La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Alfonso Aguiló | Fuente: interrogantes "Conocer los propios sentimientos"
Advertir cómo estamos emocionalmente es el primer paso hacia el gobierno de nuestros propios sentimientos, pero ¿Cómo?...
"Conocer los propios sentimientos"
"Educar los sentimientos", capítulo nº 1.
Hace ya más de
veinticinco siglos, Tales de Mileto afirmaba que la cosa más
difícil del mundo es conocerse a uno mismo. Y en
el templo de Delfos podía leerse aquella famosa inscripción socrática
–gnosei seauton: conócete a ti mismo–, que recuerda una idea
parecida. Conocerse bien a uno mismo representa un primer e
importante paso para lograr ser artífice de la propia vida,
y quizá por eso se ha planteado como un gran
reto para el hombre a lo largo de los siglos.
La
observación de uno mismo permite separarse un poco de nuestra
subjetividad, para así vernos con un poco de distancia, como
suele hacer el pintor de vez en cuando para observar
cómo va quedando su obra.
Observarse a uno mismo es como
asomar la cabeza por encima de lo que nos está
ocurriendo, y así no sumergirnos del todo en el torrente
de nuestra vida. De esta manera, podemos tener una mejor
conciencia de cómo somos y qué nos pasa. Por ejemplo,
es diferente estar fuertemente enfadado, sin más, a estarlo pero
dándose uno cuenta de que lo está, es decir, teniendo
una conciencia autorreflexiva que nos dice: «Ojo con lo que
haces, que estás muy enfadado».
Advertir cómo estamos emocionalmente es el
primer paso hacia el gobierno de nuestros propios sentimientos. Tomar
conciencia de que estamos siendo dominados por sentimientos negativos suele
llevarnos a activar de inmediato nuestro intento de sobreponernos. Por
esa razón, comprender bien lo que nos pasa tiene un
poderoso efecto sobre esos sentimientos perturbadores que nos invaden, y
nos brinda la oportunidad de poner esfuerzo por superarlos. Observar el
comportamiento propio y ajeno
El conocimiento propio constituye un punto clave
para la formación y educación del carácter. Y podría añadirse
que esa autocomprensión de la vida propia –saber lo que
realmente nos pasa y por qué nos pasa– está muy
relacionada con nuestra capacidad de comprender bien a los demás.
En este sentido, es muy útil desarrollar la capacidad de
observación del comportamiento propio y ajeno: la literatura o el
cine, por ejemplo, pueden enseñar mucho también a conocerse a
uno mismo y a los demás, cuando sus autores son
buenos conocedores del espíritu humano y saben reflejar bien el
mundo interior de las personas.
Como es natural, no se trata
de desarrollar un afán de malsana introspección psicológica, sino de
poner los medios necesarios para evitar el riesgo de vivir
con uno mismo como con un desconocido. Conocerse bien es
un buen modo de combatir la inestabilidad que produce dejarse
arrastrar en unas ocasiones por ensoñaciones y fantasías (sobrevalorando las
propias posibilidades personales en momentos de euforia), y, en otras,
quedarse a merced del pesimismo o la indecisión (subestimando esas
capacidades cuando vienen circunstancias adversas). Facetas de la personalidad
Para facilitar el
propio conocimiento, resulta útil analizar los múltiples elementos que interaccionan
en nuestra vida y sobre los que debemos actuar en
el proceso ordinario de la propia maduración personal: el propio
carácter –con todos sus aspectos afectivos–, el proyecto de vida
profesional, las relaciones familiares y de amistad, la salud, nuestra
resistencia física y psíquica, etc.
Es lógico que, a lo largo
de la vida, algunas de esas variadas facetas, pocas o
muchas, puedan pasar por momentos de conflicto, más o menos
importantes. Pueden ser cuestiones profesionales (dificultades para obtener o mantener
determinado nivel profesional, de entendimiento con sus jefes o compañeros,
fracasos debidos a los propios errores o a la superioridad
de los competidores, situaciones de paro o de insatisfacción laboral,
etc.); problemas de salud, que limitan de modo transitorio o
permanente la propia capacidad, y que pueden ir acompañados de
un serio sufrimiento físico o psíquico; problemas en la vida
afectiva y la convivencia ordinaria (diferencias de criterio entre los
cónyuges, o entre padres e hijos, etc.); o toda la
problemática específica que puede plantear la madurez, la jubilación, la
ancianidad; etc.
Y de la misma forma que, por ejemplo, una
falta concreta de salud, por muy localizada que esté en
un punto determinado del cuerpo, acaba produciendo de ordinario una
sensación generalizada de malestar en toda la persona, incluso con
repercusiones en su carácter o en su relación con los
demás, también un problema grave en cualquiera de las otras
facetas de la vida –por ejemplo, en la vida profesional,
o en la familia– puede producir un efecto que trascienda
esa faceta y provoque otros problemas en cadena: trastornos de
carácter, retraimiento o agresividad en la relación con los demás,
o incluso –si los problemas son subjetivamente importantes– propensión a
algunas enfermedades. Culpas equivocadas
Esto hace que, si falta la necesaria madurez
y conocimiento propio, algunos problemas de una faceta de la
vida se acaben achacando a otra que en realidad no
tiene la culpa, o al menos tiene muy poca.
Así, una
persona puede culpar a su cónyuge o a sus hijos
o a sus padres de la frustración que siente, cuando
en realidad ese sentimiento se debe sobre todo a una
razón de tipo profesional, o de falta de madurez afectiva;
o puede culpar a su situación profesional de padecer un
fuerte sentimiento de insatisfacción, que en el fondo se debe
a la natural pérdida de capacidad o de salud que
sobreviene con motivo de la edad o de los ciclos
naturales de ánimo que la vida imprime; o puede achacar
a determinados defectos de las personas con que convive lo
que en realidad se debe a un enrarecimiento del propio
carácter que debiera acometer con toda sinceridad y prontitud. Aceptar la
propia culpa
Todos sabemos también que la tendencia a proyectar fuera
de nosotros la solución de los problemas que experimentamos (habituarse
a echar la culpa a otros de todo lo malo
que nos sucede) suele ser una estrategia engañosa y un
síntoma de poca madurez. Es cierto que las circunstancias ajenas
siempre pueden ayudarnos a resolver y superar nuestros problemas, pero
no debemos dimitir –ni total ni parcialmente– del amplísimo margen
de responsabilidad que tenemos sobre nuestra vida, que es propio
y exclusivo de cada uno.
Tampoco debe olvidarse que la pereza
y la comodidad –con todo el lastre interior que pueden
llegar a tener en nuestra vida–, tratan de imponernos la
ley del mínimo esfuerzo. Por eso, cuando sentimos desgana para
afrontar una tarea que nos resulta costosa, es preciso identificar
claramente su origen y reconocerlo como lo que es: cansancio
razonable que exige descanso, o pereza que hemos de superar;
pero no interpretar equivocadamente la desgana como carencia de aptitudes,
para justificar así nuestra falta de esfuerzo o dispensarnos de
nuestras obligaciones. Resolver los problemas
Además, esos problemas serán de más o
menos importancia, y de solución más o menos fácil, y
a un plazo mayor o menor. Hemos de buscar posibles
modos de resolverlos, al menos hasta donde nos sea posible,
pues tampoco podemos ignorar que en ocasiones sólo podremos minimizar
sus consecuencias negativas y aprender a convivir con ellos (piénsese,
por ejemplo, en enfermedades crónicas, fuertes reveses económicos o profesionales
cuya solución queda fuera de nuestro alcance, problemas serios de
relación con personas que tenemos necesidad de tratar, etc.).
Un profundo
y certero conocimiento de un mismo, contrastado por la observación
atenta del propio comportamiento externo y de las reacciones interiores,
y enriquecido por el consejo de quienes nos conocen y
aprecian, nos permitirá identificar con acierto el verdadero origen de
las perturbaciones que –inevitablemente– experimentaremos siempre a lo largo de
nuestra vida. Proceso abierto
El propio conocimiento es un proceso abierto, que
no se termina nunca, pues la vida es esencialmente dinámica,
y exige siempre una atención diligente. Todo lo dicho hasta
ahora en este capítulo busca resaltar la importancia que para
la formación del carácter y los sentimientos tiene el conocimiento
propio, que es puerta de la verdad, y que, cuando
falta, hace que no se pueda ser sincero con uno
mismo por mucho que se quiera. Discernir los propios sentimientos
Querer ver
qué es lo que nos sucede –y quererlo de verdad,
con sinceridad plena– supone siempre un paso decisivo en el
conocimiento propio. Porque encontrar escapatorias cuando no quiere mirar dentro
de uno mismo es la cosa más fácil del mundo.
Siempre existen causas exteriores a las que culpar, y por
eso hace falta cierta valentía para aceptar que quizá la
culpa, o la responsabilidad, es quizá nuestra, o al menos
una buena parte de ella.
Esa valentía personal es imprescindible para
avanzar con acierto en el camino de la verdad, aunque
a veces se trate de un recorrido que puede hacerse
muy cuesta arriba. No percibir con ecuanimidad los propios sentimientos
supone fácilmente quedar a su merced. Querer ver
Aunque no los advirtamos
expresamente, también puede haber sentimientos que fluyen de forma casi
inconsciente, y que pueden tener bastante influencia en nuestra forma
de percibir las cosas o de reaccionar ante determinados estímulos.
Piénsense,
por ejemplo, en el caso de alguien que haya tenido
un encuentro desagradable y que luego permanece irritable durante muchas
horas, sintiéndose molesto por el menor motivo y respondiendo de
mala manera a la menor insinuación.
Esa persona puede ser muy
poco consciente de su susceptibilidad, e incluso sorprenderse –y molestarse
de nuevo– si alguien se lo hace notar, aunque a
los demás resulte bien patente que sus ariscas respuestas se
deben a esos sentimientos que brotan en su interior como
consecuencia de aquel encuentro desagradable. Sentimientos poco conscientes
Una buena parte de
nuestra vida emocional tarda en aflorar a la superficie. Hay
sentimientos que no siempre llegan a cruzar el umbral de
la conciencia. Por eso, ganar en conocimiento propio nos permite
desplazar la frontera de los sentimientos plenamente conscientes, y supone
un poderoso medio para mejorar el carácter.
Una vez que tomamos
conciencia de cuáles son los verdaderos sentimientos que pugnan por
salir a la superficie de nuestra conciencia, podemos evaluarlos con
mayor acierto, decidir dejar a un lado unos y alentar
otros, y así actuar sobre nuestra visión de las cosas
y nuestro estado de ánimo. No hay que olvidar que
en esto es, entre otras cosas, como se manifiesta que
somos seres inteligentes. Dirigir la propia vida
Las personas que tienen un
conocimiento más certero de sus sentimientos suelen dirigir mejor sus
vidas, ya que tienen un conocimiento más real de sí
mismas. Eso les permite apoyarse en sus puntos fuertes para
actuar sobre sus puntos débiles, y así reforzarlos. Y esa
potente luz que ilumina sus vidas les permite desenvolverse con
acierto a la hora de tomar decisiones, tanto las más
sencillas de la vida diaria como las más importantes (con
quién casarse, qué modelo de familia y de educación adoptar,
qué camino tomar en la vida profesional, etc.). Conscientes, pero sin
recursos
Hay muchas personas que son plenamente conscientes de su estado
emocional negativo, y sin embargo no logran salir de él.
Son personas que se sienten desbordadas por sus propios sentimientos.
Se dan cuenta de que están pesimistas, malhumoradas, susceptibles o
abatidas, pero se consideran incapaces de escapar de ese estado.
Son conscientes de su situación, pero de un modo vago,
y es precisamente su falta de perspectiva sobre esos sentimientos
lo que les hace sentirse abrumadas y como perdidas; y
por eso piensan que no pueden gobernar su vida emocional
y no hacen casi nada eficaz por salir del agujero
en que se encuentran.
Hay otras personas que son bastante más
conscientes de lo que les sucede, pero su problema está
en que tienden a aceptar pasivamente esos sentimientos. Son proclives
a estados de ánimo negativos, y se limitan a aceptarlos
resignadamente, con una actitud rendida, de dejarse llevar por ellos,
y no se esfuerzan por cambiarlos a pesar de lo
molesto que les resulta sobrellevarlos.
En cambio, las personas que perciben
con verdadera claridad lo que les sucede suelen alcanzar una
vida emocional más desarrollada. Son personas más autónomas, más seguras,
más positivas; y cuando caen en un estado de ánimo
negativo no le dan vueltas obsesivamente, ni lo aceptan de
modo pasivo, sino que saben cómo afrontarlo y no tardan
en salir de él. Su ecuanimidad en el conocimiento propio
les ayuda enormemente a gobernar con eficacia sus sentimientos. Saber expresar
lo que sentimos
Cuando logramos expresar en palabras lo que sentimos,
damos un gran paso hacia el gobierno de nuestros sentimientos.
La conciencia emocional es muy intensa en unas personas, mientras
que en otras es mucho más moderada. Hay algunas personas,
por ejemplo, que ante una situación de peligro reaccionan con
asombrosa serenidad. Otros, en cambio, pueden quedarse consternados y hundidos
durante varios días simplemente porque se les ha extraviado un
bolígrafo o porque su equipo ha perdido un partido en
la liga de fútbol.
Experimentar sentimientos intensos no es algo negativo.
Es cierto que el exceso de sensibilidad emocional puede llevarnos
a auténticas tormentas afectivas –positivas o negativas, de exaltación o
de depresión–, y eso tiene muchos peligros; pero tampoco puede
ponerse como ideal la indolencia de quienes apenas experimentan sentimientos
intensos ni en las circunstancias más extremas, porque eso les
lleva a ser personas sosas y blandas, monótonas.
Es preciso alcanzar
un sensato equilibrio que reserve a cada momento los sentimientos
más adecuados.
Incapacidad de reconocer y expresar los sentimientos
Los desequilibrios emocionales,
tanto por exceso –en las tormentas afectivas– como por defecto
–en la indolencia o impasibilidad emocional–, muchas veces tiene su
origen último en que esas personas no saben expresar bien
sus propios sentimientos, y ese inconveniente les ha llevado a
educarlos de manera deficiente.
No es que tengan escasa capacidad afectiva,
sino que son incapaces de reconocer sus sentimientos y manifestarlos
con la suficiente fluidez. Cuando hablan de sí mismas, difícilmente
logran decir algo distinto de si se sienten bien, mal
o muy mal. Les resulta difícil hablar de esas cuestiones,
y manejan un vocabulario emocional sumamente reducido. Traducir los sentimientos
No es
que no sientan, es que no logran discernir bien lo
que bulle en su interior, y mucho menos traducirlo en
palabras. Parecen ignorar el verdadero motivo de fondo de sus
problemas. Perciben sus sentimientos como un desconcertante manojo de tensiones,
que les hace sentirse bien o mal, pero no logran
explicar qué tipo de bien o de mal es el
que sienten.
Esa confusión emocional nos hace vislumbrar un poco la
grandeza del poder del lenguaje. Pensar sobre los sentimientos
Para poder educar
los sentimientos es preciso saber qué sucede en nuestro mundo
afectivo, para después intentar explicarlo, buscar sus causas, sus leyes,
sus regularidades, e intentar finalmente sacar alguna idea en limpio
para mejorar en la educación de nuestra afectividad.
Siempre se ha
dicho que si no comprendes bien una cosa, lo mejor
que puedes hacer es intentar comenzar a explicarla. Por ejemplo,
cualquier profesor de matemáticas ha experimentado muchas veces la dificultad
para hacer comprender a sus alumnos los puntos más complejos
de la asignatura. Son momentos en que uno se encuentra
muy limitado, cuando comprueba que no es nada sencillo transmitir
conceptos que requieren un considerable grado de familiaridad con la
materia y de capacidad de abstracción. Sin embargo, a medida
que avanza el desarrollo de la clase, y se abordan
una y otra vez esos conceptos desde perspectivas diferentes, las
ideas se van precisando, surgen pequeñas o grandes iluminaciones, van
cayendo barreras hasta llegar al meollo del problema.
Por eso, una
buena forma de avanzar en ese camino de autoconocimiento es
pensar, leer y hablar sobre los sentimientos. Al hacerlo, nuestras
ideas se van destilando, y serán cada vez más precisas
y certeras.
¿Cómo hacerlo? Hay infinidad de caminos. En esta ocasión
podemos proponernos uno muy sencillo.
Antes hemos hablado de cómo la
perdición de muchas personas consiste en que echan la culpa
siempre a otros de todo lo malo que les sucede,
y así nunca se plantean seriamente cambiar ellas mismas.
A esa
tórrida y paralizante costumbre, podríamos añadir otra, no menos peligrosa,
en la que también resulta bastante fácil caer: la tendencia
a proyectar en los demás nuestros propios defectos.
En ambos casos,
se trata de fenómenos que, como suele suceder con todo
lo relativo al conocimiento de las personas, se advierten con
más facilidad en otros que en uno mismo. No es
difícil, por ejemplo, ver a una persona muy egoísta que
se lamenta del egoísmo de los demás y dice que
nadie le ayuda; o a uno que siempre se está
quejando y encima protesta de que otros a veces se
quejen; o a un charlatán agotador que protesta de que
otro habla demasiado; o al típico irascible que critica el
mal genio de los demás.
Con sólo prevenirnos contra estos dos
errores –que en el fondo son muy parecidos–, podemos avanzar
mucho en esa importante tarea que es el propio conocimiento.
Se trata de procurar ver las cosas buenas de los
demás, que siempre hay, y aprender de ellas; y cuando
veamos sus defectos, o algo que nos parece a nosotros
que son defectos, pensar si no los hay –esos mismos–
también en nuestra vida. Algunos ejemplos
Para concretar un poco, puede ser
útil considerar algunos rasgos de carácter relacionados con la educación
de los sentimientos:
timidez, temor a las relaciones sociales, apocamiento;
irascibilidad,
susceptibilidad, tendencia exagerada a sentirse ofendido;
tendencia a rumiar en
exceso las preocupaciones, refugiarse en la soledad o en una
excesiva reserva;
perfeccionismo, rigidez, insatisfacción;
falta de capacidad de dar
y recibir afecto;
nerviosismo, impulsividad, desconfianza;
pesimismo, tristeza, mal humor;
recurso a la simulación, la mentira o el engaño;
gusto
por incordiar, fastidiar o llevar la contraria; tozudez;
exceso de
autoindulgencia ante nuestros errores; dificultad para controlarse en la comida,
bebida, tabaco, etc.;
tendencia a refugiarse en la ensoñación o
la fantasía; dificultad para fijar la atención o concentrarse;
excesiva
tendencia a requerir la atención de los demás; dependencia emocional;
resistencia a aceptar
las exigencias ordinarias de la autoridad;
tendencia al capricho, las
manías o la extravagancia;
resistencia para aceptar la propia culpa,
o sentimientos obsesivos de culpabilidad;
falta de resistencia a la
decepción que conlleva el ordinario acontecer de la vida; no
saber perder o no saber ganar;
dificultad para comprender a
los demás y hacernos comprender por ellos;
dificultad para trabajar
en equipo y armonizarse con los demás; etc.
Mejoraremos procurando
conocernos, y conociendo en especial cuáles son nuestros defectos dominantes.
Mejoraremos escuchando de buen grado la crítica constructiva que nos
vayan haciendo con cualquier ocasión: y a eso se aprende
sólo cuando uno es capaz de decirse a sí mismo
las cosas, cuando es capaz de decirse las verdades a
uno mismo.
Si tienes
alguna duda, conoces algún caso que quieras compartir, o quieres
darnos tu opinión, te esperamos en los FORO PARA
EDUCADORES CATÓLICOS donde siempre encontrarás a alguien al otro lado
de la pantalla, que agradecerá tus comentarios y los enriquecerá
con su propia experiencia.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la comunidad Preguntas acerca del perfil y la formación de educadores católicos, de los criterios de enseñanza que deben regir en una escuela católica y de los modelos pedagógicos a seguir para una mejor asimilación de la doctrina cristiana
Ver todos los consultores