 |
| La Ciencia y la Dimensión Trascendente del Ser Humano |
Discurso en la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma el 3
de noviembre pasado.
Señores cardenales; venerados hermanos en el episcopado y en
el sacerdocio; queridos profesores y queridos estudiantes:
Me alegra encontrarme hoy con
vosotros. Os saludo en primer lugar precisamente a vosotros, los estudiantes,
que veo en gran número en este elegante y austero patio
porticado, pero sé que también en varias aulas hay muchos que
están en contacto con nosotros a través de pantallas y
altavoces. Queridos jóvenes, os agradezco los sentimientos expresados por vuestro representante y
por vosotros mismos. En cierto sentido, la Universidad es propiamente vuestra.
Desde el lejano 1551, cuando san Ignacio de Loyola la fundó,
existe para vosotros, para los estudiantes. Todas las energías gastadas por
vuestros profesores y docentes en la enseñanza y en la investigación
son por vosotros. Por vosotros son las preocupaciones y los esfuerzos
diarios del rector magnífico, de los vicerrectores, de los decanos y
de los directores. Vosotros sois conscientes de ello y estoy
seguro de que también os sentís agradecidos.
Saludo en especial al cardenal
Zenon Grocholewski. Como prefecto de la Congregación para la educación católica,
es el gran canciller de esta universidad y representa en ella
al Romano Pontífice (cf. Statuta Universitatis, art. 6, 2). Precisamente por
eso, mi predecesor Pío XI, de venerada memoria, declaró la Universidad
Gregoriana "plenissimo iure ac nomine" pontificia (cf. carta apostólica Gregorianam studiorum,
en AAS 24 [1932] 268).
La historia misma del Colegio Romano y
de la Universidad Gregoriana, su heredera, como recordaba el padre rector
en las palabras que me ha dirigido, es el fundamento de
este estatuto totalmente particular. Saludo al reverendo padre Peter-Hans Kolvenbach, s.j.,
que, como prepósito general de la Compañía de Jesús, es el
vice gran canciller de la Universidad y el responsable más inmediato
de esta obra, que no dudo en calificar como uno
de los grandes servicios que la Compañía de Jesús presta a
la Iglesia universal.
Saludo a los bienhechores aquí presentes. El Freundeskreis der
Gregoriana de Alemania, la Gregorian University Foundation de Nueva York, la
Fundación La Gregoriana de Roma, y otros grupos de bienhechores. Queridos
hermanos, os agradezco lo que hacéis con generosidad para sostener esta
obra que la Santa Sede ha encomendado y sigue encomendando a
la Compañía de Jesús. Saludo a los padres jesuitas que aquí
desempeñan su actividad de enseñanza con laudable espíritu de abnegación y
austeridad de vida.
Dirijo mi saludo a los demás profesores y
lo extiendo también a los padres y hermanos del Pontificio
Instituto Bíblico y del Pontificio Instituto Oriental, que, juntamente
con la Gregoriana, forman un consortium académico (cf. Pío XI, motu
proprio Quod maxime, 30 de septiembre de 1928) prestigioso, no sólo
por lo que atañe a la enseñanza, sino también al patrimonio
de libros de las tres bibliotecas, que poseen fondos especializados incomparables.
Saludo,
por último al personal no docente de la Universidad, que
ha querido expresar también sus sentimientos a través del secretario general,
al que doy las gracias. El personal no docente presta diariamente
un servicio oculto, pero muy importante para la misión que la
Gregoriana está llamada a realizar por mandato de la Santa Sede.
A cada uno de ellos va mi cordial aliento.
Con alegría me
encuentro en este patio porticado, que he cruzado en varias ocasiones.
Recuerdo en especial la defensa de la tesis del padre
Lohfink durante el Concilio, en presencia de muchos cardenales y también
de pobres peritos como yo. Quiero recordar en particular el tiempo
en que, siendo profesor ordinario de dogmática e historia del dogma
en la Universidad de Ratisbona, fui invitado en 1972 por el
rector de entonces, p. Hervé Carrier, s.j., a dirigir un curso
a los estudiantes del segundo ciclo de especialización en teología dogmática.
Dirigí un curso sobre la santísima Eucaristía.
Con la familiaridad de entonces,
os digo a vosotros, queridos profesores y estudiantes, que el compromiso
del estudio y de la enseñanza, para que tenga sentido en
relación con el reino de Dios, debe estar sostenido por
las virtudes teologales. En efecto, el objeto inmediato de la ciencia
teológica, en sus diversas especificaciones, es Dios mismo, que se reveló
en Jesucristo, Dios con rostro humano. También cuando el objeto inmediato
es el pueblo de Dios en su dimensión visible e histórica,
como en el derecho canónico y en la historia de la
Iglesia, el análisis profundo de la materia vuelve a impulsar a
la contemplación, en la fe, del misterio de Cristo resucitado. Es
él quien, presente en su Iglesia, la conduce entre los acontecimientos
del tiempo hacia la plenitud escatológica, una meta hacia la que
caminamos sostenidos por la esperanza.
Sin embargo, no basta conocer a
Dios para poder encontrarlo realmente; también hay que amarlo. El conocimiento
se debe transformar en amor. El estudio de la teología, del
derecho canónico y de la historia de la Iglesia no es
sólo conocimiento de las proposiciones de la fe en su
formulación histórica y en su aplicación práctica; también es siempre inteligencia
de las mismas en la fe, en la esperanza y en
la caridad. Sólo el Espíritu escruta las profundidades de Dios (cf.
1 Co 2, 10); por tanto, sólo escuchando al Espíritu se
puede escrutar la profundidad de la riqueza, de la sabiduría y
de la ciencia de Dios (cf. Rm 11, 33).
Al Espíritu
se le escucha en la oración, cuando el corazón se
abre a la contemplación del misterio de Dios, que se nos
reveló en el Hijo Jesucristo, imagen del Dios invisible (cf. Col
1, 15), constituido Cabeza de la Iglesia y Señor de todas
las cosas (cf. Ef 1, 10; Col 1, 18).
La Universidad
Gregoriana, desde sus orígenes con el Colegio Romano, se ha distinguido
por el estudio de la filosofía y de la teología.
Sería demasiado largo enumerar los nombres de los insignes filósofos y
teólogos que se han sucedido en las cátedras de este centro
académico; a ellos deberíamos añadir también los de famosos canonistas e
historiadores de la Iglesia, que han gastado sus energías dentro de
estas prestigiosas paredes.
Todos han contribuido en gran medida al progreso
de las ciencias que han cultivado; por tanto, han prestado un
valioso servicio a la Sede apostólica en el cumplimiento de su
función doctrinal, disciplinar y pastoral. Con la evolución de los tiempos
cambian necesariamente las perspectivas. Hoy no se puede por menos de
tener en cuenta la confrontación con la cultura secular, que en
muchas partes del mundo no sólo tiende cada vez más
a negar todo signo de la presencia de Dios en la
vida de la sociedad y de cada persona, sino que también,
con varios medios, que desorientan y ofuscan la recta conciencia del
hombre, quiere minar su capacidad de ponerse a la escucha
de Dios.
No se puede prescindir tampoco de la relación con las
demás religiones, la cual sólo resulta constructiva si evita toda ambigüedad
que de algún modo debilite el contenido esencial de la fe
cristiana en Cristo único Salvador de todos los hombres (cf. Hch
4, 12) y en la Iglesia, sacramento necesario de salvación para
toda la humanidad (cf. declaración Dominus Iesus, nn. 13-15; 20-22:
AAS 92 [2000] 742-765).
En este momento no puedo olvidar las
demás ciencias humanas que se cultivan en esta insigne universidad, siguiendo
la gloriosa tradición académica del Colegio Romano. De todos es conocido
el gran prestigio que logró el Colegio Romano en el campo
de las matemáticas, la física y la astronomía. Basta recordar que
el calendario llamado "Gregoriano", porque fue impulsado por mi predecesor Gregorio
XIII, y que actualmente se usa en todo el mundo,
fue elaborado en 1582 por el padre Cristóforo Clavio, profesor del
Colegio Romano. Basta recordar también al padre Matteo Ricci, que llevó
hasta la lejana China no sólo su testimonio de fe, sino
también el saber adquirido como discípulo del padre Clavio.
Hoy estas materias
ya no se cultivan en la Gregoriana, pero se han introducido
otras ciencias humanas, como la psicología, las ciencias sociales y la
comunicación social. Con ellas se quiere comprender cada vez más profundamente
al hombre, tanto en su dimensión personal profunda, como en su
dimensión externa de constructor de la sociedad, en la justicia
y en la paz, y de comunicador de la verdad. Precisamente
porque esas ciencias atañen al hombre, no pueden prescindir de la
referencia a Dios, dado que al hombre no se lo puede
entender plenamente, tanto en su interioridad como en su exterioridad, si
no se lo reconoce abierto a la trascendencia.
Sin su referencia
a Dios, el hombre no puede responder a los interrogantes fundamentales
que agitan y agitarán siempre su corazón con respecto al
fin y, por tanto, al sentido de su existencia. En consecuencia,
tampoco es posible comunicar a la sociedad los valores éticos indispensables
para garantizar una convivencia digna del hombre. El destino del hombre
sin su referencia a Dios no puede menos de ser la
desolación de la angustia que lleva a la desesperación. Sólo refiriéndose
al Dios-Amor, que se reveló en Jesucristo, el hombre puede encontrar
el sentido de su existencia y vivir en la esperanza, a
pesar de experimentar los males que afligen su existencia personal y
la sociedad en la que vive.
La esperanza hace que el
hombre no se cierre en un nihilismo paralizador y estéril, sino
que se abra al compromiso generoso en la sociedad en
la que vive, para poder mejorarla. Es la tarea que Dios
encomendó al hombre al crearlo a su imagen y semejanza, una
tarea que confiere al hombre la mayor dignidad, pero también una
inmensa responsabilidad.
Desde esta perspectiva, vosotros, profesores y docentes de la
Gregoriana, estáis llamados a formar a los estudiantes que la Iglesia
os encomienda. La formación integral de los jóvenes es uno de
los apostolados tradicionales de la Compañía de Jesús desde sus orígenes;
por eso el Colegio Romano desde el inicio ha llevado a
cabo esta misión.
El hecho de haber encomendado a la Compañía
de Jesús, en Roma cerca de la Sede apostólica, el Colegio
alemán, el Seminario romano, el Colegio húngaro, unido al alemán, el
Colegio inglés, el Colegio griego, el Colegio escocés y el Colegio
irlandés, tenía como finalidad asegurar una formación del clero de esas
naciones donde se hallaba rota la unidad de la fe
y la comunión con la Sede apostólica. Esos colegios siguen enviando
sus alumnos, casi exclusivamente o en buen número, a la Universidad
Gregoriana, para continuar esa misión originaria.
A lo largo de la historia,
a esos colegios mencionados se han sumado muchos otros. Por eso,
es mucho más exigente la tarea que debéis realizar, queridos profesores
y docentes. En consecuencia, oportunamente, después de una profunda reflexión, habéis
redactado una "Declaración de finalidades", esencial para una institución como la
vuestra, porque indica sintéticamente su naturaleza y su misión. Sobre esa
base estáis llevando a cabo la renovación de los Estatutos de
la Universidad y de los Reglamentos generales, así como de los
Estatutos y de los Reglamentos de las diversas facultades, institutos y
centros.
Eso contribuirá a definir mejor la identidad de la Gregoriana,
permitiendo la redacción de programas académicos más adecuados para el cumplimiento
de su misión, que es fácil y difícil a la vez.
Fácil, porque la identidad y la misión de la Gregoriana están
muy claras desde sus primeros orígenes, sobre la base de las
indicaciones reafirmadas por tantos Romanos Pontífices, dieciséis de los cuales fueron
alumnos de esta universidad. Y difícil, al mismo tiempo, porque supone
una fidelidad constante a su historia y a su tradición, para
no perder sus raíces históricas y, a la vez, apertura
a la realidad actual para responder con espíritu creativo, después de
un atento discernimiento, a las necesidades de la Iglesia y del
mundo de hoy.
Como universidad eclesiástica pontificia, este centro académico está comprometido
a sentire in Ecclesia et cum Ecclesia. Es un compromiso
que nace del amor a la Iglesia, nuestra Madre y Esposa
de Cristo. Debemos amarla como Cristo mismo la amó, asumiendo en
nosotros los sufrimientos del mundo y de la Iglesia para completar
en nuestra carne lo que falta a los padecimientos de Cristo
(cf. Col 1, 24). Así es como se puede formar
a las nuevas generaciones de sacerdotes, religiosos y laicos comprometidos.
En efecto,
es preciso preguntarse según qué tipo de sacerdote se quiere formar
a los alumnos, según qué tipo de religioso o religiosa,
de laico o laica. Ciertamente, vuestro objetivo, queridos profesores y docentes,
es formar sacerdotes doctos, pero al mismo tiempo dispuestos a entregar
su vida sirviendo, con corazón indiviso, con humildad y austeridad de
vida, a todos los que el Señor encomiende a su ministerio.
Así,
queréis impartir una formación intelectual sólida a religiosos y religiosas, para
que sepan vivir con alegría la consagración que Dios les
ha regalado como don y presentarse como signo escatológico de la
vida futura a la que todos estamos llamados. Asimismo, queréis preparar
laicos y laicas que con competencia sepan realizar servicios y oficios
en la Iglesia y, ante todo, ser fermento del reino de
Dios en la esfera temporal. Desde esta perspectiva, precisamente este año
la Universidad ha iniciado un programa interdisciplinar para formar a los
laicos a vivir su vocación específicamente eclesial de compromiso ético en
la esfera pública.
Con todo, la formación también es responsabilidad vuestra,
queridos estudiantes. El estudio requiere ciertamente ascesis y abnegación constante. Pero precisamente
de este modo la persona se forma en el sacrificio
y en el sentido del deber. En efecto, lo que aprendéis
hoy es lo que comunicaréis el día de mañana, cuando la
Iglesia os encomiende el ministerio sagrado u otros servicios y oficios
en beneficio de la comunidad. Lo que en toda circunstancia podrá
alegrar vuestro corazón será la conciencia de haber cultivado siempre la
rectitud de intención, gracias a la cual se tiene la certeza
de haber buscado y realizado sólo la voluntad de Dios.
Obviamente, todo esto requiere purificación del corazón y discernimiento.
Queridos hijos de
san Ignacio, una vez más el Papa os encomienda esta universidad,
obra muy importante para la Iglesia universal y para tantas Iglesias
particulares. Constituye desde siempre una prioridad entre las prioridades de los
apostolados de la Compañía de Jesús. Fue en el ambiente universitario
de París donde san Ignacio de Loyola y sus primeros
compañeros maduraron el deseo ardiente de ayudar a las almas amando
y sirviendo a Dios en todo, para su mayor gloria.
Impulsado por
la moción interior del Espíritu, san Ignacio vino a Roma, centro
de la cristiandad, sede del Sucesor de Pedro, y aquí
fundó el Colegio Romano, primera universidad de la Compañía de Jesús.
La Universidad Gregoriana es hoy el ambiente universitario en el que
se realiza de modo pleno y evidente, aun a distancia de
456 años, el deseo de san Ignacio y de sus primeros
compañeros de ayudar a las almas a amar y servir
a Dios en todo, para su mayor gloria.
Podría decir que aquí,
entre sus muros, se realiza lo que el Papa Julio
III, el 21 de julio de 1550, fijó en la "formula
Instituti", estableciendo que todo miembro de la Compañía de Jesús está
obligado "a militar bajo el estandarte de la cruz por Dios,
y a servir sólo al Señor y a la Iglesia,
su esposa, bajo el Romano Pontífice" ("sub crucis vexillo Deo militare,
et soli Domino ac Ecclesiae Ipsius sponsae, sub Romano Pontifice, Christi
in terris Vicario, servire"), comprometiéndose "sobre todo... a la defensa y propagación
de la fe, al bien de las almas en la
vida y la doctrina cristiana, mediante las predicaciones públicas, las clases
y cualquier otro ministerio de la palabra de Dios" ("potissimum... ad
fidei defensionem et propagationem, et profectum animarum in vita et doctrina
christiana, per publicas praedicationes, lectiones et aliud quodcumque verbi Dei ministerium...":
carta apostólica Exposcit debitum, 1).
Este carisma específico de la Compañía
de Jesús, expresado institucionalmente en el cuarto voto de disponibilidad total
al Romano Pontífice en cualquier cosa que él quiera ordenar "ad
profectum animarum et fidei propagationem" (ib., 3), se realiza también en
el hecho de que el prepósito general de la Compañía de
Jesús llama de todo el mundo a los jesuitas más aptos
para desempeñar la misión de profesores en esta universidad.
La Iglesia, consciente
de que esto puede implicar el sacrificio de otras obras y
servicios, también válidos para los fines que la Compañía se
propone alcanzar, le está sinceramente agradecida y desea que la Gregoriana
conserve el espíritu ignaciano que la anima, expresado en su método
pedagógico y en el enfoque de sus estudios.
Queridos hermanos, con afecto
de padre os encomiendo a todos vosotros, que sois los componentes
vivos de la Universidad Gregoriana ―profesores y docentes, alumnos, personal no
docente, bienhechores y amigos― a la intercesión de san Ignacio de
Loyola, de san Roberto Belarmino y de la santísima Virgen María,
Reina de la Compañía de Jesús, que en el escudo
de la Universidad se indica con el título de Sedes Sapientiae.
Con estos sentimientos, imparto a todos la bendición apostólica, prenda de
abundantes favores celestiales.
[Traducción distribuida por la Santa Sede © Copyright 2006
- Libreria Editrice Vaticana] |
|