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| ¿Cuáles son las esperanzas para el ecumenismo? |
Cada vez que los bautizados se reúnen en oración, es
el Espíritu Santo quien los guía y les enseña cómo
orar. Es el mismo Espíritu quien construye la unidad de
la Iglesia: "El Espíritu Santo que habita en los
creyentes, y llena y gobierna a toda la Iglesia, realiza
esa admirable comunión de fieles y une a todos en
Cristo tan íntimamente que es el principio de la unidad
de la Iglesia" (Unitatis redintegratio, 2). Cuando los cristianos divididos
se reúnen para orar por la unidad, acceden a la
oración misma de Jesús, y manifiestan los vínculos sustanciales y
actuales de gracia y comunión que ya existen entre sí
y que los hacen hermanos y hermanas en una única
vida en el Espíritu (ib., 8). De ahí se sigue
que la oración por la unidad de los cristianos es
el principal instrumento del movimiento ecuménico.
Obviamente, desde siempre se
ora por la unidad de los seguidores de Cristo. Los
cristianos que conocen bien el capítulo 17 del evangelio según
san Juan saben que las cosas no son como deberían,
y que el escándalo de la división debilita el anuncio
del Evangelio; saben que el movimiento ecuménico no es un
lujo superfluo en la vida de la Iglesia. En efecto,
nuestro seguimiento de Cristo no puede separarse del celo por
la unidad de su Cuerpo, la Iglesia.
Desde luego, todos
comparten la convicción manifestada por el Papa Juan Pablo II
en su admirable encíclica sobre el ecumenismo: "De ello
resulta inequívocamente que el ecumenismo, el movimiento a favor de
la unidad de los cristianos, no es sólo un mero
"apéndice", que se añade a la actividad tradicional de la
Iglesia. Al contrario, pertenece orgánicamente a su vida y a
su acción y debe, en consecuencia, inspirarlas y ser como
el fruto de un árbol que, sano y lozano, crece
hasta alcanzar su pleno desarrollo. Así creía en la unidad
de la Iglesia el Papa Juan XXIII y así miraba
a la unidad de todos los cristianos. Refiriéndose a los
demás cristianos, a la gran familia cristiana, constataba: "Es
mucho más fuerte lo que nos une que lo que
nos divide"" (Ut unum sint, 20).
Este año, la Semana
de oración por la unidad de los cristianos cumple 99
años. Sus orígenes se remontan a mediados del siglo XIX
y derivan de iniciativas específicas de algunos movimientos y círculos
eclesiales en ámbito anglicano y protestante. El padre Paul Wattson,
un sacerdote anglicano, cofundador de la Society of Atonement, introdujo
un Octavario por la unidad de los cristianos, que se
celebró por primera vez del 18 al 25 de enero
de 1908. Por consiguiente, el año próximo la Semana cumplirá
cien años, y será precisamente la comunidad del Atonement la
que presentará el primer proyecto para la Semana de 2008.
Para el padre Wattson la unidad significaba un "regreso" a
la Iglesia católica romana; de ahí la elección de las
fechas simbólicas del 18 de enero, día en que se
celebraba entonces la fiesta de la Cátedra de San Pedro,
y del 25 de enero, fiesta de la Conversión de
San Pablo. Esta iniciativa se considera hoy como el inicio
de la Semana. Después de que, en 1909, la Society
of Atonement se incorporara oficialmente a la Iglesia católica, el
Papa Pío X aprobó el Octavario por la unidad y
apoyó la idea de orar, en el lenguaje de aquel
tiempo, para que todos los cristianos "se reunieran" con la
Iglesia católica cuando Dios lo dispusiera.
En 1936, un pionero
del ecumenismo, el abad Couturier, católico francés, propuso una interpretación
diversa del Octavario por la unidad, al constatar que la
idea del "regreso" constituía una dificultad que impedía a muchos
cristianos asociarse a la oración con los católicos. Por tanto,
el abad Couturier dio inicio a la "Semana de oración
universal por la unidad de los cristianos", manteniendo las mismas
fechas, del 18 al 25 de enero, pero exhortando a
orar por la unidad de la Iglesia "según la voluntad
de Cristo". Esa es la razón que nos congrega aquí
esta tarde: orar juntos por la unidad, la comunión
plena de todos los bautizados, en los modos y en
los tiempos que el Señor quiera realizarla a través de
la obra del Espíritu Santo.
Los textos
Podríamos preguntarnos de
dónde proceden los textos que, cada año, guían la oración
durante la Semana. En la historia del ecumenismo, la elaboración
de esos textos representa un capítulo que muestra de modo
elocuente el cambio que se ha producido en los últimos
cien años. En 1915 algunas Iglesias protestantes en Estados Unidos
publicaron un "Manual de oración por la unidad de los
cristianos" (cf. "The Commission of the Protestant Episcopal Church in
the United States on the World Conference of
Faith and Order"). La breve introducción del Manual expresaba la
esperanza de que las diversas Comuniones orasen por la unidad,
pero no necesariamente que orasen físicamente juntas. Eso no era
imaginable en aquel tiempo. Tampoco se esperaba que "las Iglesias
litúrgicas, como la Iglesia católica romana o las santas Iglesias
ortodoxas orientales" usaran ese subsidio, pues éstas podían orar por
la unidad de la Iglesia con textos de su rico
patrimonio litúrgico.
Desde 1921, el Comité permanente de la Conferencia
mundial de Fe y Constitución publicó subsidios para un Octavario
de oración que debía celebrarse cada año, concluyendo en Pentecostés.
En 1941, Fe y Constitución anticipó las fechas del Octavario
al mes de enero, a fin de que coincidieran con
la iniciativa católica y de que la práctica de la
oración tuviera una dimensión más universal. Desde 1958 los subsidios
preparados por Fe y Constitución se armonizaban ampliamente con los
que se elaboraban en Lyon, aunque se hacía de forma
discreta, pues esas iniciativas ecuménicas aún no eran apoyadas oficialmente
por la Iglesia católica.
Aconteció después algo admirable y extraordinario.
Precisamente para la conclusión de la Semana de oración de
1959, en la fiesta de la Conversión de san Pablo,
el beato Juan XXIII anunció su intención de convocar un
Concilio. Uno de los resultados más visibles y decisivos del
concilio Vaticano II fue el ingreso oficial y convencido de
la Iglesia católica en el movimiento ecuménico. Así se abrió
la posibilidad de iniciar una colaboración entre el Consejo mundial
de Iglesias y el Secretariado para la unidad de los
cristianos.
En 1968, los textos de la Semana de oración
fueron preparados conjuntamente, pero su publicación se realizó de forma
separada, en Ginebra y en Roma. En el año 2004,
gracias a la determinación de ambas partes, Fe y Constitución
y el Consejo pontificio para la promoción de la unidad
de los cristianos [1] publicaron conjuntamente los subsidios para la
Semana, de forma que el mundo cristiano en su gran
mayoría la celebra actualmente con los mismos textos.
El tema
de este año preparado en Sudáfrica
El tema escriturístico de
la Semana de oración de 2007 está tomado de un
pasaje del evangelio según san Marcos (Mc 7, 31-37), que
narra la curación de un sordomudo: Jesús, levantando los
ojos al cielo, suspiró y le dijo: "Effatá", que
quiere decir: "¡Ábrete!". Se abrieron sus oídos y, al
instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba
correctamente. "Hace oír a los sordos y hablar a los
mudos". Jesús hace que la persona vuelva a su condición
normal, en la que puede buscar sin impedimentos su realización,
en contacto y en comunión con los demás. El hombre
curado se convierte en el símbolo de una humanidad curada
y reconciliada, capaz de cultivar y poner en práctica todos
los valores y cualidades que convierten la existencia humana en
un reflejo de la vida interior de Dios mismo:
comunicación, armonía, solidaridad, amor, justicia y paz.
¿Quién decide cada
año el texto base de la Semana? El proceso se
inicia a nivel local, cada año en un país diferente.
De este modo, los cristianos de todo el mundo oran
sobre la base de las experiencias de vida de quienes
tratan de afrontar los desafíos de una situación particular. Para
la preparación de la Semana del año pasado, un grupo
formado en Irlanda, con la colaboración del padre Brendan Leahy,
y el apoyo de la Conferencia episcopal irlandesa, había sugerido
el tema de Cristo presente en todos los lugares donde
los cristianos se reúnen para invocarlo. Las décadas de violencia
sectaria que afligieron a Irlanda profundizaron en muchas personas la
convicción de que cualquier iniciativa meramente política para lograr la
reconciliación resultaría insuficiente. Los cristianos pertenecientes a varias tradiciones descubrieron
la fuerza de la oración al reunirse superando toda barrera:
"Porque donde están dos o tres reunidos en mi
nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,
20).
Para este año, la inspiración viene de Sudáfrica, más
exactamente de Umlazi, en las cercanías de Durban. Umlazi es
una especie de "reserva", de "ciudad gueto" de gente de
color, uno de los lugares de segregación en los que
la población negra se veía obligada a vivir durante la
época del apartheid. Umlazi es un lugar donde reinan el
desempleo y la pobreza, con todas las consecuencias que de
ello derivan: falta de hospitales, de casas, de escuelas,
de cohesión social y de esperanza. En Umlazi, como en
otras "ciudades gueto" del mismo tipo, el sida ha alcanzado
niveles de pandemia, con un porcentaje superior al 50% de
personas que han contraído la enfermedad.
Además, existe una tragedia
dentro de la tragedia. En la lengua local, "ubunqunu" tiene
el significado de "descubierto", "desnudo", y se refiere a todas
las cosas que los habitantes de Umlazi no pueden ni
siquiera nombrar. Existe un código de silencio sobre ciertos aspectos
de la vida; existe un código de silencio para el
sida. Se trata de una enfermedad estigmatizada. Las personas, cuando
ya no pueden ocultar los síntomas, se encierran en sus
chabolas y raramente ocurre que se las vea de nuevo
en sociedad. No buscan ayuda. Sus familias ya no hablan
nunca de ellos.
Sudáfrica es un país que muy lentamente
está admitiendo en público la existencia de este problema. Las
Iglesias de Sudáfrica están colaborando para romper este código de
silencio que lleva a la muerte. Han elaborado servicios ecuménicos
de oración centrados en el tema: "Romper el código
de silencio". A través de la oración, las personas, especialmente
los jóvenes, cobran la confianza y el valor para "hablar
de lo innominable".
Los subsidios preparados para la Semana de
oración por la unidad de este año tienen como fulcro
un llamamiento apremiante a "romper el silencio". En toda cultura
existe un deseo inmenso insatisfecho: los pobres, los enfermos,
los que no tienen casa, los refugiados, los marginados, son
nuestros vecinos. La injusticia, la discriminación, la violencia, todo tipo
de esclavitud, constituyen un tributo que se ha de pagar
en las calles de Dublín y de todas las ciudades
del mundo, marcado por el pecado.
El sordomudo del evangelio
según san Marcos es un ejemplo de lo que somos
nosotros, como individuos y como colectividad. Análogamente a ese hombre
que no podía oír ni hablar, si el Señor desata
nuestra lengua, nuestra capacidad de comprender y de hablar en
voz alta, en la verdad y en la honradez, eso
sería sin duda una bendición para las sociedades a las
que pertenecemos.
Con todo, conviene advertir que Jesús cura en
primer lugar la imposibilidad de oír del hombre del relato
evangélico: "Effatá-Ábrete". Ciertamente, el Señor no sólo quiere que
el hombre oiga el sonido de las palabras, sino también
que escuche a los que le hablan. Pues no es
el "oír" sino el "escuchar" lo que crea los vínculos
de comunicación y comunión, y lo que, por tanto, hace
posible la unidad de propósitos sin la cual ningún problema
puede afrontarse y resolverse.
En los subsidios que ha elaborado
la población de Umlazi se incluye una oración para romper
el silencio. Reza así: "Abre nuestros oídos para que
seamos capaces de escuchar las voces ahogadas por las tribulaciones
y por el sufrimiento de este mundo que pasa". Si
escuchamos este grito con nuestro corazón y nuestra conciencia, podremos
llegar a ser personas mejores, seguidores más comprometidos de Cristo,
el único que tiene palabras de vida eterna, el único
que puede enseñarnos lo que significa ser auténticamente humanos en
un mundo tan inhumano.
La gente de Umlazi nos da
también otra lección. En su grave indigencia y angustia por
la pandemia del sida, mira a las Iglesias para recibir
luz y apoyo. Y ¿qué ve? Respondo con sus palabras:
"En Umlazi hay un lugar donde se administra la
justicia, un hospital, una oficina de correos, una clínica, una
serie de comercios, y un cementerio, que refleja un desafío
tremendo para la gente. En esta misma "ciudad-gueto", la población,
cristiana casi en su totalidad, acepta las Escrituras, las cuales
profesan que hay un solo cuerpo, un solo Espíritu, una
sola esperanza, un solo Señor, una sola fe, un solo
bautismo, un solo Dios y Padre de todos (cf. Ef
4, 4-6). Sin embargo, hay muchas Iglesias que no están
en plena comunión entre sí, y que son signos de
una cristiandad dividida. En Umlazi hay impaciencia y frustración en
la gente por las divisiones que ha heredado y que
se produjeron hace muchos siglos en otras tierras".
El pecado
y el escándalo de la división aflige el corazón del
pueblo de Dios. Nuestras divisiones son profundas; todas nuestras Iglesias
están heridas y necesitan conversión, purificación y curación. Ciertamente la
búsqueda de la unidad de los cristianos será larga y
difícil. Por tanto, podemos preguntarnos en qué punto estamos.
¿Cuáles
son las esperanzas para el ecumenismo?
Desde luego, no estamos
pasando un invierno ecuménico. Limitándonos al año recién concluido, se
debe decir que en él han tenido lugar muchos acontecimientos
ecuménicos: los diálogos teológicos bilaterales han proseguido según sus
programas, con muchos y buenos resultados; visitas y encuentros entre
las máximas autoridades de las Iglesias y comunidades eclesiales se
han sucedido de forma ininterrumpida; son cada vez más numerosas
las personas y las comunidades locales que participan en lo
que se define generalmente como "ecumenismo espiritual". Quisiera aludir, limitándome
al año pasado, a algunas de estas experiencias, que he
vivido yo personalmente.
— La Asamblea general del Consejo mundial
de Iglesias en Porto Alegre, en febrero de 2006, reunió
a más de trescientas Iglesias y Comuniones, que prácticamente representaban
a todas las tradiciones cristianas; el diálogo teológico internacional católico-ortodoxo
en Belgrado, en septiembre; el diálogo teológico con las antiguas
Iglesias ortodoxas orientales (las Iglesias apostólica armenia, copta, siro-ortodoxa, malankar,
etiópica y eritrea). Se han mantenido continuos contactos, encuentros y
diálogos prácticamente con todas las Comuniones cristianas mundiales. El Consejo
pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos
está directamente comprometido en doce diálogos oficiales, a nivel internacional,
con otras Iglesias y comunidades eclesiales; participa en otros muchos
encuentros y actividades de interés ecuménico, además de estar regularmente
invitado y presente en todos los principales acontecimientos de la
vida de estas Iglesias y comunidades eclesiales.
— Delegaciones oficiales,
a nivel internacional, en visita al Papa Benedicto XVI:
la Alianza mundial de las Iglesias reformadas; la Iglesia luterana
de Finlandia, Noruega y Suecia; el Consejo metodista mundial; la
Federación luterana mundial; el arzobispo de Canterbury (Comunión anglicana); el
arzobispo de Atenas y de toda Grecia, Cristódulos (Iglesia ortodoxa
de Grecia). Como todos los años, ha tenido lugar un
intercambio de delegaciones entre el Papa y el Patriarca ecuménico,
a fines de junio, con ocasión de la fiesta de
San Pedro y San Pablo, patronos de la Iglesia de
Roma, y a fines de noviembre para la fiesta de
San Andrés, patrono del Patriarcado ecuménico. Este año, de modo
excepcional, la delegación de la Santa Sede a Constantinopla estuvo
encabezada por el mismo Papa Benedicto XVI.
— Un acontecimiento
único y totalmente inédito de 2006 fue el encuentro del
pasado mes de octubre entre el Papa Benedicto XVI y
los secretarios de las "Comuniones cristianas mundiales". Los participantes en
el encuentro pertenecían a comunidades muy diversas: desde las
Comuniones de índole menos litúrgica, como los "Friends" (Cuáqueros) hasta
las Comuniones rigurosamente litúrgicas, como los ortodoxos y nosotros los
católicos, pasando por los Evangélicos, los Pentecostales, los Baptistas, los
Menonitas, los Discípulos de Cristo, los Metodistas, los Luteranos y
los Anglicanos.
En el saludo que dirigió al grupo, el
Papa Benedicto XVI pidió, a sí mismo y a todos
los católicos, sostener la búsqueda de la unidad: "Los
diálogos teológicos entablados por muchas Comuniones cristianas mundiales se han
caracterizado por el compromiso de superar lo que divide, buscando
la unidad en Cristo que queremos alcanzar. Por muy difícil
que sea el camino, no debemos perder de vista el
objetivo final: la plena comunión visible en Cristo y
en la Iglesia. Podríamos sentir la tentación del desaliento cuando
el progreso es lento, pero lo que está en juego
es demasiado grande como para volver atrás. Por el contrario,
hay buenas razones para avanzar, como mi predecesor Juan Pablo
II indicó en la encíclica Ut unum sint sobre el
compromiso ecuménico de la Iglesia católica, en la que habla
de una fraternidad redescubierta y de una mayor solidaridad al
servicio de la humanidad (cf. n. 41)" (Alocución a los
participantes en la reunión de las Comuniones cristianas mundiales, viernes
27 de octubre de 2006: L´Osservatore Romano, edición en
lengua española, 3 de noviembre de 2006, p. 4).
La
gente quiere ver los resultados de esta actividad. Pero la
comunión que buscamos no es cuestión de diplomacia o de
acuerdos eclesiales estratégicos alcanzados entre bastidores. En su significado originario
guarda relación con la "participación", es decir, con "tomar parte",
con "compartir" el don de Dios de la redención y
de la gracia. Nosotros accedemos a la comunión —con Dios
y unos con otros— cuando compartimos la misma gracia:
un solo Señor, un solo bautismo, un solo Espíritu, un
solo Padre de todos. Y el signo visible de la
comunión será como san Pablo nos lo describe en su
primera carta a los Corintios: "El cáliz de bendición
que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de
Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con
el cuerpo de Cristo?" (1 Co 10, 16). Nuestro viaje
ecuménico no tiende a llegar a una simple apariencia de
unidad, a una especie de buena vecindad eclesiástica. La comunión
que buscamos tiene su fuente, su modelo y su plenitud
en la vida misma de la Trinidad. Los gestos superficiales
no realizarán la unidad por la que el Señor oró.
Con mucha frecuencia gestos significativos, aunque sean casi imperceptibles, ponen
de manifiesto el progreso que se realiza. Al respecto, quisiera
daros dos ejemplos. El actual subsecretario del Consejo pontificio para
la promoción de la unidad de los cristianos —el cual
comenzó su colaboración con el dicasterio poco después de su
creación, durante el concilio Vaticano II— ha sido testigo de
todos los acontecimientos de estos años. Después de la visita
del Papa Benedicto XVI al Patriarca ecuménico Bartolomé I, al
final de noviembre del año pasado, puso de relieve dos
signos que pasaron desapercibidos para la mayoría de la gente.
— En primer lugar, destacó que el Patriarca y el
Papa habían intercambiado el abrazo de la paz durante la
liturgia misma. Hasta esa ocasión, en el Fanar el intercambio
del signo de la paz siempre había tenido lugar después
de la celebración, teniendo en cuenta que para nuestros hermanos
ortodoxos el signo de la paz durante la Divina Liturgia
expresa un compromiso muy importante, introducido por el diácono con
la siguiente exhortación: "Amémonos unos a otros para que
con una sola mente podamos hacer juntos nuestra profesión de
fe". Luego sigue la proclamación del Credo. Este hecho que
he citado puede parecer un detalle de poca relevancia; sin
embargo, tiene un significado profundamente espiritual.
— Otro factor importante
atañe a la Declaración común firmada por el Papa y
el Patriarca, en la que afirman: "No podemos olvidar
el solemne acto oficial con el que se relegó al
olvido los antiguos anatemas, que durante siglos han influido negativamente
en las relaciones entre nuestras Iglesias. No hemos sacado aún
de este acto todas las consecuencias positivas que se pueden
derivar para nuestro camino hacia la unidad plena" (n. 1:
L´Osservatore Romano, edición en lengua española, 8 de diciembre
de 2006, p. 6).
De esa manera quieren decir claramente:
avancemos de modo efectivo y práctico hacia la eliminación
de los obstáculos que aún permanecen y nos dividen. Y
es significativo que el Papa Benedicto XVI haya elegido la
solemne Liturgia del Patriarcado para afrontar uno de los desafíos
más comprometedores del camino ecuménico, al afirmar: "Por desgracia,
la cuestión del servicio universal de Pedro y de sus
Sucesores ha dado lugar a nuestras diferencias de opinión, que
esperamos superar, también gracias al diálogo teológico recientemente reanudado" (Homilía
durante la Divina Liturgia en la iglesia de San Jorge,
en Estambul, jueves 30 de noviembre de 2006: L´Osservatore
Romano, edición en lengua española, 8 de diciembre de 2006,
p. 7).
Luego prosiguió reafirmando el compromiso asumido por su
venerado predecesor el siervo de Dios Juan Pablo II:
"El Papa Juan Pablo II invitó a entablar un diálogo
fraterno con el fin de encontrar formas de ejercer el
ministerio petrino hoy, respetando su naturaleza y esencia, de manera
que "pueda realizar un servicio de fe y de amor
reconocido por unos y otros" (Ut unum sint, 95). Hoy
deseo recordar y renovar esa invitación" (ib.).
El camino hacia
la comunión plena puede realizarse con lentitud, pero el Espíritu
Santo está obrando, y un día, sin que sepamos cómo,
llevará a cabo lo que ha comenzado.
Entonces ¿qué debemos
hacer?
Dado que la Iglesia no sólo la componen sus
ministros y los que la guían, sino también todo el
cuerpo de los fieles, es necesario que un número cada
vez mayor de estos participen en lo que se ha
definido "el ecumenismo espiritual". Los cristianos, independientemente de la tradición
a la que pertenezcan, pueden decir con alegría y gratitud
que "es mucho más fuerte lo que nos une que
lo que nos divide" (Ut unum sint, 20).
Creen en
Dios Padre todopoderoso; en Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador;
en el Espíritu Santo, nuestro Defensor, dador de vida y
santificador. Reconocen que por medio del sacramento del bautismo han
nacido espiritualmente a una nueva vida, están unidos a Cristo
y unos a otros. Todos honran la sagrada Escritura como
palabra de Dios y norma inmutable de fe y de
acción. Comparten la oración y muchas otras fuentes de vida
espiritual. El Espíritu Santo obra en todos los bautizados con
su fuerza santificante y llama a todos a la verdadera
santidad. Es el Espíritu Santo quien, a lo largo de
las generaciones, siempre ha impulsado a los cristianos de todas
las tradiciones a afrontar el martirio por Cristo.
El ecumenismo
espiritual aprecia todos estos dones en las Iglesias y en
las comunidades eclesiales de Oriente y Occidente. El concilio Vaticano
II afirma: "No hay que olvidar tampoco que todo
lo que la gracia del Espíritu Santo obra en los
hermanos separados puede contribuir también a nuestra edificación" (Unitatis redintegratio,
4).
Así pues, necesitamos experimentar este intercambio espiritual de dones.
Los cristianos pertenecientes a las diversas tradiciones deben encontrarse y,
orando juntos, mediante una purificación de la memoria, hallar inspiración
unos en otros para crecer en una fidelidad cada vez
más profunda a Cristo y al Evangelio.
Lo que acabo
de describir constituye, en gran parte, el valor de la
Semana de oración por la unidad de los cristianos. Nuestro
compromiso no se debe limitar a una Semana especial, pero
nos recuerda que amar a la Iglesia de Cristo significa
desear ardientemente su santidad y su unidad. El rostro de
la Iglesia tiene arrugas y cicatrices, y un compromiso ecuménico
fuerte es un factor esencial para devolverle su belleza. Sólo
cuando sea escuchada la oración del Señor en la última
Cena, sólo cuando seamos uno, como él ardientemente desea, sólo
entonces la Iglesia se presentará claramente como signo y sacramento
de la salvación del mundo. Sólo entonces se cumplirá el
plan de Dios: "para que el mundo crea" (Jn
17, 21).
Notas
[1] Se trata del mismo Secretariado para
la promoción de la unidad de los cristianos instituido por
el Papa Juan XXIII juntamente con las demás comisiones encargadas
de preparar el concilio Vaticano II, y confirmado como dicasterio
de la Santa Sede al concluir el Concilio; la constitución
Pastor bonus, del 28 de junio de 1988, le cambió
el título.
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