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Autor: Alfonso Aguiló | Fuente: Interrogantes.net Educar el Carácter, Personas de Criterio.
Aprender sin pensar es inútil.
Pensar sin aprender, peligroso.
Confucio
Educar el Carácter, Personas de Criterio.
Personas de Criterio
· Fortalecer
la voluntad · Criterio
propio. Algunos desengaños ·
Observar, leer, pensar ·
La personalidad y el entorno. Modelos ·
Una vieja especie: el opinador ·
¿Comprometerse? ·
Desconfiados y resentidos
Fortalecer la
voluntad
Ya hemos hablado al comienzo sobre la importancia de
la fuerza de voluntad para formar el carácter.
—De que
es importante no tienes que convencerme. El asunto es ¿qué
hacen, o qué hacemos, los que hemos nacido con menos
voluntad? La voluntad crece con su ejercicio continuado y cuando
se va entrenando en direcciones determinadas. Y eso sólo se
logra venciendo en la lucha que —queramos o no— vamos
librando de día en día.
Esta consolidación de la voluntad
admite una sencilla comparación con la fortaleza física: unos tienen
de natural más fuerza de voluntad que otros; pero sobre
todo influye la educación que se ha recibido y el
entrenamiento que uno haga.
Una voluntad recia no se consigue
de la noche a la mañana. Hay que seguir una
tabla de ejercicios para fortalecer los músculos de la voluntad,
haciendo ejercicios repetidos, y que supongan esfuerzo.
—¿Una tabla?
Sí,
e insisto en que si no suponen esfuerzo son inútiles.
Ahora hago esto porque es mi deber; y luego esto
otro, aunque no me apetece, para agradar a esa persona
que trabaja conmigo; y en casa cederé en ese capricho
o en esa manía, en favor de los gustos de
quienes conviven conmigo; y evitaré aquella mala costumbre que no
me gustaría ver en los míos; y me propongo luchar
contra ese egoísmo de fondo para ocuparme de aquél; y
superar la pereza que me lleva a abandonarme en mi
preparación profesional, mi formación cultural o mi práctica religiosa. Sin
dejar esa tabla a la primera de cambio, pensando que
no tiene importancia.
Ejercítate cada día en vencerte, aunque sea
en cosas muy pequeñas.
Recuerda aquello de que por un clavo
se perdió una herradura, por una herradura un caballo, por
un caballo un caballero, por un caballero una batalla, por
una batalla un ejército, por un ejército, por un ejército
un imperio...
Con constancia y tenacidad, con la mirada en
el objetivo que nos lleva a seguir esa tabla. Porque,
¿qué se puede hacer, si no, con una persona cuyo
drama sea ya simplemente el hecho de levantarse en punto
cada mañana, o estudiar esas pocas horas que se había
propuesto? ¿Qué soporte de reciedumbre humana tendrá para cuando haya
de tomar decisiones costosas?
Los padres deben alabar más el
esfuerzo de los hijos y elogiar menos sus dotes intelectuales,
pues lo primero produce estímulo, y lo segundo vanidad.
Además,
muchas veces las grandes cabezas, ésas que apenas tuvieron que
hacer nada para superar holgadamente sus primeros estudios, acaban luego
fracasando porque no aprendieron a esforzarse. Y quizá aquel otro,
menos brillante, que se llevaba tantos reproches y que era
objeto de odiosas comparaciones con su hermano o su primo
o su vecino listo, gracias a su afán de superación
acaba haciendo frente con mayor ventaja a las dificultades habituales
de la vida. Criterio propio. Algunos desengaños
Los
que nos dedicamos profesionalmente a la educación nos llevamos a
veces unos chascos tremendos. Son desengaños que llevan a pensar.
Ves a lo mejor chicos o chicas de doce o
trece o dieciséis años que son encantadores, excelentes estudiantes y
que prometen una brillante trayectoria, pero que pasan los años
y acaban en un desastre.
Y también al revés, otros
un poco grises que luego resultan ser personas fenomenales. Es
sorprendente ver cómo a veces, con los años, se cambian
los papeles.
—Pues eso va un poco en contra de
lo que decías sobre la importancia de educar bien en
la infancia y primera adolescencia, ¿no?
Ya hemos dicho que
la educación no lo es todo, y que no es
un seguro a todo riesgo, entre otras cosas porque hay
que contar con la libertad. La buena educación es sólo
encaminar bien a los hijos (que no es poco).
Hay
que decir también que la mayoría sí suele continuar la
línea de sus primeros años. Pero es verdad también que
son muchos los que luego se tuercen. Y si analizáramos
las razones de los fracasos de esos chicos o chicas
que tanto prometían, es muy probable que encontráramos una deficiente
educación en la libertad.
No se trata de formar chicos
o chicas sumisos y dóciles, que dependen para todo de
sus padres, que carecen de juicio propio y que se
limitan a ejecutar lo que se les dice. Es preciso
formar personas de criterio.
Para acrecentar la sensatez y el
buen criterio de un chico o una chica joven es
preciso enseñarles a razonar debidamente, y, junto a ello, lograr
que crezcan en las diversas virtudes básicas (sinceridad, fortaleza, generosidad,
laboriosidad, reciedumbre, valentía, humildad, etc.).
—¿Y por qué relacionas tanto
la virtud con la sensatez?
Porque cuando falta la virtud
es fácil que se extravíe la razón.
—¿Por qué?
Cuando
falta la virtud, la razón se ve presionada por los
halagos del vicio correspondiente, y es más fácil que se
tuerza para así ceder a esos requerimientos. Quizá por eso
Aristóteles insistía tanto en que el hombre virtuoso es regla
y medida de las cosas humanas. Observar, leer,
pensar
Alexander Fleming era un bacteriólogo escocés que disponía de
un laboratorio francamente modesto, casi tanto como los mercadillos de
baratijas de Praed Street que se veían a través de
su ventana.
Un día, avanzado el verano de 1928, mientras
conversaba animadamente con un colega, observó algo que le pareció
sorprendente. Él solía abandonar los platillos de vidrio después de
hacer el primer examen de los cultivos microbianos. Uno de
ellos aparecía ahora cubierto de un moho grisáceo, pero... ¡qué
raro!: alrededor de ese moho las bacterias se habían disuelto.
En lugar de las habituales masas amarillas bacterianas, surgían anillos
muy definidos allá donde el cultivo entraba en contacto con
el moho. Raspó una partícula de esa sustancia y la
examinó al microscopio: era un hongo del género Penicilium.
Así
fue como Alexander Fleming llegó a conocer lo que sería
el primer antibiótico: la penicilina, que abriría posibilidades insospechadas a
la medicina moderna. Aún se tardaría quince años, hasta 1943,
en lograr aislar este hongo y encontrar un sistema masivo
de producción. Sus resultados eran casi increíbles. Jamás se había
conocido medicamento tan poderoso. Al final de la Segunda Guerra
Mundial se trataban ya con penicilina más de siete millones
de enfermos al año. Todo empezó por aquel descubrimiento casual,
porque alguien observó algo y ese algo le llevó a
pensar. Muchos otros descubrimientos se han producido también de forma
parecida.
El físico alemán W. Roentgen se sorprendió un día
de 1895 al ver que unas placas fotográficas habían quedado
veladas sin aparente motivo. No conseguía explicarse cómo esas placas
podían haberse impresionado atravesando cuerpos opacos. Sus investigaciones acabaron llevándole
al descubrimiento de una radiación —que llamó Rayos X— que
atravesaba objetos consistentes y que pronto tuvo innumerables aplicaciones.
Brown
construyó el primer puente colgante sostenido por cables inspirándose en
cómo estaba tejida una telaraña que observó en su jardín,
tendida de un arbusto a otro.
Newton, según se cuenta,
llegó a enunciar la ley de gravitación universal después del
famoso episodio de la manzana.
Aristóteles, en el año 340
a. C., ya habló de que la Tierra podía ser
redonda, cuando a nadie se le había pasado por la
cabeza semejante idea, y lo dedujo a partir de observar
cómo, en el mar, se ven primero las velas de
un barco que se acerca en el horizonte, y sólo
después se ve el casco. Luego lo confirmó estudiando las
estrellas y los eclipses.
—¿Y por qué crees que, ante
los mismos sucesos, unos hacen grandes descubrimientos y otros no
se enteran de nada?
Me imagino que porque unos son
más observadores que otros, y unos reflexionan más y otros
menos.
—¿Y piensas que ser despistado o distraído es un
defecto?
No sé si tanto como un defecto, pero desde
luego no se puede decir que sea una virtud ni
que directamente enriquezca el carácter.
Algunos adolescentes son despistados o
distraídos simplemente porque han comprobado que, con unos padres tan
complacientes, resulta un papel muy cómodo. Así se lo dan
todo hecho y eluden cosas que les cuestan.
Es importante
hacer que los hijos adquieran cierta calma y capacidad de
reflexión, porque la vida constantemente nos interroga, y a veces
se presentan situaciones a las que no encontramos salida simplemente
porque el atolondramiento y la precipitación nos impiden pensar.
La
sociedad actual presenta ciertas circunstancias que favorecen ser engullidos por
el activismo. Y lo malo es que ese estado habitual
de prisa disminuye notablemente la capacidad de reflexión. Parece como
si no quedara tiempo para fijar la atención en las
cosas que en realidad más importan.
No debemos considerar superfluo
el esfuerzo por buscar de vez en cuando la calma
necesaria para reflexionar intensamente en una lectura, o en torno
a unas ideas, e interpretarlas, viendo la forma de enriquecer
nuestra vida y de transmitirlas luego a los demás.
El arte de pensar bien no interesa solamente a
los filósofos, sino a todo el mundo.
Hace
falta un poco de calma y serenidad para poder analizar
las situaciones que a cada uno se le presentan y
así sopesar con prudencia las ventajas e inconvenientes de cada
solución. Para observar y darse cuenta de lo que pasa,
y de si hay o no que intervenir.
Además, la
prisa y el aceleramiento no suelen ir unidos a la
eficacia, pues la gente que se sumerge en una actividad
extraordinaria pero irreflexiva suele acabar haciendo mucho, sí, pero en
gran parte inútil o innecesario. Su ansiedad por la acción
les impide decidir serenamente.
Cuántas veces, una idea considerada con
calma, una lectura, un comentario, una argumentación, remueven el fondo
de una persona y hacen brotar de ella una claridad
y una energía nuevas. Es como si se removiera un
pequeño obstáculo que impedía la comunicación con el aire libre,
y gracias a eso una vida se llena de frescura
y de lozanía.
Como ha señalado Jesús Ballesteros, lo más
revolucionario hoy en día es el hecho de pensar.
En
realidad, pensar es lo que tiene mayor capacidad transformadora, y
el ejercicio del pensamiento y su extensión, a través del
diálogo y la comunicación, puede ser lo que abra más
posibilidades a una vida distinta.
—De nuevo me parece muy
bien, pero muy difícil de meter en la cabeza de
un adolescente.
Hay algo que puede ayudar mucho en la
labor que hagas en tus conversaciones con ellos. Se trata
de formarles a través de buena lectura.
Leer es para
la mente como el ejercicio para el cuerpo. Y como
el tiempo es limitado, conviene afinar la puntería al elegir
los libros, para que sean de la máxima calidad.
—Pero
si no quieren leer nada que sea de pensar...
Hay
muy buena literatura que gusta a los chicos y chicas
de esta edad, y que, poco a poco, les lleva
a pensar. Tampoco se trata de empezar por cosas muy
elevadas.
No importa que al principio sean sólo
novelas sencillas o libros de aventuras, porque lo primero que
hace falta es que se acostumbren a leer. Hasta que
no pierdan el miedo a los libros no conseguimos nada.
Es interesante que lean el periódico, alguna buena revista de
información general, biografías, historia, buena literatura. Muchas veces se sorprenden
ellos mismos al ver que entienden y les gusta mucho
más de lo que pensaban.
Es una buena costumbre, por
ejemplo, leer en familia. Para eso hace falta que haya
en la casa libros adecuados y que los padres fomenten
la lectura sugiriendo títulos, leyendo ellos también, procurando que la
televisión no esté siempre encendida, etc. Es fundamental el fin
de semana y las vacaciones, aunque también es sorprendente lo
que se puede llegar a leer al cabo de un
año con un simple cuarto de hora cada día.
No
digas que leerás cuando tengas tiempo, porque entonces no leerás
nunca.
Produce verdadera lástima conocer a personas que
son incapaces de sostener siquiera unos minutos una conversación interesante
sobre algo ajeno a su especialidad, porque jamás han leído
nada con un poco de contenido. Personas que apenas saben
lo que sucede en el mundo, porque no leen el
periódico. Ni lo que piensa nadie, porque hay muy pocas
cosas que despierten su interés.
Bacon decía que la lectura
hace al hombre completo; la conversación lo hace ágil; el
escribir lo hace preciso. Quienes no se cultivan un poco,
parece como si no supieran disfrutar de las satisfacciones que
permite el hecho de ser seres inteligentes.
—Efectivamente la lectura
es un gran medio de formación, pero supongo que cabe
el peligro por exceso, de leer continuamente, o indiscriminadamente...
Hay
que leer más y leer mejor. Séneca decía que no
era preciso tener muchos libros, sino que fueran buenos. Junto
a la capacidad de lectura hay que desarrollar la capacidad
de discernimiento, porque las promociones publicitarias de las editoriales y
el atractivo de las portadas no son garantía de calidad.
—El problema es que los padres no siempre estamos en
condiciones de aconsejarles, sobre todo cuando los chicos van siendo
mayores, o si son lecturas algo más específicas.
Te será
fácil si pides consejo a alguna persona con experiencia que
comparta tus valores, y supongo que no te será difícil
encontrarla. La personalidad y el entorno.
Modelos
En
un reciente congreso de filósofos y pensadores de ámbito internacional
se analizaron diversas cuestiones relativas a las corrientes de pensamiento
actualmente más en boga. Una de las conclusiones se refería
a algo que quizá, a primera vista, puede parecer muy
simple. Podría resumirse en que:
El atractivo de
la persona individual tiene mucha fuerza, más que las doctrinas
y que las ideologías.
Lo normal es seguir
a las personas, más que a las ideas. Y ese
natural deseo de emulación, muchas veces casi imperceptible, no es
algo que se reduzca a los niños, o al seno
de la familia, o a la educación.
Siempre, pero quizá
más en tiempos de controversias ante los valores, emerge con
fuerza inusitada el hombre concreto, el modelo individual. Más que
ideas generales, se buscan modelos humanos vivos, personalidades concretas que
sirvan de referencia. Se escriben y se venden infinidad de
biografías. Se buscan vidas que, por su categoría humana o
espiritual, sean dignas de admirar o imitar. La gente no
quiere teorías, busca la elocuencia de los hechos.
—Pues sería
interesante pensar cuáles son los modelos humanos con los que
tienen oportunidad de identificarse nuestros hijos.
Chesterton decía que los
profesores son las primeras personas adultas distintas de sus propios
padres que el niño conoce con cierta continuidad. Y que,
por tanto, de ellos es quizá de quienes más aprenda
a hacerse adulto.
—Desde luego, parece una razón de peso
para elegir bien el colegio al que va.
Por supuesto.
Primero sus maestros, y después sus profesores, tienen un gran
protagonismo en su educación. Porque hasta el simple trato humano
tiene ya un gran poder formativo o deformativo.
De todas
formas, quizá de unos años a esta parte ha aumentado
bastante la influencia de otros muchos modelos. Un deportista famoso,
una cantante, o el protagonista de una película o una
serie de televisión, pueden producir en los chicos una fuerte
tendencia a asumir detalles que consideran atractivos en el carácter
de esas personas.
—Lo malo es que a veces esos
modelos son muy poco positivos.
Quizá de ahí arranque la
falta de pautas morales válidas en la vida de algunos
jóvenes. Es decisivo que quien está a punto de ser
hombre o de ser mujer tenga ante sus ojos modelos
atractivos y logrados, de modo que pueda adquirir criterios de
estimación válidos. No olvides que el entorno es muy importante.
—Debe serlo, porque a veces parece que lo menos importante
es lo que decimos los padres. No se sabe por
qué, pero a veces parece como si nuestra opinión fuera
para ellos la que menos vale...
Creo que es una
actitud muy propia del adolescente y contra la que resulta
difícil luchar de frente. Quizá de modo indirecto puedas hacer
más.
Muchas veces no basta con charlar con ellos y
procurar hacerles razonar, porque quizá su autosuficiencia adolescente les retrae
de hablar confiadamente con sus padres.
—Entonces, ¿qué puedo hacer
si mis hijos son ya adolescentes y no estoy nada
seguro de haberles educado con acierto?
Por tu parte, todo
lo que puedas; pero quizá, considerando esto de los modelos
y del entorno, procura también que tus hijos tomen contacto
con personas que puedan hacerles bien.
Por ejemplo, resumiendo lo
que hemos tratado, puede ser positivo:
procura elegir bien el
colegio y habla con frecuencia con el preceptor o tutor;
haz algo por ir conociendo a sus amigos, para poder
así darle de vez en cuando algún buen consejo, delicadamente
y respetando su libertad; procura, siempre que sea posible, que
la televisión se vea en casa de modo familiar: una
película bien elegida puede ser una espléndida ocasión para provocar
una tertulia donde conozcamos el modo de pensar de nuestros
hijos y el eco que tiene en ellos lo que
han visto;
aplica tu imaginación para que los
chicos tomen contacto con ideas y actitudes sensatas; cuida su
formación moral, y si eres creyente no minusvalores la importancia
de vivir de modo coherente a la fe;
haz lo
posible para que se muevan en un ambiente favorable al
buen desarrollo de su personalidad: por ejemplo acudiendo a un
club juvenil donde puedan pasarlo bien de forma sana, hacer
buenos amigos en un ambiente adecuado y recibir una ayuda
en su formación;
evita esos lugares de vacaciones o de
fin de semana donde resulta tan fácil verse envuelto en
un ambiente de personas con planteamientos inadecuados sobre los modos
de divertirse (es sorprendente el porcentaje de alumnos que vuelven
irreconocibles a clase después de un verano desafortunado); etc.
Si
en las edades clave falla el entorno, de poco sirven
los razonamientos teóricos con los hijos. Decía Confucio que no
son las malas hierbas las que ahogan la buena semilla,
sino la negligencia del campesino. Un colegio equivocado, un lugar
de veraneo de bajo nivel moral, o una indigestión habitual
de televisión indiscriminada, por ejemplo, pueden echar por tierra muchos
esfuerzos hechos en casa por mantener limpias las mentes de
los chicos. Si no se actúa sobre el entorno, puede
suceder como en aquel dicho del cadáver en la piscina:
mientras no se saque el muerto, de poco vale echar
cloro. Una vieja especie: el opinador
El opinador
es un personaje que acostumbra a opinar sobre cualquier cuestión,
y con una soltura olímpica. No es que sepa mucho
de muchas cosas, pero habla de todas ellas con un
aplomo que llama la atención. Nada escapa de los perspicaces
análisis que hace desde la atalaya de su genialidad.
¿Es
que acaso no tengo libertad para opinar?, dirá nuestro personaje.
Y darán ganas de responderle: libertad sí que tienes, lo
que te falta es cabeza; porque la libertad, sin más,
no asegura el acierto.
Pertenecer al sector crítico y contestatario
es para esas personas la mismísima cima de la objetividad.
—Pero la crítica puede hacer grandes servicios a la objetividad.
Indudablemente, y ya hemos hablado de cómo la crítica puede
ser positiva si se atiene a ciertas pautas. Pero detrás
de una actitud de crítica tozuda y sistemática suelen esconderse
la ignorancia y la cerrazón. Si hay algo difícil en
la vida es el arte de valorar las cosas y
hacer una crítica. No se puede juzgar a la ligera,
sobre indicios o habladurías, o sobre valoraciones precipitadas de las
personas o los problemas.
La crítica debe analizar lo bueno
y lo malo, no sólo subrayar y engrandecer lo negativo.
Un crítico no es un acusador, ni alguien que se
opone sistemáticamente a todo. Para eso no hacer falta pensar
mucho, bastaría con defender sin más lo contrario de lo
que se oye, y eso lo puede hacer cualquiera sin
demasiadas luces.
Además, también es muy cómodo, como hacen muchos,
atacar a todo y a todos sin tener que defender
ellos ninguna posición, sin molestarse en ofrecer una alternativa razonable
—no utópica— a lo que se censura o se ataca.
—Tengo la impresión, además, de que quienes están todo el
día hablando mal de los demás, tienen que amargarse ellos
también un poco la vida.
Sí. Parece como si vivieran
proyectando alrededor su propia amargura. Como si de su desencanto
interior sobrenadaran vaharadas de crispación que les envuelven por completo.
Les disgusta el mundo que les rodea, pero quizá sobre
todo les disgusta el que tienen dentro. Y como son
demasiado orgullosos para reconocer culpas dentro de ellos, necesitan buscar
culpables y los encuentran enseguida.
—Pienso que la agresividad que
observan en algunos medios de comunicación produce a veces una
actitud demasiado ligera en las valoraciones y que influye bastante
en los chicos: creen que aumentan su prestigio intelectual empinándose
sobre un exagerado escepticismo crítico.
Sí, y hay que estar
atentos, porque se contagian casi imperceptiblemente de esas actitudes, que
además muchas veces les lleva a hacer una intensa propaganda
de su laxitud ante muchos valores importantes en la educación.
¿Comprometerse?
Para algunos padres y educadores, la gran norma
pedagógica parece que es: "En caso de duda, apueste usted
por el no, elija el estarse quieto".
Es una mentalidad
de gran resistencia a complicarse la vida, de una desusada
exigencia de garantías. Tanto temen equivocarse que prefieren esquivar cualquier
riesgo, y pasan a vivir como refugiados. Se vuelven un
poco solemnes y secos, quizá perfectísimos y superprevisores, y vivirán
con un método y una higiene absolutos, pero quizá eso
no sea vivir. No se trata de apostar por la
irreflexión, la frivolidad o el aventurismo barato. Pero cualquier objetivo
medianamente valioso está rodeado de unas tinieblas por las que
hay que avanzar en terreno desconocido. Toda empresa, todo camino
en la vida, tiene algo de riesgo, de apuesta, de
salto hacia adelante, y hay que asumirlo. Si no, más
vale quedarse en la cama por el resto de la
vida.
Para que los hijos sean decididos es preciso que
vean esa actitud en los padres. Que no se queden
paralizados ante la duda. Que no tiren la toalla a
la primera dificultad. Que no cambien inmediatamente de objetivo si
éste se presenta costoso.
—Pues hay mucha gente emprendedora y
audaz cuyos hijos son asombrosamente apáticos.
Es que, además de
dar ejemplo, hay que hacer algo más. Quizá esos padres
debieran preguntarse si no han superprotegido a sus hijos, si
no les habrán dado todo hecho, si no les impidieron
tomar decisiones y abrirse camino. Porque con tanto desvelo protector
pueden haberles hecho un flaco servicio.
"A mí no me
gusta comprometerme con nada ni con nadie", se oye a
veces a esos chicos, con frase lapidaria y sentenciosa (y
casi nunca original suya). Y si una cosa no sale
a la primera..., "pues lo dejo". Y parece como si
todo fuera transitorio, a prueba, "a ver qué tal".
Sin
embargo, es ineludible comprometerse, porque la vida está llena de
compromisos. Compromisos en el plano familiar, en el profesional, en
el social, en el afectivo, en el jurídico y en
muchos más. La vida es optar y adquirir vínculos. Quien
pretenda almacenar intacta su capacidad de optar, no es libre:
sería un prisionero de su indecisión.
Saint-Exupéry dijo que la
valía de una persona puede medirse por el número y
calidad de sus vínculos. Por eso, aunque todo compromiso en
algún momento de la vida puede resultar costoso y difícil
de llevar, perder el miedo al compromiso es el único
modo de evitar que sea la indecisión quien acabe por
comprometernos. Quien jamás ha sentido el tirón que supone la
libertad de atarse, no intuye siquiera la profunda naturaleza de
la libertad. Desconfiados y resentidos
Muchas personas tienen
un profundo convencimiento de que en el mundo todo es
egoísmo y mezquino interés.
Y como ellos así lo piensan,
les parece que lo normal y lo corriente es que
todos los humanos sean también, como ellos, unos egoístas redomados.
Viven así una vida empobrecida, parece como que miran siempre
de reojo. Son desconfiados. Es algo casi enfermizo.
No hace
falta insistir en lo negativo de ese planteamiento para la
educación del carácter de los hijos. La familia debe convivir
en un clima de generosidad y de confianza, de prestar
ayuda siempre, de no llevar cuenta de los favores, de
no pensar en si alguien es merecedor de un servicio,
de no tener en cuenta si nos lo van a
devolver o agradecer.
Hay padres y educadores que
empujan habitualmente a desconfiar, y cometen con eso un grave
error.
—Bueno, pero tampoco hay que pasarse por el otro
extremo, porque pueden efectivamente acabar siendo unos ingenuos y que
luego todo el mundo les engañe y nunca espabilen.
Tendríamos
que volver a hablar de aquello de encontrar un equilibrio.
Es verdad que ese peligro que dices también existe, pero
creo que es bastante menor que su contrario, y, además,
es más fácil de corregir.
Repasemos algunas ideas para facilitar
un clima de confianza en la familia:
Más vale ser
engañados alguna vez por los hijos que educarlos en un
clima de desconfianza o de control policíaco.
"Yo perdono, pero
no olvido", dicen algunos. En muchos casos, eso probablemente no
sea perdonar, sino un refinado sucedáneo de resentimiento.
Atención a
las listas de agravios que guardan celosamente algunas personas, esclavas
de sus viejos rencores. En lugar de dedicarse a vivir,
parece que se recrean en recordar lo malo de sus
vidas para sufrir doblemente.
Se dice que para quien tiene
miedo todo son ruidos. Para el que desconfía, todo son
maniobras para aprovecharse de él. Sin embargo, las más de
las veces son sólo fruto de su imaginación, y es
su miedo lo que les angustia: no han logrado descubrir
la maravilla de la confianza, son hombres esquivos y solitarios
de espíritu.
Confianza en los demás, para poder perdonar. Y
perdonar es ser generoso en conceder oportunidades de enmendarse.
A
veces somos rígidos porque estamos inseguros, porque no nos lanzamos
a educar en la confianza. Y la confianza es un
poderoso medio de educación.
La desconfianza está detrás de los
resentidos que, después de recibir una herida, están decididos a
no volver a confiar.
Detrás de los solitarios, de los
desamorados. De los viejos que se esconden desconfiados porque piensan
que ya no valen para nada y todos les desprecian.
De los enfermos que piensan por sistema que nadie les
comprende. De los jóvenes que ven a los mayores como
gente que jamás les podrán entender. De los tímidos, que
se encierran dentro del propio corazón por miedo a abrirse.
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