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Autor: P. Llucià Pou Sabaté | Fuente: Catholic.net La educación del corazón: un arte.
Si amar es el fin de la persona, aprender a amar es la gran tarea, y educar será el arte de las artes.
La educación del corazón: un arte.
Nos hemos quedado sorprendidos ante los brotes de violencia juvenil
que asaltan nuestra sociedad en tantos países, con protagonistas juveniles.
Las estadísticas hablan de un gran aumento de delincuencia juvenil
en los últimos años. Buscamos las causas y analizamos si
tiene que ver la descarga de adrenalina y se puede
sustituir con el deporte o no, etc. Se ha destacado
estos días en la prensa que lo peor que puede
tener una sociedad es acostumbrarse a la muerte y a
la violencia. Hemos oído la declaración de quien mata a
una compañera para tener “una nueva experiencia”, y ahí busca
hacerse famosa, esta pobre joven está enferma de violencia.
“Esta
juventud no conoce educación, los pobres…” decimos con frecuencia. Y
es verdad que las estadísticas de estos días muestran que
–según los estudiantes- en general hay buen nivel de transmisión
de conocimientos en las diversas escuelas, pero les falta algo
más que “disciplina”. Se habla mucho de un respeto a
las normas, pero las normas no se respetan en un
amplio abanico del muestrario juvenil. Me parece que no se
dan motivos para cumplir las normas y por esto no
se cumplen. Que la disciplina sólo es eficaz cuando hay
un motivo. La racionalidad de las reglas hay que mostrarlas
en la verdad de las mismas, y no en el
principio de que hay quien manda y tiene poder de
dictarlas (la sociedad, que traslada este poder en manos de
los gobernantes) y hay obligación de obedecerlas. Esto me parece
que no convence, ni a un anarquista ni a un
joven rebelde. No es que sea falso, lo que pasa
es que es tan pobre el valor de una norma
cuando sólo está sostenida por el poder de la fuerza…
Me
parece obvio que una norma tiene valor si se sostiene
por sí misma, si es verdadera, si responde a una
verdad. Si está de acuerdo, en definitiva, con la verdad
del hombre, pues no satisface la obediencia a una norma
sin saber el por qué cumplirla. Y –como decía Nietsche-
quien tiene un “por qué” hacer las cosas encuentra el
“cómo”, pues al entender el motivo de por qué hay
que hacer algo, su verdad, es más fácil decidirse a
hacerlo porqué le da la gana, es decir porque quiere,
porque ve que hay que hacerlo. Interioriza la norma.
El deseo
de dar sentido a la vida se apoya sobre lo
que llamamos valores humanos: sentido de racionalidad que domine sobre
las pasiones, aprender a comportarse como personas libres y responsables,
que sepan pedir sus derechos cuando también cumplen sus deberes,
que sean creativos y no borregos en manos de los
slogans por los que les manipula un sistema, que no
sean individualistas sino solidarios… todo ello se va logrando con
unos referentes que vivan esto que predican. Esto es lo
que forma de verdad a los jóvenes, y no sermones,
pues los jóvenes necesitan modelos creíbles. Primero hay que presentar
ideales a la juventud, y luego ya viene –porque la
voluntad es débil- la ayuda en la disciplina, una lucha
decidida en conseguir esos ideales: es decir educación a través
del esfuerzo.
Todo este conjunto de cualidades, superior en importancia a
los conocimientos (está de moda llamarla “educación afectiva”) es la
gran laguna del mundo de hoy: la educación del corazón.
Si amar es el fin de la persona, aprender a
amar es la gran tarea, y educar será el arte
de las artes. Gregorio Marañón es quien decía haber aprendido
más en la escuela primaria que en la universidad: el
maestro de escuela le enseñó a ser persona activa, diligente,
amante de la ciencia… los conocimientos vienen después, lo primero
es crecer en las distintas etapas de la personalidad: faceta
psicológica, social, espiritual… luego también el aspecto intelectual: teórica, científica,
especulativa… pero sin olvidar la otra: formación integral, dirigida a
toda la persona.
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