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Autor: Mayra Novelo de Bardo | Fuente: Catholic.net 5.2 Conocer la voluntad de Dios sobre nuestra vida (formación de la conciencia)
En la segunda parte del quinto tema, analizamos los medios para ayudar a quien recibe dirección espiritual a formar su conciencia y discernir así la voluntad de Dios en su vida.
5.2 Conocer la voluntad de Dios sobre nuestra vida (formación de la conciencia)
¿Qué es la conciencia? ¿Cómo se forma? ¿Cómo saber qué
tipo de conciencia tiene la persona a quien dirijo y
cómo influyen ciertas corrientes de pensamiento del mundo actual en
la formación de su conciencia? Son temas tan esenciales para
director espiritua
“Puesto que la conciencia es centro de la persona
y guía de su obrar natural, esfuércense activamente por formarla
recta y madura, temerosa de Dios, abierta siempre al bien
y a las inspiraciones del Espíritu Santo, capaz de discernir
lo bueno de lo malo y de la mentira, y
eviten la insinceridad y la inautenticidad, tan contrarias al espíritu
de Cristo”.
Pero, ¿Qué es la conciencia? ¿Cómo se forma? ¿Cómo
saber qué tipo de conciencia tiene la persona a quien
dirijo y cómo influyen ciertas corrientes de pensamiento del mundo
actual en la formación de su conciencia? Son temas tan
esenciales para director espiritual que requerirían todo un libro. Haremos
un resumen ilustrativo y práctico a la vez.
Para escuchar o descargar el audio de esta sesión, da
click en el siguiente enlace
TEMA 5.2 Conocer la voluntad de
Dios sobre nuestra vida (formación de la conciencia)
1) ¿Qué es
la conciencia?
Veamos algunas definiciones tratando de comprender su contenido:
“Es un
juicio de la razón mediante el cual la persona examina
la bondad o malicia de una acción en razón de
la relación de ésta con la norma moral universal, de
suerte que todo hombre esté en situación de realizar en
el modo singular e irrepetible que le es propio, las
exigencias de la verdad objetiva de su ser personal como
tal” (C. Caffarra en Vida en Cristo. EUNSA. Pamplona. 1988
p. 114).
“Es el núcleo más secreto y el sagrario del
hombre, en el que se siente a solas con Dios,
cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla”
(Documentos del Vaticano II, Const. Pastoral sobre la Iglesia en
el mundo actual, GS, n. 16).
“Es la capacidad de percibir
el bien y el mal y de inclinar nuestra voluntad
a hacer el bien y evitar el mal”.
“Es la “anamnesis”
(memoria) del Creador (Card. J. Ratzinger, Verdad, valores, poder. Rialp.
2ª ed. Madrid 1998. Págs 64-71).
“La conciencia es un juicio
de la razón por el que la persona humana reconoce
la cualidad moral de un acto concreto que piensa hacer,
está haciendo o ha hecho”) (Catecismo de la Iglesia Católica,
Asc. Editores del Catecismo, España, 1992, n. 1778, p. 404).
La
conciencia formada rectamente garantizará la realización personal. En cambio, una
conciencia deformada donde se anidan la doblez, la insinceridad y
la hipocresía, se convertirá en fuente de división interior, de
tinieblas, de zozobra y de fracaso.
2) Funciones de la conciencia.
a. Percibir el bien y el mal como algo por
hacerse o evitarse. Por ejemplo, un joven invitado a ver
una película pornográfica, si tiene una conciencia formada se dará
cuenta que “no está bien hacerlo”; pero si no la
tiene formada dirá “no hay nada de malo, todo el
mundo las ve”. b. Impeler a hacer el bien y evitar
el mal (fuerza que lleva a la acción). En el
primer caso sentirá la fuerza para elegir «no voy», mientras
que en el segundo dirá «voy»; y c. Emitir juicios sobre
la bondad o maldad de lo hecho; en la conciencia
bien formada habrá aprobación y paz subsecuentes al hecho de
haber elegido objetivamente el bien, o sobrevendrá el remordimiento y
la desaprobación si no eligió conforme al juicio de su
conciencia.
En la conciencia se dan dos tipos de juicios:
el juicio de discernimiento (juzgo la bondad o malicia del
acto: «ver una película pornográfica está mal porque no presenta
la verdad sobre la sexualidad humana rebajándola y fomentando en
mí la impureza») y el juicio de elección (puesto que
está mal, opto: «no veré la película pornográfica aunque mis
amigos me ridiculicen»). En el juicio de discernimiento interviene y
se pone en juego la razón iluminada por principios de
la ley natural o de la ley positiva; en el
juicio de elección, la voluntad movida por valores, ideales. La
razón queda iluminada por la virtud de la fe; la
voluntad se mueve por la virtud de la caridad: el
amor.
3) ¿Cómo se forma?
Como hemos podido constatar, la conciencia no
es una facultad diversa de la razón y la voluntad;
por lo tanto, formando éstas como indicábamos en el apartado
correspondiente, formaremos la conciencia. Resumiendo, diríamos:
a) Buscar que la fe
y la verdad objetiva guíen la razón: verdad del ser,
del pensar, del actuar. b) Formar la voluntad en el amor
al bien objetivo por encima del bien egoísta; el bien
moral por encima del bien útil o placentero de las
pasiones, de los sentimientos y de los afectos desordenados. c) Hacer
de Jesucristo el criterio, centro y motor de la conciencia. d)
Atender a las inspiraciones del Espíritu Santo. e) Y puesto que
la vocación a la vida religiosa y en general la
vida cristiana es un llamado para una misión, aquí entra
de lleno, como preocupación esencial en la formación de la
conciencia, el cumplimiento de la misión. "Es bueno cuanto me
ayuda a cumplir la misión y es malo cuanto me
aparta de ella”. Como algo más práctico, podemos enseñar a hacer
bien los exámenes de conciencia, preparar bien las direcciones espirituales,
hacer buenas confesiones, seguir los programas de vida y ayudar
siempre a tener presente la invitación de Jesucristo: “vigilad y
orad”.
4) ¿Por qué es importante formar la conciencia?
Porque Dios la
ha dado al hombre como medio para conocer y realizar
su voluntad santísima, alcanzando así su último fin. Porque, como
decíamos en la definición, en la conciencia el hombre escucha
la voz de Dios y se abre a ella o
se cierra. Por tanto, la conciencia diferencia al hombre de
los seres inferiores, y lo constituye en persona humana libre
y responsable de sus actos. En consecuencia, alcanza una importancia
vital el formarla recta, delicada e insobornable.
"Cuando un hombre
forma una conciencia recta y alcanza un buen grado de
madurez, automáticamente tenemos al hombre justo, responsable, trabajador, exigente consigo
mismo. Podrá tener, como creatura débil que es por naturaleza,
caídas y momentos de debilidad, pero su misma conciencia le
ayudará a rectificar rápidamente y a seguir su camino con
nuevos bríos. No permite la corrupción del principio, señal inequívoca
de la corrupción de la conciencia, ni se hace su
ascética y su moral personal. El hombre recto sabe dar
a Dios lo que es de Dios y al prójimo
lo que es del prójimo, ama la verdad y vive
en ella; ama la justicia y detesta la iniquidad; es
fiel en sus compromisos con Dios y con los hombres;
guarda y mantiene la palabra dada; es auténtico y vive
la propia identidad...
Ocupando las veces del divino Maestro, el orientador
moral nos escucha en un clima de fe: analiza junto
con nosotros nuestra situación personal, con sus logros y proyectos,
con sus conflictos y posibilidades; repasa con nosotros el plan
de Dios, el Evangelio, colaborando con el Espíritu Santo a
modelar nuestra conciencia. Supone, por parte nuestra, una actitud de
fe sobrenatural, de madurez humana, de honestidad, de rectitud, sin
buscar paliativos o sofismas - de edad, saber o santidad
propias- de confianza, de claridad y de responsabilidad".
Pero para formar
la conciencia en la dirección espiritual se considera como algo
imprescindible la apertura y la sinceridad del dirigido. Ordinariamente existe
una resistencia natural a manifestar la propia conciencia y el
propio estado de ánimo. Con quien asiste a la dirección
espiritual sólo por cumplir con un compromiso o buscando una
compensación afectiva o sentimental, tendremos necesidad de mucha paciencia; deberemos
tratarle con prudencia, sin presionarla, pero motivándola y haciéndole ver
los beneficios de la dirección espiritual en su vida, dando
el tiempo necesario para que logre formar su conciencia de
acuerdo con las exigencias del Evangelio.
También deberemos evitar el infantilismo.
Este consiste en actuar solamente bajo las indicaciones del orientador
espiritual sin ninguna convicción personal. El director espiritual ha
de propiciar la madurez humana de su dirigido, de formar
rectamente su conciencia y hacerle interiorizar los principios cristianos y
de concretizados en las Constituciones y reglamentos (en el caso
de que sea religioso); y en los deberes del propio
estado de vida (en el caso de que sea seglar);
de que adquiera autonomía, seguridad personal e independencia frente a
los ambientes favorables o adversos, y así puedan sacar de
la propia interioridad el sentido, la motivación y la dirección
de sus acciones y comportamientos.
5) ¿Cómo conocer el tipo
de conciencia que tiene el dirigido?
La conciencia debe formarse recta
y cierta. Debe «amar hacer el bien y hacerlo bien».
De aquí podemos partir para ver cómo es la conciencia
de nuestros dirigidos y cómo ayudarles.
a) En relación a la
razón. ¿Cómo son sus criterios? ¿Están iluminados con doctrina buena:
Evangelio, Magisterio, mandamientos, ley natural? Si es así tendrá conciencia
recta. Por el contrario, ¿su razón ha sido oscurecida por
la ignorancia, el relativismo moral, el utilitarismo, el hedonismo, los
malos ejemplos, el permisivismo? Si es así, sus juicios le
llevarán al error y sus elecciones equívocas no le conducirán
a su realización humana y cristiana. Su conciencia en este
caso será falsa, laxa o escrupulosa, legalista, liberal. Puede existir
también la conciencia dudosa por no tener claros los principios,
para actuar hay que salir de la duda.
b) En relación
a la voluntad. Puede tener claros los principios y hacer
juicios rectos, pero... ¿Los sigue? ¿Por qué no? ¿Dónde radica
su falta de voluntad? ¿Orgullo y rebeldía? ¿Falta de abnegación
y de amor? ¿Afectividad no formada? ¿Miedo al qué dirán
o a ir contracorriente? De aquí brotan las conciencias deformadas,
adormecidas, domesticadas, farisaicas. Si por el contrario permanece fiel a
su conciencia, tendremos una conciencia madura, auténtica y delicada.
c) A
nivel de «opción fundamental». ¿Qué ama con todo su corazón?
¿Ha optado por amar a Dios por encima de todo?
¿Está anclado y decidido a cumplir la voluntad de Dios
en su vida? ¿Qué tipo de persona busca ser? Su
amor constituirá el peso de la balanza que guíe sus
decisiones.
La manifestación de la conciencia es la materia propia de
la dirección espiritual: exponer el modo de proceder, los criterios,
los deseos surgidos en el interior, las opciones hechas con
la intención de ordenarlos a la luz de Dios. No
a todas las personas les resulta fácil hablar de cuanto
llevan dentro. A unos les da vergüenza y esquivan hablar
de aspectos personales; otros se quedan en vaguedades; y no
faltan quienes se sienten insatisfechos si no cuentan hasta los
más mínimos detalles y circunstancias. Tarea propia de la orientadora
espiritual será ayudar a unos y otros a abrirse con
sencillez, claridad y equilibrio.
¿Cómo se puede ayudar a alguien
en la manifestación de conciencia? En realidad, aunque parezca fácil
decirlo, no hay recetas mágicas. Una técnica para ayudar a
los tímidos, consiste en crearles, sobre todo en las primeras
citas, un ambiente de amistad y de interés por sus
personas, familia, ocupaciones, vida pasada. El dirigido, al hablar de
tales cosas, dejará salir cuanto lleva en su corazón.
También
hay que considerar el caso de quienes eluden sus verdaderos
problemas por vergüenza. Necesitan sentir confianza en el director espiritual,
pues de lo contrario nunca se abrirán; incluso a veces
esperarán la intuición del orientador espiritual sobre su situación y
querrán que él dé el primer paso, deberá hacerlo con
delicadeza, indirectamente, hasta provocar en el dirigido el valor necesario
para decir lo que tanto le cuesta.
En ocasiones las
cosas no se dicen directamente, debemos aprender a captar esto.
Implica advertir entre la narración de los hechos, algunos referidos
sin ningún énfasis pero que manifiestan aspectos relevantes de la
situación. ¿Qué hacer en esos casos? El orientador tiene necesidad
de dar un nuevo enfoque al análisis de la situación;
debe proceder suavemente hacia ese nuevo enfoque con alguna pregunta
oportuna que esclarezca tales aspectos.
Debemos ver el valor real de
lo que se dice. A veces el orientador deberá recordar
que muchas veces las palabras usadas por el dirigido no
son un reflejo exacto de la situación real. Por ejemplo,
en los casos de mucho dolor y emotividad, en los
casos donde hay pasión, rencor, ira, las expresiones usadas por
el dirigido pueden ser extremas, expresión más del estado anímico
que de la situación real. De ahí la necesidad de
que el director espiritual de saber interpretar el lenguaje, mejor
dicho, de interpretar el género del lenguaje, el estilo del
lenguaje. El orientador tratará de entender el contexto del estado
de ánimo actual de su dirigido, porque seguramente a medio
día ya habrán cambiado las cosas (especialmente en el caso
de las mujeres). El orientador espiritual debe exigirse a sí
misma este esfuerzo de interpretación.
6) Influencia de ciertas corrientes del
pensamiento actual sobre la formación de la conciencia.
La contradicción entre
lo que se cree y lo que se vive resulta
cada vez más frecuente en la vida de numerosos personas.
Pero, además de esta incoherencia arrastrada por las personas a
través de los siglos, hoy se dan fenómenos muy preocupantes,
como el relativismo moral y doctrinal causadas por el utilitarismo,
el hedonismo o por determinadas corrientes de pensamiento liberal y
de esto tampoco están exentos los seglares ni mucho menos
las almas consagradas.
Penetremos un poco en el relativismo moral dada
su actualidad en la vida de muchas personas, y su
presencia destructora, aún en ambientes y grupos que se denominan
«católicos». Un cristiano auténtico y coherente con su fe, debe
tener una actitud de comprensión ante los hechos negativos de
la vida de quienes le rodean, pero nunca debe justificar
el mal. No debe condenar al pecador, pero sí el
pecado y las estructuras de pecado.
Para un buen número de
personas la verdad moral es relativa. No creen en la
existencia de normas morales universales, cada uno se forma su
propia opinión o se guía por el pensar de la
mayoría. Se ve la conciencia como «creadora» de la verdad
y no como «servidora» de la verdad inscrita en lo
más íntimo del ser del hombre por haber sido creado
a imagen y semejanza de Dios. Esta ruptura entre libertad
y verdad, entre el juicio moral subjetivo y la bondad
o maldad objetiva de las cosas, hace al hombre esclavo
de sus pasiones, de sus opiniones y crea una sociedad
caótica. Por eso se ha llegado a justificar o a
legalizar lo que es intrínsecamente malo, por ejemplo el aborto,
la eutanasia, las relaciones sexuales prematrimoniales, los matrimonios entre homosexuales,
etc. “Se hace un derecho lo que es un delito”
ha dicho Juan Pablo II en relación al aborto. (Se
recomienda leer los documentos “Evangelium vitae” y “Veritatis Splendor” de
S.S. Juan Pablo).
El lenguaje se pervierte y se manipula, se
le vacía de significado real. Por ejemplo, si preguntamos a
una pareja si se aman, aparece la duda sobre la
interpretación que darán al «amor». ¿Qué significado se da a
esta palabra? Desgraciadamente las respuestas pueden ser totalmente contradictorias.
Nos encontramos
envueltos en una gran confusión de valores sobre la educación,
la vida conyugal y familiar y en la vida religiosa
estos gérmenes tratan de introducirse y contaminar a las almas
consagradas en una exaltación de la libertad como ausencia de
normas y de referencia al absoluto y trascendente. Se llega
a proclamar el derecho de cada quien a construir su
vida en conformidad con su propia verdad, llegando hasta matar
al inocente o ir en contra de las leyes naturales.
El Papa Juan Pablo II, gran defensor de la dignidad
y de la verdad del hombre, denuncia al siglo XX
como una nueva época de la Torre de Babel; una
época en la cual la sociedad no se entiende, precisamente
porque cada hombre tiene el lenguaje que le interesa.
¿Cómo
le haremos ver a una persona cuando sus valores, ideas
y comportamientos se han apartado de un esquema moral objetivo,
si esta persona percibe su alrededor repleto de opiniones distintas
a cuantas se le proponen? Recurriendo a las fuentes de
la verdad ya mencionadas. En este sentido, debemos agradecer a
Dios por la Iglesia y su Magisterio auténtico. Defensora y
servidora de la verdad, la Iglesia no «impone», más bien
defiende la dignidad de la persona humana y el bien
de la sociedad.
Algunos consejos prácticos para formar una recta
conciencia.
Para ayudar a nuestros dirigidos a adquirir una recta conciencia
podemos:
• Animarles y ayudarles a estudiar la doctrina católica, los
Evangelios, los documentos y orientaciones de la Iglesia de una
manera constante.
• Ayudarles y animarles a reflexionar antes de actuar,
pensando siempre en lo que están haciendo, en porqué lo
están haciendo, en las consecuencias que ello puede tener para
ellos o para los demás, en la manera como se
sentirán después de hacerlo. Ayudarlos a no guiarse por instintos
sino por convicciones, independientemente de lo que los otros digan
o hagan, o lo que esté de “moda”.
• Ayudarles a
tener bien claros los principios que deben cumplir.
• Animarles y
guiarles para llevar una profunda vida de oración y de
sacramentos, especialmente la confesión. Ellos iluminan la inteligencia y fortalecen
la voluntad conformándolas con el plan de Dios.
• Enseñarles a
hacer un buen examen de conciencia y un balance de
sus actos todas las noches. • Animarlos a pedir ayuda y
consejo, acudiendo con frecuencia a un sacerdote o a un
laico bien formado.
• Promover en ellos la virtud de la
sinceridad, para que sean capaces de llamar a las cosas
por su nombre, ante ellos mismos, ante Dios y ante
quien dirija su alma. Los problemas en el campo de
la conciencia es cuando se empiezan a encontrar justificaciones fáciles
para no hacer el bien o, lo que es peor,
para hacer el mal.
• Animarlos a obrar siempre de
cara a Dios con el único deseo de agradarle, sin
utilizar otros criterios de aceptación social para justificarse. Un acto
sólo será bueno si agrada a Dios.
• Animarles a pedir
ayuda al Espíritu Santo, ya que la relación con él
será la mejor luz para la conciencia. La oración les
hará ver todo desde Dios y desde el punto de
vista de su amor que pide siempre lo mejor, la
perfección, para sus creaturas.
• Ayudarles a mantenerse y a no
desanimarse ante los fallos; aprendiendo siempre que ante las caídas
lo mejor es comenzar de nuevo, y ayudarles a entender
que lo peor que se puede hacer es pactar con
los fracasos y las desviaciones del comportamiento aceptándolos como irremediables
e inevitables. Ayudarle a reparar con amor el mal que
se haya podido hacer y comenzar a construir de nuevo.
•
Ayudarles a formar hábitos de buen comportamiento: programar el tiempo,
saber qué queremos y qué vamos a hacer en cada
momento, exigirse el fiel cumplimiento del deber, no permitirse ningún
fallo conscientemente aceptado, etc. Ayudarles a cumplir su responsabilidad al
detalle, no sólo por encima.
• Ayudarles a amar el bien
por encima del mal y a no envidiar a quienes
se rebajan a un nivel inferior, aunque esto pueda atraerles.
•
Hacerles ver en todo momento lo bueno que adquieren al
vivir el bien, aunque implique trabajo y renuncia.
• Brindarle un
ideal valioso, recordándolos que el ideal más valioso y grande
es Jesucristo, tanto en lo espiritual como en lo humano.
Después
de las ayudas prácticas, es importante también conocer el proceso
de un acto moral para saber dirigir bien la formación
de la conciencia. Se puede hablar de tres operaciones o
fases en la formación de la conciencia.
La primera, que precede
a la acción, es percibir el bien como algo que
debe hacerse y el mal como algo que debe ser
evitado. Éste es el momento de ver: “Esto es bien
hay que hacerlo” o “no, esto no está bien, debo
evitarlo”.
La segunda fase es la fuerza que lleva a la
acción, impele a hacer el bien y evitar el mal.
Se expresa cuando decimos: “Hago el bien” o “no, esto
no lo hago”.
Por ultimo la operación subsiguiente a la acción,
el emitir juicios sobre la bondad o maldad de lo
hecho. En esta etapa nos decimos: “He obrado bien” o
“he hecho algo malo”.
En el primer paso lo importante es
abrir la conciencia a la ley como norma objetiva. Es
decir, educar una conciencia recta que sabe dónde va y
qué es la verdad. Esto lleva al segundo paso que
requiere trabajo para que la conciencia sea guía de la
voluntad. Se trata de habituarse a la “coherencia”, entendida como
la constancia en actuar como pude la conciencia. No basta
percibir que algo es bueno o malo, hay que saber
dirigir la voluntad a hacer lo bueno y evitar lo
que no se debe hacer. Percibir que es bueno ser
paciente y amable con los demás es bueno, pero es
insuficiente; esta percepción debe llevarme a acoger a los demás
con bondad y delicadeza aun cuando me sienta cansado o
de mal humor.
Esto requiere un trabajo de formación especialmente en
el campo de la voluntad y de los estados de
ánimo. Los estados de ánimo tienen que ser educados para
lograr en la persona una ecuanimidad que le lleve a
realizar lo que le pide la conciencia en cualquier circunstancia.
Además, la voluntad tiene que ser formada para que sea
eficaz, es decir, para que logre lo que pretende.
Por último,
y todavía más importante, viene el juicio ulterior sobre lo
hecho. Aquí es donde se juega de modo definitivo la
formación o deformación de la conciencia. El que ha obrado
mal y toma las medidas necesarias para reparar su falta
y para pedir perdón ha dado un paso firme en
le formación de su conciencia, mientras que el que la
acalla, no prestándole atención, puede llegar a dañarla hasta que
un día quizá sea incapaz de reaccionar ante el bien
y el mal.
En conclusión, podemos decir que la brújula más
segura en todo este campo moral es la adhesión fiel
a la voluntad de Dios, compendio supremo de la ley
natural y la ley revelada.
La coherencia ante ella es el
camino de la madurez y de la felicidad que brota
de una conciencia que vive en paz con Dios y
consigo misma.
Anexo Nota importante sobre la conciencia y su formación.
Los siguientes
puntos no se desarrollan, son una guía para quien quiera
profundizar en el tema y sobre todo sepa responder al
argumento que giran sobre la “libertad de conciencia”, acuñada por
la doctrina laicista, ya que esta doctrina hace de la
conciencia el sumo principio y criterio de verdad, negando la
ley de Dios, de la que se declara independiente.
¿Hay que
seguir siempre la conciencia?: La conciencia no siempre tiene razón.
Lo mismo que nuestros cinco sentidos no siempre nos guían
correctamente, o lo mismo que nuestra razón no nos preserva
de todos los errores. La conciencia es en el hombre
el órgano del bien y del mal; pero no es
un oráculo. Nos marca la dirección, nos permite superar las
perspectivas de nuestro egoísmo y mirar lo universal, lo que
es recto en sí mismo. Pero para poder verlo necesita
de la reflexión de un conocimiento real, un conocimiento, que
sea también moral. Lo cual significa: necesita una idea recta
de la jerarquía de valores.
Se da la conciencia errónea. Hay
gente que, actuando en conciencia, causa claramente a otros una
grave injusticia. ¿También éstos deben seguir su conciencia? Naturalmente deben.
La dignidad del hombre descansa, en que es una totalidad
de sentido; lo bueno y correcto objetivamente, para que sea
bueno, debe ser considerado también por él como bueno, ya
que para el hombre no existe nada que sea tan
sólo “objetivamente bueno”.
¿Hay que respetar siempre la conciencia de los
demás? Eso depende de lo que entendamos por respetar. En
ningún caso se puede decir que uno debe poder hacer
lo que le permita su conciencia, ya que entonces también
el hombre sin conciencia podría hacerlo todo. Y tampoco quiere
decir que uno deba poder hacer lo que le manda
su conciencia. Cierto que ante sí mismo tiene el deber
de seguir su conciencia; pero si con ella lesiona los
derechos de otros, es decir, los deberes para con los
demás, entonces éstos, tienen el derecho de impedírselo. Pertenece a
los derechos del hombre el que no dependan del juicio
de conciencia de otro hombre.
Formación y verdad: La formación ayuda
al hombre al conocimiento de la verdad y a la
vivencia de su libertad. Pero, ¿qué es la verdad? La
verdad, según Santo Tomás, es la adecuación del intelecto con
la cosa conocida. Por lo tanto, la formación debe ir
encaminada a que el hombre acierte lo máximo posible en
esas adecuaciones con la realidad. Por ello, diremos que uno
está formado en la medida en que se desenvuelve con
acierto; concretamente, si sabe distinguir perfectamente, sin error, lo bueno
de lo malo.
Los cristianos tienen en la Iglesia y en
su Magisterio una gran ayuda para la formación de la
conciencia: «Los cristianos, al formar su conciencia, deben atender con
diligencia a la doctrina cierta y sagrada de la Iglesia.
Pues, por voluntad de Cristo, la Iglesia católica es maestra
de la verdad y su misión es anunciar y enseñar
auténticamente la Verdad, que es Cristo, y, al mismo tiempo,
declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden
moral que fluyen de la misma naturaleza humana». Por tanto,
la autoridad de la Iglesia, que se pronuncia sobre las
cuestiones morales, no menoscaba de ningún modo la libertad de
conciencia de los cristianos; no sólo porque la libertad de
la conciencia no es nunca libertad con respecto a la
verdad, sino siempre y sólo en la verdad, sino también
porque el Magisterio no presenta verdades ajenas a la conciencia
cristiana, sino que manifiesta las verdades que ya debería poseer,
desarrollándolas a partir del acto originario de la fe. La
Iglesia se pone sólo y siempre al servicio de la
conciencia, ayudándola a no ser zarandeada aquí y allá por
cualquier viento de doctrina según el engaño de los hombres
(cf. Ef 4, 14), a no desviarse de la verdad
sobre el bien del hombre, sino a alcanzar con seguridad,
especialmente en las cuestiones más difíciles, la verdad y a
mantenerse en ella. (Veritatis Splendor).
Cuestionario y participación en
los foros
Las siguientes preguntas son de uso personal, NO SE
PUBLICAN EN LOS FOROS. Tiene el objetivo de analizar nuestras
disposiciones para vivir en la práctica el camino de la
perfección cristiana, contenido principal de la dirección espiritual.
¿Escucho y respondo
a la voz de Dios en mi conciencia? ¿Manda mi
egoísmo, mi sensualidad y pereza? ¿Hay en mí un impulso fuerte
y continuo a hacer el bien, o mi conciencia sólo
funciona para evitar el mal? ¿Registra mi conciencia los pecados veniales
y las faltas deliberadas, o solamente las graves? ¿Cuándo he actuado
en contra de mi conciencia, ¿cuál es mi reacción íntima?
¿Hacer “como si nada”? ¿Recurrir a una confesión rutinaria y
superficial? ¿Verdadero dolor por haber faltado a la amistad y
amor a Dios? ¿Deseo de reparar la falta? ¿Gurdo con fidelidad
mis compromisos más solemnes: en mi estado de vida, dentro
del matrimonio, en mi vida cristiana? Cuándo Dios me pide algo
que me cuesta, ¿respondo con un sí incondicional? ¿me justifico
para negárselo? ¿Soy delicado de conciencia en materia de caridad fraterna;
palabras, acciones, comprensión, servicialidad, perdón, sacrificio, generosidad? ¿Busco conocer la voluntad
de Dios en mi vida con la ayuda de mi
confesor u orientador espiritual? ¿Me apoyo en mi fe o
en las circunstancias humana? ¿Procedo con honestidad y sencillez buscando
luz cuando tengo dudas de conciencia recurriendo a mi director
espiritual?
Deja tus conclusiones de esta sesión en los foros del
curso.
Guía de preguntas que pueden ayudarte para formular tus conclusiones: ¿Cuáles
son los puntos importantes de esta sesión? ¿Qué resonancia han tenido
en mi vida y en mi misión como director espiritual?
¿Tengo cuidado de formar mi conciencia? ¿Conozco y trato de
vivir los criterios cristianos, las directrices de la iglesia? ¿Es
mi conciencia cada vez más delicada? ¿Qué aplicaciones prácticas encuentro para
mi vida como director espiritual o dirigido? ¿Cuáles son los
medios con los que cuento para guiar (director espiritual) o
ayudarme (dirigido) en la formación de la conciencia? ¿Qué dificultades
debo superar? Algún comentario particular…
Textos recomendados para profundizar en el tema La
conciencia moral y su formación Autor: Pablo Cabellos Llorente Click aquí ¿Hay que Seguir Siempre la Conciencia? Autor: Robert Spaemann Click aquí Veritatis Splendor Click aquí
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