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Autor: www.vatican.va Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación
Declaración conjunta sobre la Doctrina de la Justificación entre la Iglesia católica y la Federación Luterana Mundial (31 de octubre de 1999)
Preámbulo
1. La doctrina de la justificación tuvo una
importancia capital para la Reforma luterana del siglo XVI. De
hecho, sería el «artículo primero y principal»[1], a la vez,
«rector y juez de las demás doctrinas cristianas»[2]. La versión
de entonces fue sostenida y defendida en particular por su
singular apreciación contra la teología y la iglesia católicas romanas
de la época que, a su vez, sostenían y defendían
una doctrina de la justificación de otra índole. Desde la
perspectiva de la Reforma, la justificación era la raíz de
todos los conflictos, y tanto en las Confesiones luteranas[3] como
en el Concilio de Trento de la Iglesia Católica Romana
hubo condenas de una y otra doctrinas. Estas últimas siguen
vigentes, provocando divisiones dentro de la iglesia.
2. Para
la tradición luterana, la doctrina de la justificación conserva esa
condición particular. De ahí que desde un principio, ocupara un
lugar preponderante en al diálogo oficial luterano-católico romano.
3. Al
respecto, les remitimos a los informes The Gospel and the
Church (1972)[4] y Church and Justification (1994)[5] de la Comisión
luterano-católico romana; Justification by Faith (1983)[6] del Diálogo luterano-católico romano
de los EE.UU. y The Condemnations of the Reformation Era
- Do They Still Divide? (1986)[7] del Grupo de trabajo
ecuménico de teólogos protestantes y católicos de Alemania. Las iglesias
han acogido oficialmente algunos de estos informes de los diálogos;
ejemplo importante de esta acogida es la respuesta vinculante que
en 1994 dio la Iglesia Evangélica Unida de Alemania al
estudio Condemnations al más alto nivel posible de reconocimiento eclesiástico,
junto con las demás iglesias de la Iglesia Evangélica de
Alemania.[8]
4. Respecto a los debates sobre la doctrina de la
justificación, tanto los enfoques y conclusiones de los informes de
los diálogos como las respuestas trasuntan un alto grado de
acuerdo. Por lo tanto, ha llegado la hora de hacer
acopio de los resultados de los diálogos sobre esta doctrina
y resumirlos para informar a nuestras iglesias acerca de los
mismos a efectos de que puedan tomar las consiguientes decisiones
vinculantes.
5. Una de las finalidades de la presente Declaración conjunta
es demostrar que a partir de este diálogo, las iglesias
luterana y católica romana[9] se encuentran en posición de articular
una interpretación común de nuestra justificación por la gracia de
Dios mediante la fe en Cristo. Cabe señalar que no
engloba todo lo que una y otra iglesia enseñan acerca
de la justificación, limitándose a recoger el consenso sobre las
verdades básicas de dicha doctrina y demostrando que las diferencias
subsistentes en cuanto a su explicación, ya no dan lugar
a condenas doctrinales.
6. Nuestra declaración no es un
planteamiento nuevo e independiente de los informes de los diálogos
y demás documentos publicados hasta la fecha; tampoco los sustituye.
Más bien, tal como lo demuestra la lista de fuentes
que figura en anexo, se nutre de los mismos y
de los argumentos expuestos en ellos.
7. Al igual que
los diálogos en sí, la presente Declaración conjunta se funda
en el convicción de que al superar las cuestiones controvertidas
y las condenas doctrinales de otrora, las iglesias no toman
estas últimas a la ligera y reniegan su propio pasado.
Por el contrario, la declaración está impregnada de la convicción
de que en sus respectivas historias, nuestras iglesias han llegado
a nuevos puntos de vista. Hubo hechos que no solo
abrieron el camino sino que también exigieron que las iglesias
examinaran con nuevos ojos aquellas condenas y cuestiones que eran
fuente de división.
1. El
mensaje bíblico de la justificación
8. Nuestra escucha común de
la palabra de Dios en las Escrituras ha dado lugar
a nuevos enfoques. Juntos oímos lo que dice el evangelio:
«De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado
a su Hijo unigénito para que todo aquel que en
él cree no se pierda sino que tenga vida eterna»
(San Juan 3:16). Esta buena nueva se plantea de diversas
maneras en las Sagradas Escrituras. En el Antiguo Testamento escuchamos
la palabra de Dios acerca del pecado (Sal 51:1-5; Dn
9:5 y ss; Ec 8:9 y ss; Esd 9:6 y
ss.) y la desobediencia humanos (Gn 3:1-19 y Neh 9:16-26),
así como la «justicia» (Is 46:13; 51:5-8; 56:1; cf. 53:11;
Jer 9:24) y el «juicio» de Dios (Ec 12:14; Sal
9:5 y ss; y 76:7-9).
9. En el Nuevo
testamento se alude de diversas maneras a la «justicia» y
la «justificación» en los escritos de San Mateo (5:10; 6:33
y 21:32), San Juan (16:8-11); Hebreos (5:1-3 y 10:37-38), y
Santiago (2:14-26).[10] En las epístolas de San Pablo también se
describe de varias maneras el don de la salvación, entre
ellas: «Estad pues, firmes en la libertad con que Cristo
nos hizo libres» (Gá 5:1-13, cf. Ro 6:7); «Y todo
esto proviene de Dios que nos reconcilió consigo mismo» (2
Co 5:18-21, cf. Ro 5:11); «tenemos paz para con Dios»
(Ro 5:1); «nueva criatura es» (2 Co 5:17); «vivos para
Dios en Cristo Jesús» (Ro 6:11-23) y «santificados en Cristo
Jesús» (1 Co 1:2 y 1:31; 2 Co 1:1) A
la cabeza de todas ellas está la «justificación» del pecado
de los seres humanos por la gracia de Dios por
medio de la fe (Ro 3:23-25), que cobró singular relevancia
en el período de la Reforma.
10. San Pablo asevera
que el evangelio es poder de Dios para la salvación
de quien ha sucumbido al pecado; mensaje que proclama que
«la justicia de Dios se revela por fe y para
fe» (Ro 1:16-17) y ello concede la «justificación» (Ro 3:21-31).
Proclama a Jesucristo «nuestra justificación» (1 Co 1:30) atribuyendo al
Señor resucitado lo que Jeremías proclama de Dios mismo (23:6).
En la muerte y resurrección de Cristo están arraigadas todas
las dimensiones de su labor redentora por que él es
«Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y
resucitado para nuestra justificación» (Ro 4:25). Todo ser humano tiene
necesidad de la justicia de Dios «por cuanto todos pecaron
y están destituidos de la gloria de Dios» (Ro 1:18;
2:23 3:22; 11:32 y Gá 3:22). En Gálatas 3:6 y
Romanos 4:3-9, San Pablo entiende que la fe de Abraham
(Gn 15:6) es fe en un Dios que justifica al
pecador y recurre al testimonio del Antiguo Testamento para apuntalar
su prédica de que la justicia le será reconocida a
todo aquel que, como Abraham, crea en la promesa de
Dios. «Mas el justo por la fe vivirá» (Ro 1:17
y Hab 2:4, cf. Gá 3:11). En las epístolas de
San Pablo, la justicia de Dios es también poder para
aquellos que tienen fe (Ro 1:17 y 2 Co 5:21).
Él hace de Cristo justicia de Dios para el creyente
(2 Co 5:21). La justificación nos llega a través de
Cristo Jesús «a quien Dios puso como propiciación por medio
de la fe en su sangre» (Ro 3:2; véase 3:21-28).
«Porque por gracia sois salvos por medio de la fe;
y esto no de vosotros, pues es don de Dios.
No por obras...» (Ef 2:8-9).
11. La justificación
es perdón de los pecados (cf. Ro 3:23-25; Hechos 13:39
y San Lucas 18:14), liberación del dominio del pecado y
la muerte (Ro 5:12-21) y de la maldición de la
ley (Gá 3:10-14) y aceptación de la comunión con Dios:
ya pero no todavía plenamente en el reino de Dios
a venir (Ro 5:12). Ella nos une a Cristo, a
su muerte y resurrección (Ro 6: 5). Se opera cuando
acogemos al Espíritu Santo en el bautismo, incorporándonos al cuerpo
que es uno (Ro 8:1-2 y 9-11; y 1 Co
12:12-13). Todo ello proviene solo de Dios, por la gloria
de Cristo y por gracia mediante la fe en «el
evangelio del Hijo de Dios» (Ro 1:1-3).
12. Los justos
viven por la fe que dimana de la palabra de
Cristo (Ro 10:17) y que obra por el amor (Gá
5:6), que es fruto del Espíritu (Gá 5:22) pero como
los justos son asediados desde dentro y desde fuera por
poderes y deseos (Ro 8:35-39 y Gá 5:16-21) y sucumben
al pecado (1 Jn 1:8 y 10) deben escuchar una
y otra vez las promesas de Dios y confesar sus
pecados (1 Jn 1:9), participar en el cuerpo y la
sangre de Cristo y ser exhortados a vivir con justicia,
conforme a la voluntad de Dios. De ahí que el
Apóstol diga a los justos: «...ocupaos en vuestra salvación con
temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros
produce así el querer como el hacer, por su buena
voluntad» (Flp 2:12-13). Pero ello no invalida la buena nueva:
«Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en
Cristo Jesús» (Ro 8:1) y en quienes Cristo vive (Gá
2:20). Por la justicia de Cristo «vino a todos los
hombres la justificación que produce vida» (Ro 5:18).
2. La doctrina de la justificación en cuanto problema ecuménico
13.
En el siglo XVI, las divergencias en cuanto a la
interpretación y aplicación del mensaje bíblico de la justificación no
solo fueron la causa principal de la división de la
iglesia occidental, también dieron lugar a las condenas doctrinales. Por
lo tanto, una interpretación común de la justificación es indispensable
para acabar con esa división. Mediante el enfoque apropiado de
estudios bíblicos recientes y recurriendo a métodos modernos de investigación
sobre la historia de la teología y los dogmas, el
diálogo ecuménico entablado después del Concilio Vaticano II ha permitido
llegar a una convergencia notable respecto a la justificación, cuyo
fruto es la presente declaración conjunta que recoge el consenso
sobre los planteamientos básicos de la doctrina de la justificación.
A la luz de dicho consenso, las respectivas condenas doctrinales
del siglo XVI ya no se aplican a los interlocutores
de nuestros días.
3. La interpretación común de la justificación
14.
Las iglesias luterana y católica romana han escuchado juntas la
buena nueva proclamada en las Sagradas Escrituras. Esta escucha común,
junto con las conversaciones teológicas mantenidas en estos últimos años,
forjaron una interpretación de la justificación que ambas comparten. Dicha
interpretación engloba un consenso sobre los planteamientos básicos que, aun
cuando difieran, las explicaciones de las respectivas declaraciones no contradicen.
15. En la fe, juntos tenemos la convicción de que
la justificación es obra del Dios trino. El Padre envió
a su Hijo al mundo para salvar a los pecadores.
Fundamento y postulado de la justificación es la encarnación, muerte
y resurrección de Cristo. Por lo tanto, la justificación significa
que Cristo es justicia nuestra, en la cual compartimos mediante
el Espíritu Santo, conforme con la voluntad del Padre. Juntos
confesamos: «Solo por gracia mediante la fe en Cristo y
su obra salvífica y no por algún mérito nuestro, somos
aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo que renueva
nuestros corazones, capacitándonos y llamándonos a buenas obras».[11]
16. Todos
los seres humanos somos llamados por Dios a la salvación
en Cristo. Solo a través de Él somos justificados cuando
recibimos esta salvación en fe. La fe es en sí
don de Dios mediante el Espíritu Santo que opera en
palabra y sacramento en la comunidad de creyente y que,
a la vez, les conduce a la renovación de su
vida que Dios habrá de consumar en la vida eterna.
17. También compartimos la convicción de que el mensaje de
la justificación nos orienta sobre todo hacia el corazón del
testimonio del Nuevo Testamento sobre la acción redentora de Dios
en Cristo: Nos dice que en cuanto pecadores nuestra nueva
vida obedece únicamente al perdón y la misericordia renovadora que
de Dios imparte como un don y nosotros recibimos en
la fe y nunca por mérito propio cualquiera que este
sea.
18. Por consiguiente, la doctrina de la justificación que
recoge y explica este mensaje es algo más que un
elemento de la doctrina cristiana y establece un vínculo esencial
entre todos los postulados de la fe que han de
considerarse internamente relacionados entre sí. Constituye un criterio indispensable que
sirve constantemente para orientar hacia Cristo el magisterio y la
práctica de nuestras iglesias. Cuando los luteranos resaltan el significado
sin parangón de este criterio, no niegan la interrelación y
el significado de todos los postulados de la fe. Cuando
los católicos se ven ligados por varios criterios, tampoco niegan
la función peculiar del mensaje de la justificación. Luteranos y
católicos compartimos la meta de confesar a Cristo en quien
debemos creer primordialmente por ser el solo mediador (1 Ti
2:5-6) a través de quien Dios se da a sí
mismo en el Espíritu Santo y prodiga sus dones renovadores
(cf. fuentes de la sección 3).
4.
Explicación de la interpretación común de la justificación
4.1
La impotencia y el pecado humanos respecto a
la justificación
19. Juntos confesamos que en lo que atañe
a su salvación, el ser humano depende enteramente de la
gracia redentora de Dios. La libertad de la cual dispone
respecto a las personas y las cosas de este mundo
no es tal respecto a la salvación porque por ser
pecador depende del juicio de Dios y es incapaz de
volverse hacia él en busca de redención, de merecer su
justificación ante Dios o de acceder a la salvación por
sus propios medios. La justificación es obra de la sola
gracia de Dios. Puesto que católicos y luteranos lo confesamos
juntos, es válido decir que:
20.Cuando los católicos afirman
que el ser humano «coopera", aceptando la acción justificadora de
Dios, consideran que esa aceptación personal es en sí un
fruto de la gracia y no una acción que dimana
de la innata capacidad humana.
21.Según la enseñanza luterana, el
ser humano es incapaz de contribuir a su salvación porque
en cuanto pecador se opone activamente a Dios y a
su acción redentora. Los luteranos no niegan que una persona
pueda rechazar la obra de la gracia, pero aseveran que
solo puede recibir la justificación pasivamente, lo que excluye toda
posibilidad de contribuir a la propia justificación sin negar que
el creyente participa plena y personalmente en su fe, que
se realiza por la Palabra de Dios.
4.2 La justificación
en cuanto perdón del pecado y fuente de justicia
22.Juntos confesamos
que la gracia de Dios perdona el pecado del ser
humano y, a la vez, lo libera del poder avasallador
del pecado, confiriéndole el don de una nueva vida en
Cristo. Cuando los seres humanos comparten en Cristo por fe,
Dios ya no les imputa sus pecados y mediante el
Espíritu Santo les transmite un amor activo. Estos dos elementos
del obrar de la gracia de Dios no han de
separarse porque los seres humanos están unidos por la fe
en Cristo que personifica nuestra justificación (1 Co 1:30): perdón
del pecado y presencia redentora de Dios. Puesto que católicos
y luteranos lo confesamos juntos, es válido decir que:
23. Cuando
los luteranos ponen el énfasis en que la justicia de
Cristo es justicia nuestra, por ello entienden insistir sobre todo
en que la justicia ante Dios en Cristo le es
garantida al pecador mediante la declaración de perdón y tan
solo en la unión con Cristo su vida es renovada.
Cuando subrayan que la gracia de Dios es amor redentor
(«el favor de Dios»)[12] no por ello niegan la renovación
de la vida del cristiano. Más bien quieren decir que
la justificación está exenta de la cooperación humana y no
depende de los efectos renovadores de vida que surte la
gracia en el ser humano.
24. Cuando los católicos hacen
hincapié en la renovación de la persona desde dentro al
aceptar la gracia impartida al creyente como un don,[13] quieren
insistir en que la gracia del perdón de Dios siempre
conlleva un don de vida nueva que en el Espíritu
Santo, se convierte en verdadero amor activo. Por lo tanto,
no niegan que el don de la gracia de Dios
en la justificación sea independiente de la cooperación humana (cf.
fuentes de la sección 4.2).
4.3 Justificación por fe y
por gracia
25. Juntos confesamos que el pecador es justificado por
la fe en la acción salvífica de Dios en Cristo.
Por obra del Espíritu Santo en el bautismo, se le
concede el don de salvación que sienta las bases de
la vida cristiana en su conjunto. Confían en la promesa
de la gracia divina por la fe justificadora que es
esperanza en Dios y amor por él. Dicha fe es
activa en el amor y, entonces, el cristiano no puede
ni debe quedarse sin obras, pero todo lo que en
el ser humano antecede o sucede al libre don de
la fe no es motivo de justificación ni la merece.
26.Según
la interpretación luterana, el pecador es justificado sólo por la
fe (sola fide). Por fe pone su plena confianza en
el Creador y Redentor con quien vive en comunión. Dios
mismo insufla esa fe, generando tal confianza en su palabra
creativa. Porque la obra de Dios es una nueva creación,
incide en todas las dimensiones del ser humano, conduciéndolo a
una vida de amor y esperanza. En la doctrina de
la «justificación por la sola fe» se hace una distinción,
entre la justificación propiamente dicha y la renovación de la
vida que forzosamente proviene de la justificación, sin la cual
no existe la fe, pero ello no significa que se
separen una y otra. Por consiguiente, se da el fundamento
de la renovación de la vida que proviene del amor
que Dios otorga al ser humano en la justificación. Justificación
y renovación son una en Cristo quien está presente en
la fe.
27. En la interpretación católica también se considera
que la fe es fundamental en la justificación. Porque sin
fe no puede haber justificación. El ser humano es justificado
mediante el bautismo en cuanto oyente y creyente de la
palabra. La justificación del pecador es perdón de los pecados
y volverse justo por la gracia justificadora que nos hace
hijos de Dios. En la justificación, el justo recibe de
Cristo la fe, la esperanza y el amor, que lo
incorporan a la comunión con él.[14] Esta nueva relación personal
con Dios se funda totalmente en la gracia y depende
constantemente de la obra salvífica y creativa de Dios misericordioso
que es fiel a sí mismo para que se pueda
confiar en él. De ahí que la gracia justificadora no
sea nunca una posesión humana a la que se pueda
apelar ante Dios. La enseñanza católica pone el énfasis en
la renovación de la vida por la gracia justificadora; esta
renovación en la fe, la esperanza y el amor siempre
depende de la gracia insondable de Dios y no contribuye
en nada a la justificación de la cual se podría
hacer alarde ante Él (Ro 3:27). (Véase fuentes de la
sección 4.3)
4.4 El pecador justificado
28. Juntos confesamos que
en el bautismo, el Espíritu Santo nos hace uno en
Cristo, justifica y renueva verdaderamente al ser humano, pero el
justificado, a lo largo de toda su vida, debe acudir
constantemente a la gracia incondicional y justificadora de Dios. Por
estar expuesto, también constantemente, al poder del pecado y a
sus ataques apremiantes (cf. Ro 6:12-14), el ser humano no
está eximido de luchar durante toda su vida con la
oposición a Dios y la codicia egoísta del viejo Adán
(cf. Gá 5:16 y Ro 7:7-10). Asimismo, el justificado debe
pedir perdón a Dios todos los días, como en el
Padrenuestro (Mt 6:12 y 1 Jn 1:9), y es llamado
incesantemente a la conversión y la penitencia, y perdonado una
y otra vez.
29. Los luteranos entienden que ser cristiano es
ser «al mismo tiempo justo y pecador». El creyente es
plenamente justo porque Dios le perdona sus pecados mediante la
Palabra y el Sacramento, y le concede la justicia de
Cristo que él hace suya en la fe. En Cristo,
el creyente se vuelve justo ante Dios pero viéndose a
sí mismo, reconoce que también sigue siendo totalmente pecador; el
pecado sigue viviendo en él (1 Jn 1:8 y Ro
7:17-20), porque se torna una y otra vez hacia falsos
dioses y no ama a Dios con ese amor íntegro
que debería profesar a su Creador (Dt 6:5 y Mt
22:36-40). Esta oposición a Dios es en sí un verdadero
pecado pero su poder avasallador se quebranta por mérito de
Cristo y ya no domina al cristiano porque es dominado
por Cristo a quien el justificado está unido por la
fe. En esta vida, entonces, el cristiano puede llevar una
existencia medianamente justa. A pesar del pecado, el cristiano ya
no está separado de Dios porque renace en el diario
retorno al bautismo, y a quien ha renacido por el
bautismo y el Espíritu Santo, se le perdona ese pecado.
De ahí que el pecado ya no conduzca a la
condenación y la muerte eterna.[15] Por lo tanto, cuando los
luteranos dicen que el justificado es también pecador y que
su oposición a Dios es un pecado en sí, no
niegan que, a pesar de ese pecado, no sean separados
de Dios y que dicho pecado sea un pecado «dominado».
En estas afirmaciones coinciden con los católicos romanos, a pesar
de la diferencia de la interpretación del pecado en el
justificado.
30. Los católicos mantienen que la gracia impartida por Jesucristo
en el bautismo lava de todo aquello que es pecado
«propiamente dicho» y que es pasible de «condenación» (Ro 8:1).[16]
Pero de todos modos, en el ser humano queda una
propensión (concupiscencia) que proviene del pecado y compele al pecado.
Dado que según la convicción católica, el pecado siempre entraña
un elemento personal y dado que este elemento no interviene
en dicha propensión, los católicos no la consideran pecado propiamente
dicho. Por lo tanto, no niegan que esta propensión no
corresponda al designio inicial de Dios para la humanidad ni
que esté en contradicción con Él y sea un enemigo
que hay que combatir a lo largo de toda la
vida. Agradecidos por la redención en Cristo, subrayan que esta
propensión que se opone a Dios no merece el castigo
de la muerte eterna[17] ni aparta de Dios al justificado.
Ahora bien, una vez que el ser humano se aparta
de Dios por voluntad propia, no basta con que vuelva
a observar los mandamientos ya que debe recibir perdón y
paz en el Sacramento de la Reconciliación mediante la palabra
de perdón que le es dado en virtud de la
labor reconciliadora de Dios en Cristo (véase fuentes de la
sección 4.4).
4.5 Ley y evangelio
31. Juntos confesamos que el ser
humano es justificado por la fe en el evangelio «sin
las obras de la Ley» (Ro 3:28). Cristo cumplió con
ella y, por su muerte y resurrección, la superó en
cuanto medio de salvación. Asimismo, confesamos que los mandamientos de
Dios conservan toda su validez para el justificado y que
Cristo, mediante su magisterio y ejemplo, expresó la voluntad de
Dios que también es norma de conducta para el justificado.
32.
Los luteranos declaran que para comprender la justificación es preciso
hacer una distinción y establecer un orden entre ley y
evangelio. En teología, ley significa demanda y acusación. Por ser
pecadores, a lo largo de la vida de todos los
seres humanos, cristianos incluidos, pesa esta acusación que revela su
pecado para que mediante la fe en el evangelio se
encomienden sin reservas a la misericordia de Dios en Cristo
que es la única que los justifica.
33. Puesto que la
ley en cuanto medio de salvación fue cumplida y superada
a través del evangelio, los católicos pueden decir que Cristo
no es un «legislador» como lo fue Moisés. Cuando los
católicos hacen hincapié en que el justo está obligado a
observar los mandamientos de Dios, no por ello niegan que
mediante Jesucristo, Dios ha prometido misericordiosamente a sus hijos, la
gracia de la vida eterna[18] (véase fuentes de la sección
4.5)
4.6 Certeza de salvación
34. Juntos confesamos que el creyente puede
confiar en la misericordia y las promesas de Dios. A
pesar de su propia flaqueza y de las múltiples amenazas
que acechan su fe, en virtud de la muerte y
resurrección de Cristo puede edificar a partir de la promesa
efectiva de la gracia de Dios en la Palabra y
el Sacramento y estar seguros de esa gracia.
35. Los reformadores
pusieron un énfasis particular en ello: En medio de la
tentación, el creyente no debería mirarse a sí mismo sino
contemplar únicamente a Cristo y confiar tan solo en él.
Al confiar en la promesa de Dios tiene la certeza
de su salvación que nunca tendrá mirándose a sí mismo.
36.
Los católicos pueden compartir la preocupación de los reformadores por
arraigar la fe en la realidad objetiva de la promesa
de Cristo, prescindiendo de la propia experiencia y confiando solo
en la palabra de perdón de Cristo (cf. Mt 16:19
y 18:18). Con el Concilio Vaticano II, las católicos declaran:
Tener fe es encomendarse plenamente a Dios[19] que nos libera
de la oscuridad del pecado y la muerte y nos
despierta a la vida eterna.[20] Al respecto, cabe señalar que
no se puede creer en Dios y, a la vez,
considerar que la divina promesa es indigna de confianza. Nadie
puede dudar de la misericordia de Dios ni del mérito
de Cristo. No obstante, todo ser humano puede interrogarse acerca
de su salvación, al constatar sus flaquezas e imperfecciones. Ahora
bien, reconociendo sus propios defectos, puede tener la certeza de
que Dios ha previsto su salvación (véase fuentes de la
sección 4.6).
4.7 Las buenas obras del justificado
37. Juntos confesamos
que las buenas obras, una vida cristiana de fe, esperanza
y amor, surgen después de la justificación y son fruto
de ella. Cuando el justificado vive en Cristo y actúa
en la gracia que le fue concedida, en términos bíblicos,
produce buen fruto. Dado que el cristiano lucha contra el
pecado toda su vida, esta consecuencia de la justificación también
es para él un deber que debe cumplir. Por consiguiente,
tanto Jesús como los escritos apostólicos amonestan al cristiano a
producir las obras del amor.
38. Según la interpretación católica, las
buenas obras, posibilitadas por obra y gracia del Espíritu Santo,
contribuyen a crecer en gracia para que la justicia de
Dios sea preservada y se ahonde la comunión en Cristo.
Cuando los católicos afirman el carácter «meritorio» de las buenas
obras, por ello entienden que, conforme al testimonio bíblico, se
les promete una recompensa en el cielo. Su intención no
es cuestionar la índole de esas obras en cuanto don,
ni mucho menos negar que la justificación siempre es un
don inmerecido de la gracia, sino poner el énfasis en
la responsabilidad del ser humanos por sus actos.
39.
Los luteranos también sustentan el concepto de preservar la gracia
y de crecer en gracia y fe, haciendo hincapié en
que la justicia en cuanto ser aceptado por Dios y
compartir la justicia de Cristo es siempre completa. Asimismo, declaran
que puede haber crecimiento por su incidencia en la vida
cristiana. Cuando consideran que las buenas obras del cristiano son
frutos y señales de la justificación y no de los
propios «méritos", también entienden por ello que, conforme al Nuevo
Testamento, la vida eterna es una «recompensa» inmerecida en el
sentido del cumplimiento de la promesa de Dios al creyente
(véase fuentes de la sección 4.7).
5. Significado y alcance del
consenso logrado
40. La interpretación de la doctrina de la justificación
expuesta en la presente declaración demuestra que entre luteranos y
católicos hay consenso respecto a los postulados fundamentales de dicha
doctrina. A la luz de este consenso, las diferencias restantes
de lenguaje, elaboración teológica y énfasis, descritas en los párrafos
18 a 39, son aceptables. Por lo tanto, las diferencias
de las explicaciones luterana y católica de la justificación están
abiertas unas a otras y no desbaratan el consenso relativo
a los postulados fundamentales.
41. De ahí que las condenas doctrinales
del siglo XVI, por lo menos en lo que atañe
a la doctrina de la justificación, se vean con nuevos
ojos: Las condenas del Concilio de Trento no se aplican
al magisterio de las iglesias luteranas expuesto en la presente
declaración y, la condenas de las Confesiones Luteranas, no se
aplican al magisterio de la Iglesia Católica Romana, expuesto en
la presente declaración.
42. Ello no quita seriedad alguna a
las condenas relativas a la doctrina de la justificación. Algunas
distaban de ser simples futilidades y siguen siendo para nosotros
«advertencias saludables» a las cuales debemos atender en nuestro magisterio
y práctica.[21]
43. Nuestro consenso respecto a los postulados fundamentales de
la doctrina de la justificación debe llegar a influir en
la vida y el magisterio de nuestras iglesias. Allí se
comprobará. Al respecto, subsisten cuestiones de mayor o menor importancia
que requieren ulterior aclaración, entre ellas, temas tales como: La
relación entre la Palabra de Dios y la doctrina de
la iglesia, eclesiología, autoridad en la iglesia, ministerio, los sacramentos
y la relación entre justificación y ética social. Estamos convencidos
de que el consenso que hemos alcanzado sienta sólidas bases
para esta aclaración. Las iglesias luteranas y la Iglesia Católica
Romana seguirán bregando juntas por profundizar esta interpretación común de
la justificación y hacerla fructificar en la vida y el
magisterio de las iglesias.
44. Damos gracias al Señor
por este paso decisivo en el camino de superar la
división de la iglesia. Pedimos al Espíritu Santo que nos
siga conduciendo hacia esa unidad visible que es voluntad de
Cristo.
ANEXO
Fuentes de la Declaración conjunta sobre la doctrina
de la justificación
En las secciones 3 y 4 de la
presente declaración se hace referencia a los documentos del diálogo
luterano-católico que figuran a continuación.
All Under One Christ, Statement on
the Augsburg Confession by the Roman Catholic/Lutheran Joint Commission, 1980,
in: Growth in Agreement, edited by Harding Meyer and Lukas
Vischer, New York/Ramsey, Geneva, 1984, 241-247.
Commentsof the Joint Committee of
the United Evangelical Lutheran Church of Germany and the LWF
German National Committee regarding the document «The Condemnations of the
Reformation Era. Do They Still Divide?» in: Lehrverurteilungen im Gespräch,
Göttingen, 1993 (hereafter: VELKD.
Denzinger-Schönmetzer, Enchiridion Symbolorum ...32nd to 36th edition
(hereafter: DS).
Denzinger-Hünermann, Enchiridion Symbolorum ...since the 37th edition (hereafter: DH).
Evaluationof
the Pontifical Council for Promoting Christian Unity of the Study
«Lehrverurteilungen - kirchentrennend?», Vatican, 1992, unpublished document (de aquí en
adelante: PCPCU).
ustification by Faith, Lutherans and Catholics in Dialogue
VII, Minneapolis, 1985 (de aquí en adelante: USA).
The Condemnations of
the Reformation Era. Do they Still Divide?.Edited by Karl Lehmann
and Wolfhart Pannenberg, Minneapolis, 1990 (de aquí en adelante: LV:E)
Sección 3: La interpretación común de la justificación (párrafos 14
y 18, LV:E 68f; VELKD 95)
«... a faith
centered and forensically conceived picture of justification is of major
importance for Paul and, in a sense, for the Bible
as a whole, although it is by no means the
only biblical or Pauline way of representing God´s saving work»
(USA, no. 146).
«Catholics as well as Lutherans can acknowledge the
need to test the practices, structures, and theologies of the
church by the extent to which they help or hinder
´the proclamation of God´s free and merciful promises in Christ
Jesus which can be rightly received only through faith´ (para.
28)» (USA, no. 153).Regarding the «fundamental affirmation» (USA, no. 157;
cf. 4) it is said:.
«This affirmation, like the Reformation
doctrine of justification by faith alone, serves as a criterion
for judging all church practices, structures, and traditions precisely because
its counterpart is ´Christ alone´ (solus Christus). He alone is
to be ultimately trusted as the one mediator through whom
God in the Holy Spirit pours out his saving gifts.
All of us in this dialogue affirm that all Christian
teachings, practices, and offices should so function as to foster
´the obedience of faith´ (Rom. 1:5) in God´s saving action
in Christ Jesus alone through the Holy Spirit, for the
salvation of the faithful and the praise and honor of
the heavenly Father» (USA, no. 160).
«For that reason, the doctrine
of justification - and, above all, its biblical foundation -
will always retain a special function in the church. That
function is continually to remind Christians that we sinners live
solely from the forgiving love of God, which we merely
allow to be bestowed on us, but which we in
no way - in however modified a form - ´earn´
or are able to tie down to any preconditions or
postconditions. The doctrine of justification therefore becomes the touchstone for
testing at all times whether a particular interpretation of our
relationship to God can claim the name of ´Christian.´ At
the same time, it becomes the touchstone for the church,
for testing at all times whether its proclamation and its
praxis correspond to what has been given to it by
its Lord» (LV:E 69).
«An agreement on the fact that the
doctrine of justification is significant not only as one doctrinal
component within the whole of our church´s teaching, but also
as the touchstone for testing the whole doctrine and practice
of our churches, is - from a Lutheran point of
view - fundamental progress in the ecumenical dialogue between our
churches. It cannot be welcomed enough» (VELKD 95; cf. 157).
«For
Lutherans and Catholics, the doctrine of justification has a different
status in the hierarchy of truth; but both sides agree
that the doctrine of justification has its specific function in
the fact that it is “the touchstone for testing at
all times whether a particular interpretation of our relationship to
God can claim the name of ‘Christian’. At the same
time it becomes the touchstone for the church, for testing
at all times whether its proclamation and its praxis correspond
to what has been given to it by its Lord”
(LV:E 69). The criteriological significance of the doctrine of justification
for sacramentology, ecclesiology and ethical teachings still deserves to be
studied further» (PCPCU 96).
Sección 4.1: La impotencia y
el pecado humanos respecto a la justificación (LV:E 42ff; 46;
VELKD 77-81; 83f)
«Those in whom sin reigns can do nothing
to merit justification, which is the free gift of God´s
grace. Even the beginnings of justification, for example, repentance, prayer
for grace, and desire for forgiveness, must be God´s work
in us» (USA, no. 156.3).
«Both are concerned to make it
clear that ... human beings cannot ... cast a sideways
glance at their own endeavors ... But a response is
not a ´work.´ The response of faith is itself brought
about through the uncoercible word of promise which comes to
human beings from outside themselves. There can be ´cooperation´ only
in the sense that in faith the heart is involved,
when the Word touches it and creates faith» (LV:E 46f).
«Where,
however, Lutheran teaching construes the relation of God to his
human creatures in justification with such emphasis on the divine
´monergism´ or the sole efficacy of Christ in such a
way, that the person´s willing acceptance of God´s grace -
which is itself a gift of God - has no
essential role in justification, then the Tridentine canons 4, 5,
6 and 9 still constitute a notable doctrinal difference on
justification» (PCPCU 22).
"The strict emphasis on the passivity of human
beings concerning their justification never meant, on the Lutheran side,
to contest the full personal participation in believing; rather it
meant to exclude any cooperation in the event of justification
itself. Justification is the work of Christ alone, the work
of grace alone» (VELKD 84,3‑8).
Sección 4.2: La justificación en
cuanto perdón del pecado y fuente de justicia (USA, nos.
98-101; LV:E 47ff; VELKD 84ff; cf. también las citas de
la sección 4.4)
«By justification we are both declared and made
righteous. Justification, therefore, is not a legal fiction. God, in
justifying, effects what he promises; he forgives sin and makes
us truly righteous» (USA, no. 156,5).
«Protestant theology does not overlook
what Catholic doctrine stresses: the creative and renewing character of
God´s love; nor does it maintain ... God´s impotence toward
a sin which is ´merely´ forgiven in justification but which
is not truly abolished in its power to divide the
sinner from God» (LV:E 49).
«The Lutheran doctrine has never understood
the ´crediting of Christ´s justification´ as without effect on the
life of the faithful, because Christ´s word achieves what it
promises. Accordingly the Lutheran doctrine understands grace as God´s favor,
but nevertheless as effective power ... ´for where there is
forgiveness of sins, there is also life and salvation´» (VELKD
86,15‑23).
«Catholic doctrine does not overlook what Protestant theology stresses: the
personal character of grace, and its link with the Word;
nor does it maintain ... grace as an objective ´possession´
(even if a conferred possession) on the part of the
human being - something over which he can dispose» (LV:E
49).
Sección 4.3: Justificación por fe y por gracia (USA,
nos. 105ff; LV:E 49-53; VELKD 87-90)
«If we translate from one
language to another, then Protestant talk about justification through faith
corresponds to Catholic talk about justification through grace; and on
the other hand, Protestant doctrine understands substantially under the one
word ´faith´ what Catholic doctrine (following 1 Cor. 13:13) sums
up in the triad of ´faith, hope, and love´» (LV:E
52).
«We emphasize that faith in the sense of the first
commandment always means love to God and hope in him
and is expressed in the love to the neighbour» (VELKD
89,8-‑11).
«Catholics ... teach as do Lutherans, that nothing prior to
the free gift of faith merits justification and that all
of God´s saving gifts come through Christ alone» (USA, no.
105).
«The Reformers ..understood faith as the forgiveness and fellowship with
Christ effected by the word of promise itself. This is
the ground for the new being, through which the flesh
is dead to sin and the new man or woman
in Christ has life (sola fide per Christum). But even
if this faith necessarily makes the human being new, the
Christian builds his confidence, not on his own new life,
but solely on God´s gracious promise. Acceptance in Christ is
sufficient, if ´faith´ is understood as ´trust in the promise´
(fides promissionis)» (LV:E 50).
Cf. The Council of Trent, Session 6,
Chap. 7: «Consequently, in the process of justification, together with
the forgiveness of sins a person receives, through Jesus Christ
into whom he is grafted, all these infused at the
same time: faith, hope and charity» (Decrees of the Ecumenical
Councils, vol. 2, London/Washington DC, 1990, 673).
«According to Protestant interpretation,
the faith that clings unconditionally to God´s promise in Word
and Sacrament is sufficient for righteousness before God, so that
the renewal of the human being, without which there can
be no faith, does not in itself make any contribution
to justification» (LV:E 52).
«As Lutherans we maintain the distinction between
justification and sanctification, of faith and works, which however implies
no separation» (VELKD 89,6-8).
«Catholic doctrine knows itself to be at
one with the Protestant concern in emphasizing that the renewal
of the human being does not ´contribute´ to justification, and
is certainly not a contribution to which he could make
any appeal before God. Nevertheless it feels compelled to stress
the renewal of the human being through justifying grace, for
the sake of acknowledging God´s newly creating power; although this
renewal in faith, hope, and love is certainly nothing but
a response to God´s unfathomable grace» (LV:E 52f).
«Insofar as the
Catholic doctrine stresses that ´the personal character of grace, and
its link with the Word´, this renewal ..is certainly nothing
but a response effected by God´s word itself and that
´the renewal of the human being does not contribute to
justification, and is certainly not a contribution to which a
person could make any appeal before God´ our objection no
longer applies» (VELKD 89,12-21).
«For however just and holy, they
fall from time to time into the sins that are
those of daily existence. What is more, the Spirit´s action
does not exempt believers from the lifelong struggle against sinful
tendencies. Concupiscence and other effects of original and personal sin,
according to Catholic doctrine, remain in the justified, who therefore
must pray daily to God for forgiveness» (USA, no. 102).
«The
doctrines laid down at Trent and by the Reformers are
at one in maintaining that original sin, and also the
concupiscence that remains, are in contradiction to God ..object of
the lifelong struggle against sin ... After baptism, concupiscence in
the person justified no longer cuts that person off from
God; in Tridentine language, it is ´no longer sin in
the real sense´; in Lutheran phraseology, it is peccatum regnatum,
´controlled sin´» (LV:E 46).
«The question is how to speak of
sin with regard to the justified without limiting the reality
of salvation. While Lutherans express this tension with the term
´controlled sin´ (peccatum regnatum) which expresses the teaching of the
Christian as ´being justified and sinner at the same time´
(simul iustus et peccator), Roman Catholics think the reality of
salvation can only be maintained by denying the sinful character
of concupiscence. With regard to this question a considerable rapprochement
is reached if LV:E calls the concupiscence that remains in
the justified a ´contradiction to God´ and thus qualifies it
as sin» (VELKD 82,29-39).
Sección 4.5: Ley y evangelio
En el magisterio
paulino se alude a la ley hebrea en cuanto medio
de salvación. Ésta fue cumplida y superada en Cristo. Por
lo tanto, esta aseveración y sus consecuencias han de ser
comprendidas.
With reference to Canons 19f. of the Council of
Trent VELKD (89,28-36) says as follows: «The ten commandments of
course apply to Christians as stated in many places of
the confessions. If Canon 20 stresses that a ´person ..is
bound to keep the commandments of God,´ this does not
apply to us; if however Canon 20 affirms that faith
has salvific power only on condition of keeping the commandments
this applies to us. Concerning the reference of the Canon
regarding the commandments of the church, there is no difference
between us if these commandments are only expressions of the
commandments of God; otherwise it would apply to us.»
The last
paragraph is related factually to 4.3, but emphasizes the ´convicting
function´ of the law which is important to Lutheran thinking.
Sección
4.6: Certeza de salvación (LV:E 53-56; VELKD 90ff)
«The question is:
How can, and how may, human beings live before God
in spite of their weakness, and with that weakness?» (LV:E
53).
«The foundation and the point of departure (of the Reformers)..are:
the reliability and sufficiency of God´s promise, and the power
of Christ´s death and resurrection; human weakness, and the threat
to faith and salvation which that involves» (LV:E 56).
The Council
of Trent also emphasizes that «it is necessary to believe
that sins are not forgiven, nor have they ever been
forgiven, save freely by the divine mercy on account of
Christ;» and that we must not doubt «the mercy of
God, the merit of Christ and the power and efficacy
of the sacraments; so it is possible for anyone, while
he regards himself and his own weakness and lack of
dispositions, to be anxious and fearful about his own state
of grace» (Council of Trent, Session 6, chapter 9, 674).
«Luther
and his followers go a step farther: They urge that
the uncertainty should not merely be endured. We should avert
our eyes from it and take seriously, practically, and personally
the objective efficacy of the absolution pronounced in the sacrament
of penance, which comes ´from outside.´ ... Since Jesus said,
´Whatever you loose on earth shall be loosed in heaven´
(Matt. 16:19), the believer ... would declare Christ to be
a liar ..if he did not rely with a rock-like
assurance on the forgiveness of God uttered in the absolution
..that this reliance can itself be subjectively uncertain - that
the assurance of forgiveness is not a security of forgiveness
(securitas); but this must not be turned into yet another
problem, so to speak: the believer should turn his eyes
away from it, and should look only to Christ´s word
of forgiveness» (LV:E 54f).
«Today Catholics can appreciate the Reformer´s efforts
to ground faith in the objective reality of Christ´s promise,
´whatsoever you loose on earth ...´ and to focus believers
on the specific word of absolution from sins. ... Luther´s
original concern to teach people to look away from their
experience, and to rely on Christ alone and his word
of forgiveness [is not to be condemned]» (PCPCU 24).
A mutual
condemnation regarding the understanding of the assurance of salvation «can
even less provide grounds for mutual objection today - particularly
if we start from the foundation of a biblically renewed
concept of faith. For a person can certainly lose or
renounce faith, and self‑commitment to God and his word of
promise. But if he believes in this sense, he cannot
at the same time believe that God is unreliable in
his word of promise. In this sense it is true
today also that - in Luther´s words - faith is
the assurance of salvation» (LV:E 56).
With reference to the concept
of faith of Vatican II see Dogmatic Constitution on Divine
Revelation, no. 5: «´The obedience of faith´ ... must be
given to God who reveals, an obedience by which man
entrusts his whole self freely to God, offering ´the full
submission of intellect and will to God who reveals,´ and
freely assenting to the truth revealed by Him».
«The Lutheran distinction
between the certitude (certitudo) of faith which looks alone to
Christ and earthly security (securitas), which is based on the
human being, has not been dealt with clearly enough in
the LV. ... Faith never reflects on itself, but depends
completely on God, whose grace is bestowed through word and
sacrament, thus from outside (extra nos)» (VELKD 92,2‑9).
Sección 4.7: Las
buenas obras del justificado (LV:E 66ff, VELKD 90ff)
«But the Council
excludes the possibility of earning grace - that is, justification
- (can. 2; DS 1552) and bases the earning or
merit of eternal life on the gift of grace itself,
through membership in Christ (can. 32: DS 1582). Good works
are ´merits´ as a gift. Although the Reformers attack ´Godless
trust´ in one´s own works, the Council explicitly excludes any
notion of a claim or any false security (cap. 16:
DS 1548f). It is evident ...that the Council wishes to
establish a link with Augustine, who introduced the concept of
merit, in order to express the responsibility of human beings,
in spite of the ´bestowed´ character of good works» (LV:E
66).
If we understand the language of «cause» in Canon 24
in more personal terms, as it is done in chapter
16 of the Decree on Justification, where the idea of
communion with Christ is emphasized, then we can describe the
Catholic doctrine on merit as it is done in the
first sentence of the second paragraph of 4.7: growth in
grace, perseverance in righteousness received by God and a deeper
communion with Christ.
«Many antitheses could be overcome if the misleading
word ´merit´ were simply to be viewed and thought about
in connection with the true sense of the biblical term
´wage´ or reward» (LV:E 67).
«The Lutheran confessions stress that the
justified person is responsible not to lose the grace received
but to live in it ... Thus the confessions can
speak of a preservation of grace and a growth in
it. If righteousness in Canon 24 is understood in the
sense that it effects human beings, then it does not
apply to us. But if ´righteousness´ in Canon 24 refers
to the Christian´s acceptance by God, it applies to us;
because this righteousness is always perfect; compared with it the
works of Christians are only ´fruits´ and ´signs´» (VELKD 94,2-14).
«Concerning
Canon 26 we refer to the Apology where eternal life
is described as reward: ´... We grant that eternal life
is a reward because it is something that is owed
- not because of our merits but because of the
promise´» (VELKD 94,20-24).
Comunicado oficial común emitido por la Federación Luterana
Mundial y la Iglesia católica http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/chrstuni/documents/rc_pc_chrstuni_doc_31101999_cath-luth-official-statement_sp.html
N.de T. Se dejaron
en inglés o alemán las notas al pie de página
y los documentos de referencia que no se han publicado
en español.
[1]Artículos de Esmascalda, II, 1; Libro de concordia,
292.
[2]«Rector et judex super omnia genera
doctrinarum», Weimar Edition of Luther´s Works (WA), 39,I,205.
[3]Cabe señalar que las confesiones vinculantes de algunas
iglesias luteranas solo abarcan la Confesión de Augsburgo y el
Catecismo menor de Lutero, textos que no contienen condenas acerca
de la justificación en relación con la Iglesia Católica Romana.
[4]Report of the Joint Lutheran-Roman Catholic
Study Commission, published in Growth in Agreement (New York; Geneva,
1984) - pp.168-189.
[5]Published by
the Lutheran World Federation (Geneva, 1994).
[6]Lutheran and Catholics in Dialogue VII (Minneapolis, 1985).
[7]Minneapolis, 1990.
[8]Gemeinsame Stellungnahme der Arnoldshainer Konferenz, der Vereinigten Kirche und
des Deutschen Nationalkomitees des Lutherischen Weltbundes zum Dokument «Lehrverurteilungen-kirchentrennend?», Ökumenische
Rundschau 44 (1995):99-102; including the position papers which underlie this
resolution, cf. Lehrverurteilungen im Gespräch, Die ersten offiziellen Stellungnahmen aus
den evangelischen Kirchen in Deutschland (Göttingen: Vandenhoeck & Ruprecht, 1993).
[9]En la presente declaración, la
palabra «iglesia» se utiliza para reflejar las propias interpretaciones de
las iglesias participantes sin que se pretenda resolver ninguna de
las cuestiones eclesiológicas relativas a dicho término.
[10]Cf.Malta Report paras. 26-30 y Justification by Faith,
paras. 122-147. At the request of the US dialogue on
justification, the non-Pauline New Testament texts were addressed in Righteousness
in the New Testament, by John Reumann, with responses by
Joseph A. Fitzmyer and Jerome D.Quinn (Philadelphia; New York: 1982),
pp.124-180. The results of this study were summarized in the
dialogue report Justification by Faith in paras 139-142.
[11]All Under One Christ, para 14 in
Growth in Agreement, 241-247.
[12]Cf.WA
8:106; American Edition 32:227.
[13]Cf.
DS 1528.
[14]Cf. DS 1530.
[15]Cf. Apology II:38-45, Libro de
concordia, 105f.
[16]Cf. DS 1515.
[17]Cf. DS 1515.
[18]Cf. DS 1545.
[19]Cf. DV 5.
[20]Cf.
DV 4.
[21]Condemnations of the
Reformation Era,27.
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