Autor: Pablo VI | Fuente: Documentos del concilio vaticano II, constitución pastoral Gaudium et spes La dignidad de la persona humana
¿Qué piensa del hombre la Iglesia? ¿Qué criterios fundamentales deben recomendarse para levantar el edificio de la sociedad actual? ¿Qué sentido último tiene la acción humana en el universo? He aquí las preguntas que aguardan respuesta. Esta hará ver con
La dignidad de la persona humana
Los creyentes o no creyentes, estamos generalmente de
acuerdo en que todos los bienes de la tierra deben
ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos
ellos. La educación también tiene como fin al hombre, por
lo tanto es decisiva la idea que se tiene de
él. Del concepto “hombre”dependerá el enfoque de las teorías, métodos
y técnicas pedagógicas y didácticas. A continuación, presentamos el capítulo I
de la constitución pastoral Gaudium et spes, que hace referencia
al concepto humanístico y católico de la dignidad del hombre,
la cual, lo define. Esta concepción del hombre forma uno
de los cimientos más importantes de la educación. En resumen, verdades
fundamentales que resalta este documento: 1. El hombre es imagen de Dios 2. Es
una unidad de cuerpo y alma 3. Por su razón, participa de
la inteligencia divina, naturaleza intelectual que debe perfeccionarse por medio
de la sabiduría. 4. La dignidad de su conciencia moral le viene
de una ley que no se dicta a sí mismo,
pero a la cual debe obedecer: hacer el bien y
evitar el mal. 5. Esta orientación al bien sólo la logra con
el buen uso de su libertad 6. El hombre tiene un destino
feliz situado más allá de las fronteras de la muerte
corporal. 7. Esta dignidad alcanza su razón más alta en la educación
del hombre a la unión con Dios. Estas verdades fundamentales nos
ayudan a orientar nuestro criterio en el momento de emitir
un juicio y una valoración ante cualquier teoría, método y
técnica pedagógica. CONSTITUCIÓN PASTORAL GAUDIUM ET SPES SOBRE LA IGLESIA EN EL MUNDO
ACTUAL CAPÍTULO I LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA
El hombre,
imagen de Dios 12. Creyentes y no creyentes están generalmente de
acuerdo en este punto: todos los bienes de la tierra
deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de
todos ellos. Pero, ¿qué es el hombre? Muchas son las opiniones
que el hombre se ha dado y se da sobre
sí mismo. Diversas e incluso contradictorias. Exaltándose a sí mismo
como regla absoluta o hundiéndose hasta la desesperación. La duda
y la ansiedad se siguen en consecuencia. La Iglesia siente
profundamente estas dificultades, y, aleccionada por la Revelación divina, puede
darles la respuesta que perfile la verdadera situación del hombre,
dé explicación a sus enfermedades y permita conocer simultáneamente y
con acierto la dignidad y la vocación propias del hombre. La
Biblia nos enseña que el hombre ha sido creado "a
imagen de Dios", con capacidad para conocer y amar a
su Creador, y que por Dios ha sido constituido señor
de la entera creación visible para gobernarla y usarla glorificando
a Dios. ¿Qué es el hombre para que tú te
acuerdes de él? ¿O el hijo del hombre para que
te cuides de él? Apenas lo has hecho inferior a
los ángeles al coronarlo de gloria y esplendor. Tú lo
pusiste sobre la obra de tus manos. Todo fue puesto
por tí debajo de sus pies (Ps 8, 5-7). Pero Dios
no creó al hombre en solitario. Desde el principio los
hizo hombre y mujer (Gen l,27). Esta sociedad de hombre
y mujer es la expresión primera de la comunión de
personas humanas. El hombre es, en efecto, por su íntima
naturaleza, un ser social, y no puede vivir ni desplegar
sus cualidades sin relacionarse con los demás. Dios, pues, nos dice
también la Biblia, miró cuanto había hecho, y lo juzgó
muy bueno (Gen 1,31). El pecado 13. Creado por Dios en
la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación del demonio,
en el propio exordio de la historia, abusó de su
libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin
al margen de Dios. Conocieron a Dios, pero no le
glorificaron como a Dios. Obscurecieron su estúpido corazón y prefirieron
servir a la criatura, no al Creador. Lo que la
Revelación divina nos dice coincide con la experiencia. El hombre,
en efecto, cuando examina su corazón, comprueba su inclinación al
mal y se siente anegado por muchos males, que no
pueden tener origen en su santo Creador. Al negarse con
frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompe el
hombre la debida subordinación a su fin último, y también
toda su ordenación tanto por lo que toca a su
propia persona como a las relaciones con los demás y
con el resto dela creación. Es esto lo que explica la
división íntima del hombre. Toda la vida humana, la individual
y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto
dramática, entre el bien y el mal, entre la luz
y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz
de domeñar con eficacia por sí solo los ataques del
mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas.
Pero el Señor vino en persona para liberar y vigorizar
al hombre, renovándole interiormente y expulsando al príncipe de este
mundo (cf. Io 12,31), que le retenía en la esclavitud
del pecado. El pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su
propia plenitud. A la luz de esta Revelación, la sublime vocación
y la miseria profunda que el hombre experimenta hallan simultáneamente
su última explicación. Constitución del hombre 14. En la unidad de cuerpo
y alma, el hombre, por su misma condición corporal, es
una síntesis del universo material, el cual alcanza por medio
del hombre su más alta cima y alza la voz
para la libre alabanza del Creador. No debe, por tanto,
despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, debe
tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como
criatura de Dios que ha de resucitar en el último
día. Herido por el pecado, experimenta, sin embargo, la rebelión
del cuerpo. La propia dignidad humana pide, pues, que glorifique
a Dios en su cuerpo y no permita que lo
esclavicen las inclinaciones depravadas de su corazón. No se equivoca el
hombre al afirmar su superioridad sobre el universo material y
al considerarse no ya como partícula de la naturaleza o
como elemento anónimo de la ciudad humana. Por su interioridad
es, en efecto, superior al universo entero; a esta profunda
interioridad retorna cuando entra dentro de su corazón, donde Dios
le aguarda, escrutador de los corazones, y donde él personalmente,
bajo la mirada de Dios, decide su propio destino. Al
afirmar, por tanto, en sí mismo la espiritualidad y la
inmortalidad de su alma, no es el hombre juguete de
un espejismo ilusorio provocado solamente por las condiciones físicas y
sociales exteriores, sino que toca, por el contrario, la verdad
más profunda de la realidad. Dignidad de la inteligencia, verdad y
sabiduría 15. Tiene razón el hombre, participante de la luz de
la inteligencia divina, cuando afirma que por virtud de su
inteligencia es superior al universo material. Con el ejercicio infatigable
de su ingenio a lo largo de los siglos, la
humanidad ha realizado grandes avances en las ciencias positivas, en
el campo de la técnica y en la esfera de
las artes liberales. Pero en nuestra época ha obtenido éxitos
extraordinarios en la investigación y en el dominio del mundo
material. Siempre, sin embargo, ha buscado y ha encontrado una
verdad más profunda. La inteligencia no se ciñe solamente a
los fenómenos. Tiene capacidad para alcanzar la realidad inteligible con
verdadera certeza, aunque a consecuencia del pecado esté parcialmente oscurecida
y debilitada. Finalmente, la naturaleza intelectual de la persona humana se
perfecciona y debe perfeccionarse por medio de la sabiduría, la
cual atrae con suavidad la mente del hombre a la
búsqueda y al amor de la verdad y del bien.
Imbuido por ella, el hombre se alza por medio de
lo visible hacia lo invisible. Nuestra época, más que ninguna otra,
tiene necesidad de esta sabiduría para humanizar todos los nuevos
descubrimientos de la humanidad. El destino futuro del mundo corre
peligro si no forman hombres más instruidos en esta sabiduría.
Debe advertirse a este respecto que muchas naciones económicamente pobres,
pero ricas en esta sabiduría, pueden ofrecer a las demás
una extraordinaria aportación. Con el don del Espíritu Santo, el hombre
llega por la fe a contemplar y saborear el misterio
del plan divino. Dignidad de la conciencia moral 16. En lo más
profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de
una ley que él no se dicta a sí mismo,
pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena,
cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole
que debe amar y practicar el bien y que debe
evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre
tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en
cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual
será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto
y el sagrario del hombre, en el que éste se
siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el
recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que
de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento
consiste en el amor de Dios y del prójimo. La
fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los
demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto
los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y
a la sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la
recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las
sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a
las normas objetivas de la moralidad. No rara vez, sin
embargo, ocurre que yerra la conciencia por ignorancia invencible, sin
que ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que
no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar
la verdad y el bien y la conciencia se va
progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado. Grandeza de la libertad 17.
La orientación del hombre hacia el bien sólo se logra
con el uso de la libertad, la cual posee un
valor que nuestros contemporáneos ensalzan con entusiasmo. Y con toda
razón. Con frecuencia, sin embargo, la fomentan de forma depravada,
como si fuera pura licencia para hacer cualquier cosa, con
tal que deleite, aunque sea mala. La verdadera libertad es
signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios
ha querido dejar al hombre en manos de su propia
decisión para que así busque espontáneamente a su Creador y,
adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección.
La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe
según su conciencia y libre elección, es decir, movido e
inducido por convicción interna personal y no bajo la presión
de un ciego impulso interior o de la mera coacción
externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberado totalmente de
la cautividad de las pasiones, tiende a su fin con
la libre elección del bien y se procura medios adecuados
para ello con eficacia y esfuerzo crecientes. La libertad humana,
herida por el pecado, para dar la máxima eficacia a
esta ordenación a Dios, ha de apoyarse necesariamente en la
gracia de Dios. Cada cual tendrá que dar cuanta de
su vida ante el tribunal de Dios según la conducta
buena o mala que haya observado. El misterio de la muerte 18.
El máximo enigma de la vida humana es la muerte.
El hombre sufre con el dolor y con la disolución
progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor
por la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se
resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y
del adiós definitivo. La semilla de eternidad que en sí
lleva, por se irreductible a la sola materia, se levanta
contra la muerte. Todos los esfuerzos de la técnica moderna,
por muy útiles que sea, no pueden calmar esta ansiedad
del hombre: la prórroga de la longevidad que hoy proporciona
la biología no puede satisfacer ese deseo del más allá
que surge ineluctablemente del corazón humano. Mientras toda imaginación fracasa ante
la muerte, la Iglesia, aleccionada por la Revelación divina, afirma
que el hombre ha sido creado por Dios para un
destino feliz situado más allá de las fronteras de la
miseria terrestre. La fe cristiana enseña que la muerte corporal,
que entró en la historia a consecuencia del pecado, será
vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre
en la salvación perdida por el pecado. Dios ha llamado
y llama al hombre a adherirse a El con la
total plenitud de su ser en la perpetua comunión de
la incorruptible vida divina. Ha sido Cristo resucitado el que
ha ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la
muerte con su propia muerte. Para todo hombre que reflexione,
la fe, apoyada en sólidos argumentos, responde satisfactoriamente al interrogante
angustioso sobre el destino futuro del hombre y al mismo
tiempo ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros mismos
queridos hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de
que poseen ya en Dios la vida verdadera. Formas y raíces
del ateísmo 19. La razón más alta de la dignidad humana
consiste en la vocación del hombre a la unión con
Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al
diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor
de Dios, que lo creó, y por el amor de
Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que
vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente
ese amor y se confía por entero a su Creador.
Muchos son, sin embargo, los que hoy día se desentienden
del todo de esta íntima y vital unión con Dios
o la niegan en forma explícita. Es este ateísmo uno
de los fenómenos más graves de nuestro tiempo. Y debe
ser examinado con toda atención. La palabra "ateísmo" designa realidades muy
diversas. Unos niegan a Dios expresamente. Otros afirman que nada
puede decirse acerca de Dios. Los hay que someten la
cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que reputa como
inútil el propio planteamiento de la cuestión. Muchos, rebasando indebidamente
los límites sobre estabase puramente científica o, por el contrario,
rechazan sin excepción toda verdad absoluta. Hay quienes exaltan tanto
al hombre, que dejan sin contenido la fe en Dios,
ya que les interesa más, a lo que parece, la
afirmación del hombre que la negación de Dios. Hay quienes
imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que
ver con el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera se
plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque, al
parecer, no sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el
motivo de preocuparse por el hecho religiosos. Además, el ateísmo
nace a veces como violenta protesta contra la existencia del
mal en el mundo o como adjudicación indebida del carácter
absoluto a ciertos bienes humanos que son considerados prácticamente como
sucedáneos de Dios. La misma civilización actual, no en sí
misma, pero sí por su sobrecarga de apego a la
tierra, puede dificultar en grado notable el acceso del hombre
a Dios. Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios
y soslayar las cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su
conciencia y, por tanto, no carecen de culpa. Sin embargo,
también los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad.
Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es
un fenómeno originario, sino un fenómeno derivado de varias causas,
entre las que se debe contar también la reacción crítica
contra las religiones, y, ciertamente en algunas zonas del mundo,
sobre todo contra la religión cristiana. Por lo cual, en
esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los
propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la
educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina,
o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral
y social, han velado más bien que revelado el genuino
rostro de Dios y de la religión. El ateísmo sistemático 20. Con
frecuencia, el ateísmo moderno reviste también la forma sistemática, la
cual, dejando ahora otras causas, lleva el afán de autonomía
humana hasta negar toda dependencia del hombre respecto de Dios.
Los que profesan este ateísmo afirman que la esencia de
la libertad consiste en que el hombre es el fin
de sí mismo, el único artífice y creador de su
propia historia. Lo cual no puede conciliarse, según ellos, con
el reconocimiento del Señor, autor y fin de todo, o
por lo menos tal afirmación de Dios es completamente superflua.
El sentido de poder que el progreso técnico actual da
al hombre puede favorecer esta doctrina. Entre las formas del ateísmo
moderno debe mencionarse la que pone la liberación del hombre
principalmente en su liberación económica y social. Pretende este ateísmo
que la religión, por su propia naturaleza, es un obstáculo
para esta liberación, porque, al orientar el espíritu humano hacia
una vida futura ilusoria, apartaría al hombre del esfuerzo por
levantar la ciudad temporal. Por eso, cuando los defensores de
esta doctrina logran alcanzar el dominio político del Estado, atacan
violentamente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre todo en
materia educativa, con el uso de todos los medios de
presión que tiene a su alcance el poder público. Actitud de
la Iglesia ante el ateísmo 21. La Iglesia, fiel a Dios
y fiel a los hombres, no puede dejar de reprobar
con dolor, pero con firmeza, como hasta ahora ha reprobado,
esas perniciosas doctrinas y conductas, que son contrarias a la
razón y a la experiencia humana universal y privan al
hombre de su innata grandeza. Quiere, sin embargo, conocer las causas
de la negación de Dios que se esconden en la
mente del hombre ateo. Consciente de la gravedad de los
problemas planteados por el ateísmo y movida por el amor
que siente a todos los hombres, la Iglesia juzga que
los motivos del ateísmo deben ser objeto de serio y
más profundo examen. La Iglesia afirma que el reconocimiento de Dios
no se opone en modo alguno a la dignidad humana,
ya que esta dignidad tiene en el mismo Dios su
fundamento y perfección. Es Dios creador el que constituye al
hombre inteligente y libre en la sociedad. Y, sobre todo,
el hombre es llamado, como hijo, a la unión con
Dios y a la participación de su felicidad. Enseña además
la Iglesia que la esperanza escatológica no merma la importancia
de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos
motivos de apoyo para su ejercicio. Cuando, por el contrario,
faltan ese fundamento divino y esa esperanza de la vida
eterna, la dignidad humana sufre lesiones gravísimas -es lo que
hoy con frecuencia sucede-, y los enigmas de la vida
y de la muerte, de la culpa y del dolor,
quedan sin solucionar, llevando no raramente al hombre a la
desesperación. Todo hombre resulta para sí mismo un problema no resuelto,
percibido con cierta obscuridad. Nadie en ciertos momentos, sobre todo
en los acontecimientos más importantes de la vida, puede huir
del todo el interrogante referido. A este problema sólo Dios
da respuesta plena y totalmente cierta; Dios, que llama al
hombre a pensamientos más altos y a una búsqueda más
humilde de la verdad. El remedio del ateísmo hay que buscarlo
en la exposición adecuada de la doctrina y en la
integridad de vida de la Iglesia y de sus miembros.
A la Iglesia toca hacer presentes y como visibles a
Dios Padre y a su Hijo encarnado con la continua
renovación y purificación propias bajo la guía del Espíritu Santo.
Esto se logra principalmente con el testimonio de una fe
viva y adulta, educada para poder percibir con lucidez las
dificultades y poderlas vencer. Numerosos mártires dieron y dan preclaro
testimonio de esta fe, la cual debe manifestar su fecundidad
imbuyendo toda la vida, incluso la profana, de los creyentes,
e impulsándolos a la justicia y al amor, sobre todo
respecto del necesitado. Mucho contribuye, finalmente, a esta afirmación de
la presencia de Dios el amor fraterno de los fieles,
que con espíritu unánime colaboran en la fe del Evangelio
y se alzan como signo de unidad. La Iglesia, aunque
rechaza en forma absoluta el ateísmo, reconoce sinceramente que todos
los hombres, creyentes y no creyentes, deben colaborar en la
edificación de este mundo, en el que viven en común.
Esto no puede hacerse sin un prudente y sincero diálogo.
Lamenta, pues, la Iglesia la discriminación entre creyentes y no
creyentes que algunas autoridades políticas, negando los derechos fundamentales de
la persona humana, establecen injustamente. Pide para los creyentes libertad
activa para que puedan levantar en este mundo también un
templo a Dios. E invita cortésmente a los ateos a
que consideren sin prejuicios el Evangelio de Cristo. La Iglesia sabe
perfectamente que su mensaje está de acuerdo con los deseos
más profundos del corazón humano cuando reivindica la dignidad de
la vocación del hombre, devolviendo la esperanza a quienes desesperan
ya de sus destinos más altos. Su mensaje, lejos de
empequeñecer al hombre, difunde luz, vida y libertad para el
progreso humano. Lo único que puede llenar el corazón del
hombre es aquello que "nos hiciste, Señor, para tí, y
nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en tí". Cristo, el
Hombre nuevo 22. En realidad, el misterio del hombre sólo se
esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el
primer hombre, era figura del que había de venir, es
decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la
misma revelación del misterio del Padre y de su amor,
manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre
la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas
las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente
y su corona. El que es imagen de Dios invisible (Col
1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a
la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el
primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida,
ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual.
El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido,
en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de
hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de
hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen
María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en
todo a nosotros, excepto en el pecado. Cordero inocente, con la
entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En
El Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos
liberó de la esclavitud del diablo y del pecado, por
lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol:
El Hijo de Dios me amó y se entregó a
sí mismo por mí (Gal 2,20). Padeciendo por nosotros, nos
dio ejemplo para seguir sus pasos y, además abrió el
camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se
santifican y adquieren nuevo sentido. El hombre cristiano, conformado con la
imagen del Hijo, que es el Primogénito entre muchos hermanos,
recibe las primicias del Espíritu (Rom 8,23), las cuales le
capacitan para cumplir la ley nueva del amor. Por medio
de este Espíritu, que es prenda de la herencia (Eph
1,14), se restaura internamente todo el hombre hasta que llegue
la redención del cuerpo (Rom 8,23). Si el Espíritu de
Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita
en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre
los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por
virtud de su Espíritu que habita en vosotros (Rom 8,11).
Urgen al cristiano la necesidad y el deber de luchar,
con muchas tribulaciones, contra el demonio, e incluso de padecer
la muerte. Pero, asociado al misterio pascual, configurado con la
muerte de Cristo, llegará, corroborado por la esperanza, a la
resurrección. Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para
todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra
la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y
la vocación suprema del hombre en realidad es una sola,
es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el
Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en
la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este
misterio pascual. Este es el gran misterio del hombre que la
Revelación cristiana esclarece a los fieles. Por Cristo y en
Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la
muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta obscuridad.
Cristo resucitó; con su muerte destruyó la muerte y nos
dio la vida, para que, hijosen el Hijo, clamemos en
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Las personas no han perdido la
fe en Dios ni en Jesucristo.
Pero sí en las religiones
cualquiera que sea La iglesia es
santa y merendis
y cobra por las misas y le ponen
a los santos billetes como si la
estatua fuera a necesitarlos.
Y la otra con sus diezmos que
han dejado a más de uno en la
ruina. Tal vez me dirán sólo es
dinero y yo os digo: entonces
por qué lo piden??? Y con el
ejemplo dan muestras de pobreza
y sacrificio.
Los creyentes o no creyentes, estamos generalmente de acuerdo en que todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos. La educación también tiene como fin al hombre, por lo tanto es decisiva la idea que se tiene de él. Del concepto “hombre”dependerá el enfoque de las teorías, métodos y técnicas pedagógicas y didácticas.
A continuación, presentamos el capítulo I de la constitución pastoral Gaudium et spes, que hace referencia al concepto humanístico y católico de la dignidad del hombre, la cual, lo define. Esta concepción del hombre forma uno de los cimientos más importantes de la educación.
En resumen, verdades fundamentales que resalta este documento:
1. El hombre es imagen de Dios
2. Es una unidad de cuerpo y alma
3. Por su razón, participa de la inteligencia divina, naturaleza intelectual que debe perfeccionarse por medio de la sabiduría.
4. La dignidad de su conciencia moral le viene de una ley que no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer: hacer el bien y evitar el mal.
5. Esta orientación al bien sólo la logra con el buen uso de su libertad
6. El hombre tiene un destino feliz situado más allá de las fronteras de la muerte corporal.
7. Esta dignidad alcanza su razón más alta en la educación del hombre a la unión con Dios.
Estas verdades fundamentales nos ayudan a orientar nuestro criterio en el momento de emitir un juicio y una valoración ante cualquier teoría, método y técnica pedagógica.
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