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Autor: Francisco J. Mendiguchía | Fuente: interrogantes "Cuando los niños van mal en el colegio"
¿Qué es realmente el fracaso escolar?
"Cuando los niños van mal en el colegio"
Cada día son más frecuentes en nuestras consultas las visitas
de padres en busca de asesoramiento, porque no saben qué
hacer con sus hijos que van mal en el colegio
y quieren saber qué es lo que les pasa.
Unas veces
son los propios padres los primeros en darse cuenta del
problema por las continuas malas calificaciones o por la pérdida
de algún curso, otras son los profesores los que les
llaman para decirles que sus hijos no aprenden lo que
debieran y, en alguna ocasión, es la propia dirección del
colegio que les envía una nota recomendando que el niño
vaya a otro colegio, «con pocos alumnos por clase», a
ver si así consigue avanzar más en sus estudios.
Cuando los
vemos, advertimos enseguida un cierto grado de ansiedad, tanto en
el niño, que ya es consciente de su situación, como
en los padres, que temen que su hijo tenga algún
retraso en su desarrollo intelectivo o, en el mejor de
los casos, que tenga algún otro problema que produzca su
fracaso escolar y frustre así las esperanzas puestas en él. El
pseudofracaso y el fracaso verdadero
Pero antes de proseguir conviene hacer
hincapié en la existencia de lo que podríamos denominar «pseudofracasos
escolares». Tales son los casos de niños cuyos padres no
se conforman con que sus hijos obtengan notas medias y
consideran que son lo suficientemente inteligentes para ser los primeros
de la clase, como lo fueron ellos, o quizá porque
no lo fueron nunca.
Este tipo de padres suele forzar el
ritmo del aprendizaje de, sus hijos que, en un principio,
a lo mejor pueden responder a estas exigencias, pero que
con el tiempo no pueden seguir el esfuerzo y acaban
rechazando el colegio y todo lo que signifique estudiar.
Los profesores,
ellos en particular o el colegio en general, son a
veces también los responsables de estos pseudofracasos al no tolerar
más que alumnos brillantes, tachando de incapaces a los que
no son tan gratificantes para ellos, pero que en otros
colegios menos elitistas, se desenvuelven perfectamente.
Pero ¿qué es realmente el
fracaso escolar? Existen muchas definiciones más o menos complicadas aunque,
en definitiva, no es otra cosa que el problema que
se presenta cuando el niño no obtiene los resultados que
se espera de él, es decir, cuando no alcanza los
objetivos señalados para su nivel y edad.
Muchos padres, y por
supuesto los abuelos, piensan que en sus tiempos no existía
este gran problema que, hoy en día, según las estadísticas
de casi todos los países occidentales puede alcanzar hasta a
la tercera parte de los alumnos. ¿Qué es entonces lo
que ha pasado? Aparentemente sólo hay tres respuestas posibles: los
niños son ahora más torpes, los planes de estudio son
cada vez más difíciles o a los maestros se les
ha olvidado enseñar.
Sin embargo hay que fijarse en una cosa:
el fracaso escolar aparece cuando la enseñanza se hace obligatoria.
¿Y esto que quiere decir? Pues que el niño que
antes no podía estudiar, lo dejaba y se dedicaba a
otros menesteres, pero ahora tiene que seguir estudiando porque así
lo exige la ley, y van pasando de curso en
curso a trancas y barrancas, hasta que al final tiene
que arrojar la toalla y dejar los estudio. Lo malo
es que, en este momento, se ha creado un fracasado
escolar.
Si repasamos en conjunto las posibles causas que se han
aducido para explicar este cuadro vemos que, en un principio,
fueron valorados primordialmente los factores intelectuales, y el niño que
no progresaba en los estudios era simplemente porque tenía una
infradotación intelectiva.
Más tarde pasaron a un primer plano los factores
afectivo-emocionales y no había fracaso escolar que no se intentara
vencer mediante psicoterapia, y ahora son los factores socioculturales los
más tenidos en cuenta, pues un entorno desfavorable da lugar
a un mayor número de estos fracasos, que son además
los más difíciles de corregir.
También es conocida la gran importancia
que han tenido en estos últimos años los llamados déficits
instrumentales, sobre todo la tan socorrida dislexia, diagnóstico que ha
saturado las fichas de psiquiatras, psicólogos y pedagogos en época
muy cercana.
Asimismo, la escuela y los profesores han sido objeto
de muchas investigaciones y estudios, y últimamente parece que hay
una cierta tendencia a considerar los planes de estudio como
los máximos responsables del fracaso escolar. Factores intelectivos y de aprendizaje
Vamos
a empezar el repaso de estas causas por lo primero
que temen los padres: efectivamente los niños no aprenden porque
no pueden hacerlo ya que, sin llegar a deficientes mentales,
son un poco más cortos de inteligencia que sus compañeros
de edad y clase, constituyendo el grupo bastante numeroso de
los llamados torpes (en un grupo de niños con fracaso
escolar estudiado por mí, la mitad correspondía precisamente a los
que tenían el nivel mental más bajo).
Haciendo un inciso, considero
muy importante el que los padres sean, en estos casos,
informados realísticamente de la capacidad de sus hijos, sin camuflar
el problema bajo términos eufemísticos como el de «inmadurez», con
el fin de que puedan valorar debidamente los esfuerzos que
hace el hijo y que, aunque los resultados no sean
muy brillantes, puedan ayudarles a mantener la confianza en sí
mismos al no estar continuamente echándoles en cara que son
unos vagos y que no estudian porque no quieren.
Un caso
especial es el de los niños que padecen lo que
se conoce hoy con el nombre un poco enrevesado de
«disarmonías cognitivas», concepto que expresa que los procesos intelectivos pueden
no tener un desarrollo armónico y, en las sucesivas fases
evolutivas, mostrar unos niveles de organización más primitivos y otros
más desarrollados con lo que, aun sin ser muy malo
el conjunto, hay retrasos en determinadas áreas.
Sin embargo, en otro
grupo de cincuenta niños, que también consultaron por problemas escolares,
pero tenían un nivel intelectivo normal, al final se produjo
un fracaso escolar prácticamente igual al que presentaban los menos
dotados intelectivamente.
¿Qué nos quiere decir esto? Pues que efectivamente, en
el fracaso escolar intervienen otros factores que no son los
puramente intelectivos, totales ni parciales.
A propósito de estos factores recuerdo
que, hace ya algunos años, entró en mi consulta una
señora con su hijo de unos diez años y me
dijo con aire desafiante: «Vengo de Suiza y allí le
han diagnosticado a mi hijo algo que usted no sabrá
seguramente lo que es: ¡Legastenia!» Yo me sonreí y le
dije: «Pues sí que sé lo que es, pero aquí
se le suele llamar dislexia.» (Estuve a punto de añadir
que también se llama estrofosimbolia, pero me pareció demasiado ensañamiento.
Lo
que padecía ese niño, la dislexia, junto con la disgrafía
o dificultad para escribir correctamente y la discalculia o tener
problemas con las operaciones aritméticas (ésta en mucha menor proporción)
constituyen otro gran grupo causante de numerosos fracasos escolares, el
de los llamados «trastornos instrumentales» o, para los americanos, «trastornos
de las habilidades académicas».
Como hemos dicho, las discalculias son francamente
raras, pero en mi experiencia son las de más difícil
corrección, pues persisten prácticamente toda la vida. Las disgrafías puras
son también poco frecuentes, siéndolo más la dificultad para dibujar
las letras por trastorno de la psicomotricidad y de la
coordinación, es decir, lo que se llama «dispraxia».
Las dislexias, en
cambio, son muy frecuentes, casi siempre acompañadas de disgrafías, y
sobre cuya causa hay muchas opiniones (trastorno del oído director,
problemas de lateralidad con confusión derecha-izquierda o, y esto parece
lo más seguro, disfunción de los hemisferios cerebrales).
Aunque el pronóstico
de las dislexias es bastante bueno, ya que el 90%
de ellas desaparecen o mejoran notablemente, no hay que dejar
por ello de tratarlas lo más pronto posible, pues el
estudio en los niños que la padecen llega a hacerse
muy penoso, al tener que gastar mucha parte de su
tiempo y de sus energías en descifrar lo escrito en
los libros. Lo que todavía no sabemos es por qué
el trastorno es mucho más frecuente en los niños que
en las niñas. Influencia de la personalidad
Hace ya algunos años, más
de treinta, un autor francés apellidado Le Gall estudió la
correlación que había entre la personalidad de los niños y
su éxito en la escuela, y descubrió que ciertas formas
de ser temperamentales influían negativamente en los estudios, mientras que
otras lo hacían positivamente.
La peor parte la llevaban los llamados
«amorfos», también los «apáticos» y, en menor grado, los «nerviosos
o inestables». Pues bien, en el grupo antes citado de
los fracasos escolares con inteligencia normal, la tercera parte eran
pasivos y retraídos y la cuarta parte inquietos y nerviosos,
o sea, que Le Gall tenía mucha razón.
El que el
fracaso sea producido por un trastorno temperamental no quiere decir
que haya que cruzarse de brazos, ya que se puede,
y se debe, actuar sobre él, y cuanto antes mejor;
a los amorfos y apáticos estimulándoles a la acción mediante
el deporte, el scoutismo, dándoles responsabilidades de grupo, etc., y
a los inquietos mediante métodos conductuales, de relajación y, en
casos muy extremos, hasta con medicación.
Otras veces de lo que
se quejan padres y maestros es de la escasa atención
del niño, que parece que está siempre «en babia» y
que por ello no aprende. Cuando esto sucede, y no
es un hiperactivo o inestable de los que hemos descrito
en un capítulo anterior, es porque el niño tiene un
bajo estado de lo que se conoce con el nombre
de «tensión psicológica» o «estado de alerta psicológica permanente» que
es la que pone en marcha los mecanismos intelectivos, justo
lo contrario del «ensueño» o estado en el que se
dejan vagar imágenes e ideas. Sin embargo, hay que considerar
que este niño fracasado escolar por excesiva ensoñación, puede que
algún día se convierta en un inspirado poeta o un
gran novelista y por ello no debe valorarse demasiado negativamente.
Otro
problema que se ve con relativa frecuencia es el que
se refiere a los niños tímidos y poco agresivos, que
cuando en el colegio tienen que enfrentarse solos con las
dificultades del aprendizaje escolar, se declaran vencidos ante las primeras
contrariedades serias, se refugian en sí mismos y toman una actitud
retraída que puede acabar en una inadaptación y, con el
tiempo, en un fracaso escolar. Éstos son los clásicos niños
que se pierden en una clase muy numerosa y que
se salva cuando encuentra un profesor que le ayuda, anima
y comprende.
Mucho se ha hablado y escrito de la «inhibición
intelectual», término que se refiere a que un bloqueo en
el aprendizaje es causa de que el niño, aunque intenta
trabajar y obtener buenos resultados, la carga emocional que pone
en ello se lo impide y éstos son cada vez
más frustrantes, con lo que se aumenta el bloqueo y
el estado de ansiedad subsiguiente.
En ocasiones, el bloqueo se produce
solamente en determinada materia que tiene un especial significado para
el niño, como ser precisamente en la que su padre
quiere que triunfe o en la que un hermano ya
ha triunfado y él desea o teme superarlo.
No hay que
confundir estos cuadros con el de la «inhibición en la
expresión» de lo ya aprendido y que se ve también
en niños muy tímidos. Esta inhibición les lleva a tartamudear
o a callar completamente cuando les preguntan en clase, siendo
mejores los resultados en los exámenes escritos. Afortunadamente los profesores
suelen darse cuenta pronto del problema.
En otros casos nos encontramos
con un tipo de niño al que los franceses denominan
«enfant bebe» que, en la mayoría de sus procesos psicológicos
no intelectuales, muestran unas características que corresponden a edades inferiores
y que ya deberían haber superado. Estos niños suelen ser
inconstantes e inquietos, siguen en la edad del juego y
desesperan a los padres porque no se toman en serio
sus tareas escolares. Suelen ser de buen pronóstico pues, aunque
tarde, acaban madurando (éstos sí que son verdaderamente inmaduros), aparece
su sentido de la responsabilidad y se toman en serio
sus estudios.
Dejando a un lado los niños oposicionistas que se
describen en otro lugar, que no estudian porque no quieren
y que rechazan el colegio dentro de un cuadro de
general rechazo a cualquier deber y norma, tenemos un cuadro
que recibe el curioso nombre de «desinterés escolar» y que
es una especie de «inapetencia» para los estudios (algunos autores
le han comparado con la anorexia nerviosa) y que yo
creo que está ligado al mundo de las motivaciones.
Si el
niño no tiene motivo para aprender el fracaso final es
casi seguro. Un punto muy importante a considerar es que,
como el éxito es en sí mismo un motivo de
primer orden, las excesivas exigencias en los primeros años de
escolaridad son más bien perjudiciales ya que, cuando el niño
empieza a ir al colegio, lo suele hacer con una
gran ilusión para aprender pero, si surge pronto el «no
puedo», puede pasar rápidamente al «no quiero» o al «me
tiene sin cuidado».
Lo que yo he visto con relativa frecuencia
en estos últimos años es que niños, que hasta entonces
no iban mal en sus estudios, al llegar a la
adolescencia se «desmotivan», no ya por el bache normal de
los chicos y chicas a esta edad, sino porque las
motivaciones que antes tenían pierden su prestigio para ellos; así
las chicas quieren dejar los estudios para ser modelos de
alta costura o los chicos para meterse pronto en negocios,
profesiones ambas en las que creen que se gana el
dinero fácilmente, sin mucho trabajo y pronto. Enfermedades físicas y psíquicas
Un
capítulo muy importante era antes el de los fracasos escolares
por defectos sensoriales, tales como defectos de !a audición y
de la visión. Hoy tienen una menor importancia dado que
en todos los colegios se hacen exámenes médicas frecuentes y
estos defectos se detectan pronto.
En cambio los psiquiatras hemos de
llamar la atención sobre el hecho de que el retraso
y fracaso escolar pueden constituir la manifestación precoz de una
enfermedad psíquica que comienza, tal como sucede con una depresión
o una psicosis. El colegio y los métodos de enseñanza
Los cambios
repetidos de colegio pueden ser causa también de retraso o
fracaso escolar debido al esfuerzo que tiene que hacer el
niño para adaptarse a sus nuevos compañeros, a sus nuevos
profesores y a distinta pedagogía. Asimismo la discontinuidad en la
asistencia al colegio, debido en muchas ocasiones a enfermedades de
larga duración, son también causa de que el niño pierda
el hábito de estudiar después le cueste mucho volver a
coger los libros.
Veamos ahora el papel jugado por el colegio
en este asunto que nos interesa. Hay opiniones para todo
y lo cierto es que los hay magníficos y cada
vez mejor dotados de aulas, campos de deporte, profesorado eficiente
y hasta equipos psicológicos que estudian el desarrollo intelectivo y
de la personalidad del alumno, pero... algunos, en vez de
ser centros en los que se atiende a la «formación»
global de los niños y a su maduración, tanto intelectiva
como afectiva, ética y moral, se preocupan tan sólo meter
en sus cabezas un conjunto de saberes en un ambiente
de competitividad. Competir es la palabra clave de este tipo
de educación y el que no sepa o no pueda
hacerlo se quedará en el camino, aunque alguna vez aparezca
en los periódicos que un niño se ha fugado en
casa o ha intentado suicidarse porque tenía malas notas en
el colegio.
En cuanto a los métodos de enseñanza, sólo quiero
trasladar aquí lo que oí en un congreso dedicado exclusivamente
al fracaso escolar: «Es bueno que haya tantos alumnos que
rechazan los actuales planteamientos escolares, pues ello pone en evidencia
que son seres psicológicamente sanos y coherentes.» Esto es evidentemente
una exageración, pero constituía un aldabonazo para los que tienen
el deber de confeccionar los planes de estudio y una
llamada de atención para los que tienen que aplicarlos. La colaboración
de los padres
Y los padres ¿qué pueden hacer? Lo primero
que deben saber es que el «ambiente» educativo familiar es
fundamental a la hora de la adaptación del hijo al
colegio. Un niño educado en un hogar en el que
predominen el orden y la disciplina adecuada se integrará mucho
mejor, ya que la mayoría de los colegios están así
estructurados.
Asimismo, sobre todo cuando ya son un poco mayores, es
también muy importante el ambiente familiar que el niño «respira»,
y estudiará mucho más motivado en uno en el que
el estudio y el saber son altamente valorados y los
demás miembros de la familia leen, estudian y se disciplinan
en el trabajo.
Creo que es un buen consejo a los
padres el que procuren organizar debidamente el estudio de los
hijos, sin dejarlo al capricho y a la improvisación de
éstos. Debe establecerse un horario, siempre el mismo en lo
posible, y un lugar, también siempre el mismo, tranquilo y
bien iluminado y, desde luego sin radio ni televisor. Por
supuesto han de evitarse las interrupciones de hermanos, amigos o
producidas por llamadas telefónicas frecuentes.
Aunque sea un poco pesado e
incordiante para los padres, deben seguir muy de cerca los
progresos y dificultades escolares y ayudarles dentro de lo que
se pueda y deba pero; y ahí está lo más
difícil, sin convertir la casa en una cárcel ni el
estudio en trabajos forzados.
Por último, cuando se vea que las
cosas no marchan bien, hay que buscar ayuda, primero en
el mismo colegio y si en él no pueden resolverlo
consultar con un psiquiatra o un psicólogo, preferiblemente especializados en
problemas de infancia, hasta llegar al fondo del problema y
poner los medios adecuados para resolverlo. Todo menos rechazar la
realidad y racionalizarla con un «ya aprenderá» o «todavía es
muy pequeño», porque en este problema el tiempo es de
decisiva importancia.
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