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Autor: Jaime Nubiola | Fuente: arvo.net Lo importante es lo Invisible
La vida humana sin el cultivo del espíritu se deshumaniza, se animaliza por completo. Para comprobar esta penosa realidad basta con asomarse a cualquier sala de videojuegos, abarrotada de ordinario por jóvenes que consumen allí sus horas de ocio.
Lo importante es lo Invisible
La Universidad de Harvard -desde donde escribo estas líneas-
ha quedado conmocionada con la despedida de Kim Clark, el
decano de la prestigiosa Harvard Business School, el pasado 31
de julio. Clark, que había permanecido en Harvard desde 1974,
como estudiante de economía primero, como profesor de administración de
empresas e investigador en dirección operativa y tecnología después, y
como decano estos últimos diez años, ha decidido dejar su
brillante puesto por la llamada de su iglesia para dirigir
la Brigham Young University, en el remoto Idaho. Destacan las
informaciones de prensa que Kim Clark, que cuenta ahora con
56 años, tiene seis hijos y siete nietos, y es
un devoto mormón: "Pensaba que diez años era un tiempo
suficiente para un decano y también que no debía decir
que no a esta petición de mi iglesia", explicó. Lo
que quizá llamaba más la atención a la corporación académica
era que en esta decisión profesional y personal pesara de
forma tan palpable la religión que a menudo es del
todo invisible en la cultura materialista dominante. Sin embargo, aquella
decisión, incomprensible desde un punto de vista económico, refleja bien
que lo realmente importante para algunos es para muchos otros
quizás enteramente invisible.
Aquella decisión es del todo coherente
con las convicciones de quien al recibir a los alumnos
de la promoción del 2005 les decía: "Nuestra misión no
es enseñar contabilidad y finanzas. Nuestra misión es mejorar la
sociedad, es cambiar el mundo. Nosotros no podremos descansar hasta
que no haya hambre en el mundo. Nuestra misión es
educar líderes que hagan del mundo un mejor lugar para
vivir". Y en el pasado mes de febrero, al recibir
el doctorado honoris causa por la Universidad Panamericana de México,
Kim Clark declaraba abiertamente: "Necesitamos líderes con integridad. La integridad
es mucho más que ser honesto: es hacer coincidir lo
que se dice y lo que se hace. La integridad
es un asunto de carácter personal. No es algo que
se encienda y luego se apague. No se puede ser
un líder con integridad si se actúa de una forma
en el trabajo y de otra en casa". Y añadía:
"Los líderes que viven los valores que predican inspiran seguridad
y confianza en quienes les rodean. Los valores que predican
se vuelven realidad en las organizaciones que dirigen porque las
personas actúan conforme a esos valores y los viven en
sus organizaciones".
Se trata, sin duda, de afirmaciones elementales y
profundas que, por ser verdaderas, nos persuaden a todos al
escucharlas, aunque a veces resulte difícil vivir de acuerdo con
ellas. La pretensión de que la integridad y la confianza
presidan siempre las relaciones humanas y la organización de la
sociedad es vista con recelo por muchas personas, quizá incluso
la mayoría, que suelen descalificarla como un ideal imposible para
quienes vivimos en una sociedad tan compleja y competitiva como
la nuestra de principios del siglo XXI. Pero estoy convencido
de que se equivocan, pues -como todos comprobamos a diario-
sólo los anhelos de verdad, de transparencia, de honradez, de
comunicación afectuosa con los demás, son capaces de llenar de
sentido nuestras vidas, y no lo son, en cambio, los
afanes de poder, de prestigio o de simple bienestar material.
En mi última estancia en Buenos Aires dediqué una mañana
completa a recorrer algunas de sus librerías de viejo, lo
que es siempre una maravillosa aventura para el viajero inquieto.
En una librería de la avenida de Mayo cuyo nombre
no logro recordar, situada en un primer piso con un
luminoso ventanal sobre la calle, encontré una enorme estantería que
llegaba hasta el techo repleta de libros de filosofía: un
verdadero tesoro. Subido a lo más alto de la escalera,
me topé con un ejemplar de un libro del primer
filósofo premio Nobel de literatura que llevaba años buscando. Se
trataba de La lucha por un contenido espiritual de la
vida: Nuevos fundamentos para una concepción general del mundo, de
Rudolf Eucken (1846-1926), traducido por Eduardo Ovejero y hermosamente editado
en 1925 en Madrid por Daniel Jorro en su "Biblioteca
científico-filosófica". Al tener aquel libro en mis manos volví a
pensar una vez más que un autor capaz de titular
así un libro bien merecía el premio Nobel de literatura,
aunque hoy en día nadie sepa ya nada de él,
y ni siquiera figure en las más recientes enciclopedias filosóficas.
La lucha por un contenido espiritual de la vida era
el título del libro publicado por Eucken en 1896, pero
esa lucha ciento diez años después es todavía mucho más
necesaria. El espíritu, aquello invisible a los ojos, se nos
escapa como el agua entre las manos en una cultura
que parece dar primacía a lo cuantitativo y a lo
material sobre lo cualitativo y lo espiritual.
La vida
humana sin el cultivo del espíritu se deshumaniza, se animaliza
por completo. Para comprobar esta penosa realidad basta con asomarse
a cualquier sala de videojuegos, abarrotada de ordinario por jóvenes
que consumen allí sus horas de ocio. Pero también el
mundo académico más sofisticado, como puede ser la propia Universidad
de Harvard, no es ajena a ese proceso. Hace cosa
de cien años, quizá en un ataque prematuro de lo
políticamente correcto, la corporación de Harvard retiró de su sello
la expresión Christo et ecclesia, que durante los doscientos años
precedentes había figurado en su orla. Con aquella expresión latina
quería indicarse la finalidad del VE-RI-TAS que aparece impreso en
letras grandes sobre tres libros abiertos. Ahora la verdad está
sola en el sello de Harvard. Sin embargo, de cuando
en cuando, el visitante experto al pasear por su hermoso
campus puede descubrir aquella vieja inscripción en los escudos que
campean sobre algunas de sus puertas más antiguas o sobre
la imponente fachada de la Widener Library. Es un testimonio,
sin duda tenue, del origen religioso de esta Universidad. Algo
semejante viene ocurriendo en muchas universidades europeas que tratan de
olvidar su fundación eclesiástica y borran consecuentemente los rasgos de
su origen que conforman su identidad. Se trata de un
proceso de secularización de las universidades y de la búsqueda
de la verdad cuyas consecuencias son imprevisibles. Como ha escrito
George Weigel, si se expulsa a la religión de las
universidades y los centros avanzados de investigación se quiebra irremisiblemente
la cadena de sentido que las une con las universidades
medievales y renacentistas.
Eliminar la religión es una torpeza
decimonónica lamentable. Para las personas y las instituciones, más aún
las educativas, lo invisible es casi siempre más importante que
lo que se toca con las manos. Ya se lo
dijo el zorro al Principito: "He aquí mi secreto. Es
muy simple: no se ve bien sino con el corazón.
Lo esencial es invisible a los ojos". La decisión del
decano Clark nos recuerda que aquel secreto sigue siendo la
clave tanto en Harvard como en cualquier otro lugar del
mundo: lo importante es lo invisible.
Jaime Nubiola Profesor de Filosofía Universidad de
Navarra 26 de septiembre de 2005 La Gaceta de los Negocios (Madrid)
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