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Se entiende por ecumenismo “el conjunto de esfuerzos realizados bajo
el impulso del Espíritu Santo con el fin de restaurar
la unidad de todos los cristianos”. El movimiento ecuménico tiene
más un siglo de existencia y nace como respuesta a
la división de los seguidores de Jesucristo en distintas Iglesias
y Confesiones. En todo el mundo hay, en la actualidad,
unos dos mil millones de cristianos: 1.200 millones son católicos,
unos 350 son ortodoxos y el resto pertenecen a las
Iglesia nacidas, un modo u otro, de la Reforma Protestante,
entre ellas, la Comunión Anglicana. Esta realidad de separación y
de división contradice abierta y escandalosamente la voluntad de Jesucristo,
el fundador de la única Iglesia, perjudica la obra evangelizadora,
resta credibilidad y dispersa fuerza. Es una situación que hay
que superar. Es ineludible la unidad, la plena comunión de
todos los discípulos de Jesucristo, que quiere todos seamos uno
y que haya un solo Pastor y en un solo
Rebaño. La oración, uno de los seis caminos ecuménicos Una
de las iniciativas del ecumenismo es la semana de oración
por la unidad de los cristianos, que surge a finales
del siglo XVIII en Escocia. Desde 1908, la semana de
oración por la unidad de los cristianos se celebra en
todas las Iglesias entre los días 18 al 25 de
enero. La importancia de la oración ecuménica es reconocida universalmente.
Es camino fecundo y privilegiado para lograr la meta de
la unidad. La oración por la unidad es, en efecto,
uno de los seis caminos del ecumenismo enumerados por el
Concilio Vaticano II, en su decreto “Unitatis redintegratio”, uno de
los documentos más emblemáticos de la última asamblea conciliar católica.
Estos seis caminos del ecumenismo son: 1.- La reforma de
la Iglesia. 2.- La conversión del corazón. 3.- La oración
constante y unánime. 4.- El conocimiento mutuo de los hermanos.
5.- La formación ecuménica y 6.- La cooperación entre los
hermanos cristianos. Ecumenismo del Pueblo de Dios y Ecumenismo espiritual
Hoy día también se habla de dimensiones y aspectos del
ecumenismo como los llamados ecumenismo del Pueblo de Dios, ecumenismo
de la santidad y ecumenismo espiritual, ecumenismo apostólico, ecumenismo de
la verdad y ecumenismo del amor. El primero de ellos
sería el más directamente relativo a la acción pastoral dentro
de las propias comunidades. Se trata de suscitar en el
pueblo cristiano la necesidad de orar, trabajar y servir la
unidad de los cristianos. Si el pueblo no se sensibilizara
y motivara en este sentido, la comunión plena podría ser
papel mojado, como ya ocurrió en la primera mitad del
siglo XV, tras la fallida unidad entre las Iglesia griegas
y latina, decretada por el Concilio de Florencia y rechazada
por el pueblo. Para fomentar el ecumenismo del Pueblo de
Dios hay que intensificar la oración, el conocimiento mutuo, la
formación y la cooperación intercristiana. El ejemplo quizás más significativo
del llamado ecumenismo de la santidad lo constituye hoy día
el hermano Roger de Taizé, el fundador de la Comunidad
Ecuménica Internacional de esta pequeña villa francesa. El ecumenismo de
la santidad se logrará, ante todo, a través de la
conversión del corazón y de la oración. En la base
de la separación de los cristianos están los pecados de
las distintas partes afectadas en estas rupturas. La separación de
los cristianos es un pecado grave, que se ha de
superar por la vía de la santidad. En el ecumenismo
de la santidad se engloba y encuentra su más plena
identificación el también llamado ecumenismo espiritual. Ecumenismo apostólico y Ecumenismo
de la verdad El ecuménico apostólico parte de la necesidad
evangelizadora que debemos experimentar todos los cristianos para el mundo
crea. El ecumenismo apostólico significa mostrar con palabras y con
obras la verdadera imagen de Dios, relevada y encarnada en
Jesucristo. El ecumenismo apostólico habrá de constatar cómo la actual
separación es un obstáculo para la mayor eficacia de la
acción evangelizadora, máxime en medio de un mundo como el
nuestro que vive, particularmente en Occidente, bajo el estigma del
neopaganismo, del relativismo y de la secularización. El ecumenismo apostólico
viene ahora particularmente demandado ante la sociedad de la movilidad
y de las migraciones, dos de las realidades que más
poderosamente están configurando en la hora presente a la humanidad.
El ecumenismo de la verdad es una llamada a evitar
la tentación fácil de sincretismo, del irenismo, del relativismo, que
no culminarán la búsqueda ecuménica, sino, al contrario, la tergiversarán
y desorientarán. Y es que en materia ecuménica, también la
verdad nos hace libres y nos acerca a la unidad
tan anhelada. El ecumenismo de la verdad supone el conocimiento
mutuo de los hermanos y la formación ecuménica. El ecumenismo
de la verdad no consiste en diluir la propia identidad,
ni en atenuar -y mucho menos ocultar- la propia confesión
de la fe, sino en potenciarlas desde la búsqueda de
la voluntad de Jesucristo. Para vivir este aspecto, debemos recorrer
el primero de los caminos ecuménicos propuesto por el Concilio
Vaticano II: la reforma de la Iglesia para ésta sea
cada vez más fiel a su único Señor y Salvador.
Ecumenismo del amor Por último, el ecumenismo del amor es
como la síntesis y la suma de todas las dimensiones
anteriores. “Desciende directamente del mandamiento que Jesús legó sus discípulos.
El amor acompañado de gestos coherentes genera confianza y abre
el corazón y los ojos. Por su propia naturaleza, el
diálogo de la caridad fomenta y alumbra el diálogo de
la verdad: y es que precisamente en la plena verdad
tendrá lugar el encuentro definitivo al que conduce el Espíritu
de Cristo”, tal y como afirmaba el Papa Benedicto XVI.
El ecumenismo del amor encuentra realizaciones en la cooperación práctica
entre los cristianos, que, según afirma el Concilio Vaticano II,
“expresa vivamente aquella conjunción por la cual están ya unidos
entre sí y presenta bajo una luz más plena el
rostro de Cristo siervo”. Un camino irreversible En el mismo
día -24 de abril de 2005- del comienzo de su
ministerio apostólico petrino, el Papa Benedicto XVI señalaba la unidad
de los cristianos como la verdadera prioridad de su servicio.
Recientemente, Benedicto XVI retomaba y reasumía aquellas palabras suyas de
“trabajar sin ahorrar energías en la reconstitución de la unidad
plena y visible de todos los seguidores de Cristo” y
las volvía a situar como “compromiso prioritario, ambición y acuciante
deber”. En estos años, de Benedicto XVI hay muestras y
signos inequívocos de avance ecuménico: las declaraciones conjuntas del Papa
con el Patriarca de Constantinopla, con el Arzobispo de Canterbury,
con el Arzobispo ortodoxo de Grecia y con el Arzobispo
ortodoxo de Chipre, la reanudación de los trabajos de la
Comisión Mixta Internacional ortodoxo-católica -sobre todo, en su reciente reunión
de Rávena y la declaración conjunta aprobada sobre el primado
papal en el primer milenio del cristianismo-, la aceptación del
Consejo Mundial Metodista de la declaración conjunta sobre la doctrina
de la Justificación, un todavía reciente documento católico-anglicano sobre el
papel de María, las celebraciones de la III Asamblea Ecuménico
Europea, llevada a cabo en septiembre de 2007 en la
ciudad rumana de Sibiu, y la Asamblea Plenaria del Consejo
Mundial de Iglesias, desarrollada en Porto Alegre (Brasil), en febrero
de 2006… Y asimismo lo certifica la ya citada y
creciente necesidad compartida de la urgencia evangelizadora ante la actual
situación de secularización tan generalizada, máxime también en la actual
sociedad de la movilidad y de las migraciones. Vista panorámica
a la actual situación ecuménica El diálogo ecuménico con las
Iglesias de la ortodoxia es más fácil. Hay menos escollos;
en la realidad, la distinta concepción del Primado papal es
la única, grave y, a día de hoy, insalvable diferencia.
Tampoco son excesivas las diferencias doctrinales con la Comunión Anglicana,
si bien a ellas ahora se han añadido discrepancias serias
en cuestiones de bioética y polémicas decisiones como el sacerdocio
de la mujer y la legitimación de la homosexualidad, causa
también de división dentro del mismo Anglicanismo. Hablar de protestantismo
o luteranismo como si de una unidad compacta y homogénea
se tratara es falso y precisamente en esta pluralidad, que
deriva en atomización, radica razón añadida que dificulta aún más
la unidad, aparte de las notables diferencias sacramentales en cuestiones
de gran importancia. Con todo, las luces y con las
sombras descritas, hemos de ser conscientes de que todavía queda
mucho por recorrer. En cincuenta años -los que van desde
el final del Concilio Vaticano II- se ha avanzado mucho
más que durante los siglos precedentes desde las distintas rupturas
y divisiones. El camino se ha hace al andar. Hay
que seguir caminando, orando, dialogando, cooperando juntos, persuadidos de que
la actual situación de división es inaceptable. La unidad no
puede esperar. Y uno de sus caminos es la oración,
a la que siempre y especialmente entre el 18 y
el 25 de enero estamos convocados todos los cristianos. |