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Educación en Valores | categoría
Autor: Julio de la Vega-Hazas Ramírez | Fuente: Familia y educación
Aprender a esforzarse
Promover el esfuerzo como elemento de progreso en el sistema escolar.
 
Aprender a esforzarse
Aprender a esforzarse



Quien haya tenido la desagradable experiencia de sufrir una rotura en una extremidad, y la posterior escayola, probablemente se llevó una sorpresa en el momento de quitársela. Conforme avanzaba el periodo de inmovilización, notaría una mayor holgura en la escayola, que atribuiría a un reblandecimiento del yeso. Pero no, el susto se produce al ver que es el brazo o la pierna los que han reducido sensiblemente su tamaño, y se agranda la diferencia al compararlo con el miembro sano.

La Rehabilitación

Después sigue la pesadez de la rehabilitación: recuperar plenamente la extremidad cuesta tiempo –más que el periodo de inmovilización por lo general- y, sobre todo, esfuerzo paciente. Lo que esto pone en evidencia es que el cuerpo humano precisa del esfuerzo continuo; de lo contrario, se atrofia. En la medida en que hemos conseguido un estilo de vida físicamente más cómodo, en el que la máquina nos ahorra el esfuerzo, también han aparecido problemas como la obesidad, el debilitamiento generalizado...

El esfuerzo físico ha tenido que ser redescubierto, en forma de deporte o gimnasia, que se está adaptando a todas las edades. Lo que antes era una servidumbre de la que merecía la pena liberarse, ahora se transforma en un paradigma de salud. Ya nadie discute que una vida sana pide ejercicio físico, esfuerzo. La vida humana, en su dimensión física, necesita del esfuerzo para mantener su capacidad y su salud.

“La escuela lúdica”

El problema, ahora, es entender si sucede lo mismo con la dimensión psíquica y espiritual de ese mismo ser humano. Una primera respuesta nos la proporciona la educación. Un informe del año 2004 del Senado sobre la enseñanza de las llamadas “ciencias”, afirmaba que “uno de los efectos nocivos del sistema ha sido la pérdida de los valores tradicionales del aprendizaje, de los cuales el más destacado es el esfuerzo personal. Sin esfuerzo personal no hay aprendizaje posible”. Y reconocía que ese esfuerzo, y la voluntad que requiere, resulta “poco compatible con el concepto de «escuela lúdica» o cultura del entretenimiento”. En consecuencia, una de las conclusiones consistía en “promover el esfuerzo como elemento de progreso en el sistema escolar”. O sea, que, hoy por hoy, lo progresista es intentar suprimir el esfuerzo –de ahí que se proponga dar la vuelta a eso-, y convertir la enseñanza en algo entretenido, en un juego. No es el nivel académico lo que se pone aquí en juego, sino algo más profundo, procedente de una ideología. Se trata de pensar que la técnica –aquí, la pedagógica- puede proporcionar los medios para superar esa limitación humana que precisa del esfuerzo para aprender. Con pocos alumnos por aula, la sustitución del estudio puro y duro por el trabajo entretenido y las fichas multicolores, y la puesta en juego de toda una parafernalia de pantallas y efectos audiovisuales, se cree encontrar la panacea para un aprendizaje sin esfuerzo. Y no se limita esta creencia –eso es en realidad- a los niños. Para los mayores, hace pocos años, ante la urgencia de aprender inglés, se ofrecían continuamente los servicios de unas milagrosas academias que, con las últimas técnicas y un caro tutorial system, prometían un inglés fluido en siete u ocho meses, y anunciaban que todo eso se iba a conseguir “sin esfuerzo” e incluso “sin estudiar”. Unos años después de toda esta experimentación, comienzan a verse los resultados. Hemos caído a la cola en el rendimiento escolar europeo y, lo que es todavía más significativo, se aprecia –y se documenta- precisamente el efecto contrario de lo que todas esas técnicas pretendidamente aportaban: una creciente apatía en el alumnado.

Con los mayores, se constata que el estudio de un idioma –o de cualquier otra cosa- es necesariamente arduo, y que, si bien se puede facilitar ese esfuerzo, no hay atajos que permitan suprimirlo. En cuanto a las academias, varias han quebrado, y las que han conseguido sobrevivir se presentan con una publicidad bastante menos pretenciosa.

La forma y las facultades

Todo esto, referido a la enseñanza, se puede trasladar a la educación y formación, un concepto bastante más amplio que el de enseñanza. Y aquí se puede constatar fácilmente que, en el desarrollo de las facultades superiores humanas –y en particular la voluntad-, sucede algo muy semejante al desarrollo corporal. No bastan las puras facultades naturales. Se deben utilizar adecuadamente, y por tanto complementarlas con la adquisición de hábitos. Aquí radica la quintaesencia de la educación. Es formación, porque son los hábitos adquiridos lo que da “forma” a las facultades naturales en su ejercicio. Hasta aquí casi todo el mundo está de acuerdo. La necesidad de hábitos es demasiado evidente como para que cualquier agente educativo se permita el lujo de ignorarla. El problema está en cómo se adquieren.

Pedagogía progresista

La pedagogía autoproclamada “progresista” sigue las ideas de su principal teórico, el norteamericano John Dewey. Para éste, los hábitos adquiridos “son funciones del entorno tan ciertamente como de la persona. Son cosas realizadas por el ambiente a través de estructuras orgánicas o disposiciones adquiridas”. O sea, tenemos algo dado –el individuo con sus estructuras y sus disposiciones-, y algo sobre lo que se puede trabajar: el ambiente. De aquí han surgido todo tipo de planes de estudio y aprendizaje que buscan sobre todo crear un ambiente favorable, y centran la tarea docente en lograrlo, con la esperanza de que despertará esas disposiciones que el alumno ya tiene, y suscitará consiguientemente esos deseados hábitos. En los textos de primaria, el énfasis venía puesto, más que en transmitir contenidos, en motivar unas disposiciones de aprendizaje. No han faltado ni siquiera textos de catequesis con este planteamiento. El gran ausente en todo este modo de ver las cosas es el esfuerzo, al menos en el educando. Y los resultados, como cabría esperar, están siendo decepcionantes. No funciona, a pesar de que se insiste una y otra vez en repetirlo, confiando en nuevas técnicas para que dé los frutos esperados.

“La tradicional” y “el valor”

La pedagogía que podríamos calificar de más “tradicional” tampoco se ha librado del todo de este olvido del esfuerzo, aunque haya sido de modo más inadvertido. Con frecuencia se ha centrado en la noción de “valor” –originario del alemán Max Scheler-, que ha eclipsado de hecho la noción de virtud. En sí, el valor es una idea muy válida: el hombre está llamado a encarnar valores morales. Pero, en comparación con la virtud, no pone de manifiesto el esfuerzo necesario para lograr el resultado buscado. En efecto, desde el punto de vista del que se educa, el ambiente le viene dado por otros, las aptitudes se tienen, los valores se reconocen, pero la virtud se conquista.

La virtud

Uno puede descubrir en sí mismo aptitudes, y una buena labor educativa ayuda a descubrirlas. Puede asimismo buscar un buen ambiente –la elección de colegio es importante-. Tiene también una inclinación natural a reconocer los valores. Pero el núcleo de la educación lleva a adquirir precisamente lo que la naturaleza no da de entrada, y debe lograrse por tanto con esfuerzo personal, con fuerza de voluntad. Es la virtud, cuya etimología ya dice algo a este respecto: viene de vis, fuerza. Los alumnos de los colegios siempre se han quejado de tener que hacer esfuerzos inútiles. Hace medio siglo decían que para qué tenían que aprender latín si luego no lo iban a hablar nunca, o para qué tenían que saber la lista de afluentes del Duero si tenían en su casa una enciclopedia con mapas que podían consultar en caso de que lo necesitaran. Ahora el argumento sigue siendo el mismo aunque cambien los ejemplos: para qué aprender a hacer raíces cuadradas si tienen calculadora en su móvil o en su palm, o saber qué hizo Napoleón si tienen a mano en internet todas las páginas que quieran en caso de que necesiten saberlo.

aprender a esforzarse

Pero, aparte del interés que tiene la posesión de una buena cultura general, lo que no suelen tener en cuenta –sólo bastante más tarde lo reconocen- es que, más importante que lo que puedan aprender con su esfuerzo, es aprender a esforzarse, en un crescendo progresivo que les va preparando para su futuro desenvolvimiento tanto en el mundo profesional como en la vida en general. Eso es además lo que más queda: con el tiempo, se olvidan fácilmente las listas de ríos o de reyes godos, o el uso de logaritmos, pero queda ese hábito de acometer lo arduo: las virtudes del trabajo. Lo mismo se puede hacer extensivo a virtudes de otro tipo, si la educación ha sido completa y no polarizada solamente en el trabajo.

El progreso auténtico

Entonces, ¿intentar ahorrar esfuerzos es malo? La pregunta es un poco equívoca, y la respuesta debe ser un poco compleja. No se trata, desde luego, de descalificar el progreso que ha permitido tantos logros reduciendo los esfuerzos para conseguirlos. Lo arduo, en sí mismo, no es un bien; el bien está en lo que el hombre puede conseguir afrontando una tarea ardua. Por eso, es un progreso auténtico el que podamos ahorrar esfuerzos en una labor determinada. Pero, a la vez, esas energías ahorradas se deben emplear en otra cosa, pues de lo contrario ese progreso material daría paso a una verdadera decadencia humana, a una atrofia de su virtud. En lo físico, ya no hará falta en muchos casos estar agachándose de sol a sol para la recolección. Pero la falta absoluta de esfuerzo físico atrofia, por lo que se hace necesario otro tipo de ejercicio –deporte, gimnasia, etc.-, que cuando es el adecuado resulta más equilibrado y desde luego más satisfactorio que el anterior. Es por tanto un auténtico progreso.

Perder el miedo al esfuerzo

Por tanto, es buena cosa procurar evitar esfuerzos concretos, permitiendo así que las energías humanas ahorradas se empleen en un mayor enriquecimiento de la persona, al permitirle otras dedicaciones, a la vez que reparte el esfuerzo de una manera más equilibrada y más humana. Pero la pretensión de diseñar una sociedad en la que el objetivo sea ahorrar al hombre todo esfuerzo va más allá de intentar lograr una sociedad cómoda: su meta final, aunque no se quiera así, es una sociedad decadente donde sus habitantes se atrofian y no son felices, porque verse con poca voluntad causa una profunda insatisfacción. La Historia proporciona algunos ejemplos para aprender de ellos. Si seguimos empeñándonos en una educación que ahorre todo esfuerzo a los jóvenes, y en conseguir un ideal ético en donde el esfuerzo –y con ella, la virtud- esté ausente, la historia se repetirá, con su doloroso final. De ahí que sea urgente volver a valorar el ideal de la virtud, y perder el miedo al esfuerzo.




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