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| Una de las claves del éxito profesional: equilibrar trabajo y hogar |
El libro, con un título tan llamativo como “Los siete
secretos de la mujer de éxito”, al momento captó mi
atención. Su autora muestra bastante experiencia en temas de organización
empresarial relacionada con la mujer [1]. Después de varios estudios
y entrevistas a mujeres con puestos de alta responsabilidad en
el mundo empresarial, reconoce siete elementos comunes que las han
conducido al éxito.
Enunciaré cada uno de esos elementos, deteniéndome
en aquél que más me llamó la atención, y el
único no estrictamente relacionado con la dinámica organizativa de una
empresa.
El libro recomienda a la empresaria tener un mentor
o tutor en la empresa, que la forme, la apoye
y aconseje, indicando el camino y los obstáculos con que
se encontrará en el desarrollo de su trabajo. En segundo
lugar, que su trabajo sea visible, que desarrolle iniciativas abiertamente,
mostrando con naturalidad su preparación. Otro de los secretos es
desarrollar una red de trabajo efectiva, lo que significa establecer
contactos con personas que puedan enriquecer nuestro trabajo, o con
las que se pueda mantener cualquier tipo de colaboración o
intercambio de información. La cuarta clave es saber comunicarse con
efectividad (con los cargos superiores, los compañeros del departamento, en
juntas de trabajo y negociaciones). Asimismo, es preciso desarrollar la
capacidad de asumir riesgos inteligentes y comprender las políticas de
la organización donde se trabaja.
Sin embargo, quien es capaz
de poner en práctica todos estos elementos, todavía no puede
ser considerado una persona de éxito en los términos en
que la autora lo presenta. Falta un requisito fundamental, que
relaciona la eficacia en la empresa con la vida personal:
el equilibrio entre trabajo y familia. Dos son, en mi
opinión, los pasos que hay que dar para conseguirlo: primero,
reconocer que el trabajo no lo es todo, y que
necesitamos disfrutar del tiempo libre; segundo, que la familia es,
a la vez, fuente de ocio y de obligaciones, y
que ambos aspectos deben ser compartidos por la pareja. Si
se dan estos dos pasos, hombres y mujeres disfrutaremos de
la familia como nuestro mejor tiempo de ocio.
Con relación
al primer paso (la necesidad del tiempo libre), en una
entrevista realizada por la revista Men’s Health [2] acerca del
equilibrio entre vida privada y profesional, un gran número de
hombres se quejaban de tener que hacer auténticos actos de
malabarismo para conciliar el trabajo y el tiempo libre. Comentando
este tema un grupo de mujeres, se rieron... ¿Tiempo libre?
Eso ni siquiera entraba en sus actos de malabarismo... ¡Las
responsabilidades diarias relacionadas con el hogar y los hijos, absorbían
toda su dedicación fuera del tiempo de trabajo!
Ciertamente, los
hombres empiezan a mostrar una mayor tendencia a lo que
en Estados Unidos se conoce como “downshifting”. Especialmente los ejecutivos
de nivel superior e intermedio, se dan cuenta de que
los horarios exhaustivos de trabajo, la tensión continua por ganar
más éxito y dinero, la competencia feroz con sus compañeros,
no les hacen felices. Y a menudo optan por una
mejor calidad de vida que les permita recuperar el tiempo
dedicado a su familia, a actividades creativas, o al simple
disfrute de la naturaleza, aunque ello conlleve reducir el ritmo
de vida y ciertas comodidades a que estaban acostumbrados. Y
declaran disfrutar más un picnic que una cena en el
restaurante más lujoso de la ciudad, el turismo rural en
lugar de un crucero por el Caribe, la compañía de
sus hijos en vez de esas largas veladas con compromisos
profesionales.
Así pues, la calidad de vida no siempre se
mide por el nivel de bienestar material de que dispongamos.
También es la capacidad de realizar actividades con el simple
fin de disfrutarlas (o de disfrutarlas en compañía de las
personas más queridas) [3]. Jugar con los niños, hacer deporte,
bordar, pintar, cocinar, leer, pueden reducir la tensión, la ansiedad
y la frustración; llevan a relaciones más saludables, a mayor
creatividad y confianza; a desarrollar con naturalidad nuestra personalidad, siempre
y cuando no nos tomemos todo como un reto o
como un deber más. Conozco mucha gente que tiene dificultades
para hacer algo que le parece “improductivo” y sin resultados
cuantificables que justifiquen el tiempo dedicado.
Pero, ¿qué pasa con la
mujer? Mientras los hombres empiezan a buscar ese tiempo libre,
ellas piden horarios flexibles de trabajo, no para disfrutar de
la lectura, el deporte o la naturaleza, ni siquiera para
disfrutar de la familia; parece bastarles el tiempo suficiente para
poder atender las necesidades de sus hijos, de su casa
y de su marido: la compra, las citas en el
colegio, la visita al médico... Realmente, no parece que hombres
y mujeres tengamos las mismas aspiraciones, y sin embargo, el
ocio resulta indispensable para el éxito, no sólo como profesional,
sino también, como madre y esposa.
Las mujeres de hoy nos
estamos convirtiendo en los hombres de las generaciones pasadas: sufrimos
más ataques cardíacos, fumamos más, tenemos más depresiones, y experimentamos
una mayor tensión en todos los aspectos de nuestra vida.
Precisamente, porque todo en nosotras está relacionado: mi rendimiento en
el trabajo desciende cuando sé que mi hijo está en
cama con fiebre en manos de una niñera, o que
en ese momento está actuando en la representación teatral del
colegio y me busca entre el público; y sufro cuando
tengo que salir de viaje varios días y sólo podré
escuchar el relato diario de sus actividades escolares por teléfono,
sin poder ayudarle con los deberes...
El primer paso para
solucionar esta situación, ya lo ha dado un gran número
de hombres, que reconocen que el trabajo no lo es
todo, y que la vida debe disfrutarse más. ¡Estupendo! Por
el contrario, para que una madre se lo llegue a
plantear, es necesario que el hombre, una vez reajustados sus
horarios para permitirse mayor tiempo libre, lleve a cabo en
este tiempo una parte de las obligaciones familiares que, hasta
ahora, han recaído casi exclusivamente en la mujer. Y ése
es el segundo paso que todavía muchos hombres no han
dado.
Sé que la mayoría de las lectoras desearían que sus
hijos las vieran más a menudo disfrutando con ellos, y
menos, trabajando en la casa o exigiéndoles sus deberes. Pero,
¿cómo hacerlo? Mi primera respuesta sería: programa tu semana junto
a tu marido, de modo que el tiempo fuera del
horario laboral esté equitativamente repartido (o, mejor, compartido: hacer las
tareas domésticas a la vez, permite poder disfrutar del ocio
simultáneamente).
He aquí el segundo paso: compartiendo las responsabilidades familiares,
hombre y mujer podremos disfrutar en familia ese tiempo libre
que descansa, renueva y equilibra a la persona.
Por otra
parte, si es cierto que nuestra familia necesita que se
le dedique el tiempo libre, a veces puede llegar a
necesitarnos en el horario de trabajo. ¿Qué hacer en esos
casos? El libro ofrece una respuesta muy sencilla: reconoce que
necesitas ayuda, y hazlo saber en tu entorno laboral.
A
las mujeres nos cuesta especialmente reconocer que no podemos con
todo lo que se nos encomienda, y callamos para evitar
dar la impresión de incompetencia o falta de experiencia. Así
pues, lo primero es aprender a pedir ayuda (en el
caso de puestos de base o intermedios) o delegar de
manera efectiva (en los cargos directivos).
Una característica común de
todas las madres ocupando con éxito puestos directivos es su
capacidad para delegar, estableciendo muy bien las líneas de actuación
y supervisando con eficacia. Otra, es que han determinado bien
sus prioridades. El libro narra ejemplos de ejecutivas de muy
alto nivel en multinacionales, cuya prioridad número uno es la
familia, y manifiestan abiertamente sus ausencias por temas familiares, negociando
eficazmente una flexibilidad que les permita trabajar por resultados o
recuperar de otro modo ese tiempo. Y sus empresas les
apoyan. Ciertamente, han sabido ganarse esa confianza y su valía
profesional es reconocida.
Las mujeres en cargos no directivos, también necesitan
a menudo tomar algún tiempo de trabajo por causa de
la familia. Es necesario establecer una comunicación fluida con el
jefe. Si éste pertenece al cada vez más reducido grupo
de empresarios que no reconocen la importancia de la familia,
pueden surgir situaciones difíciles. Sería muy útil discutir el tema,
de manera que se puedan hacer arreglos alternativos por adelantado
(programar la agenda para llegar más temprano, trabajar tarde, o
incluso llevar trabajo a casa en ciertos casos).
Si los
directivos masculinos, en la recta final de su carrera profesional,
empiezan a decir que se arrepienten de no haber pasado
más tiempo con su familia, ¿vamos a esperar a estar
en la misma situación para constatarlo? ¡Aprendamos de los errores
de nuestros compañeros, y empecemos ya mismo a marcar esas
prioridades! Y, por favor, ¡dejemos de ver nuestra maternidad como
un cúmulo de responsabilidades y consideremos el tiempo con la
familia como el más satisfactorio de todos los que conforman
nuestra jornada!
Si honestamente constatamos que el tiempo libre que nos
queda al final de la jornada laboral es excesivamente reducido,
o que no contamos con la flexibilidad suficiente para atender
necesidades familiares, entonces deberíamos plantearnos: ¿Es la familia mi prioridad?
¿Estoy dispuesta a detenerme en el umbral del cargo directivo,
a cambio de más tiempo de calidad fuera del trabajo?
¿Soy consciente del valor de una persona que aporte serenidad
y equilibrio al crecimiento de los hijos y la vida
de pareja? [4]
Hace unos años, tras un grave terremoto en
Los Ángeles, la mayoría de las carreteras de acceso a
la ciudad quedaron seriamente dañadas. Como consecuencia, el trabajo a
distancia se convirtió en una necesidad instantánea. Las empresas no
tuvieron tiempo de realizar estudios de factibilidad, y el cambio
de organización se llevó a cabo de un día a
otro. Sorprendentemente, un gran número de empresas se dieron cuenta
de que su productividad no disminuyó. De hecho, muchos de
sus empleados prefirieron este estilo de trabajo y mostraron su
viabilidad.
La lengua china es muy sabia: crisis y oportunidad
son la misma palabra. Aprovechemos la crisis de tantos trabajadores
masculinos que, al final de carreras llenas de éxito, vuelven
su mirada y lamentan tantas horas robadas a esos hijos
que ya son padres y madres y que, recordando la
ausencia de su padre, se han propuesto no reproducir esas
pautas. ¿Tendremos que esperar muchos años para llegar a la
misma conclusión? ¿Contaremos con la ayuda de los hombres –en
el trabajo y en el hogar- para que la familia
sea nuestra mayor fuente de satisfacción? De nosotras depende: establezcamos
prioridades y defendámoslas. |
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