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Autor: Cardenal Paul Poupard La Universidad como comunidad de buscadores entre professores y alumnos, reflejo de la caridad crist
"La universidad no puede plegarse a las exigencias del mercado y convertirse en una mera fábrica de titulados", teniendo en cuenta que "la misión propia de la universidad es el servicio apasionado de la verdad".
La Universidad como comunidad de buscadores entre professores y alumnos, reflejo de la caridad crist
Presidente Emerito del Consejo Pontificio de la Cultura y del
Consejo Pontificio para el dialogo interrreligioso
Tengo el inmenso placer
de compartir con ustedes este encuentro en la Universidad Francisco
de Vitoria de Madrid. El antiguo estudiante, capellán y rector
universitario, viene hoy a esta universidad para dar mi testimonio
sobre la identidad de la Universidad Catolica y deseo hacerlo
a luz del pensamiento del Doctor Angélico.
Quisiera reflexionar con
ustedes, de la mano de Santo Tomás y guiados por
su perenne magisterio acerca del quehacer universitario y, por ende,
acerca de la misión de la universidad católica en los
comienzos de un nuevo milenio. Santo Tomás, maestro de sabiduría,
nos ha legado el arte de hacer las preguntas pertinentes.
Hablando de universidad, la pregunta no es cómo ha de
funcionar mejor la Universidad Francisco de Vitoria, sino qué ha
de ser. Es necesario partir de la preguntas esencial, la
pregunta por el telos, el fin de la universidad; sólo
una vez respondida esta pregunta será posible resolver los problemas
derivados de su funcionamiento. Permítanme, pues, ahora, sentado como ustedes
en la escuela de este gran Maestro, compartir estas reflexiones,
que les ofrezco con toda sencillez y afecto, a la
luz de los años de mi experiencia .
Puesto que tuve
el honor de ser durante diez años rector del Instituto
Católico de París, heredero de la tradición de la Sorbona
en la que enseñó santo Tomás, quisiera introducir nuestra consideración
acerca de la misión de la Universidad Católica a partir
del discurso pronunciado allí por Juan Pablo II el primero
de junio de 1980. Como Rector de aquella Universidad, me
correspondió el singular honor de acoger a Juan Pablo II.
No corrían tiempos fáciles para la Universidad Católica, acosada por
la indiferencia de los gobiernos y por la contestación interna.
Muchos católicos comprometidos, acaso de buena fe, no sólo criticaban
algunos aspectos de las universidades católicas, su elitismo o su
alejamiento de la realidad, sino que algunos llegaban incluso a
negar su misma posibilidad de existencia. La Iglesia, se decía,
debía renunciar a sus universidades y colegios católicos y vivir
sencillamente en la cultura de los hombres de su tiempo,
sin privilegios ni ghettos. En aquella encrucijada, la visita del
Papa significaba un espaldarazo a la acción humanizadora de la
Iglesia en el campo de la enseñanza, en el que
había sido pionera durante siglos, y en particular, una apuesta
por la universidad católica. Las esclarecedoras palabras que pronunció entonces,
y que quiso después recoger en la Constitución Apostólica sobre
las Universidades Católicas Ex Corde Ecclesiae, la Charta Magna de
las Universidades Católicas, aún resuenan en mi memoria: Por su
vocación la Universitas magistrorum et scholarium se consagra a la
investigación, a la enseñanza y a la formación de los
estudiantes, libremente reunidos con sus maestros animados todos por el
mismo amor del saber. Ella comparte con todas las demás
Universidades aquel gaudium de veritate, tan caro a San Agustín,
esto es, el gozo de buscar la verdad, de descubrirla
y de comunicarla en todos los campos del conocimiento. Su
tarea privilegiada es la de "unificar existencialmente en el trabajo
intelectual dos órdenes de realidades que muy a menudo se
tiende a oponer como si fuesen antitéticas: la búsqueda de
la verdad y la certeza de conocer ya la fuente
de la verdad"1. La Universidad Católica -decía el Papa- realiza
en sí misma la síntesis entre la fe y la
razón en fidelidad a su la doble identidad: universidad y
católica. No se trata de dos conceptos extraños, ni mucho
menos incompatibles, como si sólo forzadamente pudieran darse juntos. Basta
mirar a la historia para apercibirse de que la Universidad,
tal y como la conocemos hoy, ha nacido ex corde
Ecclesiae, del corazón de la Iglesia. En efecto, la existencia
de la universidad católica debe su origen último al ejercicio
del munus docendi, la misión de enseñar que la Iglesia
ha recibido de Cristo mismo: vayan y hagan discípulos, enseñando
a guardar cuanto yo les he mandado (cfr. Mt 28,19-20).
La Iglesia ha concebido siempre esta misión desde la perspectiva
integral de la persona. Porque no se trataba únicamente de
transmitir ideas, meros conocimientos que quedan fuera del hombre, sino
de formar la persona según el modelo del hombre nuevo,
que es Jesucristo: «para llegar al conocimiento pleno del Hijo
de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez
de la plenitud de Cristo» (Ef 4,13).
Por ello no
faltaron desde los primeros tiempos de la expansión del cristianismo
diversos intentos de dar vida a una escuela en la
que el saber humano y la transmisión del Evangelio fueran
de la mano. Y aunque la aceptación de las ciencias
profanas no siempre fue pacífica, -ya Tertuliano se preguntaba qué
tenía que ver Atenas con Jerusalén- prevaleció siempre el criterio
integrador. Así, San Justino abre en Roma la primera escuela
filosófica cristiana, donde imparte a quienes quieran acercarse la verdadera
filosofía, la que el Verbo vino a enseñar a los
hombres. Años después, la Escuela Catequética de Alejandría se convierte
en realidad en una verdadera Universidad Católica ante litteram, donde
el objetivo no era sólo la iniciación a los misterios
del cristianismo, que en realidad tenía lugar en las catequesis
mistagógicas, cuanto una presentación razonable de la fe, capaz de
responder a los interrogantes y desafíos que la cultura del
tiempo planteaba a la Iglesia. Posteriormente, en la Edad Media,
las escuelas monásticas y catedrales evolucionaron naturalmente hacia la configuración
de la Universidad, en una búsqueda de mayor autonomía y
de la visión integral del saber -universitas studiorum-, en una
estrecha relación humana entre alumnos y profesores -universitas alumnorum et
magistri-, notas que definen esencialmente la universidad . De ahí
la hermosa definición con que la Ley de las Partidas
del rey castellano Alfonso X el sabio define la Universidad:
«ayuntamiento de profesores y estudiantes por el saber». Esta búsqueda
del saber se realiza en la Universidad Católica, según las
palabras del Papa antes citadas, en una tensión armónica entre
dos polos que podrían parecer antitéticos: la búsqueda del saber
-universidad- y la certeza de conocer ya la fuente de
la verdad -católica. Como Universidad se vincula a la comunidad
internacional del saber, el gremio de hombres y mujeres de
todo el mundo que han hecho del saber su profesión
de vida -no en vano quien enseña en la universidad
recibe el título de profesor, aquel que ha hecho profesión
de algo-. Por la segunda, en cambio, muestra su explícita
vinculación a la Iglesia, local y universal, sin avergonzarse del
Evangelio ni renegar ante la comunidad universitaria de su procedencia.
Estas dos vocaciones podrían parecer difícilmente conciliables. ¿Qué sentido tiene
investigar, si ya se conoce la respuesta a lo que
se investiga? Y sobre todo, ¿qué libertad puede haber para
investigación si en definitiva hay en la Iglesia una autoridad
a quien corresponde enseñar la verdad? Este temor de muchos
de nuestros contemporáneos puede nacer de una inadecuada percepción de
la autonomía de las realidades terrenas, que el Concilio Vaticano
II sancionó en uno de los más bellos y audaces
pasajes de la Constitución Pastoral Gaudium et Spes. En efecto,
según el Concilio, la investigación metódica en todos los campos
del saber, si está realizada de una forma auténticamente científica
y conforme a las normas morales, nunca será en realidad
contraria a la fe, porque las realidades profanas y las
de la fe tienen su origen en un mismo Dios
(ibid.). Es precisamente el reconocimiento de la bondad del orden
creado de las cosas lo que permite a la Iglesia
defender la existencia de una universidad católica. Evocando la figura
de Santo Tomás, Chesterton decía que «nadie logrará entender la
filosofía tomista, o la católica, sin darse antes plena cuenta
de que su parte fundamental es el elogio de la
vida, el elogio del ser, el elogio de Dios como
creador del mundo»3 .
De ahí que las notas de
su doble vocación -universitaria y católica- no puedan nunca oponerse
como antitéticas. Diremos más aún: su relación no puede ser
extrínseca, como si la fe viniera a ser simplemente un
complemento que viene a añadirse desde fuera a una realidad
que ya está completa en sí misma, y que podría
perfectamente prescindir de la fe. No: si Jesucristo es la
plenitud de la revelación, si es verdad, como dice de
nuevo el Concilio, que «Cristo nuestro Señor, manifiesta plenamente el
hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de
su vocación» (Gaudium et spes, 22), entonces el modelo auténtico
de lo humano, en todas sus dimensiones, se halla en
la fe. La visión que ofrece la fe será siempre
la culminación del saber, el conocimiento superior que desborda, mas
no anula, el conocimiento humano.
Fiel a esta vocación originaria,
la Universidad Católica ha de evitar la tentación de adaptarse
servilmente a las exigencias del mercado y transformarse simplemente en
una escuela profesional de alto nivel. La Universidad no puede
reducirse a una fábrica de titulados, ni ha de regirse
sólo por criterios de eficiencia y rendimiento económico, por muy
necesarios que estos sean. Sus alumnos no pueden ser calificados
de «jóvenes profesionales», como pomposamente proclama la publicidad de algunas
universidades, buscando arrancar clientes a la competencia. Quienes en ella
enseñan no son funcionarios, sino profesores, es decir, aquellos que
han hecho profesión de consagrarse al estudio de la verdad.
El objetivo de la Universidad no es únicamente conseguir la
inserción en el mercado de trabajo, sino antes y sobre
todo, la búsqueda de la verdad, en esa relación única
que se establece entre el maestro y el alumno, verdadera
comunión de vida, «ayuntamiento», en las palabras del rey sabio.
Decir Universidad es decir universalidad en el saber, la pasión
por el conocimiento en toda su extensión, de la que
participan todas las facultades, para superar la fragmentación de saberes
en que tiende a encerrarse el conocimiento.
Así pues, la
misión propia de la universidad, y principalmente de la Universidad
católica, es la «diakonía de la verdad», el servicio apasionado
a la verdad . Para la Universidad Católica, ésta es
su manera de servir, al mismo tiempo, a la dignidad
del hombre y a la causa de la Iglesia, que
tiene «la íntima convicción de que la verdad es su
verdadera aliada ... y que el saber y la razón
son fieles servidores de la fe» .
Colocar en el
primer puesto el servicio a la verdad no es una
simple cuestión metodológica; es una opción grávida de consecuencias. Significa
colocar en el centro de la comunidad universitaria a la
persona humana, dotada de capacidad racional y de voluntad libre,
que es quien experimenta el gozo por la verdad, y
el inagotable deseo humano de encontrar el esplendor de la
belleza, la perfección y gloria de la obra y de
su artífice. Esta visión conlleva al mismo tiempo el horror
a la mentira y a la impostura, el vivo deseo
de evitar todo sofisma y de aprisionar la verdad en
la injusticia, como previene San Pablo. Preferir la verdad a
la mentira no es solamente un acto propio de la
capacidad cognoscitiva del intelecto humano, sino también un acto propio
de la libertad que busca el bien, y con ello,
la realización plena del sentido de la existencia. Hablar de
verdad en la cultura contemporánea constituye una provocación y un
desafío. Los hombres de nuestro tiempo desconfían de quienes parecen
sentirse muy seguros de la verdad, secuestrada a menudo por
los políticos para sus intereses. La pregunta de Pilatos -¿qué
es la verdad?- parece haberse convertido en el distintivo de
nuestro tiempo. No sabemos, se nos dice, si existe una
verdad, ni tampoco si es posible conocerla. Y se nos
invita a desconfiar de la personas que se sienten muy
seguras de la verdad, que es una palabra demasiado fuerte
para nuestros oídos educados en el pensamiento débil.
Por el
contrario, la «diakonía de la verdad» significa el compromiso de
no contentarse con verdades parciales, fragmentarias y dispersas, establecer permanentemente
el paso del fenómeno al fundamento (Fides et Ratio, 83),
de las cosas a las causas, sin darse tregua en
esta búsqueda de la verdad. Nietzsche definía el nihilismo como
la falta de la finalidad, de la pregunta por el
por qué. Debemos reconocer que vivimos en un ambiente intelectual
enrarecido por el nihilismo que ha renunciado al gozo por
la verdad, y por ello, expuesto a la tentación de
un uso instrumental y pragmático de la verdad. No hay
mayor forma de corrupción que la intelectual, que consiste en
aprisionar la verdad en la injusticia y llamar mal al
bien. Naturalmente, el servicio a la verdad no excluye, sino
que fomenta la tarea de estudiar los graves problemas contemporáneos
y de elaborar proyectos de solución que concreticen los valores
religiosos y éticos propios de una visión cristiana del hombre6.
Dicho de otro modo, la diakonía de la verdad exige
que la Universidad Católica sea pionera en la investigación en
todas las disciplinas que se imparten en ella. Seminarios, laboratorios,
publicaciones, el fomento de la creatividad y el espíritu crítico,
el deseo de mejorar, deben formar parte del acervo de
valores propios de una universidad católica, que no puede limitarse
a vivir de lo que se investiga en otras partes.
Está llamada a ofrecer una contribución original a la luz
de su visión del hombre. Y si es cierto que
no hay una matemática cristiana ni una física cristiana, no
lo es menos que en todos los campos, la fe
ha sido un poderoso incentivo para la investigación. Y cuando
se trata de la aplicación de la ciencia mediante la
técnica a la realidad, la visión cristiana del hombre no
puede dejar de influir en la búsqueda de soluciones que
tengan en cuenta el hombre integral o, según la expresión
de Pablo VI en Populorum Progressio: todo el hombre y
todos los hombres7.
Consecuentemente, la universidad católica tiene su nota
característica en la primacía de la formación integral de la
persona sobre la capacitación laboral. Esta formación integral recibía, en
tiempos de santo Tomás, el nombre de sapientia, es decir,
aquella forma superior de conocimiento en la que se integran
los distintos saberes. Esta sapientia indica, ante todo, una mayor
interdisciplinariedad. Con frecuencia, tenemos que constatar un lamentable alejamiento entre
facultades de una misma universidad, que a menudo ignoran lo
que hacen los departamentos vecinos. Cuando era rector solía decir
bromeando que parecía como si el rector fuera el único
que sabía que en el Institut Catholique había una facultad
de ingeniería junto a la de teología o filosofía.
La
Universidad es un lugar privilegiado para ampliar los horizontes abriéndose
a la totalidad del saber humano. Acaso no estuviera tan
equivocada aquella universidad inglesa que exigía a sus alumnos obtener
un diploma en humanidades antes de comenzar los estudios de
Medicina. El estudio de las humanidades no podrá ser nunca
un estorbo, porque en definitiva no es sino el estudio
del hombre, tal y como lo ha descrito la literatura,
lo ha reflejado el arte, se ha pensado a sí
mismo en la reflexión filosófica y se conoce en su
andadura histórica. Tal era la idea del Cardenal Newman. Para
él, la universidad, antes que enseñar artes liberales, -como se
denominaban las especialidades en la antigüedad-, había de ser un
Studium Generale. Sin esta interdisciplinariedad corremos el riesgo de que
las alicortas y miopes visiones de la utilidad inmediata ocupen
el centro de la verdad.
Pero formación integral, o sea,
sapientia, significa sobre todo el crecimiento como persona en todos
los órdenes. Los antiguos se verían sorprendidos al comprobar que
la universidad no siempre hace mejores a quienes enseñan o
quienes aprenden. Y no les faltaría razón. ¿De qué nos
serviría formar excelentes técnicos, médicos, abogados, empresarios, si carecen de
una visión armónica del saber y del mundo, si no
están preparados para hacer frente a los problemas éticos y
morales que el ejercicio de su profesión les va a
plantear inexorablemente? Personalmente les confesaré mi temor a vivir en
un mundo dominado por expertos sin alma, a merced de
especialistas que saben casi todo acerca de muy poco y
casi nada acerca de todo lo demás, de las cosas
que verdaderamente importan. De no ser así, ¿qué clase de
Universidad sería aquella que por aumentar su rendimiento con vistas
a satisfacer la demanda de puestos de trabajo en el
mercado, elimina como superfluas las grandes cuestiones de la existencia
humana, Dios, el sentido de la vida, la muerte, la
justicia, la paz tal y como se nos presentan en
la literatura, la historia, la reflexión ética y la búsqueda
del fundamento de las cosas? ¿Qué médicos, informáticos, fisioterapeutas, periodistas,
ingenieros, publicistas serán aquellos que saben cómo funcionan las cosas,
pero no para qué? ¿De qué sirve construir puentes, proyectar
complejos industriales, diseñar sofisticados programas informáticos o conocer las más
avanzadas técnicas de cultivo celular, si no sabemos para qué
los queremos? La sociedad de la hipertrofia de los medios
y de la atrofia de los fines, -en expresión de
mi admirado Paul Ricoeur- corre el riesgo de convertirse en
alguna de las peores pesadillas diseñadas por las novelas de
ciencia ficción: el mundo sometido a la racionalidad técnica instrumental,
en la que el hombre es considerado únicamente un engranaje
anónimo del complejo mecanismo social, considerado en función de criterios
de eficiencia y rentabilidad. Un mundo donde no hay sitio
para aquello que no sea útil. Cuanto hemos dicho acerca
de la misión de la Universidad Católica, puede resumirse en
el ideal que los antiguos griegos denominaban paideia, un ideal
de formación y de crecimiento de la persona8 . Esta
paideia cristiana deviene el principio inspirador de toda la vida
universitaria. No se trata simplemente de algunas orientaciones pedagógicas concretas,
ni de un código de comportamiento universitario. Lo mismo que
el adjetivo católico aplicado a una universidad no puede limitarse
a un añadido que designa la titularidad de la propiedad
de la Universidad, que permanecería sustancialmente idéntica si fuese estatal
o privada. Ser católica no puede limitarse simplemente al hecho
de que en el curriculum se incluyan algunos cursos de
teología o a la oferta de actividades de voluntariado social
extracurriculares. Ni siquiera la presencia de una capellanía en la
universidad, con la celebración institucional de algunos actos religiosos, basta
para hacer que una universidad católica lo sea verdaderamente. Esta
paideia cristiana, que constituye la dimensión católica de la universidad,
debe permear sus fibras íntimas, las relaciones entre los miembros
de la comunidad académica, la configuración de los planes de
estudio, las actividades de la Universidad. De otro modo, estaríamos
negando la capacidad que tiene el Evangelio para inspirar un
modelo educativo y humano, pues la fe vendría a añadirse
al final sobre un proyecto de hombre ya completo, como
un simple adorno.
En este contexto, adquiere una enorme actualidad
la famosa Carta a un estudiante de Santo Tomás de
Aquino9 , en la que el santo ofrece a fray
Juan, un joven estudiante, algunos consejos para mejorar el estudio.
Entre estos consejos se encuentran, como no podía ser menos,
algunos referidos al método de estudio, con algunas sugerencias interesantes:
El uno, «proceder de lo más fácil a lo más
difícil», es el típico proceso de análisis. El trece, «atender
a lo que se lee y escucha», consiste en centrar
toda la atención en las lecturas o en las clases.
De aquí la recomendación doce: «retener en la memoria cuanto
de bueno se escuche, sin importar quién lo haya dicho»,
pues es al que ha escuchado a quien le servirá.
El consejo catorce no presenta mayor dificultad, ya que se
trata, simplemente, de aclarar, en lo posible, las dudas. El
quince es memorizar, a la vez que entender, lo mas
que se pueda, la materia de estudio. Finalmente, la advertencia
dieciséis consiste en no estudiar aquellos temas que desborden nuestras
capacidades intelectuales o el tiempo que podamos dedicar a meditarlos.
Sin embargo, junto a estas recomendaciones, santo Tomás recuerda que
para el estudio no basta únicamente un método de estudio
adecuado, sino que es necesario además un modo de vida
coherente. He aquí el programa de vida que ofrece santo
Tomás: «tres: depura tu conciencia; cuatro: No abandones el tiempo
dedicado a orar; seis: Muéstrate amable con todos; once: no
dejes de imitar los ejemplos de los santos y hombres
buenos;». En su aparente sencillez, santo Tomás recuerda que la
búsqueda de la verdad , y por tanto el estudio,
es una facultad que implica a todo el hombre. La
Universidad debería ser precisamente el lugar donde uno no sólo
aprende más cosas, adquiere más conocimientos, sino, sobre todo, donde
uno es más, se hace más hombre, mejor hombre, donde
crece su humanidad.
Santo Tomás concluía su breve carta advirtiendo
al joven estudiante: «Siguiendo esas indicaciones, echarás ramas y darás
frutos útiles en la viña del Señor Altísimo, mientras vivas.
Si sigues estos consejos, podrás alcanzar aquello a lo que
aspiras»10 .
Por ello, queridos amigos, es necesario recordar que
la misión de la Universidad Católica no está completa sin
la referencia a la evangelización. Pero una evangelización con el
estilo y el acento propio del quehacer universitario. Esta misión
comporta dos aspectos. En primer lugar, un aspecto subjetivo o
personal: la evangelización de las personas. En esta perspectiva, «la
Iglesia entra en diálogo con las personas concretas -hombres y
mujeres, profesores, estudiantes, empleados-, y por medio de ellos, aunque
no exclusivamente, con las corrientes culturales que caracterizan ese ambiente»
. No olvidemos que a lo largo de la historia,
la Universidad ha sido lugar de encuentro con Cristo vivo,
gracias a las amistades surgidas en su seno, a la
acción persuasiva y eficaz del profesor, o a la labor
callada y humilde del personal no docente. En la Universidad
de París, Ignacio de Loyola ganó para Cristo un grupo
de compañeros que ofrecieron después su vida al servicio del
Evangelio. El beato Federico Ozanam, desde su cátedra de la
Universidad de París, daba testimonio público de su fe desde
la cátedra y de la misericordia de Dios con los
pobres a través de las Conferencias de san Vicente de
Paúl.
Pero existe además un aspecto objetivo de esta evangelización,
que consiste en la evangelización de la cultura, o sea,
en «el diálogo entre la fe y las diversas disciplinas
del saber». En el contexto de la Universidad, la aparición
de nuevas corrientes culturales está estrechamente vinculada a las grandes
cuestiones del hombre, al sentido de su ser y de
su obrar y, en particular a su conciencia y a
su libertad. «A este nivel, es deber prioritario de los
intelectuales católicos promover una síntesis renovada y vital entre la
fe y la cultura» . También hoy es necesario anunciar
a Jesucristo en los salones y los pasillos de la
Universidad, en la conversación íntima, en diálogo alma a alma,
o públicamente desde el estrado, en la capilla, a través
de los diversos actos organizados por la Universidad. No quisiera
concluir sin mencionar un elemento insustituible en la configuración de
este proyecto universitario. Me refiero a ustedes, queridos amigos profesores
y profesoras. En la comunidad universitaria, todos son importantes. Pero
indudablemente, la responsabilidad mayor recae sobre los profesores. La Universidad
será lo que sean sus profesores, no sólo por su
competencia científica y profesional, sino sobre todo por el testimonio
límpido de su fe, por su humanidad plena y realizada
en la que se unifican existencialmente la verdad, el bien
y la belleza. Quiero por ello terminar ahora dirigiéndome a
ustedes, queridos amigos para animarlos a vivir en plenitud su
vocación de académicos cristianos. Permítanme que recurra para ello a
una imagen tomada de la mitología y la literatura clásica
romana: Eneas. Eneas es el héroe de la epopeya virgiliana,
antecesor de la dinastía Julia, que huye de Troya cargando
sobre sus espaldas al anciano padre Anquises, un gesto que
le valió en la antigüedad el epíteto de pío. Y
al mismo tiempo lleva de la mano a su joven
hijo Ascanio. Eneas representa así el lazo de unión entre
el pasado, en la figura de Anquises, y el futuro
encarnado en Ascanio. El profesor universitario está llamado a desempeñar
este papel frente a sus alumnos. Por una parte, lleva
consigo todo el bagaje intelectual y existencial de las generaciones
precedentes, y por ello puede convertirse en un punto de
referencia seguro. Al mismo tiempo, conduce de la mano a
las nuevas generaciones hacia regiones que él mismo ignora.
Queridos
profesores, permítanme que les haga una invitación, que es al
tiempo un ruego, como uno que conoce la universidad: sean
maestros de sus alumnos y no sólo docentes. Dedíquenles todo
el tiempo que sea necesario, sin tasarlo mezquinamente. Prolonguen la
lección en el trato personal con sus alumnos, estimulen en
el trato personal con ellos, la pasión por el saber,
el deseo de aspirar a metas más altas, de no
conformarse con los logros adquiridos. Demuéstrenles con su vida que
es posible realizar la síntesis entre el conocimiento y el
amor: que a un mayor conocimiento del mundo y de
la realidad, corresponde una vida moral más íntegra, que saber
más significa también ser más sabio y, por tanto, mejor.
La Universidad católica, si quiere sobrevivir en medio de la
despiadada competencia de nuestro tiempo, no necesita sólo de expertos,
sino sobre todo de maestros.
Queridos amigos: nuestra misión en
el mundo de la Universidad, como en el mundo, es
ser portadores del Evangelio de la esperanza. Sabemos que hay
muchas cosas que no van bien, o no tan bien
como quisiéramos. La paz y la convivencia pacífica, la justicia
social, en esta tierra madrileña y en el mundo entero
aparecen tan frágiles o tan lejanas, que cunde el desánimo.
Pero Dios no deja de actuar, no ha abandonado el
mundo a su suerte. Es necesario saber leer los signos
de los tiempos y descubrir, en medio de las convulsiones
de nuestro mundo, las esperanzas y los anhelos de los
hombres de nuestro tiempo, que constituyen puntos de anclaje para
el anuncio del Evangelio. Es necesario redescubrir la virtud de
la esperanza, la hermana menor de las virtudes, como decía
Péguy. La Constitución Pastoral Gaudium et spes sigue conservando plena
actualidad y debe constituir una guía segura para orientar la
misión del laico en el mundo, y en particular en
el mundo universitario. Quisiera concluir precisamente estas reflexiones tomando unas
palabras de Gaudium et spes, que constituyen un desafío y
un llamado a la esperanza: «Se puede pensar con toda
razón que el porvenir de la humanidad está en manos
de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para
vivir y razones para esperar» (Gaudium et Spes, 31).
APÉNDICE
Carta exhortatoria a fray Juan Puesto que me preguntaste, Juan
carísimo en Cristo, de qué modo debes aplicarte para adquirir
el tesoro de la ciencia, este es el consejo que
te doy: 1º que por los riachuelos y no de
golpe al mar procures introducirte, ya que conviene ir a
las cosas difíciles a través de las más fáciles. 2º
Por tanto, este es mi consejo y tu instrucción. Sé
tardo para hablar e incorpórate tarde a los coloquios; 3º
depura tu conciencia. 4º No abandones el tiempo dedicado a
orar; 5º ama permanecer en tu celda, si quieres ser
introducido donde está el vino añejo. 6º Muéstrate amable con
todos; 7º no pretendas conocer con todo detalle las acciones
de los demás. 8º con nadie te muestres muy familiar,
porque las familiaridades originan desprecios y suministran materia para sustraerse
al estudio; 9º en lo que dicen o hacen los
mundanos no te impliques de ninguna manera; 10º apártate del
discurso que pretende explicarlo todo; 11º no dejes de imitar
los ejemplos de los santos y hombres buenos; 12º sin
importarte a quién oigas, encomienda a la memoria lo que
se diga de bueno; 13º lo que leas y oigas,
esfuérzate en entenderlo; 14º acerca de los asuntos dudosos, cerciórate;
15º y preocúpate de guardar cuanto puedas en el cofre
de la mente, como quien ansía llenar un recipiente; 16º
no pretendas lo que es más alto que tú. Siguiendo
esas indicaciones, echarás ramas y darás frutos útiles en la
viña del Señor Altísimo, mientras vivas. Si sigues estos consejos,
podrás alcanzar aquello a lo que aspiras" Santo Tomás de
Aquino Notas
1 JUAN PABLO II, Ex Corde Ecclesiae (15-8-1990) n.1.
2 Cfr. P. POUPARD, Iglesia y culturas. Orientaciones para una
pastoral de la inteligencia, Edicep, Valencia-México 1998. Cap. II: «La
universidad, la Iglesia y el Estado», pp. 35-41. 3 G.
K. CHESTERTON, Santo Tomás de Aquino, Espasa-Calpe, Madrid 1948, p.
94. 4 Cfr. P. POUPARD, Buscar la verdad en la
cultura contemporánea, Ciudad Nueva, Santiago 1995. 5 JUAN PABLO II,
Constitución Apostólica "Ex Corde Ecclesiae", 4. 6 Cfr. CONGREGACIÓN PARA
LA EDUCACIÓN CATÓLICA-CONSEJO PONTIFICIO PARA LOS LAICOS-CONSEJO PONTIFICIO DE LA
CULTURA, Presencia de la Iglesia en la Universidad y en
la Cultura Universitaria, Ciudad del Vaticano 1994, 15. 7 «Para
ser auténtico, el desarrollo ha de ser integral, es decir,
debe promover a todos los hombres y a todo el
hombre» PABLO VI, Populorum Progressio, n.14. 8 He desarrollado este
tema más ampliamente en mi libro P. POUPARD, Le christianisme
à l´aube du IIIe millénaire, Plon-Mame, Paris 1999. Cfr. también
Inteligencia y afecto. Notas para una paideia cristiana, UCAM, Murcia
2001. 9 Una edición reciente de la carta, con interesantes
comentarios, en A. LOBATO-J.A. MARTÍNEZ PUCHE, Tomás de Aquino, el
santo, el maestro, Edibesa, Madrid 2001. 10 Ibid. 11 Presencia
de la Iglesia en la Universidad y la cultura universitaria,
p. 13. 12 ibid.
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