Autor: P. Antonio Rivero L.C. | Fuente: Catholic.net El Valor de la vida humana
El maravilloso don de la Vda.
El Valor de la vida humana
El Valor de la Vida humana Un gran escritor español José
María Gironella, cuenta que allá en diciembre de 1936, iniciada
ya la guerra civil española, en un momento en que
temían que su vida peligrara en Gerona, decidió pasarse a
Francia, y su padre lo acompañó hasta la frontera. Al
pasarla, los gendarmes franceses le registraron y, en sus bolsillos,
encontraron un papel que, sin que él lo advirtiera, había
introducido su padre momentos antes de cruzar dicha frontera. Era
una brevísima carta que decía: No mates a nadie, hijo.
Tu padre, Joaquín.
La carta era realmente conmovedora, sobre todo en
aquel momento. Porque lo lógico hubiera sido que en esa
circunstancia un padre hubiera aconsejado a su hijo: “Ten cuidado,
no te maten”. Pero aquel padre sabía algo muy importante:
que es mucho más mortal matar que morir. El que
mata a otro ser humano, queda mucho más muerto, mucho
más podrido que el que es asesinado.
Por esta razón Dios,
cuando los hombres nacemos, desliza en los bolsillos de nuestra
conciencia otra carta que dice: No mates a nadie, hijo.
Tu Padre Dios.
El precepto moral del “no matarás” tiene
un sentido negativo inmediato: indica el límite, que nunca puede
ser transgredido por nadie, dado el carácter inviolable del derecho
a la vida, bien primero de toda persona. Pero tiene
también un sentido positivo implícito: expresa la actitud de verdadero
respeto a la vida, ayudando a promoverla y haciendo que
progrese por el camino de aquel amor que la acoge
y debe acompañarla.
Jesucristo vino a destruir la muerte y
a traer vida y a traerla en abundancia, nos dice
san Juan en su evangelio en el capítulo 10. Y
la vida que nos trajo Jesús es la vida eterna.
Y Él lucha y luchará para que nadie nos arrebate
esta vida eterna. Y esta vida eterna traída por Jesús
abarca salvar nuestro cuerpo y nuestra alma, es decir, nuestra
persona.
¿Quién eres tú para quitar la vida a alguien
que está llamado a la vida eterna con Dios?
El escritor
americano Louis Begley ha denominado al siglo XX como “réquiem
satánico”. Es un infierno de asesinatos y homicidios, de masacres
y crímenes violentos, un compendio de atrocidades. En el siglo
XX se ha matado a más hombres que nunca. A
este siglo le corresponden el holocausto y la bomba atómica.
¿Qué hacer? ¿Dónde ha quedado la vida y la salvación
traída por Cristo hace más de veinte siglos?
Compartiré contigo en
este mandamiento:
I. Lo maravilloso que es el don de la vida. II. Las
diversas formas de transgredir este mandamiento. III. Casos especiales: legítima defensa, pena
de muerte, guerra.
I. ¡QUÉ MARAVILLOSO ES EL DON DE LA
VIDA!
¿Dónde está el valor de la vida humana?
En que eres
imagen y semejanza de Dios. Al ser creado, recibiste una
chispa divina, que nadie puede darnos sino Dios. Y por
tanto, nadie puede quitarnos la vida, sino sólo Dios, que
es el Dueño de nuestra vida. Por eso, el que
levanta la mano contra la vida humana ataca la propiedad
de Dios.
Además nuestra vida humana y terrena es grande
en vistas a nuestra vida eterna en el cielo. La
vida humana es condición de la vida eterna, a donde
estás llamado por Dios para gozar de Él eternamente. Por
eso es tan valiosa a los ojos de Dios tu
vida terrena, y por esto es también de un precio
inestimable para ti que eres cristiano, porque es el tiempo
de atesorar méritos para la vida eterna, que te ganó
Cristo con su sangre, muerte y resurrección. San Jerónimo dijo
en cierta ocasión que esta vida es un estadio para
los mortales: aquí competimos para ser coronados en otro lugar14 .
Si has entendido esto que te he dicho,
entonces comprenderás que la vida humana es una chispa que
salta de Dios. Nadie tiene derecho a extinguirla. La vida
humana aquí en la tierra es la posibilidad que Dios
nos concede de alcanzar la vida eterna en el cielo.
Nadie tiene derecho de despojarnos de ella.
Es Dios quien
da la vida. Sólo Él puede quitarla15 .
Tu vida es bien noble. No puedes reducir la vida
a lo que decía el filósofo ateo francés Jean Paul
Sartre en su obra “La Náusea”: Comer, dormir; dormir, comer.
Existir lentamente, dulcemente, como aquellos árboles, como una botella
de agua, como el andén rojo del tranvía.
La vida
nace en el seno del amor: un hombre y una
mujer que se aman colaboran con Dios para dar a
un hombre el mayor regalo: la vida, el paso de
la nada al ser. ¡Qué noble ha de ser la
vida humana si Dios nos da este don, en colaboración
con tus papás!
Dios te ha dado la vida para poder
entrar en comunión contigo. Por eso con la vida te
ha dado una inteligencia para que le puedas conocer, y
una voluntad para que le puedas elegir y amar. ¿Cómo
vas a quitar la vida a un hombre, cuando está
llamado a encontrarse con Dios y entablar con Él un
diálogo en la fe y en el amor, a través
de la oración y los sacramentos, aquí en la tierra;
y después en la otra vida, mediante la visión cara
a cara con Dios? No tienes ningún derecho a privar
a un hombre de lo más noble que hay: conocer
y amar a Dios aquí en la tierra, y gozar
de Él después en la eternidad.
No compartimos de ninguna
manera la visión de la vida que cuenta Papini, escritor
italiano de inicios del siglo XX, al narrar esto.
“Mi amigo
Giuliotti me invitó a dar una vuelta, para conocer la
población. Me hizo admirar una plaza triangular. En uno de
los ángulos se erguía solitario un monumento en bronce: el
navegante Juan de Verazzano. De cada lado del triángulo arrancaba
un camino.
Juan me propuso:
- Tomemos este camino. - Tomemos este
camino -dije yo.
El camino era de subida y estaba
cubierto de graba entre álamos y viñedos. Recorrimos unos doscientos
metros. Allí el camino terminaba al pie de un edificio
largo y de color claro.
- ¿Qué es esto? -pregunté.
El amigo
me explicó:
- Es el hospital. - Entonces volvamos atrás. - Volvamos atrás.
Llegamos de nuevo a la plaza triangular. Tomamos el segundo
camino. Subía más empinado que el anterior, zigzagueando entre altas
vallas y bardas caídas. Pronto llegamos delante de un zaguán
y de un alto muro que encerraban un terreno blanco
de lápidas, y negro de cruces. Inmediatamente entendí qué cosa
era aquello.
- Volvamos al pueblo -dije. - Volvamos.
Finalmente tomamos el
tercer camino que también era de subida. Llegamos frente a
una casona blanca, vieja y cerrada. Todas sus ventanas tenían
rejas negras.
- Y esto, ¿qué es? -pregunté. - La cárcel
. - Regresemos pronto. - Regresemos.
Concluye Papini: esta población nos da
una fiel imagen de la vida humana en el planeta
Tierra. Los seres humanos desembocan en la enfermedad, o en
la cárcel, y, en todo caso, en la muerte (De
una carta de Papini).
Yo no estoy de acuerdo con
Papini en este pensamiento, pues nuestra vida desemboca en la
eternidad de Dios.
Te habrás dado cuenta cómo cada hombre aprecia
su propia vida y la defiende al máximo; incluso los
que se quejan de su vida están defendiéndola en el
fondo, pues piden mejores condiciones para vivir, protestan porque quisieran
vivir de otra manera.
Todos queremos vivir.
El problema
nace a la hora de considerar la vida de los
demás frente a los propios intereses. Así, por ejemplo, se
prefiere recurrir al aborto antes que a la promoción de
un recto uso de la sexualidad; se prefiere recurrir a
la eutanasia antes que a un interés eficaz por los
ancianos y los marginados; se prefiere recurrir a grandes campañas
contra la natalidad en el tercer mundo antes que a
planes eficaces de desarrollo y colaboración económica; se prefiere el
uso de la guerra y el terrorismo al diálogo y
la confrontación democrática, y en general, la vida humana viene
supeditada a otros intereses que tienen mucho menos valor.
Ante
todo esto, tú debes proclamar y defender la dignidad de
la vida humana. La dignidad del hombre es un valor
absoluto, y la vida humana, un valor en sí misma
que siempre ha de ser defendida, protegida y potenciada, independientemente
de lo que diga la mayoría o los medios de
comunicación o tu propia sensibilidad.
Por eso, no debes medir
el valor del hombre desde un punto de vista industrial
o comercial, como se hace hoy día. Así la persona
humana es cotizada por su eficacia, y se considera al
hombre más por el tener que por el ser. Ahí
tienes la concepción materialista de la vida: vales por lo
que produces y tienes, y no por lo que eres.
Nunca debes aceptar esta concepción del hombre.
Fíjate a dónde
te llevaría esta postura: porque eres minusválido, no sirves….se te
puede matar; porque tuviste un accidente y quedaste hemipléjico, no
sirves…se te puede matar; naciste con una deficiencia mental o
corporal, no sirves…se te puede descartar ya desde el seno
de tu madre; ya estás anciano y sufres mucho, no
sirves…se te puede aplicar la eutanasia.
Debes alzar la voz
fuerte contra esta injusticia y estos crímenes. El mandamiento de
Dios es bien claro: “No matarás”.
Alza la voz como
lo hizo el Papa Juan Pablo II en Denver el
día 14 de agosto de 1993 a los jóvenes: Con
el tiempo, las amenazas contra la vida no disminuyen; al
contrario, adquieren dimensiones enormes. No se trata sólo de amenazas
procedentes del exterior, de las fuerzas de la naturaleza o
de los Caínes que asesinan a los Abeles; no, se
trata de amenazas programadas de manera científica y sistemática. El
siglo XX será considerado una época de ataques masivos contra
la vida, una serie interminable de guerras y una destrucción
permanente de vidas humanas inocentes. Los falsos profetas y los
falsos maestros han logrado el mayor éxito posible”.
Voy
concluyendo esta parte. La vida humana es un don, es
algo precioso que te es dado, que recibes gratuitamente de
Dios a través de tus padres. En el camino de
la vida adquieres la conciencia de ser una persona y
también un sujeto individualizado e irrepetible. Desde el punto de
vista cristiano, estás hecho a imagen y semejanza de Dios;
tu vida procede del Ser Supremo y, por la creación,
eres verdaderamente su hijo. Esta filiación es elevada sobrenaturalmente por
el sacramento del bautismo, que te asocia a Jesucristo con
una nueva creación y un nuevo amor.
De aquí procede
la sacralidad de la vida humana, de tu vida humana.
Este valor persiste durante toda tu existencia desde el inicio
de la concepción en el seno de la madre, hasta
su término natural en el momento de la muerte. Dios
es el señor y el dueño de la vida de
cualquier hombre y mujer.
II. HAY DIVERSAS MANERAS DE MATAR
Matar es
mucho más fácil de lo que piensas.
Desgraciadamente la historia de
la humanidad, desde Caín, es la historia de la
violencia.Desde el principio del mundo tenemos datos históricos de más
de dos mil guerras. Prácticamente no hay año en la
historia en que no estalle alguna.
Entre 1945 y 1975, sólo
en treinta años, se produjeron en el mundo 119 guerras,
en las que intervinieron 19 países, y eso recién terminada
la gran guerra mundial, que se presentó como la última
guerra.
La última todavía suena en nuestros oídos: la guerra en
Irak por parte de Estados Unidos, abril del año 2003.
En
este momento, ¿cuántas guerras hay declaradas y cuántos conflictos bélicos?
Y decimos estar en paz.
Después, está la guerra del terrorismo
que en muchos países es una herida permanente abierta: palestinos
e israelíes, norte y sur, católicos y protestantes...
Y está la
feroz guerra del aborto, en la que hoy están muriendo
más de 50 millones de no nacidos cada año; es
la guerra probablemente más sangrienta que haya inventado la
humanidad. El aborto es la manipulación de un feto en
el seno materno con el propósito de destruirlo.
Generalmente, en
la mayoría de los casos de aborto se procede asesinando
al feto dentro del seno de la madre, antes de
extraerlo. Está comprobado ya científica y médicamente que ese feto
es un ser humano, una persona: desde el momento de
la concepción tiene un código genético propio y está llamado
a realizarse como ser humano y a gozar eternamente de
Dios. Además, tiene un alma espiritual creada amorosa, individual y
personalmente por Dios. ¡Es un hijo de Dios!
Te voy
a contar una anécdota escalofriante para que comprendas el valor
de la vida.
Las mujeres han sufrido de forma muy
especial la violencia en la antigua Yugoslavia. Las violaciones y
los malos tratos han sido utilizados como arma de guerra,
especialmente por parte de las tropas serbias. Según los informes
elaborados por las Naciones Unidas, miles de mujeres han sido
víctimas de esta violencia.
Lucía, joven religiosa, es decir, monja,
sufrió como otras miles de mujeres la barbarie de la
violación. Reproducimos la carta que escribió a su Superiora General:
Soy Lucía Vetruse, una de las novicias que han sido
violadas por las milicias serbias. Le escribo sobre lo que
me ha acaecido a mí y a mis hermanas Tatiana
y Sendria. Permítame que no le dé detalles. ¿Qué es,
madre, mi sufrimiento y la ofensa sufrida en comparación con
la de Aquel al que había prometido mil veces darle
mi vida?
Dije despacio: "Hágase tu voluntad, ahora, sobre todo
ahora, ya que no tengo más apoyo que la certeza
de que tú, Señor, estás a mi lado". Le escribo,
madre, no para recibir consuelo, sino para que me ayude
a dar gracias a DIOS POR HABERME ASOCIADO A MILLARES
DE COMPATRIOTAS MÍAS OFENDIDAS EN EL HONOR. Y A ACEPTAR
LA MATERNIDAD NO DESEADA...
Mi humillación se suma a la de
las demás y sólo puedo ofrecerla por la expiación de
los pecados cometidos por los anónimos violadores y por la
paz entre las dos etnias opuestas, aceptando el deshonor, sufrido
y entregándolo a la piedad de Dios...No se asombre que
le pida compartir conmigo una "gracia" que pudiera parecer absurda.
He llorado en estos meses todas mis lágrimas por mis
dos hermanos asesinados por los mismos agresores que van aterrorizando
nuestras ciudades. Pensé que ya no podría sufrir muchas cosas
más, que el dolor pudiera tener tantas dimensiones.
A las
puertas de nuestro convento, hay cada día centenares de criaturas
famélicas tiritando de frío, con la desesperación en los ojos.
La otra semana una joven de dieciocho años me había
dicho: "Usted es afortunada porque ha escogido un sitio donde
la milicia no puede entrar”. Y añadió: "No sabe lo
que es el deshonor".
Lo pensé despacio y vi que
se trataba del dolor ingente y casi sentí vergüenza de
estar excluida de su huida. Ahora soy una de ellas,
una de tantas mujeres anónimas de mi pueblo con el
cuerpo destrozado y el alma saqueada. El Señor me ha
admitido al misterio de su vergüenza, es más, a esta
hermana le ha concedido el privilegio de comprender la fuerza
diabólica del mal.
Sé que, de hoy en adelante, las
palabras de valor y consuelo que trataré de sacar de
mi pobre corazón serán creídas, porque mi historia y la
suya, y mi resignación, sostenida por la fe, podrá servir,
si no de ejemplo, al menos de confrontación con sus
reacciones morales y afectivas. Basta una señal, una pequeña palabra,
una ayuda fraternal, para movilizar la esperanza de un ejército
de criaturas desconocidas.
Dios me ha escogido -Él me perdone
esta presunción- para guiar a las personas humilladas de mi
gente hacia un alba de redención y de libertad. No
podrán tener dudas sobre la sinceridad de mis deseos, porque
yo también vengo, como ellas, de la frontera de la
abyección... Todo ha pasado, madre, pero ahora comienza todo en
su llamada telefónica, después de decirme palabras de consuelo que
le agradeceré toda mi vida, me hizo una pregunta: "¿Qué
harás de la vida que te ha sido impuesta en
tu vientre?".
Sentí que su voz temblaba al hacerme esa
pregunta que no podía ser respondida de inmediato, no porque
no haya reflexionado sobre la elección que tenía que hacer,
sino porque usted no quería turbar con proyectos mis decisiones.
Lo he decidido ya: si soy madre, el niño será
mío. Lo podría confiar a otras personas, pero él tiene
el derecho, a mi amor de madre, aunque no haya
sido deseado ni querido. No se puede arrancar una planta
de sus raíces. El grano que ha caído en una
tierra tiene necesidad de crecer allí donde el misterioso, aunque
inicuo sembrador lo haya echado.
Realizaré mi vida religiosa de
otro modo. No pido nada a mi congregación, que me
lo ha dado ya todo. Estoy agradecida a la fraternidad
de mis hermanas y a sus atenciones, sobre todo por
no haberme molestado con peticiones indiscretas. Mi hijo, me iré
con mi hijo. No sé a dónde, pero Dios, que
ha roto de improviso mi mayor alegría, me indicará el
camino para cumplir su voluntad. Seré pobre, retornaré el viejo
delantal y me pondré los zuecos que usan las mujeres
en los días de trabajo e iré con mi madre
a recoger resina de los pinos de nuestros grandes bosques...
Haré lo imposible por romper la cadena de odio que
destruye nuestro país... Al hijo que espero le enseñaré solamente
a amar. Mi hijo, nacido de la violencia, será testigo,
de que la única grandeza que honra a la persona
es la del perdón» (Diario Ya, julio de 1995).
En este
caso de vida está resumido todo el valor del quinto
mandamiento de la ley de Dios.
Pero sigamos.
Otras formas de crímenes
sobre niños todavía no nacidos que se pueden incluir aquí
son las muertes de embriones humanos producidas por experimentos realizados
dentro o fuera del seno materno. A esto se le
ha llamado la terrible matanza de los experimentos genéticos, de
la fecundación in vitro, de los embriones congelados, de los
experimentos de la clonación, etc... donde descartan y mueren cantidad
de seres humanos.
¿Todas las técnicas de manejo de los genes
son inmorales?
No todas las técnicas de manejo de los genes
(son éstos, fragmentos del ácido desoxirribonucleico o ADN), en los
que están inscritos los caracteres específicos de cada ser animal
o vegetal …no todas estas técnicas, digo, son malas:
Algunas,
como la mejora genética, han logrado aumentar el rendimiento productivo,
la resistencia ante enfermedades, la calidad en animales y plantas;
lo que palia grandes necesidades de la humanidad.
Otras como
la llamada ingeniería genética molecular”, por la que genes humanos,
animales o vegetales (fragmentos de ADN), trasferidos a determinados cultivos
bacterianos para reaplicación, han logrado para la humanidad la producción
de medicinas (insulinas artificiales, interferón, vacunas, etc.), así como alimentos
fundamentales en la agricultura y la ganadería. Por otra parte,
se está elaborando ya el llamado “mapa del genoma humano”,
por medio del cual se podrán en su día intercambiar
genes enfermos del ser humano por otros sanos.
¿Dónde
está, pues, la técnica inaceptable moralmente?
Es la que resulta
de la llamada manipulación genética humana, tanto en células germinales,
o que pueden dar origen a la vida (posible origen
futuro de la partenogénesis o androgénesis), como en la hibridación
celular interespecífica (ovocito de un póngido –chimpancé, gorila y orangután-
fecundado con esperma humano), entre otras técnicas.
En otro orden de
cosas, dentro del problema que te estoy tratando, la moral
católica enuncia juicios muy severos acerca de las técnicas de
eugenesia positiva (mejora de los genes): inseminación artificial, homóloga o
heteróloga (del marido o no), fecundación in vitro y la
clonación o proceso, mediante el cual se podría producir un
gemelo genético –como una fotocopia repetible a voluntad- a partir
de un solo progenitor16 . De esto te
hablaré más adelante.
Está también la violencia nuestra de cada día.
Es verdad, “no robamos, ni matamos físicamente”, pero sí matamos
cuando criticamos, cuando nos enfadamos con gran violencia. Esta violencia
está en el corazón. La agresividad se ha ido adueñando
de nuestra vida cotidiana. Somos violentos en nuestro lenguaje. Somos
violentos en nuestra manera de entender la vida. Así se
oye decir: “aquí o pisas o te pisan... el que
da primero da dos veces... bastos son triunfos”.
Somos violentos
en nuestro estilo de humor. Aquí la sonrisa se sustituye
con frecuencia por la sal gorda, el sarcasmo, la sonrisa
hiriente, el vinagre. Tenemos un arte especial para reírnos de
nuestro prójimo y olvidamos que dejar a alguien en ridículo
es siempre un arma inmoral. Somos agresivos hasta en el
modo de perdonar. ¿Cuántas veces oímos decir: “Perdono, pero no
olvido” que con frecuencia no es sino un arte de
alargar y prolongar la herida?
Otra de las formas más dramáticas
con la que puede violarse hoy este mandamiento es precisamente
el del uso y abuso de las drogas. Ya sabes
que el mal de la droga, aunque sea “blanda” está
en que produce efectos irreparables en el cerebro, además de
otros problemas psicológicos que varían según el efecto de la
droga.
La razón de fondo para consumir drogas es siempre
profundamente egoísta, pues se busca con ellas conseguir sensaciones especiales,
placer, huida de la realidad, etc. Esto no justifica el
mal que producen. Las drogas llegan a dominar fácilmente al
hombre adueñándose de su ser y de su querer, le
arruinan completamente su vida. Se apoderan absolutamente de la voluntad
por las fuertes sensaciones de placer (cocaína), de relajación (morfina),
de fuerza y energía (heroína), de liberación mental (L.S.D.) que
produce, y finalmente se posesiona de todo el metabolismo, del
sistema nervioso y de los centros vitales.
No obstante lo
dicho, es lícito utilizar las drogas con fines medicinales curativos
o anestésicos.
También, exponemos nuestra vida y la de los
demás con el mal uso del volante, y el exceso
de la velocidad. ¡Qué locura! Hay que respetar las señales
de tráfico y ser prudente en la carretera, especialmente cuando
otras vidas dependen de ti.
Como puedes ver, se
puede matar de mil maneras. Se puede matar de disparos,
pero también de hambre o de soledad. Se puede declarar
una guerra o declarar y tolerar un paro, una calumnia.
No
olvidemos las palabras que dijo Dios a Caín: “¿Qué has
hecho? La voz de la sangre de tu hermano está
clamando a mí desde la tierra. Ahora, pues serás maldito
sobre la tierra que abrió su boca para recibir, de
mano tuya, la sangre de tu hermano” (Génesis 4, 10).
Caín
parece haberse extendido sobre toda la tierra. Parece que la
tierra se ha convertido en un lago de sangre y
violencia.
A diario, las páginas de los periódicos, los informativos de
la televisión, nos sirven nuestra ración de muerte. Cruzan por
nuestras pantallas los tanques de la destrucción. El hombre de
la metralleta y los disparos, parece haberse convertido en huésped
permanente de nuestra sobremesa. Ahora no hace falta ir a
la guerra, porque es la guerra la que nos persigue
a nosotros y ha entrado en nuestras casas y en
nuestros colegios.
Ya nos hemos acostumbrado. El día en que los
telediarios no nos ofrecieran nuestra ración de muertos, tendríamos la
impresión de haber llegado a otro planeta.
Y hemos dejado los
crímenes por atracos diarios en bancos o en farmacias.
Un nuevo
paso más damos en este campo con el tema del
suicidio. Es quitarse deliberadamente la vida directamente procurada, ya sea
por medio de una acción o a través de una
omisión voluntaria.
La mayoría de los suicidios de época pasadas
estaban motivados, más que por un odio a la vida
o deseo de la muerte, por el impulso de encontrar
una “solución” rápida a un problema ético que no había
sido enfocado –por culpa propia o ajena- de una manera
justa.
El suicidio suele darse especialmente en personas que sufren
fuertes estados de depresión y generalmente sin grandes ni sólidas
convicciones religiosas, ya que la religión nos enseña a no
perder la esperanza y encontrar sentido hasta en las realidades
más duras de aceptar.
Siempre es ilícito, porque se destruye un
don que pertenece a Dios. Ninguna vida humana es inútil
o poco importante. El suicidio se opone de forma clara
al instinto de conservación, es decir, a un legítimo amor
propio que está en la naturaleza humana y que le
mueve a permanecer en el ser, para su bien y
para el bien de los demás. Hasta tal punto es
esto cierto que la mayoría de los suicidios son achacables
a condiciones patológicas, aunque también en muchos casos, originados
por una previa ausencia de sensibilidad moral, de interés real
y positivo por el trabajo y por los demás hombres.
El suicidio de personas que tienen familias (padres, maridos o
mujer, hijos) es también un acto de injusticia respecto a
esos parientes.
¿Se condenará quien se haya suicidado? Dejemos en
manos de Dios el desenlace de este hijo suyo, que
tal vez no supo lo que hizo17 .
¡Dios
mío! Y hemos omitido la anticoncepción y la esterilización, los
medios contraceptivos, abortivos…donde se impide la vida o se mata
la fuente de la vida o incluso la vida
misma, en el caso de los medios abortivos18
. El mal moral en todo esto está en que
el hombre y la mujer se colocan por encima del
vínculo estructural y muy profundo existente entre el amor y
la fecundidad. Aunque también esto es materia del sexto mandamiento,
quiero adelantártelo ya de una vez, ¿qué te parece?
Poniéndose en
el lugar del Creador, se afirman a sí mismos como
los señores que quieren dominar a su gusto, disociando voluntariamente
las dos significaciones de la sexualidad: unión mutua y procreación19 . Y al mismo tiempo que manipulan la
sexualidad humana y se colocan como árbitro y señores del
designio divino, los esposos cesan, por la contracepción, de aceptarse
y donarse mutuamente uno al otro según la verdad de
su ser a la vez físico y espiritual. La mujer
acoge al marido pero con el rechazo a su gesto
inseminador; el hombre recibe a la mujer, pero con la
activa negación de su ritmo fisiológico y psicológico propio. Conjuntamente,
el hombre y la mujer se acogen uno al otro
en la exclusión de una apertura, simplemente posible, a la
vida del hijo.
Veo en tus ojos una pregunta: ¿Es
lo mismo esto que los métodos naturales?”.
De ninguna manera. La
actitud espiritual y ética de los esposos en este caso
es distinta. Aquí también en los métodos naturales, ciertamente, los
esposos buscan evitar un nacimiento, pero lo hacen por un
procedimiento cuyo alcance moral es totalmente diverso. Eligen simplemente unirse
cuando, independientemente de su voluntad, el vínculo entre el amor
y la fecundidad está como en suspenso y es inoperante,
pero siempre abiertos a la vida, si viniera.
Al hacer
esto, no se erigen en señores de ese vínculo estructural,
sino que se comportan más bien como sus servidores o
ministros diligentes, como custodios responsables del vínculo, inscrito en el
ser y querido por Dios, entre el don mutuo de
las personas y su apertura a la vida.
Simultáneamente, por
el recurso de los métodos naturales, el hombre y la
mujer se acogen recíprocamente y se entregan el uno al
otro en el respeto de su ser íntegro, a la
vez espiritual y carnal. La mujer recibe al hombre en
la acogida de su sexualidad concreta; el hombre recibe a
la mujer en la aceptación de su ritmo específico y
de los tiempos que le son propios. Conjuntamente el hombre
y la mujer se reciben el uno al otro evitando,
ciertamente, suscitar una nueva vida, pero sin inscribir ese rechazo
en la estructura misma del acto conyugal que realizan, y
de nuevo, te repito, siempre abiertos a la vida nueva,
si viniera.
Lo que es moralmente negativo es instalar voluntariamente
el “no a la vida” en la estructura misma de
la sexualidad masculina o femenina (anticoncepción, contracepción, preservativo, etc…) y
no el tener, por razones válidas, relaciones físicas que serán
de hecho infecundas. Por los métodos naturales, los esposos adoptan
una manera de vivir verdaderamente personal y humana el conjunto
de su sexualidad en su doble aspecto de amor y
de fecundidad; mientras que, por la contracepción, se contentan con
controlar y dominar las consecuencias biológicas de sus actos sexuales.
Es
inmoral la fecundación “in vitro” porque hay separación del aspecto
unitivo y procreativo en al acto sexual. Además, en esta
fecundación deben ser fecundados muchos óvulos hasta lograr que uno
de ellos se desarrolle suficientemente “in vitro” para poder ser
implantado en el endometrio (útero) femenino. Consecuentemente, son desechados o
congelados, o incluso utilizados en investigaciones, el resto de ovocitos
fecundados; todo lo cual constituye algo intrínsecamente inmoral 20 .
Te pongo aquí también una cita del
Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, publicado el
2 de abril de 2004 por el Pontificio Consejo Justicia
y Paz, relacionado con varios mandamientos, al menos con el
quinto y el sexto:
Es necesario reafirmar que no son
moralmente aceptables todas aquellas técnicas de reproducción –como la donación
de esperma o de óvulos; la maternidad sustitutiva; la fecundación
artificial heteróloga –en las que se recurre al útero
o a los gametos de personas extrañas a los cónyuges.
Estas prácticas dañan el derecho del hijo a nacer de
un padre y de una madre que lo sean tanto
desde el punto de vista biológico como jurídico. También son
reprobables las prácticas que separan el acto unitivo del procreativo
mediante técnicas de laboratorio, como la inseminación y la fecundación
artificial homóloga, de forma que el hijo aparece más como
el resultado de una acto técnico, que como fruto natural
del acto humano de donación plena y total de los
esposos. Evitar el recurso a las diversas formas de la
llamada procreación asistida, la cual sustituye el acto conyugal, significa
respetar –tanto en los mismos padres como en los hijos
que pretenden generar- la dignidad integral de la persona humana.
Son lícitos, en cambio, los medios que se configuran como
ayuda al acto conyugal o en orden a lograr sus
efectos” (número 235).
Y, ¿qué decir de la eutanasia, encubierta, abierta
o legalizada, activa y pasiva?
Todavía nos aterra el caso
de Estados Unidos de Terri Schiavo, esa mujer con daños
cerebrales a la que se le quitaron, por indicación de
alguno de sus familiares, lo tubos que le proporcionaban alimento
y agua. Y así la mataron.
Nadie es dueño de
la vida. Sólo Dios decide el momento de la muerte
de la persona humana. El Papa Juan Pablo II dijo
fuertemente en su encíclica “Evangelium vitae”: Confirmo que la eutanasia
es una grave violación de la Ley de Dios en
cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona
humana (n. 65).
No debes confundir eutanasia, que consiste en producir
la muerte de alguien quitándole los medios ordinarios que le
mantenían en vida, y la analgesia.
La eutanasia nunca se
justifica. El hombre es solamente administrador la vida dada por
Dios. Hoy se quiere justificar la eutanasia basándose en que
“ya no hay vida real” en ancianos o enfermos que
han perdido las facultades mentales o la capacidad de movimiento.
Pero esto es entender la vida sólo en términos materialistas.
La vida vale por sí misma, no por su rendimiento
económico, intelectual, social. Y sólo Dios decide el fin de
esa vida.
Por el contrario, la analgesia, absolutamente lícita y
ética, se da en moribundos o personas que ante una
enfermedad grave piden que se les administre algún tratamiento que,
aunque no cure, disminuya los dolores. En el caso extremo
en que este tratamiento se administra a una persona cuya
muerte es inminente con el fin de que pierda la
conciencia y no sufra el proceso último de la enfermedad,
también es lícito, siempre y cuando se le haya hecho
saber al enfermo y se la haya dado oportunidad de
confesarse antes. Así, por ejemplo, en algunos tipos de cáncer
donde la fase final es muy dura, puede aplicarse este
tipo de analgesia.
Aquí surge una pregunta que está en
tus labios: ¿está obligado el hombre siempre a conservar la
vida?
La respuesta es clara: está obligado a emplear todos
los medios proporcionados y ordinarios (médicos y quirúrgicos, con esperanza
de curación y sin excesivo gasto o dolor) para conservarla.
No hay obligación, pues, de usar ni los extraordinarios, ni
de prolongar una vida sin esperanza, alargando el momento de
la muerte natural (distanasia).
Otra cosa distinta es la eutanasia
que es la interferencia activa o pasiva para provocar la
muerte. La eutanasia se diferencia moralmente de la omisión de
medios extraordinarios, de los que acabo de hablarte. Nada se
opone a la ayuda prestada para una muerte natural sin
dolor, aun cuando con ella se acorte la vida, con
tal de que no se pretenda directamente esto último, y
de que los sedantes administrados no incapaciten al enfermo terminal
para prepararse a recibir la muerte de manos de Dios
21 .
Todo esto nos lleva a dos
cosas más a este respecto. Una afecta al individuo como
cristiano, y la otra al médico en su obligación deontológica.
Primero,
el cristiano tiene la obligación moral de proteger su propia
salud, evitando cuanto le lleva a una muerte pronta, como
el alcohol excesivo o el empleo de drogas.
La segunda
cuestión afecta a la deontología médica, en la que decir
la verdad al enfermo, informar sobre los riesgos de una
operación y pedir el consentimiento al mismo, la posible esterilización
de alguien, la utilización de trasplantes de órganos vitales –de
aquí surge la obligación de poseer certeza absoluta de la
muerte del donante- o la experimentación tienen sus específicas obligaciones
morales, graves en muchísimos casos, pero que deben ser examinadas
en la moral específica de la profesión médica22
. También la Congregación para la Doctrina de la
fe publicó en 1987 una “Instrucción sobre el respeto a
la vida naciente y la dignidad de la procreación”, que
te recomiendo que leas. Aquí se da un juicio bien
concreto sobre estas cuestiones:
Acerca del diagnóstico prenatal, será aceptable
si respeta la vida del embrión y se orienta hacia
su custodia o curación.
Acerca de las posibles intervenciones terapéuticas
sobre el embrión, serán lícitas en las mismas condiciones que
lo anterior.
La particular gravedad de esta investigación sobre embriones
obtenidos por fecundación “in vitro” y que, ulteriormente, van a
ser destruidos…atenta a la dignidad de la persona humana.
Y
todo lo que afecta a la manipulación de embriones en
orden a la reproducción humana (congelación, hibridación interespecífica, donación, partenogénesis,
intentos de selección de sexos, etc.)…todo lo cual constituye una
ofensa a la dignidad del ser humano, así como a
su integridad e identidad.
Y en la consideración de los
atentados contra el quinto mandamiento, hemos dejado en el tintero
el maltrato y la destrucción de animales y bosques y
océanos y ríos, donde se mata toda flora y fauna.
¡Cuántos males padecemos en la atmósfera por estas locuras de
algunos! Dios perdona siempre, los hombres algunas veces, pero la
naturaleza nunca perdona. Nos cobra la factura.
Puede decirse que el
quinto mandamiento es el más típico, el más representativo de
nuestro tiempo. De ti y de mí depende que hagamos
una campaña de aprecio, de defensa y promoción de la
vida.
Cristo vino a este mundo para darnos vida y
dárnosla en abundancia. Es más, Él se definió como Camino,
Verdad y Vida. Quien sigue a Cristo, apuesta por la
vida, defiende la vida, transmite la vida.
III. CASOS ESPECIALES EN ESTE
QUINTO MANDAMIENTO
No puedo terminar este mandamiento sin antes hablarte de
algunos casos especiales que contempla el Catecismo de la Iglesia
católica: homicidio en legítima defensa, la pena de muerte y
la guerra. Sígueme, por favor, pues son temas muy delicados.
Primero,
homicidio en legítima defensa.
El deber de defender la vida
o la integridad física, ya sea la propia o la
de personas sobre las que se tienen responsabilidades, puede llevar
en situaciones límite a enfrentarse contra aquellos que la ponen
en peligro.
Estos casos extremos muy especiales en que no se
cuenta con el auxilio de las fuerzas públicas de policía
o con otro tipo de ayudas, nos llevan a plantearnos
el problema: ¿puede un hombre quitarle la vida a otro
para defenderse en caso de agresión?
La respuesta es: el hombre
siempre tiene el deber de defenderse y, si en alguna
ocasión la única defensa posible es quitarle la vida al
agresor, puede hacerlo. Desde luego no es un caso ideal
y no deja de ser un hecho muy lamentable y
desgraciado, pero conviene considerarlo, pues de él podemos sacar algunas
enseñanzas.
Este caso se aplica sólo cuando se trata de
una agresión violenta y siempre la actitud del que se
defiende es la de proteger el más grande don de
Dios, la vida. No entran aquí, por tanto, las venganzas
o la justicia practicada fuera de los tribunales públicos.
Dice
san Tomás de Aquino y recoge la cita el Catecismo
de la Iglesia católica: La acción de defenderse…puede entrañar un
doble efecto: el uno es la conservación de la propia
vida; el otro, la muerte del agresor…Nadie impide que un
solo acto tenga dos efectos, de los que uno sólo
es querido (defender mi vida), sin embargo el otro está
más allá de la intención (el matarle).
Es el llamado
principio de doble efecto23 . Se trata de
una acción que produce dos efectos, uno bueno buscado y
otro malo no querido.
Para que sea lícita, moralmente hablando,
la legítima defensa, se deben cumplir las siguientes condiciones:
Que
los medios que se usan para defenderse sean los absolutamente
necesarios. Por esta norma, no es lícito quitar la vida
en defensa propia cuando se está en condiciones de neutralizar
al agresor sin necesidad de matarlo.
Matar en defensa propia
es lícito pero no siempre obligatorio. Es decir, el agredido
puede renunciar a defenderse cuando sólo corre peligro su vida.
Lo puede hacer, por ejemplo, para dar al agresor la
oportunidad de convertirse y salvarse.
Segundo, la pena de muerte.
Este tema es muy controvertido. Los que abogan por ella
–yo no soy de esta opinión, por supuesto- dan estos
argumentos:
Así como existe, reconocida en todas las legislaciones,
la legítima defensa (que puede llevar a la muerte del
agresor injusto), la pena de muerte es la legítima defensa
de toda la sociedad ante los casos de criminales especialmente
peligrosos, crueles e incorregibles;
la pena de muerte tiene una
especial fuerza intimidadora, que impide la comisión de los delitos
más graves;
la pena de muerte tiene un alto grado
de ejemplaridad;
la pena de muerte es el justo castigo
retributivo: la muerte –asesinato- perpetrado con premeditación, alevosía, sin ningún
factor atenuante, se merece lo mismo: la muerte;
sin pena
de muerte, los criminales incorregibles seguirían cometiendo crímenes, pues en
las circunstancias actuales –gracias a indultos, amnistías, redención de penas,
etc.- la reclusión perpetua se da en muy pocos casos.
La
postura de la Iglesia es tender a suprimirla, pero aún
se le reconoce cierta justificación en casos extremos. El fundamento
de la pena de muerte es el de la autodefensa
de la sociedad a través de sus instancias legítimas en
casos extremos.
Sería el último recurso aplicable como único medio
para salvar la sociedad. Sin embargo, en condiciones normales, actualmente,
parece que el Estado puede disponer de otros medios para
defenderse: prisiones, mayor eficacia policial, organismos de control y defensa,
etc.
Yo prefiero apoyar lo que dice el Catecismo de la
Iglesia católica: Pero si los medios incruentos bastan para proteger
y defender del agresor la seguridad de las personas, la
autoridad se limitará a esos medios, porque ellos corresponden mejor
a las condiciones concretas del bien común y son más
conformes con la dignidad de la persona humana. Hoy, en
efecto, como consecuencia de las posibilidades que tiene el Estado
para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aquel que
lo ha cometido sin quitarle definitivamente la posibilidad de redimirse,
los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al
reo suceden muy rara vez, si es que ya en
realidad se dan algunos” (n. 2267).
Hay unos argumentos en contra
de la pena de muerte que te comparto, que me
parecen los más acordes al espíritu de Cristo en el
Evangelio:
La pena de muerte es una forma de crueldad
y supone convertir al Estado en verdugo;
la pena de
muerte impide corregir los errores judiciales, que no son tan
infrecuentes como a veces se piensa;
la pena de muerte
no tiene valor alguno de ejemplaridad; de hecho, en los
países en los que ha sido abolida la pena de
muerte no se ha notado ningún aumento en aquellos delitos
antes castigados con esa pena;
la pena de muerte impide
cualquier posibilidad de regeneración del delincuente;
el hecho de que
la pena de muerte haya existido en todos los pueblos
y en todas las épocas no es argumento, porque también
existió la esclavitud y hoy se considera que se ha
realizado un gran progreso moral con su abolición;
la supresión
de la pena de muerte ha de traer consigo el
perfeccionamiento de las instituciones penitenciarias, tanto para la corrección del
condenado, como para la aplicación –si el caso lo requiere-
de la totalidad de la pena.
Al cardenal Ratzinger le hizo
esta pregunta Peter Seewald24 :
Pregunta: La
Iglesia, el Papa, se oponen siempre con mucha vehemencia a
cualquier medida “que de una u otra forma promueva el
aborto, la esterilización y también la anticoncepción”. Esos hechos lesionan
la dignidad del hombre como imagen de Dios y socavan
el fundamento de la sociedad. De lo que se trata,
básicamente, es de la protección de la vida. Pero, en
ese caso, ¿por qué insiste tanto la Iglesia en defender
la pena de muerte “sin excluirla”, como un “derecho del
Estado”, como dice el Catecismo?
Respuesta del cardenal: Cuando la pena
de muerte es legal, lo que se hace es castigar
a un sujeto que ha cometido un delito comprobado de
extrema gravedad, y que, además, pueda ser un peligro para
la paz social; es decir, se castiga a un culpable.
En un aborto, en cambio, se aplica la pena de
muerte a una persona absolutamente inocente. Son dos cosas totalmente
diferentes que no admiten comparación.
Lo que ocurre es que muchos
ven al niño no nacido como un injusto agresor que
“va a disminuir mi espacio vital”, “se entrometerá en mi
vida”, y al que, por tanto, hay que castigar como
a un injusto agresor. Pero ese es el punto de
vista de los que no ven al niño como una
creación de Dios, no lo ven creado a imagen de
Dios y con derecho a la vida; todavía no ha
nacido y ya lo ven como a un enemigo o
a un inoportuno sobre el que se puede disponer. Pienso
que esto sucede porque no se es consciente de que
un hijo concebido ya es un ser, ya es un
individuo…Si olvidamos este principio, que el hombre en cuanto hombre
está bajo la protección de Dios, y no a merced
de nuestro arbitrio, si olvidamos esto, estamos olvidando el verdadero
fundamento de los derechos humanos.
Y en tercer lugar, la guerra.
Hay que buscar siempre la paz. Todos estamos obligados a
empeñarnos en evitar las guerras.
Sin embargo, dice el Catecismo
de la Iglesia católica, recogiendo la cita de la constitución
del Concilio Vaticano II “Gaudium et Spes” 79: Mientras exista
el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente
y provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos
los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a
los gobiernos el derecho a la legítima defensa.
Pero estas
son las condiciones:
Que el daño causado por el agresor
a la nación o a la comunidad de las naciones
sea duradero, grave y cierto.
Que todos los demás medios
para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables e
ineficaces.
Que se reúnan las condiciones serias de éxito.
Que
el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes
más graves que el mal que se pretende eliminar. El
poder de los medios modernos de destrucción obliga a una
prudencia extrema en la apreciación de esta condición.
La apreciación de
estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de
quienes están a cargo del bien común. Ni siquiera la
carrera de armamentos asegura la paz. En lugar de eliminar
las causas de guerra, corre el riesgo de agravarlas. El
exceso de armamento multiplica las razones de conflictos y aumenta
el riesgo de contagio.
El concilio Vaticano II dice lo
siguiente respecto a la guerra: El horror y la crueldad
de la guerra aumentan inmensamente con el incremento de las
armas científicas, lo cual obliga a examinar la guerra con
mentalidad totalmente nueva (Gaudium et Spes 80). Sin negar
a todo país el derecho “para defenderse con justicia”, no
puede aceptarse como moralmente lícito el uso de toda serie
de armas, especialmente las llamadas ABQ (atómicas, biológicas y químicas),
que constituyen un crimen contra Dios y la humanidad (Gaudium
et Spes 80) por ser indiscriminadas y afectar a los
no combatientes. Su misma fabricación y almacenamiento parecen ilícitos (Catecismo
de la Iglesia católica 2312-1316).
No sé si te he cansado,
pero era necesario explicarte todas estas cosas. Lo importante es
que tú seas un hombre de paz, que valores la
vida, que optes por la vida, que la defiendas siempre.
Voy
aterrizando ya.
¡Valora el don de la vida! El Papa Juan
Pablo II te regaló una encíclica maravillosa: “El Evangelio de
la vida”, la undécima, el 25 de marzo de 1995,
festividad de la Anunciación, el día en que el Hijo
de Dios, la Palabra de Dios, se encarna en el
seno de la Virgen, y comienza la hermosa y apasionante
aventura de ser hombre, uno como nosotros. Si Cristo quiso
compartir nuestra vida humana, haciéndose Él mismo hombre, ¿sabes por
qué fue? Para poderte compartir después su vida divina. ¡Qué
intercambio tan maravilloso!
En esta encíclica, Juan Pablo II enumera todas
las amenazas contemporáneas a la dignidad de la vida humana,
que resume en una frase: “la cultura de la muerte”.
Prosigue con una meditación bíblica sobre la vida como don
divino, un análisis de la relación entre la ley moral
y la ley civil, y termina implicando a cada sector
de la Iglesia en el compromiso de la lucha por
una civilización al servicio de la vida.
El lenguaje utilizado por
el Papa es implacable y serio. Empeña toda su autoridad
como Papa.
A las democracias que niegan el derecho inalienable a
la vida desde el momento de la concepción hasta la
muerte natural las califica de “estados tiranos” que envenenan la
“cultura de derecho”.
“El aborto y la eutanasia son crímenes que
ninguna institución humana puede aspirar a legitimar”.
Y pide oponernos a
esas leyes a través de una objeción convincente de conciencia.
No es lícito apoyar estas leyes.
Y en esta encíclica nos
invita a varias cosas:
1° Anunciar el Evangelio de la vida
en la catequesis, predicación, actividades educativas y médicas. Anunciarlo sin
temer la hostilidad, impopularidad o la crítica.
2° Celebrar el Evangelio
de la vida con la oración, con los gestos y
símbolos de las tradiciones y costumbres culturales y populares.
3° Servir
al Evangelio de la vida, mediante la caridad y
una paciente y valiente obra educativa. Todos están llamados a
esto: personal sanitario, familias, grupos, asociaciones, Iglesia, gobernantes y Estado:
¡al servicio de la vida! Y no, ¡en contra de
la vida!
Por tanto, todo hombre está llamado a ser guardián
de su hermano, nos confía la vida del otro hombre
como un tesoro.
María aceptó la Vida –con mayúscula- en nombre
de todos y para bien de todos. María ante las
fuerzas del mal, nos muestra a su Hijo, que ha
vencido a la muerte. Cristo, es el fruto bendito de
su seno.
Resumen del Catecismo de la Iglesia católica 2318
Dios tiene en su mano el alma de todo ser
viviente y el soplo de toda carne de hombre (Job
12, 10).
2319 Toda vida humana, desde el momento de
la concepción hasta la muerte, es sagrada, pues la persona
humana ha sido amada por sí misma a imagen y
semejanza del Dios vivo y santo.
2320 Causar la muerte
a un ser humano es gravemente contrario a la dignidad
de la persona y a la santidad del Creador.
2321
La prohibición de causar la muerte no suprime el derecho
de impedir que un injusto agresor cause daño. La legítima
defensa es un deber grave para quien es responsable de
la vida de otro o del bien común.
2322 Desde
su concepción, el niño tiene el derecho a la vida.
El aborto directo, es decir,buscado como un fin o como
un medio, es una práctica infame (consulta el concilio Vaticano
II, constitución Gaudium et Spes, 27, 3), gravemente contraria a
la ley moral. La Iglesia sanciona con pena canónica de
excomunión este delito contra la vida humana.
2323 Porque ha
de ser tratado como una persona desde su concepción, el
embrión debe ser defendido en su integridad, atendido y cuidado
médicamente como cualquier otro ser humano.
2324 La eutanasia voluntaria,
cualesquiera que sean sus formas y sus motivos, constituye un
homicidio. Es gravemente contraria a la dignidad de la persona
humana y al respeto del Dios vivo, su Creador.
2325
El suicidio es gravemente contrario a la justicia, a la
esperanza y a la caridad. Está prohibido por el quinto
mandamiento.
2326 El escándalo constituye una falta grave cuando por
acción u omisión se induce deliberadamente a otro a pecar.
2327
A causa de los males y de las injusticias
que ocasiona toda guerra, debemos hacer todo lo que es
razonablemente posible para evitarla. La Iglesia implora así: del hambre,
de la peste y de la guerra, líbranos Señor.
2328
La Iglesia y la razón humana afirman la validez permanente
de la ley moral durante los conflictos armados. Las prácticas
deliberadamente contrarias al derecho de gentes y a sus principios
universales son crímenes.
2329 ‘La carrera de armamentos es una
plaga gravísima de la humanidad y perjudica a los pobres
de modo intolerable’ (Gaudium et Spes 81, 3).
2330 ‘Bienaventurados
los que construyen la paz, porque ellos serán llamados hijos
de Dios’ (Mateo 5, 9).
Del Compendio del Catecismo de
la Iglesia católica
466. ¿Por qué ha de ser
respetada la vida humana?
La vida humana ha de
ser respetada porque es sagrada. Desde el comienzo supone la
acción creadora de Dios y permanece para siempre en una
relación especial con el Creador, su único fin. A nadie
le es lícito destruir directamente a un ser humano inocente,
porque es gravemente contrario a la dignidad de la persona
y a la santidad del Creador. “No quites la vida
del inocente y justo” (Ex.23,7)
467. ¿Por qué la legítima
defensa de la persona y de la sociedad no va
contra esta norma?
Con la legítima defensa se toma
la opción de defenderse y se valora el derecho a
la vida, propia o del otro, pero no la opción
de matar. La legítima defensa, para quien tiene la responsabilidad
de la vida de otro, puede también ser un grave
deber. Y no debe suponer un uso de la violencia
mayor que el necesario.
468. ¿Para que sirve una pena?
Una pena impuesta por la autoridad pública, tiene como objetivo
reparar el desorden introducido por la culpa, defender el orden
público y la seguridad de las personas y contribuir a
la corrección del culpable.
469. ¿Qué pena se puede imponer?
La pena impuesta debe ser proporcionada a la gravedad
del delito. Hoy, como consecuencia de las posibilidades que tiene
el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a
aquél que lo ha cometido, los casos de absoluta necesidad
de pena de muerte “suceden muy rara vez, si es
que ya en realidad se dan alguno” (Juan Pablo II,
Carta Encíclica Evangelium vitae). Cuando los medios incruentos son suficientes,
la autoridad debe limitarse a estos medios, porque corresponden mejor
a las condiciones concretas del bien común, son más conformes
a la dignidad de la persona y no privan definitivamente
al culpable de la posibilidad de rehabilitarse.
470. ¿Qué prohíbe el quinto mandamiento?
El quinto mandamiento
prohíbe, como gravemente contrarios a la ley moral: el
homicidio directo y voluntario y la cooperación al mismo; el
aborto directo, querido como fin o como medio, así como
la cooperación al mismo, bajo pena de excomunión, porque el
ser humano, desde el instante de su concepción, ha de
ser respetado y protegido de modo absoluto en su integridad;
la eutanasia directa, que consiste en poner término, con una
acción o una omisión de lo necesario, a la vida
de las personas discapacitadas, gravemente enfermas o próximas a la
muerte; el suicidio y la cooperación voluntaria al mismo, en
cuanto es una ofensa grave al justo amor de Dios,
de sí mismo y del prójimo, por lo que se
refiere a la responsabilidad, ésta puede quedar agravada en razón
del escándalo o atenuada por particulares trastornos psíquicos o graves
temores.
471. ¿Qué tratamientos médicos
se permiten cuando la muerte se considera inminente?
Los
cuidados que se deben de ordinario a una persona enferma
no pueden ser legítimamente interrumpidos; son legítimos, sin embargo, el
uso de analgésicos, no destinados a causar la muerte, y
la renuncia al “encarnizamiento terapéutico”, esto es, a la utilización
de tratamientos médicos desproporcionados y sin esperanza razonable de resultados
positivos.
472. ¿Por qué la sociedad debe proteger a todo
embrión?
La sociedad debe proteger a todo embrión, porque
el derecho inalienable a la vida de todo individuo humano
desde su concepción es un elemento constitutivo de la sociedad
civil y de su legislación. Cuando el Estado no pone
su fuerza al servicio de los derechos de todos, y
en particular de los más débiles, entre los que se
encuentran los concebidos y aún no nacidos, quedan amenazados los
fundamentos mismos de un Estado de derecho.
473. ¿Cómo se evita el escándalo?
El escándalo,
que consiste en inducir a otro a obrar el mal,
se evita respetando el alma y el cuerpo de la
persona. Pero si se induce deliberadamente a otros a pecar
gravemente, se comete una culpa grave.
474. ¿Qué deberes tenemos hacia
nuestro cuerpo?
Debemos tener un razonable cuidado de la
salud física, la propia y la de los demás, evitando
siempre el culto al cuerpo y toda suerte de excesos.
Ha de evitarse, además el uso de estupefacientes, que
causan gravísimos daños a la salud y a la vida
humana, y también el abuso de los alimentos, de alcohol,
del tabaco y de los medicamentos.
475. ¿Cuándo son
moralmente legítimas las experimentaciones científicas, médicas o psicológicas sobre las
personas o sobre grupos humanos?
Las experimentaciones científicas, médicas
o psicológicas sobre las personas o grupos humanos son moralmente
legítimas si están al servicio del bien integral de la
persona y de la sociedad, sin riesgos desproporcionados para la
vida y la integridad física y psíquica de los sujetos,
oportunamente informados y contando con su consentimiento.
476. ¿Se permiten
el transplante y la donación de órganos antes y después
de la muerte?
El trasplante de órganos es moralmente
aceptable con el consentimiento del donante y sin riesgos excesivos
para él. Para el noble acto de la donación de
órganos después de la muerte, hay que contar con la
plena certeza de la muerte real del donante.
477. ¿Qué
prácticas son contrarias al respeto a la integridad corporal de
la persona humana?
Prácticas contrarias al respeto a la
integridad corporal de la persona humana son las siguientes: los
secuestros de personas y la toma de rehenes, el terrorismo,
la tortura, la violencia y la esterilización directa. Las amputaciones
y mutilaciones de una persona están moralmente permitidas sólo por
los indispensables fines terapéuticos de las mismas.
478. ¿Qué cuidados
deben procurarse a los moribundos?
Los moribundos tienen derecho
a vivir con dignidad los últimos momentos de su vida
terrena, sobre todo con la ayuda de la oración y
de los sacramentos, que preparan al encuentro con el Dios
vivo.
479. ¿Cómo deben ser tratados los cuerpos de los
difuntos?
Los cuerpos de los difuntos deben ser tratados
con respeto y caridad. La cremación de los mismos está
permitida, si se hace sin poner en cuestión la fe
en la resurrección de los cuerpos.
480. ¿Qué exige el
Señor a toda persona para la defensa de la paz?
El Señor que proclama “Bienaventurados los que construyen la
paz” (Mt.5,9), exige la paz del corazón y denuncia la
inmoralidad de la ira, que es el deseo de venganza
por el mal recibido, y del odio, que lleva a
desear el mal al prójimo. Estos comportamientos, si son voluntarios
y consentidos en cosas de gran importancia, son pecados graves
contra la caridad.
481. ¿En qué consiste la paz en
el mundo?
La paz en el mundo, que es
la búsqueda del respeto y del desarrollo de la vida
humana, no es simplemente ausencia de guerras o equilibrio de
fuerzas contrarias, sino que es “La tranquilidad del orden” (S.
Agustín) “Fruto de la justicia” (Is.32,17) y efecto de la
caridad. La paz en la tierra es imagen y fruto
de la paz de Cristo.
482. ¿Qué se requiere para la
paz en el mundo?
Para la paz
en el mundo se requiere la justa distribución y la
tutela de los bienes de las personas, la libre comunicación
entre los seres humanos, el respeto a la dignidad de
las personas humanas y de los pueblos, y la constante
práctica de la justicia y de la fraternidad.
483. ¿Cuándo
esta moralmente permitido el uso de la fuerza militar?
El uso de la fuerza militar está moralmente justificado cuando
se dan simultáneamente las siguientes condiciones: certeza de que el
daño infringido es duradero y grave; la ineficacia de toda
alternativa pacífica; fundadas posibilidades de éxito en la acción defensiva
y ausencia de males aún peores, dado el poder de
los medios modernos de destrucción.
484. En caso de
amenaza de guerra, ¿a quién corresponde determinar si se dan
las anteriores condiciones?
Determinar si se dan las
condiciones para un uso moral de la fuerza militar compete
al prudente juicio de los gobernantes, a quienes corresponde también
el derecho de imponer a los ciudadanos la obligación de
la defensa nacional, dejando a salvo el derecho personal a
la objeción de conciencia y a servir de otra forma
a la comunidad humana.
485. ¿Qué exige la ley moral
en caso de guerra?
La ley moral permanece siempre
válida, aún en caso de guerra. Exige que sean tratados
con humanidad los no combatientes, los soldados heridos y los
prisioneros. Las acciones deliberadamente contrarias al derecho de gentes, como
también las disposiciones que las ordenan, son crímenes que la
obediencia ciega no basta para excusar. Se deben condenar la
destrucción masiva así como el exterminio de un pueblo o
de una minoría étnica, que son pecados gravísimos; y hay
obligación moral de oponerse a la voluntad de quienes los
ordenan.
486. ¿Qué es necesario hacer para evitar la guerra?
Se debe hacer todo lo razonablemente posible
para evitar a toda costa la guerra, teniendo en cuenta
los males e injusticias que ella misma provoca. En particular,
es necesario evitar la acumulación y el comercio de armas
no debidamente reglamentadas por los poderes legítimos; las injusticias, sobre
todo económicas y sociales; las discriminaciones étnicas o religiosas; la
envidia, la desconfianza, el orgullo y el espíritu de venganza.
Cuanto se haga por eliminar estos u otros desórdenes ayuda
a construir la paz y a evitar la guerra.
San Jerónimo fue un sacerdote y
doctor de la Iglesia que por su sabiduría y santidad
llegó a ser uno de los Santos Padres de la
Iglesia latina. Vivió a finales del siglo IV e inicios
del siglo V. Escribió muchas cartas. Esta frase la he
sacado de la Carta 22. regresar Consulta Deuteronomio 32, 39.regresar Te
aconsejo repasar los siguientes números del Catecismo de la Iglesia
católica, en donde me he inspirado para decirte todo esto:
2274, 2275, 2292-2296.regresar
No se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas
personas que se han dado muerte, nos dice el Catecismo
de la Iglesia católica, números 2280-2283. regresar Te pongo el siguiente esquema de estos medios
artificiales, que no están de acuerdo al plan de Dios: a) Contraceptivos:
condon, diafragma, espermicidas, coito interrumpido, esponjas, pastillas contraceptivas… b) Abortivos: píldora del
día después (interceptivos), DIU, píldora RU-486, aborto (contragestativos). c) Esterilización: vasectomía y
ligaduras de trompas.regresar Fíjate de paso
cómo el problema de la contracepción es exactamente simétrico con
el problema de la fecundación artificial. El objetivo es distinto,
pero el procedimiento es el mismo y consiste en disociar
el amor de la fecundidad. En la contracepción artificial (pastillas,
preservativos, lavados, etc…) se quiere el amor sexual sin la
fecundidad, y en la fecundidad artificial se quiere la fecundidad
fuera del acto sexual de amor; todo se hace en
laboratorio con el esperma y el óvulo. La Iglesia es
plenamente coherente al reprobar una y otra, desde el punto
de vista moral.regresar
Catecismo de la Iglesia católica, 2377-2378; Instrucción “Donum vitae” de
la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe del
año 1987.regresar De nuevo te invito
a consultar los números 2276-2279 del Catecismo de la Iglesia
católica. regresar Consulta los números
2188-2191 del Catecismo de la Iglesia católica. También la Congregación
para la Doctrina de la fe publicó en 1987 una
“Instrucción sobre el respeto a la vida naciente y la
dignidad de la procreación”, que te recomiendo que leas.regresar Se deben dar estas condiciones para
el principio de doble efecto: • Que la acción realizada no sea
en sí mala. Por ejemplo, el hecho de que un
médico administre un fármaco para curar el cáncer de una
madre, sabiendo que tal vez provocará indirectamente la muerte, no
querida del niño que lleva en sus entrañas. Ha habido
madre heroínas que se han esperado hasta que naciera su
hijo antes de ser intervenidas quirúrgicamente, y por supuesto ellas
murieron, pero su hijo nació bien, por ejemplo, santa Gianna
Beretti, o Carla Levati. El amor virtuoso de la madre
prefiere dar la vida por salvar a su hijo. • Que el
efecto inmediato o primero que se produzca sea el bueno,
siendo el malo sólo una consecuencia necesaria, pero no querida
ni buscada. • Que lo que se busque realmente sea el efecto
bueno, y el malo solamente se permita. Es decir, que
lo único que busque el médico sea curar a la
mujer pero que no quiera la muerte del niño. O
en el caso de la legítima defensa, defender su propia
vida, y no el matar al agresor. • Que haya un motivo
suficiente o proporcionado para permitir el efecto malo.regresar En libro-entrevista “La sal de la
tierra”, Ediciones Palabra, Madrid 1997, pág. 220-221.regresar
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TEMAS DE RESPUESTA EN EL FORO
1. ¿En qué sentido decimos
que Dios es el único dueño de la vida? 2. ¿Es
lícito experimentar con embriones o fetos humanos para el bien
de la ciencia, ayudando así a descubrir nuevos medicamentos? 3. ¿Qué
significa lo que el Papa Juan Pablo II dijo:
“Nos rodea la cultura de la muerte”? 4. ¿Cómo podemos crear
una mentalidad pro-vida?
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Padre Antonio:
Reflexionando sobre los casos de
asesinos juveniles como el de
Adam Lanza, me pregunto si:
¿matar siempre es pecado?, yo
creería que matar no es pecado
en caso de peligro de vida
propia, de un inocente o en caso
de guerra, interpreto que la
pena de muerte se aplica al
asesino de inocentes que se
puede saber reincidente
altamente probable, en Argentina
no tenemos pena de muerte para
asesinos de inocentes, y es
mucha la reincidencia y el
riesgo de vida para inocentes,
pero el motivo inicial por el
cual se quitó esa pena es porque
se llegó a usar por parte de
dictadores y malos gobiernos y
caudillos, para suprimir
"adversarios". Por favor
quisiera su opinión.
Dios le bendiga.
Víctor Adolfo Bracamonte.
Concepción, Tucumán, Argentina.
Buenas tardes.
He estado leyendo en su pagina web, y he sentido curiosidad
sobre una parte del texto que usted cita.
Usted habla del derecho a la vida, y del NO uso de los medios
anticonceptivos porque atentan contra la vida, pero le pregunto
yo entonces si es inmoral hacer uso de ellos, por que usamos
antibioticos cuando estamos enfermos?, acaso no estamos
acabando con la vida de otros seres que habitan en nuestro
cuerpo, impidiendo "la linea natural de la vida".
Es decir, alteramos a nuestro antojo lo que seria "natural" que
ocurriese... no es eso ir contra-natura?
Muchas gracias por su atencion y su respuesta., espero que no
censuren mi comentario.
Un cordial saludo.
Se agradece enormemente el aporte... en estos momentos me encuentro preparando mi examen de grado en este tema y ha sido de especial ayuda para ordenar mis ideas y dislumbrar algunos enfoques que habia dejado de lado... nuevamente muchas gracias espero en Dios la gente pueda entender lo importante que es respetar y disfrutar cada momento de la vida que Dios nos da..
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