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Autor: Benedicto XVI | Fuente: Ecclesia Mantener Despierta La Sensibilidad A La Verdad
Discurso que Benedicto XVI tenía previsto pronunciar en la Universidad La Sapienza de Roma el 16-1-2008
Mantener Despierta La Sensibilidad A La Verdad
Magnífico rector, autoridades políticas y civiles, ilustres docentes y personal
técnico y administrativo, queridos jóvenes alumnos:
Es para mí motivo de
profunda alegría reunirme con la comunidad de la Universidad «La
Sapienza» de Roma con ocasión de la inauguración de su
año académico.
Desde hace siglos, esta universidad marca el camino y
la vida de la ciudad de Roma, haciendo fructificar las
mejores energías intelectuales en todos los campos del saber. Tanto
en la época en que esta institución, tras su fundación
por obra del papa Bonifacio VIII, dependía directamente de la
autoridad eclesiástica, como sucesivamente, cuando el Studium Urbis se desarrolló
como institución del estado italiano, vuestra comunidad académica ha sabido
conservar un gran nivel científico y cultural que la sitúa
entre las más prestigiosas universidades del mundo. La Iglesia de
Roma contempla desde siempre con simpatía y admiración este centro universitario,
reconociendo su dedicación, en ocasiones ardua y fatigosa, a la
investigación y a la formación de las nuevas generaciones. Durante
estos últimos años no han faltado momentos significativos de colaboración
y de diálogo.
Recuerdo, en particular, el encuentro mundial de rectores
con ocasión del Jubileo de las Universidades, en el que
vuestra comunidad se hizo cargo no sólo de la acogida
y la organización, sino, por encima de todo, de la
profética y compleja propuesta de la elaboración de un «nuevo
humanismo para el tercer milenio».
Tengo el placer, en la presente
circunstancia, de expresar mi gratitud por la invitación que me
ha sido dirigida a acudir a vuestra universidad para impartir
en ella una lección. Desde esta perspectiva me he planteado
ante todo la siguiente pregunta: ¿Qué puede y debe decir
un Papa en una ocasión como ésta? En mi lección
de Ratisbona hablé, desde luego, como Papa, pero lo hice
sobre todo en mi calidad de antiguo profesor de aquella
universidad mía, tratando de enlazar recuerdos y actualidad. Pero la
universidad «La Sapienza», antigua universidad de Roma, me invita precisamente
como Obispo de Roma, por lo que debo hablar en
calidad de tal.
Verdad es que «La Sapienza» fue antaño
la universidad del Papa, pero hoy es una universidad laica
dotada de esa autonomía que, con arreglo a su propio
concepto fundacional, siempre ha formado parte de la naturaleza universitaria,
que ha de vincularse exclusivamente a la autoridad de la
verdad. En su libertad frente a autoridades políticas y eclesiásticas,
la universidad halla su particular función, precisamente también al servicio
de la sociedad moderna, que necesita una institución de semejantes
características.
Y vuelvo a mi pregunta inicial: ¿Qué puede y debe
decir el Papa en su encuentro con la universidad de
su ciudad? Reflexionando sobre este interrogante, me ha parecido que
éste encerraba otros dos, cuya aclaración debería encaminarnos por sí
sola hacia la respuesta. Hay que preguntarse, en efecto: ¿Cuál
es la naturaleza y misión del papado? Y también: ¿Cuál
es la naturaleza y misión de la universidad? En este
contexto, no quisiera deteneros y detenerme en prolijas disquisiciones acerca
de la naturaleza del papado. Bastará una breve alusión. El
Papa es ante todo Obispo de Roma y, como tal,
en virtud de la sucesión al apóstol Pedro, tiene una
responsabilidad episcopal para con toda la Iglesia católica.
La palabra
«obispo» (epískopos), que en su significado más inmediato remite a
«vigilante», ya en el Nuevo Testamento se fundió con el
concepto bíblico de pastor: el obispo es quien,desde un punto
de observación más elevado, mira al conjunto, ocupándose del camino
correcto y de la cohesión de éste. A este respecto,
dicha designación de su misión orienta nuestra mirada ante todo
hacia el interior de la comunidad creyente. El obispo —el
pastor— es el hombre que vela por esa comunidad, el
que la conserva unida manteniéndola en el camino que lleva
a Dios, indicado según la fe cristiana por Jesús, y
no sólo indicado, pues él mismo es para nosotros el
Camino. Pero esa comunidad por la que el obispo vela, ya
sea grande o pequeña, vive en el mundo: sus condiciones,
su camino, su ejemplo y su palabra influyen inevitablemente en
todo el resto de la comunidad humana en su conjunto.
Y cuanto mayor sea, sus buenas condiciones o su eventual
degradación repercutirán en mayor medida en toda la Humanidad. Vemos
hoy con gran claridad hasta qué punto las condiciones de
las religiones y la situación de la Iglesia —con sus
crisis y sus renovaciones— influyen en el conjunto de la
Humanidad. Así el Papa, precisamente como pastor de su comunidad,
ha ido transformándose progresivamente en una voz de la razón
ética de la Humanidad.
Llegados a este punto, sin embargo, surge
de inmediato la objeción según la cual el Papa no
hablaría realmente sobre la base de la razón ética, sino
que tomaría sus juicios de la fe, por lo que
no podría pretender que éstos fueran válidos para cuantos no
comparten esa fe. Tendremos que abordar de nuevo este argumento,
toda vez que plantea la cuestión absolutamente fundamental: ¿Qué es
la razón? ¿Cómo puede una afirmación —sobre todo una norma
moral— demostrarse «razonable»? Quisiera aquí, por ahora, señalar tan sólo
brevemente que John Rawls, si bien niega el carácter de
razón «pública» a las doctrinas religiosas comprensivas, ve sin embargo
en la razón «no pública» de ellas al menos una
razón que no podría, en nombre de una racionalidad insensibilizada
por el laicismo, permanecer completamente desconocida para cuantos la sustentan.
Entre otras cosas, él ve un criterio de esta razonabilidad
en el hecho de que tales doctrinas se derivan de
una tradición responsable y motivada, en cuyo seno, durante tiempos
dilatados, se han desarrollado argumentaciones lo suficientemente buenas en apoyo
de la correspondiente doctrina. En esta afirmación me parece importante
el reconocimiento de que la experiencia y la demostración a
lo largo de generaciones —el fondo histórico de la sabiduría
humana— constituyen también una señal de su razonabilidad y de
su significado persistente. Ante una razón ahistórica que intenta autoconstruirse
únicamente en una racionalidad ahistórica, hay que valorizar la sabiduría
de la Humanidad como tal —la sabiduría de las grandes
tradiciones religiosas— como un fenómeno que no se puede tirar
impunemente a la papelera de la historia de las ideas.
Volvamos
a la pregunta de partida. El Papa habla como representante
de una comunidad creyente en la que, a lo largo
de siglos de existencia, ha madurado una determinada sabiduría de
vida; habla como representante de una comunidad que guarda en
sí un tesoro de conocimiento y de experiencia ética importante
para toda la Humanidad: en este sentido habla como representante
de una razón ética.
Pero ahora hemos de preguntarnos: ¿Qué es,
pues, la universidad? ¿Cuál es su función? Se trata de
una pregunta gigantesca a la que, una vez más, puedo
intentar responder en estilo casi telegráfico con alguna observación. Creo
que puede decirse que el origen auténtico e íntimo de
la universidad estriba en elanhelo de conocimiento propio del hombre.
Éste quiere saber qué es todo aquello que lo rodea.
Quiere verdad. Bajo este aspecto es posible considerar la interrogación
propia de Sócrates como el impulso del que nació la
universidad occidental. Pienso, por ejemplo y por mencionar tan sólo
un texto, en su disputa con Eutifrón, quien defiende ante Sócrates
la religión mítica y su devoción. A ello contrapone el
filósofo la pregunta: «Tú crees que entre los dioses existen
realmente una guerra recíproca y terribles enemistades y combates […]
¿Debemos, oh Eutifrón, decir efectivamente que todo eso es verdad?»
(6 b-c). En esta pregunta aparentemente poco devota —que, sin embargo,
en Sócrates procedía de una religiosidad más profunda y más
pura, de la búsqueda del Dios realmente divino—, los cristianos
de los primeros siglos se reconocieron a sí mismos y
reconocieron su camino. Acogieron su fe no de manera positivista
o como vía de escape de deseos insatisfechos; la concibieron como
disolución de la niebla de la religión mitológica para hacer
sitio al descubrimiento del Dios que es Razón creadora y
al mismo tiempo Razón-Amor. Por eso no consideraban ellos la
interrogación de la razón acerca del Dios más grande y
sobre la naturaleza y el sentido auténticos del ser humano
una forma problemática de falta de religiosidad, sino como parte
integrante de la esencia de su modo de ser religiosos.
No necesitaban, por lo tanto,disipar o arrinconar la interrogación socrática,
sino que podían —o mejor dicho, debían— acogerla y reconocer
como parte de la propia identidad la búsqueda afanosa de la
razón para alcanzar el conocimiento de la verdad íntegra. Así,
en el ámbito de la fe cristiana, en el mundo
cristiano, podía —o mejor dicho, debía— nacer la universidad.
Es menester
dar un paso más. El hombre quiere conocer, quiere verdad.
Verdad es ante todo algo relacionado con ver, con comprender,
con la theoría, tal y como la tradición griega la
denomina. Pero la verdad nunca es meramente teórica.
Agustín, al establecer
una correlación entre las Bienaventuranzas del Sermón del Monte y
los dones del Espíritu mencionados en Isaías 11, afirmó una
reciprocidad entre scientia y tristitia: el mero saber —dice— entristece.
Y en efecto, quien se limita a ver y aprender
todo lo que en el mundo acontece, acaba poniéndose triste.
Pero verdad significa más que saber: el conocimiento de la
verdad tiene como objetivo el conocimiento del bien. Éste es
también el sentido de la interrogación socrática: ¿Cuál es el
bien que nos hace auténticos? La verdad nos hace buenos,
y la bondad es verdadera: éste es el optimismo que
vive en la fe cristiana, pues se le ha concedido la
visión del Logos, de la Razón creadora que, en la
encarnación de Dios, se reveló al mismo tiempo como el
Bien, como la Bondad misma.
Hubo en la teología medieval una
profunda disputa sobre la relación entre teoría y praxis, sobre
la justa relación entre conocer y obrar; se trata de
una disputa que no es preciso desentrañar aquí. Y en
efecto, la universidad medieval, con sus cuatro facultades, presenta dicha
correlación. Empecemos por la facultad que, según la concepción de
entonces, era la cuarta: la de Medicina. Si bien se
la consideraba más «arte» que ciencia, con todo, su inserción
en el cosmos de la universidad significaba claramente que se
la situaba en el ámbito de la racionalidad, que el
arte de curar estaba bajo la guía de la razón
y quedaba sustraído al ámbito de la magia. Curar es
tarea que siempre requiere algo más que la mera razón,
pero precisamente por eso necesita la conexión entre saber y
poder, necesita pertenecer a la esfera de la ratio. Inevitablemente
se plantea la cuestión de la relación entre praxis y
teoría, entre conocimiento y acción, en la Facultad de Derecho.
Se trata de dar justa forma a la libertad humana,
que es siempre libertad en la comunión recíproca: el derecho
es el presupuesto de la libertad, y no su antagonista.
Pero surge aquí de inmediato la pregunta: ¿Cómo individuar los
criterios de justicia que hacen posible una libertad vivida junto
con los demás y que sirven para que el hombre sea
bueno? Se impone aquí un salto al presente: es la
cuestión de cómo encontrar una normativa jurídica que constituya un
ordenamiento de la libertad, de la dignidad humana y de
los derechos humanos. Es la cuestión que nos ocupa hoy
en los procesos democráticos de formación de la opinión y
que al mismo tiempo nos angustia como cuestión para el
futuro de la Humanidad. Jürgen Haberlas expresa, en mi opinión,
algo en lo que coincide gran parte del pensamiento actual
cuando dice que la legitimidad de una carta constitucional como
presupuesto de la legalidad dimanaría de dos fuentes: de la
participación política igualitaria de todos los ciudadanos y de la
forma razonable con la que se resuelven los contrastes políticos. Respecto
a esta «forma razonable», observa que ésta no puede limitarse
a ser una lucha por conseguir mayorías aritméticas, sino que
debe caracterizarse como «procedimiento argumental sensible a la verdad» («wahrheitssensibles
Argumentationsverfahren»). Está bien expresado, pero es algo harto difícil de transformar
en praxis política. Los representantes de ese «procedimiento argumental» público
son, como es sabido, preferentemente los partidos en su calidad
de responsables de la voluntad política. En efecto, éstos tendrán
inevitablemente como objetivo sobre todo la consecución de mayorías, de
resultas de lo cual sólo se dedicarán, de manera prácticamente
inevitable, a intereses que prometen satisfacer: intereses que, lamentablemente, son
con frecuencia particulares y no sirven en realidad al conjunto.
Una vez más, la sensibilidad a la verdad cae derrotada
ante la sensibilidad a los intereses. Yo encuentro significativo que
Habermas hable de la sensibilidad a la verdad como de
un elemento necesario en el procedimiento de argumentación política, lo
que vuelve a introducir el concepto de verdad en el
debate filosófico y en el político.
Pero entonces se antoja inevitable
la pregunta de Pilato: ¿Qué es la verdad? ¿Y cómo
se la reconoce? Si para ello nos remitimos a la
«razón pública», como hace Rawls, seguirá necesariamente otra pregunta: ¿Qué
es razonable? ¿De qué manera una razón se demuestra razón
verdadera? En cualquier caso, resulta evidente a partir de lo dicho
que, en la búsqueda del derecho de la libertad, de
la verdad de la justa convivencia, deben ser escuchadas instancias
distintas de los partidos y de los grupos de interés,
sin que ello suponga la más mínima negación de la
importancia de éstos. Volvemos así a la estructura de la
universidad medieval. Además de la de Derecho, había facultades de
Filosofía y de Teología, a las que se les encomendaba
la investigación sobre el ser del hombre en su totalidad,
y con ella la tarea de mantener despierta la sensibilidad
a la verdad.
Incluso podría decirse que ése es el
sentido permanente y verdadero de ambas facultades: ser guardianas de
la sensibilidad a la verdad, no permitir que el hombre se
vea apartado de la búsqueda de la verdad. ¿Pero cómo
pueden desempeñar esa tarea? Se trata de una pregunta por
la que es preciso afanarse una y otra vez y
que nunca queda planteada y contestada de una vez por
todas. Por eso, llegados a este punto, tampoco yo puedo
dar una respuesta en sentido estricto, sino más bien invitar
a seguir caminando con esta pregunta, caminando junto con esos
grandes que a lo largo de toda la historia lucharon
y buscaron con sus repuestas y con su inquietud por
la verdad, que nosremite constantemente más allá de toda respuesta.
Teología
y filosofía forman a este respecto una peculiar pareja gemelar,
en la que ninguna de las dos puede quedar totalmente
separada de la otra, si bien cada una debe conservar
su propia misión e identidad. Es mérito histórico de Santo
Tomás de Aquino, ante la diferenciada respuesta de los Padres
motivada por su contexto histórico, haber puesto de relieve la autonomía
de la filosofía y con ella el derecho y la
responsabilidad propios de la razón que se interroga basándose en
sus propias fuerzas. Diferenciándose de las filosofías neoplatónicas, en las
que religión y filosofía quedaban inseparablemente entrelazadas, los Padres habían
presentado la fe cristiana como la verdadera filosofía, subrayando también
que dicha fe se corresponde con las exigencias de la
razón que va en busca de la verdad, que la
fe es el «sí» a la verdad que se diferencia
de las religiones míticas, convertidas en mera costumbre. Pero después,
al nacer la universidad, en Occidente ya no existían aquellas
religiones, sino sólo el cristianismo, por lo que era preciso
subrayar de manera nueva la responsabilidad propia de la razón,
que no queda absorbida por la fe. Por eso Tomás
pudo actuar en un momento privilegiado: por vez primera los
escritos filosóficos de Aristóteles eran accesibles en su integridad; estaban
presentes las filosofías hebreas y árabes en calidad de apropiaciones
y prolongaciones específicas de la filosofía griega. Por eso el
cristianismo, en un diálogo novedoso con la razón de esos
otros con los que iba encontrándose, tuvo que luchar por
su propia razonabilidad. La Facultad de Filosofía, que, con su
denominación de «Facultad de los artistas», sólo había sido hasta
aquel momento propedéutica respecto a la teología, se transformó en
facultad de pleno derecho, en compañera autónoma de la teología
y de la fe que en ella se refleja. No
podemos examinar aquí la entusiasmante confrontación que de ello se
derivó, pero, en mi opinión, la idea de Santo Tomás
respecto a la relación entre filosofía y teología podría hallar
expresión en la fórmula acuñada por el Concilio de Calcedonia
para la cristología: filosofía y teología deben relacionarse entre sí
«sin confusión y sin separación». «Sin confusión» significa que cada
una de ellas debe conservar su identidad propia. La filosofía debe
seguir siendo realmente una investigación de la razón en su
propia libertad y responsabilidad; debe ver sus límites y, precisamente
en ellos, también su grandeza y amplitud. La teología debe
seguir abrevándose en un tesoro de conocimiento no inventado por
ella, que siempre la supera y que, como nunca puede
agotarse del todo mediante la reflexión, precisamente por ello activa
una y otra vez el pensamiento. Junto con «sin confusión»
también permanece vigente «sin separación»: la filosofía no vuelve a
empezar cada vez desde el punto cero del sujeto que
piensa de manera aislada, sino que se mantiene en el gran
diálogo de la sabiduría histórica, que crítica y dócilmente al
mismo tiempo sigue acogiendo y desarrollando; pero tampoco debe cerrarse
ante lo que las religiones y en especial la fe
cristiana han recibido y dado a la Humanidad como señal
del camino. Varias cosas afirmadas por teólogos en el transcurso
de la historia o incluso llevadas a la práctica por
las autoridades eclesiales se han demostrado falsas precisamente gracias a
la historia, y hoy nos confunden. Pero al mismo tiempo
es verdad que la historia de los santos, la historia
del humanismo crecido sobre la base de la fe cristiana
demuestra la verdad de dicha fe en su núcleo esencial,
lo que hace también de ella una instancia para la
razón pública. Es cierto que mucho de lo que dicen
la teología y la fe sólo puede llevarse a cabo
en el seno de la fe, por lo que no
puede presentarse como exigencia para aquellas personas para las que
la fe permanece inaccesible. Pero también es verdad que el
mensaje de la fe cristiana nunca es tan sólo una
«comprehensive religious doctrine» (doctrina religiosa comprensiva, NdT) en el sentido
que le da Rawls, sino una fuerza purificadora para la
propia razón, a la que ayuda a ser más ella
misma. El mensaje cristiano, en virtud de su origen, debería
ser siempre un acicate a la verdad y, por consiguiente,
una fuerza contra la presión del poder y de los
intereses.
Pues bien; hasta ahora sólo he hablado de la universidad
medieval, procurando sin embargo dejar traslucir la naturaleza permanente de
la universidad y de su misión. En los tiempos modernos
se han abierto nuevas dimensiones del saber, que en la
universidad se valorizan sobre todo en dos grandes ámbitos: en
primer lugar, en las ciencias naturales, que se han desarrollado
sobre la base de la conexión entre la experimentación y
la racionalidad que se presupone en la materia; en segundo
lugar, en las ciencias históricas y humanísticas, en las que
el hombre, escudriñando el espejo de su historia y aclarando
las dimensiones de su naturaleza, intenta comprenderse mejor. En este
desarrollo no sólo se le ha abierto a la Humanidad
una inmensa medida de saber y poder; también se han
incrementado el conocimiento y el reconocimiento de los derechos y
de la dignidad del hombre, algo de lo que sólo
podemos alegrarnos. Pero el camino del hombre jamás puede darse por
concluido, y el peligro de su caída en la inhumanidad
nunca queda totalmente conjurado, tal y como nos enseña el
panorama de la historia actual. El peligro para el mundo
occidental —por ceñirnos a éste— estriba hoy en que el
hombre, precisamente debido a la grandeza de su saber y
poder, se rinda ante la cuestión de la verdad. Y
ello significa al mismo tiempo que la razón, al final,
claudica ante la presión de los intereses y la atracción
de la utilidad, que se ve obligada a reconocer como
criterio último. Si enfocamos esto desde el punto de vista
de la estructura de la universidad, veremos que se corre
el peligro de que la filosofía, al no sentirse ya
capaz de su verdadera misión, se degrade en positivismo, y
la teología, con su mensaje dirigido a la razón, quede
confinada a la esfera privada de un grupo de mayores
o menores dimensiones. Pero si la razón, preocupada por su
presunta pureza, hace oídos sordos al gran mensaje que le
envían la fe cristiana y su sabiduría, se agosta como un
árbol cuyas raíces no logran alcanzar ya las aguas que
le dieron vida. Pierde la valentía de la verdad y,
al perderla, lejos de crecer, se empequeñece. Aplicado a nuestra
cultura europea, ello significa que si la razón sólo aspira
a autoconstruirse sobre la base del círculo de sus propias
argumentaciones y de lo que en cada momento la convence
y, preocupada por su laicidad, se desprende de las raíces
que le dan vida, en vez de volverse más razonable
y pura se descompone y se hace añicos.
Vuelvo con ello
al punto de partida. ¿Qué tiene que hacer o que
decir el Papa en la universidad? Seguramente no debe tratar
de imponer a otros de forma autoritaria la fe, que
sólo puede ofrecerse en libertad. Más allá de su ministerio
de pastor en la Iglesia y sobre la base de
la naturaleza intrínseca de dicho ministerio pastoral, es su misión mantener
despierta la sensibilidad a la verdad e invitar una y
otra vez a la razón a salir en busca de
la verdad, del bien, de Dios y, por ese camino,
estimularla a vislumbrar las luces útiles surgidas a lo largo
de la historia de la fe cristiana y a percibir
así a Jesucristo como la Luz que alumbra la historia
y que ayuda a encontrar el camino hacia el futuro.
Vaticano,
17 de enero de 2008 BENEDICTUS PP XVI (Original italiano procedente del
archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA.)
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