 |
| La Fortaleza y la Templanza |
Por qué las necesitamos En un sentido amplio, fortaleza
es virtud, pues “virtud” significa firmeza y fuerza de voluntad
para vencer obstáculos. Dice San Agustín que nuestra necesidad de
fortaleza, para obrar bien, testimonia la existencia del mal en
este mundo. Y no sólo en el mundo, sino en
nosotros mismos. Fortaleza y templanza son virtudes necesarias, para vivir
de acuerdo con el bien. Ahora, lo que las hace
necesarias es algo misterioso, la existencia del mal (el que
podemos sufrir pero también el que podemos hacer) y el
desorden de nuestra afectividad, la rebelión de las pasiones.
Aquí tenemos
dos realidades que el racionalismo no puede aceptar. Pero se
trata de dos realidades. El racionalismo no es sólo una
tesis gnoseológica y una escuela, es también una actitud humana
o una “mentalidad”, consiste en negar aquello que excede a
nuestra razón. El racionalismo es enemigo del misterio. No obstante,
el mal es un misterio; y el desorden interior, nuestra
falta de autodominio, es otro misterio. La religión revelada refiere
ambas taras al pecado de origen. Es una idea común,
se halla también en mitos y tradiciones ajenos a Israel
y al Cristianismo. No obstante, la idea de un pecado,
como origen de todos los pecados o, lo que es
igual, la idea de un mal voluntario y libre, en
el origen de todos los males, no disuelve el carácter
misterioso de la libertad para el mal. La libertad –en
sentido radical– es misteriosa y más aún queriendo el mal.
El caso es que el mal ha entrado en la
naturaleza humana y se ha asentado en ella, se ha
quedado en ella, en la forma de una parcial, pero
considerable, insubordinación de las potencias afectivas y de la misma
voluntad a la razón y al intelecto. Todo esto es
negado por el racionalismo. Para esta corriente y “mentalidad” el
mal no es misterio, sino un problema, algo racional y
técnicamente resoluble; por ende, no hay mal en la razón
ni en el interior del hombre. La causa de todos
los males es externa, estructural, histórica y cultural, se dice.
Lo lógico sería –estando en posesión de un conocimiento tan
valioso– proceder a la eliminación de las causas del mal.
Mas he aquí que cuando las ideologías inspiradas en la
autosuficiencia de la razón se han puesto a “eliminar” el
mal del mundo sólo han sido eficientes para eliminar las
libertades (¡y aun la vida!) de quienes no estaban de
acuerdo con ellas. El advenimiento de la era de la
“Razón”, liberada ya del mal, el dolor y la ignorancia,
se retrasa una y otra vez, no obstante. ¿No es
esto una contradicción que evidencia la falsedad de la doctrina?
Lo es, pero las ideologías de la razón autosuficiente presentan
este pretexto: su doctrina es verdadera, pero se ha llevado
a cabo mal. Debemos esperar a un intento futuro. Y
queda así aplazada la Era de la Luz de la
razón en el mundo, a la vez que se prorroga
su esperanza utópica. A la negación racionalista del misterio se
suma el “mito de la sinceridad”. Es el mito rousseauniano
de la afectividad ingenua, naturalmente buena, y la consiguiente determinación
de la norma de la moralidad como adecuación entre lo
que uno “siente” y lo que uno hace. Para el
racionalismo y para el mito de la conciencia sincera (¡colosal
ingenuidad, confundir la razón y el estado de ánimo!) ni
la fortaleza o valentía tiene que afrontar nunca nada terrible
–no sin que le apetezca–, ni la templanza o dominio
de sí presentará jamás mayor problema que un cálculo, algo
parecido a “guardar la línea”.
Sin embargo, el mal existe
y nos pone entre la espada y la pared. Le
hacemos frente o se nos apodera. En efecto, si alguien
se propone vivir de acuerdo con la razón, haciendo siempre
lo bueno e incluso lo mejor, entonces con certeza encuentra
al enemigo en su interior y no sólo en su
interior, pues el “ejemplo” moral no ha dejado nunca de
ser puesto a prueba por las “costumbres”, y hay una
“normalidad” que se siente ofendida por él y lo obliga
al testimonio de las lágrimas, la sangre y la muerte.
La fortaleza es, en el fondo, esa disposición interior de
llegar si fuera necesario hasta el martirio. Hoy se le
llama “objeción de conciencia”, pero es lo mismo, es un
martirio de gama amplia, que va desde la simple pérdida
de la tranquilidad y el buen nombre, a la de
la posición social, la igualdad de oportunidades, y a veces
la salud o la vida.
La fortaleza, virtud cardinal Lo
más temible del mal –señaló Sócrates–, no es que nos
afecte, sino que lo queramos. Pero eso es posible, luego
es un peligro que nos amenaza y el mayor. Nuestra
participación interior en el mal es un misterio sobrecogedor, lo
más grave con lo que tenemos que enfrentarnos en la
existencia. Más grave incluso que la muerte. La fortaleza es necesaria
y es virtud porque el ser humano es vulnerable, es
decir, puede ser alcanzado y herido por el mal, ya
sea el padecido (que es “pena” y dura limitadamente) o
el mal radical (instalado junto a nuestra voluntad) que pugna
por llegar a mal moral, es decir, querer mal y
elegir mal (que es la “culpa”, y que por sí
sola la voluntad no puede eliminar jamás).
El mal de culpa,
el querer malo, que también existe, es probablemente la mayor
“piedra de escándalo” para el moderno mito de la autorrealización;
lo es, en mi opinión, porque si existe un querer
malo, entonces la libertad de elección no legitima moralmente lo
elegido. Uno puede elegir con total independencia y autonomía, puede
ser “él mismo” y autorrealizarse plenamente cuando elige y, sin
embargo, elegir mal y lo malo, más aún: hacerse malo.
Si no fuera así, si por el mero hecho de
ser “libremente elegido” el acto fuera siempre legítimo –como se
nos dice a todas horas–, entonces estaríamos ya “más allá
del bien y del mal”, y en coherencia deberíamos suprimir
el mal escogiéndolo, realizándolo nos realizaríamos y nuestra libertad coincidiría
con la oposición al bien. Sólo Friedrich Nietzsche bajó hasta
abajo de este hondón –cuenta él, aunque lo cuenta todo
de modo tan emocionante que no se sabe si es
realidad o novela– y por eso estableció su “a priori
inmoralista”, según el cual el hombre sólo se realiza en
la perdición, optando contra Dios.
El hombre puede hacerse fuerte
o débil, frente al mal como posibilidad. El fuerte es
el valiente, pero bien entendido que sólo es valiente quien
conoce que hay motivo para temer. Un ángel no puede
hacerse valiente, pues la fortaleza no es para él un
hábito (algo que se añade a la esencia, pero es
del orden del obrar) sino que es su esencia, el
ángel es fuerte por naturaleza, es invulnerable al mal (de
pena y de culpa). En parte, por eso los ángeles
son invocados, por el hombre, como acompañantes y consejeros. Se
ve, en fin, como decíamos al principio que “fortaleza” es
una virtud general (cardinal), porque significa una firmeza de adhesión
a lo recto –señalado por la prudencia y la justicia–
e incluso la virtud genérica (fuerza o fortaleza de ánimo).
Esto hace de la fortaleza una virtud “tercera”, no primera
ni segunda.
Actos de la fortaleza
Santo Tomás de Aquino, que
era de familia de guerreros y conocía de cerca el
tipo humano, llega a decir que la fortaleza como virtud
es rara entre los buenos soldados. Hay que pensar automáticamente
en la soldadesca motivada por la “soldada” (la paga y
el saqueo) y en capitanes que servían a una causa
por interés o lealtad mal entendida. Parece que Tomás de
Aquino aludía a la fuerza ejercida al margen de la
justicia, a la brutalidad, más necesaria antes de las armas
de fuego, cuando se combatía cuerpo a cuerpo. Sin la objetividad
de juicio, propia de la prudencia, y sin la justicia
de su objeto, la fortaleza no sería virtud, no sería
fuerza moral sino física. Sin que su objeto sea “lo
justo”, no hay fortaleza ni valentía. Martyres non facit poena,
sed causa (San Agustín, Enarr. In Psalmos, 34, 13), los
mártires no lo son por lo que padecen, sino por
la causa por la que padecen. Ahora, los actos propios de
esta virtud son básicamente dos: resistir y atacar. Para Santo
Tomás el acto principal es resistir, no ya porque se
necesite más firmeza para resistir que para acometer, sino antes
porque parece que lo propio de la fortaleza es enfrentarse
al mal porque no queda más remedio, no porque se
lo busque. Entendido así, el acto de resistencia no es
pasividad, sino fuerza y solidez, un fortissime inhaerere bono, o
valerosísima adhesión al bien, aun cuando ello comporte lesión y
dolor. La paciencia y la ira son virtudes (especies de la
fortaleza), si son actos de resistencia y oposición al mal,
en su sentido ético. La paciencia, de nuevo, no es
pasividad, un pobre “ir tirando”, sino la fuerza de no
dejarse arrastrar por el mal presente, es decir, la fortaleza
de quien no cede a la tristeza, de ahí Tomás
de Aquino afirma: “por la paciencia se mantiene el hombre
en la posesión de su alma” (II-II, 136, 2, ad
2).
La templanza, virtud cardinal Efecto de la templanza es
la «tranquilidad de ánimo», dice Santo Tomás, pues armoniza y
limita las fuerzas mayores que emergen del ser humano. Esas
fuerzas –señala el mismo Tomás– son las más perturbadoras, justo
por ser parte de nuestra esencia (II-II, 141, 2, ad
2). Son las manifestaciones del deseo, o apetito concupiscible, a
saber: deseo de placer, deseo de conocer y deseo de
la propia excelencia, de dominio y gloria. Nuestra naturaleza se
manifiesta “deseosa”, porque está en sí misma inacabada y destinada
a una plenitud de la que carece. Pues bien, la
virtud de la templanza recae sobre estas energías interiores, es
el hábito de armonizar los deseos y reducirlos a medida,
según la razón. Tiene, pues, dos aspectos, uno negativo, que
consiste en refrenar, limitar o suprimir, y otro positivo, que
justifica el anterior, pues consiste en asignar al deseo su
medida.
Lo virtuoso de la templanza no es el mero no
desear placeres o privarse de gozar sensaciones, novedades, etc., sino
adecuar los deseos y su satisfacción al objeto que les
corresponde por naturaleza y la razón aprueba, es decir, a
la realidad. La castidad no es virtud porque niegue el
placer (no lo niega), sino porque ordena los deseos sensibles
y afectivos (cuerpo y corazón) a su objeto propio que
es la intimidad conyugal, para el amor y la fidelidad,
y porque el matrimonio es ingrediente esencial de la felicidad
personal, familiar y social. Lo mismo hay que decir de
la humildad: no se limita a negar las pretensiones de
éxito y autoafirmación, sino que mira al conocimiento y aceptación
de la propia realidad, se trata de amarse uno a
sí mismo rectamente, aceptando lo que es, en sus límites.
Lo positivo, lo fundamental, es la asignación de medida. El
deseo, en sí carece de medida. Como tal, fue detectado
por los filósofos antiguos como un cierto ápeiron, una especie
de infinito. Tal como el infinito del número (por ejemplo,
en el espacio o el tiempo) escapa a toda medida,
y se le llama irracional, y en efecto sume a
la razón humana en la perplejidad y el desconcierto, hasta
el absurdo, del mismo modo el deseo abre una especie
de proceso al infinito, que nunca se puede completar y
encierra en sí mismo el absurdo permanente. Mientras ese proceso
del deseo en búsqueda de satisfacciones permanece abierto, esto es,
mientras al deseo se lo deja como principio de sí
mismo (sin asignarle su medida desde la razón y obligándolo
al límite), se experimenta como insatisfacción y búsqueda o esfuerzo,
pero cuando logra lo que apetecía el deseo no se
calma, sino que renace con mayor ímpetu y descontento de
lo que ya tiene. De este modo, el deseo es
siempre descontento, sea porque no tiene o porque tiene, ya
que cuando logra vuelve a desear y algo mayor, así
que el descontento no sólo no se acaba –en virtud
del deseo mismo– sino que se hace siempre mayor, y
crece con las mismas satisfacciones. Ahí está la paradoja y
el poder destructor de la concupiscencia, que genera insatisfacción e
ira crecientes, y no sólo si no se satisface, sino
también y “porque” se satisface. Todo esto es tan evidente
que, para Platón, lo esencial de las virtudes consistía en
reducir a medida al deseo, es decir, en que gobernara
la razón prudente (la prudencia debía compararse a un conductor
y a un gobernante, auriga de las virtudes). Platón coincidía
en esto con una tradición que le precedió, pero también
le siguió, como el neoplatonismo y el aristotelismo, y lo
mismo cabría decir de las llamadas religiones o filosofías orientales.
En
fin, lo esencial en cuanto a la concupiscencia y la
templanza es que somos capaces de reducir los deseos carnales,
psíquicos y espirituales a la medida y orden de su
auténtica realización, y somos capaces de lo contrario, de desear
desmedidamente nuestra propia vida, hasta arruinarla. Aquí está la mayor
paradoja del hombre. La felicidad no se alcanza en el
afán de hacer lo que uno quiere, sino al contrario,
olvidándose de ello, para darse a los demás. Tomás de
Aquino reconduce las virtudes cardinales al amor del fin último
y éste al amor de Dios, y lo hace de
modo sorprendente y también paradójico. El hombre, dice el santo
de Aquino, por su misma naturaleza, está ordenado a amar
a Dios más que a sí mismo. De manera que
cuando se ama a sí mismo sobre todas las cosas,
sucede que fracasa en la realización de su ser, no
se ama adecuadamente a sí mismo.
|
|