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Autor: Pablo Cabellos Llorente | Fuente: Catholic.net L aprofunda tarea de educar
El prohibido prohibir nos ha llevado a un desbordamiento que no sólo afecta a los actuales alumnos, sino también a sus padres
L aprofunda tarea de educar
Tomo el título de un magnífico libro, cuyo autor –Víctor
García Hoz- fue pionero de los estudios universitarios de pedagogía
en España. Lo hago porque esa frase responde a
una realidad capital, que venimos echando de menos progresivamente. A
partir del famoso mayo francés –“prohibido prohibir”-, no hemos marchado
a mejor. Basta oír noticias: desde el reclamo a un
necesario pacto escolar al “botellón” de Pozuelo, pasando por la
propuesta de convertir a los profesores en autoridades públicas a
fin de que puedan desempeñar su noble tarea en un
clima algo más noble. No es fácil: también hemos leído
que los padres de los chicos detenidos en Pozuelo han
solicitado al juez que les retire la prohibición de salir
los fines de semana, que un padre ha maltratado a
la directora del Centro educativo de su hijo, etc., etc.
El
prohibido prohibir nos ha llevado a un desbordamiento que no
sólo afecta a los actuales alumnos, sino también a sus
padres. Y si vamos un poco más lejos, tal vez
a toda la sociedad y, por supuesto, a las autoridades
educativas. Pero nadie se atreve a decir que mucho de
lo que sucede los viernes y sábados noche no es
normal, que la indisciplina en las aulas, tampoco. Asimismo, tampoco
lo son, por ejemplo, el ejercicio libre del sexo ni
el lamentable fracaso escolar, por aludir a dos temas aparentemente
distantes. Aparentemente, porque en realidad no son tan distantes.
Como tampoco están lejanas algunas leyes o costumbres que
avasallan la naturaleza de personas y cosas sin que apenas
nadie se asombre. La libertad se ha concebido como la
pura capacidad de elegir –choice- sin distinguir si lo escogido
está sintonizado con la verdad y el bien, si daña
o no a sí mismo y a los demás. No
definía así la educación el profesor García Hoz, sino
como el perfeccionamiento intencional de las facultades específicamente humanas y,
por medio de ellas, de todas las demás.
Con ese panorama,
la tarea profunda de educar es aún más apasionante, pero
padres, educadores y autoridades han de saber qué quieren y
a qué abismo se encaminan si esa labor formativa
no existe o incluso es negativa. Ahora bien, se percibe
al menos una preocupación ambiental por el tema, aunque suceda
a costa de que arda París (hace pocos años), se
peleen brutalmente en Pozuelo, se llenen de porquería –humana y
despojo de la fiesta- nuestros parques, la escuela
sea un campo se Agramante, se maltrate a las mujeres
o se dé muerte a los fetos, asuntos igualmente relacionados
con la cuestión educativa. Algo se percibe para que tuviera
éxito un breve ensayo superficial, que publicó Edgar Morin: Los
siete saberes necesarios para la educación del futuro. Plantea
los problemas de modo incompleto, a lo que necesariamente sigue
una incompleta y vaga solución. Pero, aun sin convencer, puede
resultar sintomático de que andamos indagando para que cada uno
sea el que debe ser.
Cierto que precisamos un pacto escolar,
pero no tanto para la exploración común de ciertos aspectos
técnicos, cuanto para buscar al hombre íntegro, al menos en
dos sentidos: uno sería el de honesto, honrado; y otro,
el de ofrecerle una educación íntegra como fruto de conocer
la verdad sobre el hombre, y así buscar su
realización en cada persona. Con respecto a los padres, afirmó
Juan Pablo II que “la paternidad y la maternidad representan
un cometido de naturaleza no simplemente física, sino espiritual; en
efecto, por ellas pasa la genealogía de la persona, que
tiene su inicio eterno en Dios y que debe conducir
a Él”. Ahí está el quid: somos criaturas de Dios,
hechas a su imagen y semejanza, es decir, capaces de
verdad y amor. Sin pensar en teocracia alguna, se puede
afirmar que una auténtica democracia es posible solamente en un
Estado de Derecho y sobre la base de una recta
concepción de la persona humana, como se lee en la
encíclica Centesimus annus. Ahí veo la base para la profunda
tarea de educar, la que conduce a la felicidad verdadera.
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