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Autor: Andrés Barba, Agea, Asociación de Grupos de Estudio de Actualidad, 2008-04-16) | Fuente: mujer nueva La obediencia en la formación del carácter
Ellos tienen necesidad de autoridad.
La obediencia en la formación del carácter
Conseguir que nuestros hijos y alumnos sean disciplinados y obedientes
ha sido siempre un punto central en toda labor educativa.
Hoy en día, por una serie de circunstancias, es una
tarea difícil, incluso podríamos decir que, en determinadas situaciones se
aprecia más que hijos obedientes, padres obedientes a las sugerencias
y caprichos de los hijos.
Todos sabemos hasta qué punto
un niño o adolescente puede "tiranizar" y desajustar la convivencia
familiar aunque paradójicamente difícilmente un niño - incluso un adulto
- que haga lo que quiera puede sentirse feliz y
sereno. Los niños y los adolescentes, por su propia seguridad
puesto que no poseen la experiencia y sabiduría necesarias, deben
sentir que sus padres son los que mandan.
Si echamos una
ojeada al mundo actual en determinados ambientes parece que el
empeño de muchos es poner el acento en la necesidad
de libertad de los niños y adolescentes. Tal necesidad es
algo en sí mismo incuestionable, puesto que sin libertad no
puede desarrollarse una persona, ni mucho menos alcanzar su madurez.
Sin
embargo, se hace patente que de tanto querer "liberar" a
los hijos de la "opresión" de sus padres, se ha
llegado a la situación contraria: un abuso de libertad que
roza los límites del libertinaje. Se les deja hacer lo
que quieren " lo que les apetece", y todo aquello
que se oponga a los deseos espontáneos de los niños
- léase normas de la sociedad, autoridad paterna, etc.-. es
tachado incluso por la literatura del momento o las películas
de las series que tanto les gusta como "condicionamiento asfixiante"
o "Represión autoritaria".
A fuerza de centrarse en este aspecto, se
ha descuidado otro no menos importante de la educación que
es la necesidad de seguridad, sobre todo en periodos claves
del desarrollo como son la infancia y la adolescencia. En
efecto, es un noble empeño querer la libertad de los
hijos, pero hay que darse cuenta que le es indispensable
un mando, unas reglas fijas, una obediencia porque también necesitan
sentirse seguros frente al medio ambiente que les envuelve.
Por otro
lado, nuestros hijos estarían haciendo un triste uso de su
libertad si no se dieran cuenta que junto a la
suya propia se encuentran las libertades de los demás, padres,
hermanos, amigos, profesores, etc…merecedoras también del mayor respeto.
Los niños y
los adolescentes, por su propia seguridad puesto que no poseen
la experiencia y sabiduría necesarias, deben sentir que sus padres
son los que mandan.
Por eso, hablar hoy de obediencia
en determinados ambientes resulta chocante, incluso inútil, o inadecuado para
la educación actual.
La razón es sencilla y responde a
una filosofía equivocada.
Hace pocas generaciones a los niños no
se les otorgaba la libertad de expresarse y de mostrar
su individualidad, lo que respondía a modelos de educación autoritaria,
a los niños no se les permitía compartir el mundo
adulto en la misma medida que ahora lo hacen.
Más
tarde, patrocinado por el americano Benjamín Spock se pasó al
otro extremo, comenzó una etapa en la educación que tenía
como panacea la permisividad, basándose - influidos por las teorías
psicoanalíticas - en que a los niños no debían inhibírseles
por las frustraciones y traumas que podrían sufrir, así se
pasó a "laissez faire" excesivamente idealista malentendiendo la libertad e
independencia y que llena las consultas psicológicas de niños inseguros
y con baja autoestima.
El propio Benjamín Spok reconoció que
el aumento de la delincuencia en Estados Unidos se debe
a la falta del ejercicio de la autoridad por parte
de los padres.
La necesidad de autoridad está pues más que
comprobada. Transigir en este terreno es hacer un flaco servicio
a la formación de nuestros hijos, tampoco resulta eficaz repetir
machaconamente "en nuestros tiempos era distinto". La transigencia pone a
los chicos en una situación difícil y desorientada, se sienten
como flotando, se puede transigir en etapas avanzadas de la
educación, cuando apreciamos que se es capaz de funcionar bastante
bien solo.
Entretanto, las órdenes deben ser cumplidas, lo mismo
que el padre obedece a su jefe en la oficina
y la madre - si no trabaja fuera de casa
- hace las tareas del hogar aunque no tenga ganas.
Es
verdad que los tiempos han cambiado, las circunstancias familiares también
y la sociedad a la que se están enfrentando nuestros
hijos no digamos. Por tanto creo que se impone una
nueva reflexión sobre qué es la obediencia y cómo adaptarla
a nuestros días.
En mi opinión creo que deberíamos distinguir tres
tipos de obediencia:
- Obediencia refleja. Simple ejecución exterior de una
orden: !Firmes¡ en el contexto militar, o cuando le decimos
a nuetro hijo !Siéntate¡. No interviene casi la voluntad, es
simplemente un acto reflejo.
- Obediencia voluntaria: presupone un cierto interés
por parte del sujeto, e intervención del razonamiento, aunque supone
simplemente la ejecución de una orden. Por ejemplo cuando mandamos
a un hijo que recoja la mesa, o que lleve
un recado a la abuelita.
- Además, creo que debemos distinguir
otro aspecto de la obediencia que es la obediencia reflexiva.
Esta supone sumisión del propio juicio, que no se hace
por temor al castigo sino que el sujeto actúa por
convencimiento y lealtad.
Esta es la auténtica y deseable obediencia
porque se trata de "aceptar, asumiendo como decisiones propias las
de quien tiene y ejerce la autoridad, con tal de
que no se opongan a la justicia".
Por ejemplo, si
decimos a nuestro hijo que debe llegar el viernes a
las 11 de la noche, él lógicamente no estará de
acuerdo, pero asume esa orden porque se somete a la
autoridad de sus padres, es más procurará arreglárselas para estar
en casa con puntualidad y si alguna vez transgrede la
norma pedirá disculpas, llamará por teléfono si se retrasa diez
minutos, etc.
Otro ejemplo menos transcendente: si le mandamos ordenar
su cuarto no sólo lo hará, sino que pensará la
mejor forma de hacerlo. Este es el tipo de obediencia
que debemos fomentar.
Otra cuestión que debemos tener en cuenta al
educar a nuestro hijo es que no se trata de
que sea obediente porque sí, que haga lo que le
decimos porque yo lo mando. La obediencia no es un
fin en sí misma sino un medio para alcanzar un
fin que es la formación de su propia personalidad, de
su carácter, la obediencia es una virtud y como todas
las virtudes son medios para alcanzar metas superiores. Al educar
en la obediencia educamos el tan deseado autocontrol, la lealtad,
la sinceridad, la humildad, el saber mandar, la responsabilidad, etc.
Podríamos
preguntarnos ¿Cómo?
¿Qué tiene que ver la obediencia con el autocontrol?
Nuestros hijos serán y deben ser cada vez más autónomos,
más libres, ello implica que sepan discernir qué cosas les
ayudan a crecer como personas y qué otras no -
labor fundamental de la formación de la conciencia - pero
difícilmente seguirán los dictados de su conciencia si no han
sido disciplinados en la obediencia, se dejarán llevar fácilmente por
los múltiples estímulos que hoy les ofrece la calle.
Influirá también
en su sentido de la responsabilidad, tanto en su estudio
como en sus obligaciones familiares y sociales, no hay responsabilidad
si no se ha aprendido a obedecer. También favorece la
humildad, el soberbio está incapacitado para obedecer y es tiránico
a la hora de mandar por la exaltación de su
propio yo, difícilmente se someterá a la autoridad, para saber
mandar hay que saber obedecer. Y así el resto de
las virtudes humanas que se encuentran como en un racimo
de uvas, cuando tiramos de una vienen detrás las demás.
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