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Los niños tiranos son cada vez comunes en la sociedad actual, manipulando y atemorizando a sus progenitores y a sus profesores.
¿Estamos fabricando"pequeños dictadores"?
En nuestra sociedad proliferan cada vez más estos especímenes. Pequeños
seres preñados de poder que tienen atemorizados a sus progenitores.
Con sólo verlos entrar en mi despacho ya les detecto.
Vean la escena. Sus amantísimos padres, a los cuales ya
he entrevistado primero, ceden gentilmente el asiento de en medio
(tengo tres silloncitos situados delante de mi mesa) para que
cuando llegue de la sala de espera allí se aposente
su vástago. Ellos se colocan a prudente y respetuosa distancia
del asiento vacío. Cuando por fin entra el hijo prepotente,
con el pecho hinchado, andando con aplomo y lanzando fugaces
miradas despectivas a sus padres, el cuadro ya se ha
completado. (En el libro Víctimas y matones expuse como curiosidad
este “diagnóstico del sillón”, que he ideado en la consulta
y que me permite detectar precozmente al pequeño dictador).
Son niños que no
levantan un metro del suelo pero tienen aterrorizado a todo
el personal de la familia. Y para que un mocoso
como él o ella tenga tanto poder, de alguna manera
ha de estar subido a los hombros de uno de
los adultos que le rodea. Aupado de esta manera –es
decir, aliado con alguien– para poder dominar a los demás.
A menudo se trata de parejas de padres en situación
de crisis, que como no pueden complacerse mutuamente en el
afecto conyugal, deciden, para compensar esta falta, desplazar su amor
al retoño, otorgándole así todas las prebendas habidas y por
haber, y de paso utilizarlo en patológica alianza como arma
arrojadiza contra la pareja.
Pero, no necesariamente han de ser parejas en conflicto
las que fabriquen su hijo tirano, ya que pueden ser
consortes de lo más apacibles y enamorados; pero, eso sí,
que no tengan en boca un mínimo “no” que soltarle
al vástago (“¡No sea caso que se traumatice, pobrecito!”). Y
a base de no negarle nada y complacerlo en todo,
van construyendo la despótica plataforma que luego servirá al hijo
para subirse a ella y maltratarlos.
Vean, pues, lo fácil que es fabricar
un niño tirano... lo difícil es luego desmontar su aterrorizador
tinglado. Créanme: no dimitan nunca de su autoridad parental y
nieguen cosas al hijo cuando sea necesario. Prodiguen, desde bien
pequeños, las consabidas advertencias: “¡Niño, eso no se toca, eso
no se dice, eso no se hace!” Porque la frustración
también educa, señores padres.
Para conocer la fuente que ha proporcionado
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