntad de poder tiene su origen psicológico en un subconsciente
sentimiento de inferioridad. Quienes realmente dominan a las organizaciones no
gustan de hablar de su potencialidad dominadora, aunque no sea
más que por táctica. En general, aunque sea mediante confusas intuiciones,
parecen conocer la diferencia etimológica entre la auctoritas, proveniente del
augere latino, cuyo significado primigenio es el de aumentar, garantizar,
dar valor a las cosas que se hacen con su
autoridad; y la potestad, que significa el poder sobre aquellos
que estén bajo su mando.
La preposición con indica por
naturaleza relaciones de colaboración, cooperación, las relaciones de la redes
y de los equipos; y lo contrario sucede con la
preposición sobre, que se utiliza más para los apilamientos y
las escaleras. La preposición con no exige una contrapartida, nada
necesita fuera de su propio significado vinculatorio entre dos.
La preposición
sobre funciona de otro modo: porque siempre que hay un
sobre se exige otra preposición en la forma de un
bajo-Nada hay, pues, más disolvente que una potestas sin auctoritas,
una supravaloración sin valoración. Por eso Edgar Shein, en su
psicología de las organizaciones (Edgar Shein: Psicología de la organización. Prentice
Hall International, N.Y. 1980), enfatiza al mismo tiempo la necesidad
de diversos niveles jerárquicos de mando y el trabajo de
cooperación.
Aquí me parece oportuno referir la aguda observación de Leonardo
Polo, profesor de la Universidad Panamericana: "Da qué pensar el
auge de los campeonatos, el empeño de batir marcas, la
idea de récord: nada de esto es malo, simplemente es insignificante...
Da qué pensar el clima de campeonato que se vive
en el mundo empresarial, pero en este caso el síntoma
no es trivial, sino sumamente grave" (Leonardo Polo, Las organizaciones primarias
y la empresa, Humanismo y empresa, Universidad de Navarra, Pamplona).
Este clima de campeonato hace que se abuse de términos
que deben emplearse sólo, y escasamente, en campos muy restringidos:
esto es, en el campo de los campeonatos. Fuera de
su contexto, su uso puede al propio sumamente grave, sino
también, al como tiempo, francamente infantil. Términos como triunfador campeón,
ganador, etc., no tienen sentido alguno en la verdadera vida
personal de los ciudadanos: aplicado a la familia, a la
escuela, a la empresa, a la propia carrera profesional e
incluso a la política, da a la vida una perspectiva maratónica
que termina en literaturas superficiales como la de El vendedor
más grande del mundo.
En este terreno, debe distinguirse con nitidez
la diferencia que existe entre ganar algo y ganar a
alguien. En el primer caso lo importante es el algo
que se gana, mientras en el segundo la importancia recae
sobre el alguien que resulta derrotado. En el primer caso
los términos de derrota competición o lucha parecen impropios. ¿Quién
ha inventado que la vida debe enfocarse como una competición?
¿Quién ha identificado competición con deporte? Es cierto que el logro
de los grandes ideales humanos exige del que se los
propone una actitud deportiva, pero no lo es que los
ideales se deban considerar como un récord que haya de superarse,
como una marca que se deba batir: en las marcas
rige la ley de la exactitud; en los ideales, el
esprit de finesse, la finura del espíritu. Los verdaderos ideales, los
que corresponden al ámbito del espíritu, se comparten.
Sólo las metas
poco valiosas, por ser individuales aunque merezcan medallas de oro,
pueden ser ganadas a otro.
La finalidad del trabajo Volvamos a
la sabia teoría de Fritz Schumacher, propia de un aldeano
inglés que no quiere dejar de serlo. Le dimos antes
el apelativo de visionario porque tuvo la intuición de las
pésimas consecuencias que seguirán al gigantismo de nuestras empresas, y
más cuando son estatales. Esta visión anticipada aparece también en
su concepción del trabajo humano, tal como lo intuye en
Good Work (E.F. Schumacher, El buen trabajo, ed. cit.).
El
fin de una era, que Schumacher anticipa con ese mismo
nombre, tiene un parteaguas: dejar de trabajar más para trabajar
mejor. La calidad del trabajo se aprecia por parámetros que
no son cuantitativos, en los cuales prevalecen, precisamente, la colaboración
y el servicio. El poder y la competencia quedan fuera
del entorno del buen trabajo, aunque seguramente tendrán que ver
mucho con su volumen cuantitativo. Good Work comienza diciendo que
son tres los fines del trabajo: "1° Proporcionarnos bienes y
servicios necesarios y útiles. 2º Permitirnos a todos utilizar, y con
ello perfeccionar, como buenos administradores, nuestros talentos naturales. 3° Hacerlo
sirviendo a los demás y cooperando con ellos, para liberarnos de
nuestro innato egocentrismo" (op. cit. p. 16) .
El libro termina de
manera análoga: "la sabiduría tradicional nos enseña que en el
fondo la función del trabajo es triple: 1. Dar a
una persona la posibilidad de desarrollar sus facultades. 2. Permite vencer
su egocentrismo uniéndolo a otras personas en una tarea común,
y 3. Producir los bienes y servicios que todos necesitamos para
llevar una existencia digna" (Ibidem, p. 150).
La calidad del trabajo
se aprecia por parámetros que no son cuantitativos, en los
cuales prevalecen, precisamente, la colaboración y el servicio. El poder
y la competencia quedan fuera del entorno del buen trabajo,
aunque seguramente tendrán que ver mucho con su volumen cuantitativo.
Tales
afirmaciones pretenden descubrimos en la cooperación laboral un valor que
podría quedarse oculto: la colaboración en una tarea común constituye,
para decirlo con términos en boga, la terapia del egoísmo.
Aunque sólo fuera por esta razón, las organizaciones deberán enfatizar
su mérito por encima del sentido de competencia y del
afán de poder. Pues aunque tengan éstos una cara buena
«según Hesíodo», no son precisamente medicina para nuestro egoísmo, sino
contienen el peligro de inflar nuestra egolatría. Y con un
conjunto de egoístas se pueden hacer muchas cosas, menos una
organización.
Querríamos plantearle a Schumacher el problema acerca de si la
colaboración es fecundadora de generosidad o producto de ella, pero
no podemos hacerlo en este momento.
El poder excesivo y unilateral
se ejerce siempre sobre nada Estas consideraciones, que se fincan
en los más clásicos conceptos sobre el hombre, y, especialmente,
en la concepción cristiana --Schumacher se declara en Good Work "católico
romano"-, no suelen ser recibidas bien por los utilitarios de
las organizaciones, bajo pretexto de su saber pragmático: una perspectiva
blanda de la organización no obtendría frutos provechosos, dicen ellos.
La afirmación olvida dos cosas que son importantes para todas las
organizaciones. En primer lugar, que crear en un grupo de
trabajo un clima de cooperación sustituyendo el anterior de competencia, no
es reblandecer la organización, sino hacerla flexible, musculosa, vibrante; no
se confunda tenacidad -la capacidad de resistencia, la solidez- con
la terquedad, el cerrilismo y el codazo.
Al contrario, la
mutua cooperación es una de la más duras y ásperas
tareas a las que se enfrenta el ser humano: el
esfuerzo que cada individuo ha de poner para sincronizarse con
los demás ha sido bien discernido por Fernando Gómez (Cfr.
Llano Carlos; Liderazgo: del remo a la partitura. IPADE, FHN-140
1989). Al propio tiempo, nunca el hombre planifica tanto sus
posibilidades como cuando logra la armonía y el equilibrio con
los demás y concurre con ellos no en el alcance
de un objetivo individual -por ello siempre parcialismo sino en el
de un fin común.
En segundo lugar el pragmático o
utilitario de turno olvida que el lograr frutos a costa
del hombre -¡a costa del hombre que los produce!- no
ha sido nunca practicado. El pragmatismo vive demasiado en el
presente. No sólo no levanta la cabeza hacia el futuro,
sino que tampoco es capaz de volvería hacia el pasado.
Porque obtener logros a costa de los hombres que los
logran es precisamente la forma más clara de definir la
tiranía. Hace ya dos mil quinientos años, Platón describió el
estado radicalmente insatisfecho del tirano, que manda sin obtener la
aquiescencia del súbdito sino sólo su sometimiento, al punto que
el poder por el poder igual que el sexo por
el sexo son acciones constitutivamente frustradas.
El poder excesivo y unilateral se
ejerce siempre sobre nada. Poco tiempo después Aristóteles observaba con
acierto que el verdadero gobernante se interesa por mandar a hombres
libres, pues gobernar a esclavos carece de estímulos, porque nos
es mandar. Es, precisamente mandar en el vacío. Sucede, por
desgracia, que Platón y Aristóteles escribieron en griego antiguo, que
no es el idioma preferido por los hombres se-dicentes prácticos.
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